¿Qué entender por mejoramiento de la sociedad?

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Comentarios al artículo "Demografía política e institucionalidad. Apuntes sociológicos sobre las estructuras políticas en Cuba", de Rafael Hernández, publicado en julio de 2014 y retomado por Catalejo a propósito de la celebración del VII Congreso del Partido Comunista de Cuba.

No soy politólogo ni cosa que se le parezca, aunque he estado envuelto en la política toda mi vida creo que desde los 8 años, pues nací en el año 52 del pasado siglo y me agarró la Revolución con 6 añitos cumplidos. Viendo tu trabajo recordé un ejercicio que venía haciendo hace unos años comparando los nombres de los compañeros que ocupan los principales cargos del sistema de dirección político del país, algo que no terminé, aunque sí me dio pie para decir lo que incluí en mi trabajo titulado “Ciencia, sociedad y turismo”, que te mencionaba. Allí digo lo siguiente:
El conocimiento, cómo medirlo, cómo medir su impacto en la sociedad. Pero incluso buena información sobre el turismo, buena ciencia y buena educación no lo son todo. Pudiera pensarse que profundizar, difundir conocimiento es garantía de impacto positivo en la sociedad. Un ejemplo del desarrollo de esta idea lo encontramos en el ensayo de Jorge Núñez Jover “El conocimiento entre nosotros: reflexiones desde lo social”,[1] allí se dice: “La capacidad científica nacional debería ser capaz de generar las tecnologías físicas y sobre todo las tecnologías sociales: procedimientos de organización social que permitan construir el modelo de desarrollo deseado”. [2] Parecería que más ciencia, que más descubrimientos científicos son de impacto para la sociedad, que difundir la ciencia tiene que ser de impacto positivo en la sociedad. Pero esto no es automático, no es naturalmente positivo, o no opera realmente como garantía para el mejoramiento de la sociedad. Aquí aparece inmediatamente el problema de ¿a qué llamamos “impacto positivo”? ¿Qué entender por mejoramiento de la sociedad? Sin dudas una sociedad más educada, con ciudadanos mejor educados y con más conocimientos científicos debe ser mejor, pero pudiera no ser tanto así, proporcionalmente a la inversión en educación, conocimientos y estudios científicos. 

El caso de Cuba es ilustrativo: somos una sociedad altamente educada, con niveles de educación por encima de la media de toda “nuestra América”, la situada al sur del Río Bravo. Tal vez la de más alto porciento del PIB dedicado a la investigación  científica y, sin embargo, no escapamos  a la tendencia  hacia la emigración de un elevado número de cubanos, en  particular de aquellos que poseen un alto nivel cultural y de  conocimientos científicos. Esto  supone utilizar como medida de calidad de sociedad el  “balance del flujo migratorio”, rasero discutible, pero que  no deja de mostrar tendencias claras de la realidad del  país.  No hay dudas de lo que  significa el conocimiento para resolver infinidad de  problemas de una sociedad. Como apunta el Dr. Núñez en el texto mencionado: “Su producción y uso debe  permitir lidiar con numerosos problemas por resolver: acceso  básico a alimentos y sanidad, justicia social, equidad y  derechos humanos, convivencia intercultural, diálogo y  entendimiento entre los pueblos, paz, democracia,  participación, gobernanza y ciudadanía, relación con el  medio natural y las formas de vida y la ética, libertades y  valores y  también para lidiar con el cambio climático, las pandemias  y otros males a la orden del día”. [3]  Pero para que esto sea así en una sociedad dada, esta tiene que crear condiciones para que sus ciudadanos tengan más conocimientos, la  ciencia sea un bien extendido a toda la sociedad y la  educación sea universal al alcance de todos. Esta debe  resolver tal vez lo más importante: que ese conocimiento,  esa ciencia, que está en poder de cada vez más ciudadanos, cree las condiciones para su aplicación en todos  los ámbitos del conocimiento y la práctica humanas, y la  creatividad humana tenga todo el espacio y recursos para  desarrollarse al máximo.  El mismo autor reconoce que: “la «economía del conocimiento» es también una  oportunidad para aquellos que logren movilizar los recursos  humanos, la capacidad institucional, la creatividad, la flexibilidad y motivación que semejante empeño reclama”. [4] Pero es aquí donde está nuestro talón de Aquiles. Núñez dice:  “La «introducción de  resultados» en ciencias sociales, incluidas las  económicas, no parece correr mejor suerte. No es visible  que sus recomendaciones, si bien pueden ser solicitadas y  atendidas, estén influyendo significativamente en los  mecanismos de toma de decisiones. En realidad lo mejor de la política científica y tecnológica cubana ha descansado con frecuencia en las iniciativas  de Fidel Castro. En este terreno, como en otros, el país  está abocado a la necesidad de generar otros mecanismos que  permitan construir e impulsar las políticas apoyándose cada vez más en la experiencia colectiva que atesora”.[5] 

Debemos preguntarnos por qué el inmenso potencial creado por la Revolución con el  crecimiento espiritual del pueblo. fundamentado en la universalización de la educación basada en la ciencia, que  nos ha convertido en el pueblo culto que hoy somos, no se  traduce en un desborde de creatividad y progreso económico y social del país. Respuestas objetivas las  tenemos, algunas tan sólidas como el brutal bloqueo a que  hemos estado sometidos por el gobierno norteamericano. Pero este argumento no basta, aunque se mantiene con igual nivel de daño y objetivos, sobre todo ahora que del profundo  aislamiento en que nos encontramos unas décadas atrás, incluso en nuestra Latinoamérica, hoy gozamos de pleno reconocimiento mundial y particularmente entre nuestra  familia americana que significó la gota necesaria para presionar al gobierno norteamericano a cambiar su política hacia Cuba.

Tenemos que hacernos más preguntas aún. ¿Discutimos cómo está  concebido, integrado y funciona el área principal del cerebro del país, léase Partido, Estado, Gobierno? No lo  suficiente y profundamente que se necesita. Algunos  problemas saltan a la vista: 

  • No hay división real de  poderes. Existe una definición bastante clara de cada  institución, pero no de quienes la integran y, al máximo  nivel, una cantidad considerable de miembros ocupa cargos en estos tres órganos de dirección.
  • El primer resultado es que varios compañeros que ocupan estos cargos son “jueces y  partes” de lo que se hace en el país.
  • No hay contrapartida, por tanto  no hay contradicción creativa.
  • La creatividad es bienvenida mientras no toque este statu quo. Por muchos años se  alentaron todas las ciencias menos las sociales, en tanto estas cuestionaran las formas, métodos y objetivos de la dirección del país a todos los niveles.
  • En la economía esto fue más  evidente con los pobres resultados que hemos tenido y aún  persisten. Si no entendemos esta “piedra” estamos condenados a tropezar eternamente con  ella.  El compañero Raúl ha hablado de  superar la “unanimidad”, falsa por demás. Esto resulta  imposible sin la aplicación de una consecuente división de  poderes.  

Se llama a la discusión, pero esta muere en brazos  de las estructuras de poder, de conocimiento, de enseñanza  del país, sin la base objetiva que supone “unidad y lucha  de contrarios” no antagónicos.  Y hay que comenzar por aquí  porque, de lo contrario, no podemos llegar a: 

  • La independencia de las  empresas socialistas que preconizamos en teoría, incluida  ampliamente en los Lineamientos del Partido, pero aún apenas aplicada.
  • La necesaria independencia de  las instituciones investigativas y de la Educación  Superior, algo de lo que no se habla. Nuestra Constitución establece  al Partido como la “fuerza dirigente superior de la  sociedad y del Estado”, pero el Partido tiene que ser “el más democrático”, como declarara su Primer Secretario en este último Congreso para poder ser el único. Para ello  tiene que cambiar y mucho. 

Sería imprescindible que ningún miembro de los órganos de dirección del Partido a cualquier nivel pueda ocupar cargos de dirección estatal o de gobierno. Solo esta medida crearía la necesaria contrapartida que reclama el sistema de dirección del país. Estoy seguro de que un efecto secundario sería prescindir de gran cantidad de funcionarios que ahora trabajan en los órganos de dirección del Partido y que ejercen infinidad de funciones  de dirección que solo debieran ser ejercidas por dirigentes elegidos del Partido. Igualmente parece necesario que ninguna persona con cargo elegido del Estado pueda ocupar uno en el gobierno. Esta otra contrapartida cambiaría por completo las condiciones objetivas en las que el debate político tiene lugar a todos los niveles. La falsa “unanimidad” que hoy queremos eliminar tendría bases más sólidas para desaparecer “naturalmente”. Las consecuencias que  tendría esto en la vida nacional y en la política científica y tecnológica serían incalculablemente positivas.

En mi modesta visión, el sistema se hace estéril al admitir que un ministro sea a la vez diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular y miembro del Comité Central del PCC. Con la división de poderes me pasa como con la rueda, invento de más de 3 500 años: me  imagino un flamante Mercedes Benz con cuatro cajas cuadradas por ruedas. 

 

[1] Jorge Núñez Jover, ¨El conocimiento entre nosotros: reflexiones desde lo social¨ (Mención en el Premio Temas de Ensayo en Ciencias Sociales, 2009), en Temas, n. 65: enero-marzo de 2011, pp. 94-104,

[2] Ídem.

[3] Ídem.

[4] Ídem.

[5] Ídem.