Políticas culturales, con todos, para todos y por un mejor país

Consolidar la política cultural de la Revolución, definida por Fidel Castro Ruz en 1961 en Palabras a los intelectuales, y que se caracteriza por la democratización del acceso a la cultura, la defensa de la identidad y el patrimonio, con la participación activa de los intelectuales artistas e instituciones culturales en un clima de unidad y libertad; continúa siendo un propósito hoy, aun cuando cambian los escenarios económicos, sociales y comunicativos.

De ahí que el espacio del Último Jueves de Temas haya estado dedicado a reflexionar sobre las políticas culturales para los nuevos tiempos, que en Cuba llevan el sello de las dinámicas impuestas por los Lineamientos aprobados desde el 6to. Congreso del Partido en el año 2011 y también de la Constitución refrendada el 24 de febrero de este año.

Un panel integrado por Tania García, investigadora y estudiosa de la economía de la cultura; Fernando Rojas, historiador, ensayista  y viceministro de Cultura; Mayra García Cardentey, periodista y directora de la revista Alma Máter, y Eduardo del Llano, realizador de cine y escritor, fue invitado, en primera instancia, a establecer una definición sobre lo que debería abarcar la política cultural, sus significados, y las connotaciones de esta en el espacio donde se formula y aplica.

Para Tania García, cuando se habla de política cultural ello involucra a todo el universo de los procesos culturales, porque «la cultura, decía German Rey, es todo lo que media entre la realidad y los sueños. Es imaginario, es valores y por ende es todo lo que expresan estos, tanto en el arte como en la vida cotidiana de todos los seres humanos».

Consideró que es esencial entender la naturaleza de esos procesos, por lo que las políticas deben estar dirigidas a promover la cultura en su más amplio sentido, sin embargo, como pensamiento e ideas no se administran, sino que se promueven, ello implica que si se quiere tener efectividad, las políticas han de ser inductivas, más que directrices.

«Lo que ocurre en el terreno de la cultura va a influir en todas las demás esferas de la sociedad cubana», precisaba la investigadora, y añadió que a su vez «la política cultural va a estar influida por el desarrollo económico, educativo, científico, por la disposición a la construcción y reconstrucción permanente del consenso, sabiendo que lo esencial es ampliar y conservar los logros sociales, la justicia social, la independencia y la soberanía».

Significó que una noción cultural del desarrollo debe llevar implícito el impulso de valores creativos identitarios. «Es importante llevar lo mejor de la cultura cubana y universal a cada uno de los espacios, pero hay que promover la cultura desde cada espacio», enfatizó Tania García.

Sobre los actores en ese diseño dijo que hay que distinguir, pues la política cultural, como política pública, es una función del Estado, que desde su estructura central y territorial la impulsa, pero quienes accionan en campos culturales en roles protagónicos o relevantes para la vida de la sociedad marcan criterios y marcan políticas culturales que no se pueden desconocer. Es por ello que se trata de un mundo complejo, lleno de tensiones y contradicciones, consideró, por lo que es imprescindible el debate profundo, constante, la confrontación de las ideas con la realidad. «Qué es conservar y fortalecer la identidad cultural cubana sino es un campo de batalla –dijo–, y eso en mi apreciación es parte de ese desarrollo en la política y de esos retos de la política».

Se refirió también a la relación entre mercado y creación, aspecto en el que resaltó que son los actores sociales que participan los que deciden las tendencias del mercado, la manipulación que se hace de este. Sin embargo, los creadores de políticas culturales, que promueven la creación facilitando las acciones de los creadores, son quienes van a decidir en última instancia cuál es ese balance de poder que se refleja en ese mercado. «Por lo tanto, todo el proceso creativo tiene que ser parte de una construcción social, todo diseño de política debe, necesita pasar por el enriquecimiento de ese consenso social para que pueda cumplir su rol».

«Desde los medios entendemos la política cultural como una política marco que es mediada y a su vez mediadora de varias políticas como la educativa, la recién elaborada de comunicación, la dirigida hacia las juventudes…», definió Mayra García Cardentey.

Se detuvo en la relación particular que se da con la política de comunicación, que es atravesada por la política cultural en tanto tiene que ver con el establecimiento de agendas mediáticas o el desarrollo de contenidos culturales, pero también porque los medios son capaces de generar polémica y diálogo en función de construir una política cultural integradora.

Para la directora de la revista Alma Máter, «uno de los retos es tener una política cultural programática redactada, porque cultura no es solo la producción de contenidos o valores que intentamos promover, sino que se debe tener en cuenta el consumo que se hace de esos contenidos. La obra se hace, se comercializa, pero también se promueve, y desde los medios de comunicación tenemos el desafío de palpar qué pasa con esos contenidos».

Pero en este sentido señaló la dicotomía, en el caso de los medios, de crear y ser al mismo tiempo representaciones sociales, de ahí que si las personas no creen en los medios, tampoco estos podrán cumplir su papel como defensores de una política cultural que busca estimular determinados valores, tanto en la esfera creativa como en la esfera social.

El comunicacional que se vive es tan heterogéneo como las mismas prácticas de consumo existentes, reflexionó. «Cohabitan diferentes tipos de organizaciones mediáticas, donde tenemos comunicación institucional, gremial, estatal y medios alternativos, todos coexistiendo con diferentes géneros, intereses, dinámicas y modos de socializar la cultura. Esta idea siempre la hemos tenido presente en Alma Máter, la de entender la política de comunicación y la política cultural como entes inacabados que deben estar actualizándose y caminar a la par de esas iniciativas, de la forma de los ciudadanos entender la cultura hoy y cómo esta se comunica».

Consideró, por tanto, que es parte también de ese proceso permanente de actualización de las políticas culturales pulsar cómo los jóvenes y cómo las poblaciones están consumiendo culturalmente los productos, qué apropiaciones tienen. «Desde los medios nosotros tenemos que tener un acercamiento consciente a todos estos fenómenos, no desde la exclusión, no desde la crítica, sino un modelo socializador y comunicativo de cómo se están intercambiando y dialogando todos estos consumos culturales en la población en sentido general».

Eduardo del Llano llamó la atención sobre la propia composición del término: «si lo pensamos bien, política cultural hace coexistir dos conceptos que son mutuamente incómodos. Tradicionalmente los políticos y los creadores se toleran, incurren en estrategias de convivencia…, y no solo en Cuba, en otros sistemas siempre ha sido así, por este carácter generalmente polemizador y de ir un poco a la vanguardia del pensamiento artístico, mientras que las políticas culturales generalmente diseñan estrategias sobre lo que ya existe y tienen esta especie de reticencia natural, comprensible, a cambiar, hasta que se acumulan tantos cambios en el mundo de la cultura y de los medios que se ven obligados».

El escritor introdujo el tema de lo que llamó las políticas culturales invisibles, que son aquellas que sin estar escritas en ningún lugar, establecen pautas sobre lo que puede o no salir en salir en los medios, sea un artista o una obra. Comentó que, si bien pudiera hablarse de una lista blanca, donde figuran los creadores que han recibido el espaldarazo de las instituciones por la calidad de su obra y otra mezcla de factores, y que generalmente son la cara visible de la cultura nacional; también existen la lista negra, donde están inscritos aquellos que no deben aparecer en los medios bajo ninguna circunstancia, y la lista gris, que no aparece explícitamente en ninguna parte, a la cual no sabes cómo entraste y tampoco sabes si vas a salir alguna vez, es sencillamente invisible.

Del Llano, quien habló desde su experiencia personal, dijo que la mayor preocupación radica justo ahí, en los «recovecos que dejan las políticas culturales, que no se ven, que dependen muchas veces de la decisión de alguien, que además nunca te lo va a decir en tu cara, pero que de pronto te marginan de algo en lo que tú quieres seriamente participar, porque te sientes parte de la cultura cubana».

Rafael Hernández señaló que las exclusiones en las políticas culturales son uno de los tantos fenómenos que ocurren a su alrededor y llamó a precisar aquellas cuestiones que hacen específicas a las políticas culturales cubanas y en particular qué abarcan.

Fernando Rojas, al intervenir, precisó que se aproximaría a la respuesta desde la cultura artística y literaria. Para ello empleó una definición de la Unesco, a la que le añadió algunos paréntesis de forma personal.

«La política cultural es el conjunto de orientaciones y decisiones que el Estado y sus instituciones (con la participación de las organizaciones de la sociedad civil, los escritores y artistas, los trabajadores de la cultura y la población) diseñan y ejecutan con la finalidad de facilitar la consecución de objetivos considerados necesarios o deseables en el desarrollo de la cultura en general o respecto de un sector cultural o disciplina específica. La política cultural es la parte de gestión de gobierno que se orienta a preservar el patrimonio cultural y fomentar las artes y la literatura de un país», detalló ante el auditorio.

En el caso específico de Cuba, explicó que se consagraron como principios de esta política el pleno acceso de la población a la cultura y la participación activa de los escritores y artistas en su diseño. «De esos principios emanan programas y concepciones que se sintetizan, de manera inacabada, en la oferta de servicios culturales gratuitamente o a precios módicos»; y puso como ejemplo emblemático el libro.

El establecimiento por parte del Estado y sus instituciones de un sistema de enseñanza artística gratuito y al alcance de cualquier niño con talento, sin ningún tipo de discriminación, es otra de las manifestaciones emanadas de esa política cultural, sí como la organización de una programación cultural amplia, variada y diversa en instituciones estatales o no estatales como oferta a la gran masa de la población y fuente de empleo para los artistas y escritores.

El viceministro de cultura hizo alusión también a la promoción y divulgación de la apreciación de las artes en la educación general, en las instituciones culturales y los medios de comunicación como vía de formación de públicos, además de la formación de profesionales para esta labor específica, como los instructores de arte.

Destacó otros aspectos como la existencia de más de 80 revistas culturales en diversos formatos, en su mayoría con financiamiento del Estado; de redes e instituciones de base, fundamentalmente de servicio gratuito, como vehículo para la extensión de la programación cultural; la creación de un marco legal que respalda los derechos de pleno acceso de la población a la cultura, así como la protección de la obra del creador y la garantía de su seguridad social.

Todo ello, comentó Fernando Rojas, se encuentra en permanente actualización, como es el caso del derecho de autor, para lo cual se realizan «permanentes consultas a las organizaciones de creadores y se estimula el debate de la política cultural, lo que las convierte en actores de la elaboración y sobre todo de la evaluación de la política cultural».

Precisamente sobre ese cambio necesario para atemperarse a los nuevos tiempos indagó Rafael Hernández. «¿En qué medida las políticas culturales requieren actualizarse ahora mismo? ¿En qué medida lo que se ha actualizado llega hasta hoy, una sociedad cambiante, en un momento cambiante de la historia nacional, en un momento donde hay un debate público acerca de los cambios y del futuro, que no está en un punto en el horizonte tan lejano, sino un futuro que está ahí que es el futuro de mañana?», interrogó al panel.

«Yo creo que actualizar las políticas culturales es un imperativo y en ello va la producción y protección del patrimonio cultural cubano», respondió Tania García, quien destacó la importancia de que las políticas tengan una mayor divulgación para que los actores sociales puedan asumirlas como propias.

En su opinión es necesario, además, someter permanentemente a introspección el diseño de la política pública, medir los impactos que estas tienen y si cumplen los objetivos para los cuales fueron establecidas. En particular se refirió a su permanencia en el tiempo, porque políticas que pueden haber estado justificadas en momentos específicos, pueden requerir transformaciones atendiendo a los cambios en la sociedad.

«Los desarrollos económicos han impactado severamente en el imaginario sobre la vida cotidiana», ejemplificó. «Esta sociedad cubana de hoy no es la misma de hace 50 años ni de hace 20 años. Ha habido cambios profundos en toda la sociedad y las políticas culturales tienen que ser espejo de esos cambios. La sociedad actual es más diversa, las formas de propiedad son más diversas, las formas de creación son más diversas…, se están asumiendo cambios y desde la cultura se precisa ir más en la vanguardia de los procesos que se están dando».

En este sentido, resaltó que las tecnologías han transformado la creación, sus formas, soportes y modos de comunicarla. «Si las políticas culturales no reconocen esos cambios, si no son proactivas para el desarrollo, acompañando el proceso de transformaciones que tiene lugar, se convierten en factores contrarios, por su impacto en la sociedad». A ello añadió que, si bien puede haber cierta cautela por temor a caminar en la dirección equivocada, en general algunos cambios tienen que ser más veloces.

La investigadora enmarcó como señal positiva en torno al tema, la aprobación de un Decreto-ley del creador cinematográfico independiente, algo que ya existía para el artista plástico. Pero llamó la atención sobre el hecho de que este no es el fin del camino, sino una invitación a evaluar constantemente cuáles son las adecuaciones que se necesitan. «Nos damos cuenta cómo a veces la realidad y sus transformaciones se adelantan a la necesaria velocidad que deben llevar las políticas culturales», aun cuando se están estudiando actualmente varios asuntos, añadió.

En cuanto al acercamiento a los consumos de las personas, consideró que no siempre somos eficientes en las mediciones y en la utilización adecuada de las estadísticas. Se debe apostar por conocer el campo de actuación lo mejor posible y utilizar los datos para producir reflexiones que conduzcan a las actualizaciones más necesarias y más eficientes, agregó.

Al ámbito formal y legal se refirió Mayra García Cardentey, pues en su criterio se deben unificar todos los aspectos de la política cultural en un único cuerpo, de manera que la política se convierta en algo palpable, que se pueda consultar cada vez que se desee. Igualmente resulta un imperativo la actualización de leyes que tienen más de 30 años, o de resoluciones que no resultan viables en el contexto actual. Se requieren leyes precisas, que no den lugar a interpretaciones y reinterpretaciones que pueden ser a la larga un problema para la aplicación de la política cultural, valoró.

Otro asunto neurálgico para la directora de Alma Máter es atender a lo que sucede con el uso de las tecnologías. ¿Cuáles son los cinco principales sitios a los que acceden los jóvenes hoy?, preguntó, y la respuesta es que ninguno es un medio de comunicación, ninguno es un medio cultural. «Ni en el marco regulatorio ni en el marco de la política estamos totalmente atemperados a estos procesos de intercambio», enfatizaba y puso como ejemplo algo tan sencillo como los procesos de socialización que tienen los jóvenes.

«La alternatividad le está ganando a la intencionalidad», dijo. «Con todo el tiempo que nos está llevando actualizarnos, cuando lo hagamos para los jóvenes o consumidores ya pasaron 10 años. Entonces, ese tiene que ser un proceso urgente y claro, para evitar malinterpretaciones».

Atendiendo a este panorama, la respuesta, de acuerdo con la periodista, se encuentra en la formación de los recursos humanos, no solo como consumidores, como sujetos críticos frente al consumo cultural, sino como actores dentro de esas políticas.

Lo pernicioso de limitar la iniciativa en cuanto a las propuestas de transformación de las políticas fue abordado por Eduardo del Llano. Hay que dejar espacio a la espontaneidad de los creadores y de todos aquellos que quieran convertirse en sujetos activos, hay que escuchar las nuevas ideas, no ahogarlas en la sospecha o los aparatos burocráticos, insistió.

«Una manera de que la ley no le caiga constantemente detrás a la gente, a lo que ocurre, es hacerla lo más general posible, lo más inclusiva posible, para que las cosas que surjan puedan caber, no choquen con lo que está. Si se regula cada cosa nueva, todo el tiempo habrá que estar cambiando algo», proponía. «Tiene que haber urgencia y proactividad, pero tiene que haber confianza en las iniciativas que salgan de la gente, que salgan de los creadores, que no sean orientadas», afirmó.

Como cada Último Jueves, el público fue parte del intercambio de ideas y en esta ocasión la voz respetada de Graziella Pogolotti sugirió comenzar por definir conceptos. «Lo primero que tenemos que preguntarnos, como así lo hicimos a este panel, es qué entendemos por cultura. Si la entendemos como el espacio en el cual se debaten y se contradicen los valores, siendo la creación artística uno de sus componentes, requiere, desde luego, la atención y la fórmula adecuada para su desarrollo. Pero si el basamento de fondo está en ese concepto abarcador de cultura, entonces creo que tenemos que rectificar algunas cosas».

La Maestra de Juventudes se detuvo en la variedad de cambios que inciden en el fenómeno, desde los económicos con su correlato social, hasta los tecnológicos, pero consideró que también hay elementos de continuidad. «En términos diferentes nuestra especie ha perseguido la emancipación humana. Dentro de esa perspectiva, la creación artística presenta aspectos particulares y se relaciona con un interlocutor, nunca con alguien que lo recibe como consumo, y que por lo tanto es un ente pasivo. La cultura y la creación son procesos de co-creación. Si entendemos la cultura en este sentido tan amplio, en eso están involucradas todas las instituciones, no solamente el ministerio de Cultura», afirmó.

La heterogeneidad de la sociedad, quizá ahora más patente, es para ella un elemento de continuidad, pues siempre ha estado presente. Recordó el guion del filme de Cierta manera, de Sergio Corrieri y Sara Gómez, donde se manifiesta con claridad cómo la voluntad de cambio encuentra dificultades para asumir ese cambio. «Ese es el centro del problema. En ese panorama, los medios de comunicación influyen a veces de una manera torpe, insuficiente. Y por otro lado los medios de comunicación social, de circulación alternativa, están jugando un determinado papel al plantearse problemas en estos términos».

¿Qué hacer para retomar, en un mundo en el cual muchas veces estos medios de comunicación son unidireccionales, que hagan un reconocimiento de los conflictos?, cuestionó. «Una continuidad probable, posible, deseable, está en la participación individual y social. Yo creo que los artistas verdaderos son aquellos que de alguna manera ven y expresan lo que todavía no es visible. Las políticas tienen que tener en cuenta esos contrastes, y tienen que contribuir a conducir estos procesos. En los momentos que vivimos, en la batalla actual, lo que entendemos por cultura desempeña un papel decisivo, por lo que sería muy conveniente, estructurar talleres en los cuales se debatieran estos conceptos, estas distintas instancias correlacionadas, de lo que llamamos cultura».

A esos entresijos de la cultura y su capacidad integradora se refirieron otros participantes. A pensar en la naturaleza de los procesos culturales y en las dinámicas de relaciones que tienen los diferentes componentes de la vida social, donde la cultura desempeña un rol, aludió una mujer, quien llamó la atención sobre la manera de ver la institucionalidad y el poder en la vida cotidiana.

Puso como ejemplo el sentimiento de propietario que se supone inherente al socialismo, pero que no se ha logrado en el caso cubano. «Un proceso de socialismo necesita una institucionalidad diferente, no una copia de la institucionalidad burguesa, y entonces la escuela, los procesos jurídicos, muchos procesos institucionales resultan una copia, casi una mímesis cultural de los procesos que se desarrollan en sociedades capitalistas», ejemplificó.

Una cultura socialista tiene que detenerse en cómo pensar el poder social, como articularlo, evaluaba y añadió que todo ello tiene que ver con la política cultural, porque se trata de crear valores. «La capacidad integradora de la cultura en el proceso de desarrollo de una sociedad nueva es imprescindible», sostuvo.

En los espacios culturales las políticas deben ir encaminadas a crear políticas de bien público, demandaba otra intervención, mientras que, por otro lado, se abogaba por evitar en la conformación de la política cultural el verticalismo. La política cultural, coincidió alguien del público, tiene que ser todo lo amplia para quepa todo lo que puede venir, siempre y cuando mantengamos los principios. También manifestó que en la concepción de los productos culturales no se debía encasillar a la cultura cubana en representaciones que podrían convertirse en estereotipos, como el uso de las religiones afrocubanas como si fueran la única expresión de nuestra religiosidad.

La política cultural tiene numerosos desafíos desde el punto de vista sociológico, opinaba otro participante en el debate. El escenario de participación ciudadana, autonomía municipal y nuevas economías resulta un reto, pues no se puede continuar tratando a las personas como público, como espectadores, o jamás lograrán participar de todo lo que sucede. Hay una dimensión antropológica de la cultura, continuaba, los procesos de integración regionales tienen dimensiones culturales y a ello se debe sumar el gran dilema del mundo capitalista colonial patriarcal, consideró.

La política cultural en Cuba se basa en una concepción humanística decimonónica, señalaba, el ministerio de Cultura sigue siendo el ministerio del arte y la literatura. La política cultural tiene que contribuir a descolonizar el pensamiento, tiene que desconectarnos de ese sistema mundo que promueve valores contrarios a los nuestros, apuntaba y llamaba a volver la mirada hacia el ámbito de la comunidad como un espacio esencial en esos propósitos.

La educación es clave para el desarrollo de una política cultural emancipadora y que tenga al ser humano en el centro de su acción, fue otra de las reflexiones compartidas, en tanto la educación es formadora de valores imprescindibles. De igual modo, se hizo énfasis en la enseñanza de la historia.

A pensar en quien recibe las políticas invitó otra intervención, a indagar en qué medida estas han contribuido a cambiar la sociedad cubana. Entretanto, otro participante habló de cómo la censura en ocasiones confería valores a algo que no lo tenía o conseguía justo el efecto contrario del deseado. Asimismo, consideró que los medios debían dar espacio a la diversidad de criterios que existen en la sociedad y que no siempre se reflejan, muestra de lo cual fue lo ocurrido con el decreto 349, cuyo debate transcurrió fuera de los medios oficiales, a los que no todos tienen acceso.

Fernando Rojas coincidió en que no es lo mismo ser público que participante, pues lo segundo es considerar al ciudadano no como un receptor, sino como un sujeto activo en la política. No estuvo de acuerdo, sin embargo, con que se considerara la existencia de políticas culturales como verticalismo.

Dijo que aunque la actitud humanista va mucho más allá de lo artístico y literario, en su intervención se había centrado en esta arista, que no quiere decir que se niegue la importancia de la educación, los medios o las tecnologías; aunque afirmó que no es posible solo con las nuevas tecnologías alcanzar ese tipo de formación humanística que se defendió en el intercambio. El teatro, argumentó, sigue siendo una experiencia artística que no se puede conseguir con las nuevas tecnologías.

«Me parece que el arte y la literatura son expresiones que todavía las políticas culturales tienen que proteger, propiciar y estimular, como es la voluntad del Estado cubano, el pleno acceso de la población a ellas. Promover esas experiencias, publicar libros y hacerlo mejor, publicar cada vez mejores libros… son complementos que incluso favorecen que se tenga una actitud humanista hacia las nuevas tecnologías, una actitud cultural hacia ellas, lo cual garantiza, a mi juicio la utilización más efectiva de ellas. Y además es la manera más eficaz de prevenir cualquier impacto nocivo de la industria hegemónica», precisó.

Con respecto al decreto 349, sin «alabar sus virtudes literarias», explicó que no prohíbe ningún género y «más allá de la visión generalizadora que lo califica como una herramienta de censura», no contiene nada que restrinja la creación. Su intención es «garantizar el tipo de tranquilidad en el espacio público que se ha venido reclamando».

Eduardo del Llano concordó en lo dañino de la censura, que a veces da valor añadido a obras que no trascenderían de no ser por ella. Refirió que con respecto al decreto 349, los medios solo dieron voz a las personas que estaban de acuerdo con su aplicación e ignoraron las opiniones de quienes tenían desacuerdos, limitando el debate o la atención a las justas preocupaciones que afloraron a partir de su anuncio. Consideró que todo debe pasar por el empoderamiento del ciudadano y de los artistas y de la asunción de la diferencia y de la provocación como mecanismo útil a escala social.

«Las obras casi siempre van por delante de lo que piensa la sociedad, y eso implica provocación, eso implica que la gente se puede sentir escandalizada y tenemos que aprender a coexistir con eso, tenemos que aprender a coexistir no solo con la disensión, sino con la disensión escandalosa. Por supuesto, tiene que haber principios rectores a escala social, como pueden ser la no aceptación de ninguna manera del racismo, del fascismo y yo añadiría del anexionismo, pero no mucho más que eso, todo lo demás debería ser permitido, no aplaudido, pero permitido, y de alguna manera también recogido por los medios oficiales, porque los medios oficiales no son los medios de aquellos que están de acuerdo con la oficialidad, sino de todo el pueblo», añadió.

Mayra García coincidió en este sentido con Eduardo del Llano y agregó que a los medios les falta mostrar más diversidad, más diálogo, más debates y puntos de vista sobre diferentes procesos. Señaló que en el caso del concepto de cultura, está tan arraigado asociarlo a los procesos creativos que un ejemplo claro es que en todos los medios el espacio bajo la denominación de culturales de lo que habla es de los procesos creativos. Es también parte de las carencias que tenemos y que solo se han podido superar en determinados lugares en los que se ha podido defender que cultura es todo, no solo el arte. Una política cultural siempre debe ser abierta, un constante laboratorio de debate y diálogo, concluyó.

El intercambio nos deja la necesidad de seguir pensando y debatiendo alrededor de todos estos temas, evaluaba Tania García. La investigadora también resaltó que el llamado de atención que se nos hace sobre la capacidad generadora de la cultura, su capacidad integradora por su dimensión, por su enfoque, por su contenido y por su naturaleza, es precisamente porque la cultura es el alma de la sociedad, es su pensamiento, es su sistema de valores y por lo tanto una dimensión cultural del desarrollo tiene que partir de cada rincón de donde emerge esa sociedad y de donde se conforma y se consolida el sistema de valores que se quiere.

Vincular todas las reflexiones y estudios culturales con todos los estudios alrededor de la sociedad, su desarrollo y su comportamiento, es imprescindible en un país que está cambiando, señaló. «El hecho de que las sinergias políticas, económicas, etc. estén planteándose como una construcción a futuro hacia los municipios, nos está cambiando todas las preguntas, nada va a ser igual y por lo tanto nosotros tenemos que pensar en esas dimensiones; tenemos que pensar que la dimensión creativa en las artes también tiene que partir de ese proceso».

Apuntó que se han dado pasos en la dirección de defender el sistema de enseñanza, de no dejarlo debilitar, precisamente porque hoy el movimiento creativo, desde el movimiento artístico, desde la base, es el que va a perpetuar ese sentido de identidad, de lo cubano en nuestra sociedad. No obstante, dijo que Cuba necesita desarrollar una industria cultural para preservar su patrimonio, que nuestro sistema institucional a lo largo y ancho de todo el país cada vez funcionen más y mejor, y esté más en función de proyectos de desarrollo, para que la sinergia creativa cultural, que no es solo las artes, se mueva en función del desarrollo.

«Necesitamos que ese proceso de rediseño de las políticas culturales acompañe el proceso de transformación del país; para eso se cuenta con una intelectualidad comprometida con el proyecto social, por eso esta tiene el derecho de participar. Nadie puede ser insensible frente a la vulgaridad, la banalidad, la violencia…, pero la solución está en el sistema de valores, y eso es una función que es de toda la sociedad».

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