Paciencia, pasión y persistencia: tres claves para hacer investigaciones en Cuba

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Emprender investigaciones en Cuba no es para cardiacos —aunque en mis muchos años de investigación en la Isla, he obtenido numerosas recompensas, y el conocimiento de académicos extraordinarios. De todos los países de Europa y América Latina, así como de Norteamérica, que he visitado, ninguno se compara con Cuba en términos de desafíos y complejidades para el investigador extranjero. Estas van desde conseguir una visa hasta (sobre todo) hallar información relevante. Como apunto en el título, tres cualidades claves son absolutamente necesarias para alcanzar el éxito investigativo en Cuba. La carencia de alguna de ellas puede conllevar una experiencia de investigación frustrante. Como expresa aquel dicho tan popular en Cuba durante lo peor del Período especial: “No es fácil…”.

He visitado la isla desde 1976, después que terminé mi licenciatura y empecé a escribir mi tesis doctoral sobre el pensamiento sociopolítico de José Martí. Desde entonces, he estado innumerables veces, participando en conferencias académicas, llevando estudiantes (de la Universidad Dalhousie, donde trabajo, en Halifax, en la costa atlántica de Canadá) a clases impartidas por talentosos profesores de FLACSO-Cuba, como consultante de empresas canadienses –y haciendo investigación de campo en la Isla. Entre todas estas experiencias, ninguna ha sido más retadora que emprender trabajo de investigación.

Hay dos barreras fundamentales que un intrépido investigador extranjero debe vencer en Cuba: recibir permiso oficial para emprender una investigación, y (lo más importante) conseguir la documentación o material de investigación apropiados. La primera es complicada, por las razones que se exponen más adelante; pero mucho más difícil es el acceso a los documentos, la sustancia nutricia de la investigación. (No es extraño que resulte mucho más fácil contactar académicos en centros de investigación e intercambiar opiniones/formularles preguntas, mientras que las entrevistas con funcionarios en oficinas de gobierno son por lo general poco útiles, y a menudo reducidas a declaraciones oficiales y análisis poco originales).

El primer desafío de un potencial investigador visitante es la necesidad de obtener la visa adecuada, a fin de poder desarrollar (legalmente) cualquier tipo de actividad investigativa. Este requerimiento varía con el tiempo. He tenido la experiencia de que algunas fuentes gubernamentales me hayan recomendado, a veces, que “una visa de turista podría ser suficiente” para mis intereses. Al mismo tiempo, he conocido casos de amigos cercanos que asisten a conferencias académicas o que intentan hacer contactos mediante visitas a centros académicos, que han sido entrevistados por la policía de Inmigración en hoteles y oficinas gubernamentales, proceso que puede absorber mucho tiempo.

Conseguir una visa de investigación debería ser algo expedito, como ocurre en muchos países. En el caso de Cuba, sin embargo, no es siempre así. Primero, usted tiene que conseguir el apoyo de un instituto que respalde su solicitud. Este es un proceso complicado, que implica, de parte del centro involucrado, avalar la significación del proyecto de investigación propuesto, y a usted como investigador. Esto es posible si usted tiene una buena relación con una persona “confiable” en un centro académico, que se encuentra preparada para ayudarlo en este proceso. Típicamente, existe la preocupación acerca de las consecuencias de que usted publique algo afuera que algunos funcionarios en Cuba puedan juzgar como excesivamente controversial o crítico. Si alguien interesado en emprender investigaciones en Cuba carece de este amigo o colaborador, resulta extremadamente difícil empezar. Cuando este investigador ha conseguido ganar esta confianza en un centro de investigaciones o ministerio, sin embargo, los problemas están lejos de desaparecer –especialmente si desea emprender investigación en otro centro. A pesar de haber alcanzado una relación de trabajo sólida con colegas en una institución, se requiere empezar de cero otra vez, con el mismo proceso de inversión de tiempo.

Rafael Hernández una vez comparó este proceso de investigar en Cuba con la hipotética escena de una película de Indiana Jones. Imaginemos que el protagonista está en el medio de un puente colgante que se desarma poco a poco, a medida que sus tablas se zafan y desprenden. Tras él se encuentra el enemigo, que lo persigue e intenta matarlo, lanzándole flechas y lanzas, mientras por debajo del puente (que sigue desarmándose de manera dramática) hay docenas de serpientes venenosas listas para devorarlo. Del otro lado del puente hay una pared compacta, con rostros tallados en la piedra. Contando solo con unos segundos antes de que el puente se derrumbe, el protagonista debe pulsar esos rostros tallados, con la esperanza de que, si logra dar con el correcto, la pared de piedra se abra y pueda saltar a un lugar seguro.

Investigar en Cuba es así –tanto para extranjeros como para cubanos. Resulta importante tener el “conecte” apropiado, la persona con quien se sienta en confianza (y ella con usted), pues de otra manera será imposible intercambiar ideas, u obtener material de investigación. Cuando se encuentra el “rostro tallado” adecuado, resulta posible establecer una relación de trabajo sólida, y emprender una investigación significativa. Por suerte, conocer colegas en conferencias internacionales ofrece oportunidades para establecer un buen entendimiento y respeto mutuo.

De todas maneras, “no es fácil”… Cuando el investigador logra entrar a la intimidad de un ministerio o centro de investigaciones, todavía tiene el problema de conseguir la información pertinente para su investigación. Un antiguo ministro me comentó una vez –después de haber invertido yo el tiempo de un almuerzo quejándome de no poder conseguir material de investigación sólido para un libro que estaba escribiendo– que él tenía las mismas dificultades. Los burócratas saben que información es poder, y custodian sus fuentes y datos celosamente.

El ejercicio del control se expresa en varias dimensiones de la sociedad cubana, y esto es particularmente visible en términos de quién accede a la información. La reveladora frase de Fidel Castro en sus “Palabras a los intelectuales”, hace cinco décadas –“Dentro de la revolución, todo; contra la revolución, nada”– se mantiene como un filtro psicológico clave para muchos funcionarios. ¿Quién decide dónde radica la línea divisoria entre “dentro” y “contra”? Puede argumentarse que este lineamiento mantiene gran vigencia (especialmente, mientras su vecino del norte mantiene una ridícula política de agresión, así como una “Ley de Comercio con el Enemigo”). Al mismo tiempo, la intransigencia de muchos funcionarios, que prefieren una política de cautela (que a menudo caen en la inercia y el dogmatismo) requiere ser actualizada. En efecto, como ha dicho el primer vicepresidente Miguel Díaz-Canel, en el reciente IX Congreso de la UPEC: “Debemos cambiar la mentalidad, algunos conceptos, revisar los argumentos e interpretarlos de otra manera pues estamos en otra época”.

Efectivamente, estamos “en otra época”, y ya es tiempo de que Cuba se sintonice.

Vale la pena apuntar que “otra época” significa que, en teoría, los funcionarios ya no disponen en exclusiva del control o el monopolio de la información. La batalla de 54 años por la sobrevivencia del proceso revolucionario cubano ha justificado la preocupación por la manera en que “el enemigo” puede utilizar cualquier información considerada crítica sobre Cuba. En los primeros años de la Revolución, había una clara necesidad de mantener la información restringida a aquellos que necesitaban tenerla. El problema actual con ese enfoque, sin embargo, es que vivimos en una era de la información en la que los datos están disponibles en línea. En otras palabras, aunque la cooperación de parte de colegas cubanos es crucial (y pueden ilustrar los necesarios matices de la realidad cubana), y aunque es necesario obtener documentación in situ, una tremenda cantidad de información puede encontrarse ahora en Internet.

Me sorprende que, después de 54 años de proceso revolucionario, muchos niveles del funcionariado no sean capaces de apreciar el nivel de conciencia política en el pueblo cubano. Nunca he encontrado a nadie en el mundo tan sensible políticamente como los cubanos. Entonces, ¿por qué no confiar más en esa capacidad analítica profunda, y permitirles acceder a información relevante? Ya es tiempo de confiar más en la inteligencia política y en la conciencia del pueblo cubano. También es tiempo de reducir el poder de los funcionarios.

Por suerte, las cosas en Cuba están cambiando, y principalmente para mejorar. Los argumentos sobre la necesidad de un mejor y más relevante periodismo, planteados en el Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) en julio de 2013, son similares a los que he planteado acerca del acceso a la información por los investigadores, tanto cubanos como extranjeros. En particular, las observaciones de Raúl Garcés en este evento fueron especialmente reveladoras, y vale la pena apuntar que él citaba al presidente Raúl Castro al referir la necesidad de combatir “el triunfalismo, la estridencia, el formalismo y la falta de debate público en nuestra prensa para abordar la realidad”. Eso es exactamente lo que los investigadores —cubanos y extranjeros— buscan alcanzar en su propio trabajo, en la medida en que también participan en lo qué identificó como “la guerra contra el secretismo” que permea la sociedad cubana.

También es útil el tono del Llamamiento al VIII Congreso de la UNEAC (22 de julio, 2013) que convoca a la necesidad de una mayor apertura: “Sabemos que la conformidad suele esconder la inercia, uno de los principales enemigos de la creación y del espíritu de lucha”. Pero ha sido Raúl Castro, en su estilo típicamente franco, quien mejor ha condenado la inercia y la pasividad: “Al propio tiempo, los dirigentes desde las instancias nacionales hasta la base, deben abandonar la pasividad y la inercia en su conducta; deben dejar de mirar al otro lado, cuando el problema está aquí, para no verlo. Basta ya de tener miedo a buscarse problemas en el cumplimiento de nuestros deberes…”.

Estas palabras, pronunciadas en la sesión de la Asamblea Nacional del Poder Popular, en julio de 2013, señalan la necesidad de una mayor transparencia, para poner fin al enfoque hermético sobre la transmisión de noticias en Cuba, y la necesidad de alentar el debate honesto entre los que Garcés llamó “profesionales incómodos”. Pero pueden y deberían aplicarse a una estrategia fortalecida, oportuna y muy necesaria para emprender investigaciones –tanto por nacionales como por extranjeros. Díaz-Canel y Raúl Castro están en lo cierto: la inercia nunca debe considerarse como un rasgo revolucionario. El problema es que, en mi experiencia, estos nobles conceptos nunca fueron realmente apreciados por funcionarios, porteros ideológicos y autoproclamados Guardianes de la Verdad, quienes prefieren mantener el control de la información –preservando con ello sus posiciones influyentes, mientras se escudan detrás de lo que perciben como su deber.

En resumen, emprender investigación de campo en Cuba es un reto. Como muchos otros investigadores –tanto cubanos como extranjeros– he tenido muchas experiencias, de esas que forjan el carácter, en que he sido peloteado de una oficina a otra, en busca de alguien con el coraje necesario para otorgar el permiso de revisar documentos, o concertar una cita para una entrevista. ¡De ahí el título de este artículo! Pero las cosas están cambiando rápidamente en Cuba en términos de acceso a información, así como en actitudes en general. En muchos sentidos, este es un microcosmos de los cambios sociales mayores que están ocurriendo en Cuba, pero no son menos importantes. Estamos efectivamente en “otra época”, y es tiempo de sintonizarse, ojalá que a favor de un enfoque renovado para la investigación y el acceso a la información.

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