Ni de aquí ni de allá; de la nación

Foto de portada: Ingrid Arcos

¿Es la Ley Migratoria del 2013 un parteaguas que dio paso a un nuevo patrón migratorio, donde las entradas y salidas reemplazaron la “salida definitiva” que caracterizó la migración cubana en períodos anteriores? ¿Cuáles han sido las implicaciones de ese cambio para los proyectos de vida y para la misma idea de "salir del país"?

Fueron estas algunas de las interrogantes que abrieron paso al debate convocado por la Revista Temas en su espacio Último Jueves y el cual contó con la presencia en el panel de Pablo Rodríguez Ruiz, investigador titular del Instituto cubano de Antropología, y cuya obra ha estado vinculada a las problemáticas de la marginalidad, las relaciones raciales, los procesos étnicos y sociales y las migraciones; la Doctora en Ciencias Pedagógicas Ileana Sorolla Fernández, profesora de la Universidad de La Habana y de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso) , y quién fuese además directora del Centro de Estudios de Migraciones Internacionales entre los años 2007 y 2016; y la joven empresaria cubana Marta Deus, emigrada, quien se repatrió en Cuba, su país de nacimiento, y gestiona hoy un negocio privado: Deus expertos contables, el cual provee de contabilidad, auditoría, pago de Impuestos, y asesoramiento financiero a otros negocios privados en el país.

La periodista Cristina Escobar, moderadora en esta ocasión del panel, abrió el intercambio invitando a los panelistas a arrojar elementos que permitan entender por qué la gente migra, cuál es la relación de los cubanos con la comunidad cubana en el exterior y qué ha cambiado desde el 2013 a la fecha.

Foto: Vani Pedraza/Temas.

“Empezamos a ser lo que somos como resultado de un viaje: el de Cristóbal Colón, y sin desconocer los siglos de historia anterior de quienes habitaban nuestra isla, fue en ese viaje, con sus traumas y horrores, que empezamos a transitar hacia lo que somos. Sin él seríamos otra cosa, tanto en lo fenotípico como en lo cultural”, apuntó el antropólogo Rodríguez Ruiz.

Para el experto, a lo largo de la historia los procesos migratorios han jugado un papel fundamental en la conformación de nuestra cultura y carácter. “Somos en cierto sentido resultado de la emigración, a la fuerza o por la fuerza…”, dijo.

La última etapa de este fenómeno—señaló—, con los cambios que se producen a partir de la ley migratoria del año 2013, las nuevas normativas en ese sentido y la aceptación de estas por la mayoría de las personas, reflejan en alguna medida las condiciones concretas económicas, sociales, y culturales en las que funcionan los procesos migratorios.

A juicio del panelista, “ver los fenómenos sociales en cadena lineal de causa y efecto, es una forma muy ilustrada de examinarlos, que sin embargo muchas veces deja oculto lo que sucede en el fondo del caldero”.

Foto: Ingrid Arcos/Temas.

Dos modelos migratorios, un país

Si bien la emigración es un fenómeno que exige un análisis más profundo, Rodríguez Ruiz mencionó dos hechos que tienen significación en la conformación de las prácticas e imaginarios que fueron moldeando el modelo migratorio anterior. “Es muy importante tener claro de dónde partimos”, insistió.

El primero de ellos, dijo, tiene que ver con el cambio de moneda del año 1962, “que resultó un golpe anonadante para la resistencia de la burguesía interna en medio de una lucha de clases, pero que a su vez limitó el dinero a las relaciones puramente internas, y con ello el canal de contacto de las personas con el exterior se estrechó sensiblemente, y el Estado controló y monopolizó en gran medida este flujo de intercambio”, explicó el experto.

El segundo de los hechos, agregó, está relacionado con los flujos migratorios de los primeros años de la Revolución, cuando alrededor de unas 400 mil personas, que respondían a un perfil social claro: propietarios, técnicos de alta calificación y personal vinculado a las compañías norteamericanas y a la burguesía cubana de entonces, salieron de Cuba.

“Este suceso pone un sello irrepetible y distintivo en la Revolución cubana: la base social fundamental de la resistencia interna se situó fuera del país, en su mayoría en Miami. Del lado de acá quedó la mayoría que recibía los beneficios sociales y se abrazaba al proyecto revolucionario como sujeto social del mismo. Y fue en ese  contexto de lucha de clases y amenazas desde el exterior, que se fue configurando y haciéndose dominante cierta representación del emigrante como el ʹburguésʹ, el ʹenemigoʹ, el ʹblandengueʹ, el ʹvende patriaʹ, el ʹaliado del imperialismoʹ y el ʹqueda´oʹ”, subrayó el investigador.

Dichas representaciones, refirió, llegaron a tener expresiones concretas en las normativas jurídicas y la política oficial hasta los años 80, conservando cierta capacidad movilizativa. Un claro ejemplo de ello lo coloca el antropólogo en los mítines de repudio y su convocatoria por el poder, “los cuales a pesar del mal gusto con que hoy los miramos, llegaron a movilizar, y no estuvieron exentos de excesos, aunque ya en el sujeto popular se apreciaron contradicciones”, explicó.

“A pesar de todo, el país vivía cierta estabilidad y expansión económica, hasta que en los años 90 comenzó una profunda y prolongada crisis”, recuenta el especialista.

“Esta ha sido sobre todo una crisis de la oferta en la que todo escasea y cualquier bien aumenta exponencialmente su valor, deteriorando hasta el absurdo el salario de las personas. Junto a ello vinieron políticas de ajuste con el turismo, la doble moneda, la circulación del dólar y la expansión de los espacios mercantiles”, precisó.

De acuerdo con Rodríguez Ruiz, en esta misma década se produce la crisis de los balseros, que en su opinión, en el plano interno representó una verdadera sublevación popular contra un molde de representación surgido desde las propias masas y formalizado desde los núcleos del poder.

“Si en los años 80 tuvimos los mítines, en los 90 familiares y vecinos acompañaban hasta las orillas del mar a los que se iban y hacían ceremonias a Yemayá y Olokun para que llegaran bien”.

Sucede, explicó, que la base popular de los flujos migratorios que ya venían desde antes se fue acentuando. El turismo y la mayor presencia de extranjeros en la economía, junto al intercambio sexual crearon canales de salida de muchas personas; en tanto familiares y amigos situados en el exterior brindaban cierta base de apoyo a los inmigrantes, a la vez que comenzaron a enviar remesas en forma de dinero y bienes.

Foto: Ingrid Arcos/Temas.

Puntualiza el investigador que tuvieron lugar dos procesos paralelos: por un lado fue cambiando la estructura poblacional de la emigración en cuanto a edad, origen, posicionamiento social, el tipo de experiencia vivida en el país, etc; sobre todo la situada en Miami; y por otro lado, en el plano interno, fueron cambiando los moldes de representación en torno a Miami, del centro de amenaza al lugar de donde podía llegar el “salve” o la ayuda.

“En tales condiciones era absurdo mantener regulaciones obsoletas. Se fue acuñando en todo ese proceso de representación una idea para definir la emigración como esencialmente una emigración económica. Pero como toda etiqueta resulta cómoda para definir fenómenos complejos, pues salvo las primeras migraciones que tenían un fuerte connotación política en el sentido de acción concreta para cambiar el curso del proceso revolucionario, siempre el proceso migratorio tiene una base económica”, argumentó el panelista.

De ahí que en su criterio, lo que se ha venido enfatizando quizá, es la actitud del emigrante que se distancia de la política, y ello sigue siendo una etiqueta, “porque no hay nada más político que lo económico. Esto nos obliga a poner la mirada en nuestros propios defectos y dificultades, sobre todo si se tiene en cuenta que hoy va creciendo el flujo de profesionales y personas de alta calificación que entran en los procesos migratorios, cuestión que plantea un verdadero reto para el país”, subrayó.

Por su parte, la profesora Ileana Sorolla, en la primera ronda de preguntas del panel, realizó también un bosquejo histórico del fenómeno migratorio y llamó la atención sobre “la necesidad de un manejo migratorio desde una perspectiva sistémica que trascienda la concepción de la mera regulación-control".

“Cuando hablamos de patrón migratorio, lo hacemos considerando ese conjunto de rasgos relativamente estables que caracterizan el estado de la migración internacional en un contexto histórico concreto, y en un escenario geográfico delimitado y que son resultado de las tendencias que han venido demostrando los principales indicadores que caracterizan la migración durante un periodo también estable”, señaló Sorolla.

No se puede perder de vista, enfatizó, que hoy las migraciones internacionales no responden al modelo clásico de bipolaridad, que desapareció a finales del siglo pasado, y es una característica que comparte hoy nuestro modelo interno con el mundo.

Para la panelista, si bien “durante muchos años, hasta el 2013 con las nuevas medidas, hubo una política de retorno definitivo acotada y delimitada: tenía la persona que solicitar el retorno desde el extranjero, se admitían a determinados grupos de población, y no era un trámite sencillo ni breve; después del 2013 esas condiciones cambiaron, de modo que hoy no constituye una barrera para el cubano salir del país y regresar”.

“El retorno ya no es un conflicto desde el punto de vista burocrático administrativo ni político”, sostuvo la experta, quien añadió que desde finales de los 90 se comenzó a manejar en la academia cubana el concepto de circularidad de la migración, la cual es parte de los proyectos de vida no solo de los jóvenes, sino también de personas de mayor edad, aunque de este último  aspecto se hable muy poco, pues es un fenómeno más reciente y no está bien estudiado.

Puntualizó Sorolla que “hay un parteaguas en el desarrollo del patrón migratorio externo cubano que hasta la década del 90 fue eminentemente de saldos negativos, donde la visión pública y la expectativa era la de residir en el extranjero, las modalidades de salida que estaban disponibles estaban condicionadas por las políticas y regulaciones migratorias cubanas indirectamente, y lamentablemente, aunque no fueron pensadas para eso, lo que estimulaban era la emigración, es decir que la persona saliese de Cuba y permaneciera en el extranjero”.

“Eso cambió desde el 14 de enero de 2013, cuando las condiciones que caracterizan la migración internacional perdieron para el caso de Cuba la principal barrera que estaba vigente durante los últimos 50 años,  con políticas y normativas migratorias ancladas a un contexto histórico específico, marcado por la confrontación con Estados Unidos y con el modo en que la cuestión migratoria se convirtió en una herramienta de presión política, que lejos de ser variable, fue una constante”, refirió la profesora.

Ejemplos recientes lo demuestran, dijo la experta, quien colocó la mirada en la flexibilización con el periodo de Obama, el cual coincidió también con la modificación nuestra. Este hecho, indiscutiblemente como factor político influyó en cómo se manifestó nuestra emigración en ese momento, sobre todo teniendo en cuenta que en Estados Unidos hay casi dos millones de cubanos radicados, que tienen redes sociales familiares.

“La flexibilización de ambas partes influyó en el comportamiento del proceso migratorio externo cubano, pero duró muy poco, y nos puso de nuevo ante la evidencia de que el tema migratorio sigue teniendo una dimensión política y de seguridad. No obstante, el  conjunto de normativas adoptadas en la nueva Ley Migratoria cubana rompió con todos los esquemas de flexibilización anterior y eliminaron la principal barrera migratoria que contenía el desarrollo espontáneo de la movilidad internacional de la migración cubana”, comentó la experta.

Según Sorolla, los  flujos migratorios son expresión de las contradicciones internas de las sociedades, de los problemas sociales que se acumulan, de la expectativa, de la tradición del imaginario migratorio que se reproduce en los entornos sociales y que va pasando de una generación a otra y modificándose en función de las influencias que recibe.

Dichos flujos responden a razones de búsqueda de bienestar, como un concepto mucho más complejo que supera la mirada simplista que lo apega solo a razones económico- materiales, y va más allá, a la búsqueda de experiencias, de una expectativa de vida diferente en cada una de las generaciones y de los sujetos, que al final son los que determinan cual es el comportamiento del proceso migratorio externo en un país específico.

Foto: Ingrid Arcos/Temas.

La joven Marta Deus,  graduada de dirección y administración de empresas en Madrid, emigrada cuando niña, y repatriada en Cuba donde goza de los privilegios de hacerlo en su país de nacimiento, habló sobre cuán fácil o no fue regresar, y los beneficios que ello supuso después de la reforma migratoria.

“Siempre tuve la ilusión de volver, abrir un negocio…, entonces se me unieron dos factores: la posibilidad de repatriarme y la apertura del cuentapropismo. Este último aspecto fue fundamental para tomar también la decisión de volver,  pues sentí la oportunidad de insertarme en la vida profesional en Cuba. Fui una de las primeras que solicitó repatriarse, y fue un proceso rápido, que no duró más de tres meses. Quizá ahora, con el número de solicitudes, sea algo más extenso”, expresó Deus.

Dentro y fuera

Dentro y fuera, es  ahora una frontera cada vez más difusa. ¿Cuán importante es esa relación, y cómo debería ser?, preguntó al panel Cristina Escobar.

“Antes de entrar a  abordar esta relación, insistiré en los retos de los nuevos procesos migratorios”, señaló el antropólogo Rodríguez Ruiz.

Uno de ellos, con una dimensión social a gran escala—dijo—, es el descargue que se le está produciendo al país de fuerza calificada, lo cual no solo afecta el proyecto de vida de las personas, sino el futuro de Cuba.

Y tiene que ver, apuntó el experto, “con esa frontera borrosa de lo que es estar adentro o afuera, una línea que se borra y se rompe, con esa posibilidad del inmigrante de circular normal en el mundo; pero que en Cuba, en las condiciones de desequilibrio económico y social que nos ha dejado la crisis, tiene efectos que pueden comprometer a largo plazo el país”.

En ese sentido el investigador opinó que “la solución no va a estar nunca en prohibir, que es la artillería pesada de la burocracia, sino que es un fenómeno que requiere de una reflexión profunda, diagnóstico y soluciones que siempre serán complejas y sistémicas. En este terreno las soluciones sectoriales alivian pero no resuelven los problemas”.

El otro gran aspecto de la migración, acotó, está vinculado a los elementos demográficos, de cara a  una población que está envejeciendo aceleradamente, y donde esa emigración joven tiende a enfatizar los procesos de envejecimiento, en condiciones de una productividad del trabajo socialmente muy baja, y donde el escenario demográfico exige a la productividad cada vez niveles más altos.

Por otra parte, y en ese mismo escenario, se encuentra como “compensación” la remesa, vinculada al impacto social interno que tiene la emigración; “un fenómeno con una lectura positiva, con capacidad de activar la economía interna y traer recursos financieros al país, y que sin embargo tiene otra cara en un contexto de desequilibrio económico como el que estamos viviendo. Las remesas están además relacionadas con la ampliación del marco de desigualdad que van generando a nivel social, por su gran capacidad de fijar como estructurales muchos de estos problemas”, explicó el investigador.

“Hay diferentes cálculos de la entrada de remesas al país, desde 5000 millones según cifras de Miami, hasta 1800 millones al año, de acuerdo a los datos más conservadores. Si tomamos 2 000 millones como posición media y lo multiplicamos por 24, que es el cambio en Cuba, esa cifra es superior a lo que se paga de salario a todos los trabajadores del país. El impacto sobre los precios y condiciones de salario es fuerte, y requiere de un ajuste muy serio porque compromete uno de los valores esenciales sobre los que se estructura toda sociedad”, ejemplificó el panelista.

“No hay sociedad que pueda vivir al margen del valor trabajo, y hoy  la ʹcultura del rebusqueʹ,  del ʹlucharʹ vive en un constante contrapunteo con el valor trabajo, lo cual es profundamente peligroso para la construcción de nuestra sociedad. Lo que es compensatorio se convierte en un riesgo ante las situaciones de desequilibrio que estamos viviendo”.

Foto: Ingrid Arcos/Temas.

“Para muchos jóvenes que se han formado en Cuba, su proyecto de vida es hacia el exterior, una generación que nace con derechos que la otra conquistó y para la cual el valor simbólico de esas cosas tiene otra dimensión”, dijo.

Puntos semejantes defiende la profesora Ileana Sorolla, quien añade que si bien hay un  cambio en el patrón migratorio hacia una mayor circularidad y movilidad, aún no llega a serlo. “Hoy estamos viendo, a pesar de las carencias, desarticulación, e incoherencia con las estadísticas para los investigadores, un patrón migratorio externo cubano marcado por la trasnacionalidad de la migración”.

Los retos para esas relaciones son enormes, apuntó la experta. Se trata dijo, de personas con deberes y derechos como cualquier otro cubano que vive en el país y que están en la misma condición fuera de Cuba: son residentes temporales o permanentes con deberes y derechos en una sociedad diferente. “Lo llamativo es cómo esa persona en el caso cubano puede mantenerse activo en esos dos espacios, participando, lo que la teoría llama espacio social trasnacional, el cual no es controlable por el Estado porque es un conjunto de relaciones, vínculos, nexos, por donde transitan remesas, pero también ideas, valores de lo que es la sociedad cubana, y que está lejos de la regulación y el control de políticas y normativas”, precisó.

Para la profesora, es necesario entender que no estamos  hablando de flujo de personas sino de flujo de capital simbólico, productivo, remesas salariales, y ello requiere por tanto inevitablemente el manejo de la gestión migratoria en el caso de Cuba de una manera diferente— que supere la concepción de regulación- control—,de regulaciones migratorias más liberales, fluidas o no, que estimulen o contengan los flujos migratorios, y pensarlo como uno de los problemas que tiene la sociedad cubana hoy como sistema. Implica concebir el manejo de la cuestión migratoria  con un modelo que contemple no solo las remesas sino el posicionamiento político de las personas y su participación e intervención en la economía.

“Aún se reproduce la representación social de la emigración como una alternativa de salida de la crisis, con un elemento sobreañadido, en tanto falta el papel de los medios de comunicación masiva y de la educación. El tema migratorio continúa siendo un tabú, y se estereotipa desde la sordidez de la emigración en el cine cubano, o en la televisión”, expresó.

En ese sentido la profesora cuestionó qué resortes tiene la sociedad de influir en una modificación de la representación de la migración como una alternativa de la crisis económica, si no se influencia en ella de una manera diferente ni en las motivaciones migratorias.

El mayor de los retos, dijo, está en lograr que el inmigrante sea un actor social más en pro del proyecto de nación que tengamos. “Para Cuba este es un escenario nuevo en tanto hemos estado marcados por un posicionamiento político de seguridad ante el tema, que sigue siendo de seguridad hoy, lo que de otro tipo”, dijo.

Sobre este punto, Marta Deus, señala que persiste en ocasiones la visión del que se fue y se quedó; “y aunque discriminación es una palabra muy fuerte, es cierto que muchas personas creen que tienes menos derechos porque te fuiste”, señaló.

“Creo que los jóvenes que se han ido, que comenzaron una vida afuera son una parte fundamental de lo que puede ser el futuro de Cuba. Me encantaría que volvieran, trajeran sus experiencias de lo que han vivido fuera y que abran sus negocios, vengan con ideas… Noto que muchos de los jóvenes que se van se desentienden de lo que está pasando en cuba. No les interesa, son cubanos y podrían aportar mucho, pero no lo sienten de ese modo… Habría que cambiar discursos y  crear, oportunidades de modo que sientan que volver a Cuba puede ser una opción”, señaló la joven empresaria.

Desde el público, la profesora de la Cujae, Concepción Carrios Albornoz, situó su principal preocupación en la descapitalización de los recursos humanos, un tema en el que coincidieron los otros siete interlocutores que participaron en el debate. “Cada vez tenemos menos profesores, es mayor el bache generacional. Los jóvenes no se mantienen en la universidad, se gradúan e inmediatamente se van para cualquier lugar, no solo fuera de Cuba sino a otras empresas cubanas con mucha mejor remuneración.

Y esta es una de las acciones que, a su juicio, deben ser inmediatas: la reforma salarial integral, no por sectores, pues “uno se siente menos reconocido cuando presta un servicio importante a la sociedad”, dijo.

“Ya no se respeta ni el servicio social y con este bache generacional se está perdiendo la experiencia”, agregó Gustavo Ponce.

De acuerdo con la investigadora Ileana Sorolla, el vínculo del éxodo de capital formado por la Revolución con la educación superior y alta calificación de las instituciones académicas no es obligatorio ni exclusivamente con la emigración. “El foco del problema hay que correrlo entonces a las verdaderas causas por las cuales los jóvenes y no tan jóvenes, nos cuestionamos muchas veces la permanencia en las instituciones de las cuales somos orgullosos, pero nos cuesta trabajo terminar el mes. La causa no está obligatoriamente en la emigración, y nos encontramos ante fenómenos que se solapan unos con otros”, apuntó.

Enrique López Oliva, periodista y profesor de historia las religiones, añadió sazón al debate al preguntar en qué medida el factor religioso sigue teniendo peso en la emigración cubana actual, como lo tuvo en cierta forma al principio de este proceso político. “Aquí existe una universidad católica, la Félix Varela, pero sus títulos no los reconoce el Estado cubano, por lo tanto los alumnos de esa universidad cuando se gradúan, la mayoría no tienen otra opción para ejercer su carrera que abandonar el país”, ejemplificó.

Foto: Ingrid Arcos/Temas.

Al respecto, Rodríguez Ruiz expuso que “la religión ha sido un factor que ha estado jugando siempre, no solamente la cristiana, sino las de origen africano. Cuba exporta más santería que azúcar, es una frase recurrente. Porque  la santería cubana se ha trasnacionalizado, y eso crea una red inmensa de relaciones que han mantenido un flujo sobre todo con Miami, con los cambios de esos patrones que habíamos mencionado, de la popularización de la emigración anterior. Y es interesante ver cómo los ʹplantesʹ, por ejemplo, tienen que ser en Cuba, y cómo se entreteje un flujo de comunicación en el submundo inmenso, pues la emigración construye redes de apoyo. Este es además un fenómeno cultural que está trayendo modificaciones a las prácticas religiosas en el exterior, pero también tiene reflejos en las prácticas cubanas. En muchos lugares está prohibido matar animales, han creado cultos de santería ecológica, y es un fenómeno que comienza a verse igual en Cuba”, argumentó.

Para el escritor cubano, Joss, una de las principales preocupaciones es el desplazarnos poco a poco a una economía cada vez más capitalista aunque mantenga formas de control social socialista. “Los jóvenes se enfrentan a dos posibilidades: ser parte de la gran masa que va a trabajar por poco, o emigrar, hacer dinero, regresar y convertirse en inversores. Sin embargo hace cierta cantidad de meses que no se otorgan nuevas licencias de trabajo por cuenta propia. ¿Qué implica? ¿Ha sido determinante en las solicitudes de repatriación de los cubanos que viven en el exterior el congelamiento de otorgar licencias?, cuestionó.

Con ello coincide Eduardo Sánchez, para quien la emigración debe involucrarse más en el proyecto de país, y que ve en otorgar facilidades para los cubanos en el exterior, en la inversión extranjera, una de las vías.

En el lado opuesto coloca el periodista Julio Pernús su inquietud, en la necesidad de estimular que los jóvenes quieran quedarse a vivir en Cuba. “La emigración nos ha dejado hasta una especie de daño antropológico, si pudiera decirse al interior de la familia, cuando se van los hijos y quedan de este lado los padres”, dijo.

“El fenómeno de la migración cubana es más de gestionarlo que de controlarlo, una contradicción que entra en el cuerpo de la sociedad cubana. Hemos apostado durante muchos años al control sin pensar quién controla. Ahí hay un dilema de base estructural muy fuerte”, añadió el antropólogo Rodríguez Ruiz.

“La solución de lo que queremos para Cuba tiene que ir apareciendo de un esfuerzo, transparencia de opiniones, debate público…”, sostuvo.

Para la doctora Sorolla,  nos hemos ido moviendo a una perspectiva más directa de buscar un mayor contacto y vinculo en la nación emigración. “Todavía la perspectiva estado-céntrica que establece una dicotomía basada en la economía, en la relación en la transformación, si se participa o no, permanece… pero hay que tener presente que solo han pasado cinco años de cambio en las normativas migratorias. Es un cambio muy reciente, y se trata de prácticas y representaciones sociales y del estado sobre un fenómeno de 50 y 60 años, además en un contexto complejo y heterogéneo”.

“El retorno permite recuperar la residencia en cuba, y lo que se necesita para recuperar derechos de participación es ser residentes en Cuba”, dijo.

Particular énfasis hizo la experta en comprender que uno de los elementos que han conformado la nación cubana es la amalgama de diferentes orígenes, étnicos culturales… “Si dejamos espacio y reproducimos la idea de la clasificación o discriminación de unos y otros por el lugar de residencia, y empezamos a dejar espacio a la diferenciación y discriminación de los cubanos de aquí y de allá, o al otro lo evaluamos por la oportunidad que tiene de aprovechar determinadas circunstancias favorables o no dentro de la sociedad cubana, estamos creando las bases para otro tipo de discriminación, con respecto al otro, al extranjero, cuando son simplemente cubanos”, subrayó.

Ello tiene que ver dijo, con un fenómeno que se comienza a ver, y es “la búsqueda de una salida a la amargura por la vivencia de una brecha de desigualdad a la que no estamos acostumbrados, focalizando el conflicto en el otro, que es en este caso el cubano retornado. Esa es a la larga la base de la xenofobia, es la base de elementos discriminatorios que deberíamos atajar;  y repensar donde están realmente los motivos de las diferencias de oportunidades y desigualdades, que están lejos de ser consecuencia del cubano que retornó”.

Lo que queda claro es que no se puede construir la Cuba del presente ni la del futuro sin sus emigrados, concluyeron los panelistas.

 

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