Revolución con pachanga: La Habana transfigurada

Lea aquí "La llave de las Indias", capítulo 1 de Historia de La Habana, publicado en Catalejo

 

El sábado pasado me fue imposible encontrar lugar en Tropicana, donde, luego de mucho esperar, pude aplaudir el más extraordinario de los espectáculos coreográficos: un suntuoso ballet titulado “La Reforma Agraria” que constituye, por su dinamismo y su poder exaltante, una admirable muestra de buen teatro revolucionario…Vaya el visitante a las playas; vaya a los comercios, deambule por las calles, descanse en los cafés…Tendrá la impresión de hallarse en una Habana transfigurada. Alejo Carpentier

 

En esta crónica sobre los cambios en la ciudad, el novelista Alejo Carpentier, entonces con 54 años, cuenta maravillado cómo se venden muñecos barbudos en las jugueterías, se multiplican las exposiciones de tractores e implementos agrícolas, y hasta los puestos callejeros de tamales y fritas proclaman “Consuma productos cubanos”.

La ciudad fotografiada en las tarjetas postales y los filmes norteamericanos, contada en las novelas de Ernest Hemingway, Graham Green y Guillermo Cabrera Infante, cargada de luces y de gente despreocupada,  música y baile día y noche, personificada en el bongosero Ricky Ricardo de I love Lucy y en el mulato dicharachero y jugador, pícaro y risueño, la ciudad nocturna de los clubes de La Rampa y los cabarets de la Playa de Marianao, sufrió una profunda mutación, tanto en su fondo como en su apariencia.

La ola ideológica traída por la revolución —incluida la de sus descontentos— lo impregnó todo, atravesó todas las clases y las razas, y se extendió por todos los barrios de la capital. Sobre el ajiaco que Fernando Ortiz había descrito como la cultura nacional, mezcla de viandas africanas, embutidos españoles, especias chinas y árabes, y profusamente rociada con los spirits norteamericanos, se derramarían otros líquidos ideológicos, que harían entrar en ebullición el espeso caldo del nacionalismo cubano. Los nuevos ingredientes, en especial la particular ideología del comunismo criollo, expresada en la defensa de la nación, el espíritu de entrega e idealismo, la condición cívica y miliciana, la actitud estoica y el colectivismo, la aguda vivencia del momento histórico y del compromiso personal, la fiebre movilizativa y el radicalismo ideológico, se vertieron sobre el ajiaco cubano con un efecto insólito.

“Esta es una revolución con pachanga”, solían decir muchos visitantes de izquierda a principios de los 60. La ciudad sensual que no había dejado de bailar y gozar por todos sus poros, enamorada de sus nuevos héroes y consignas, se había puesto el uniforme de las milicias y se sometería disciplinadamente al sueño de la nación, pospuesto desde las luchas de 1895, 1933 y contra la última dictadura en 1953.

En apenas cuatro años, experimentaría una notable transformación. Abandonada por su élite e invadida por la gente pobre del campo, sus glamorosos escenarios de candilejas, exclusivos hoteles y los demás enclaves de confort de su clase alta y media se habían puesto al alcance de los habitantes de sus barrios populares mucho más de lo imaginable nunca. Cortadas abruptamente sus conexiones con el Norte y cada vez más aislada por el Sur, había tenido que tender nuevas e inesperadas líneas de abastecimiento con el remoto Este, cuyos extraños idiomas tenía que aprender a la carrera. La ciudad más cosmopolita y culturalmente diversa de la región, nacida en el cruce de caminos del Nuevo Mundo y acostumbrada durante siglos al comercio internacional y la familiaridad instantánea con los extranjeros, se sometía a una prueba de sobrevivencia. Su transfiguración era parte de esa estrategia de adaptación. Pero también era parte de su cultura —la anterior y la nueva.

La experiencia revolucionaria hizo tomar conciencia a los habaneros de que habitaban la capital privilegiada de un país pobre, en cuyos campos habían pululado la pobreza, el hambre y las enfermedades curables, el analfabetismo y el desamparo. Al llegar el Ejército Rebelde a La Habana, muchas de cuyas tropas de guerrilleros serranos no sabían leer ni escribir, la ciudad tuvo delante la certidumbre de esa desigualdad y la dimensión del sacrificio por la nación.  En efecto, si bien uno de cada tres cubanos, no sabía leer ni escribir en 1959, la mayoría de estos no vivía en la capital, donde el analfabetismo era solo de uno por cada once habitantes. Ninguna de las principales ciudades del país contaba con más de cinco cines; mientras que, de los quinientos existentes en la Isla, La Habana disponía de 123. Veinte años antes de la Revolución, la capital ya tenía 36 emisoras radiales —más de la mitad de las 66 existentes en Cuba y más del doble de las que existían en Buenos Aires. Las únicas tres estaciones de televisión cubanas, nacionalizadas en 1960 junto con el resto de los grandes negocios privados, extranjeros y cubanos, radicaban en la ciudad. Esta toma de conciencia contribuyó, junto al radicalismo ideológico y las políticas del centralismo estatal socialista, a que la revolución se derramara más en las provincias que en la capital. Así, los cientos de miles de habaneros que se reunían en la antigua Plaza Cívica, rebautizada como Plaza de la Revolución —muchos de ellos milicianos, alfabetizadores, maestros, cortadores voluntarios de caña y recogedores de café, administradores de ingenios azucareros, o simplemente revolucionarios—  aplaudían políticas económicas que priorizaban la construcción de caminos, hospitales, y escuelas en las montañas, así como fábricas, teatros y cines en las otras provincias, en lugar de la capital. Había llegado no solo la hora de la libertad, sino la de la igualdad y la justicia social —por las que muchos habaneros habían luchado en 1895 y en 1933.

Mientras todo esto ocurría, la otrora vitrina del capitalismo cubano se transformaba día a día. Preferida por las corporaciones norteamericanas para poner a prueba de mercado sus últimos productos de exportación, La Habana se había ido despojando de sus galas prestadas. Los Sears Roebruck, los Studebakers y De Sotos del año, los Chesterfields y Salems preferidos por muchos fumadores en lugar de las marcas nacionales, los estrenos de filmes de Marilyn Monroe y Marlon Brando, se desvanecerían junto con todo lo demás. Al final de esta transición, ios casinos se esfumaron, junto a las peleas de gallos y la bolita. Se esfumaron la mafia, los turistas, los ferries del sur de la Florida, y los DC-3 Habana-Miami. Se fueron cerrando los prostíbulos, y a sus empleadas se les ofreció aprender otros oficios y dedicarse a otras ocupaciones.

Paralelamente, los recursos de la capital fueron reencaminados de los ricos a la clase obrera y a los pobres. Los exclusivos clubes privados de yates y playas de Miramar y la Playa de Marianao fueron abiertos de par en par al público con una tarifa de entrada de cincuenta centavos, o entregados a los sindicatos obreros para el uso de sus miembros. El Country Club fue absorbido por una nueva y gratuita Escuela Nacional de Arte, con un diseño innovador que semejaba colmenas de ladrillos rojos , senderos y pasillos sinuosos, algunos de ellos muy expuestos a la vegetación selvática a lo largo del estrecho Río Quibú.

La mansión de Alfredo Hornedo en Carlos III se convirtió en la Casa de Cultura de Centro Habana, donde los aspirantes a escritores podían incorporarse a talleres, y los émulos de Chano Pozo ya no tocarían para sus patrones, o para los que se hubieran reunido a escucharlos en los solares El África o El ataúd.

El Gran Estadio del Cerro se convirtió en el Latinoamericano, y se cortaron todos los vínculos con el beisbol profesional de los Estados Unidos.

Cuando el Habana Libre dejó de ser un cuartel general provisional del Ejército Rebelde, se transformó en cruce de caminos de revolucionarios internacionales y activistas radicales de diversos colores. Sus habitaciones y clubs nocturnos y su piscina, como los del Riviera, el Nacional y el Capri, también devinieron lugar de diversiones para habaneros en luna de miel —de todas las clases y razas—, para cubanos del campo que asistían a eventos políticos en la capital y para jóvenes parejas que salían juntas los fines de semana, y pudieran juntar veinte pesos para acceder a un rancio lujo, con privacidad y una cama. El cercano edificio de apartamentos FOCSA, con sus veintiocho pisos de condominios exclusivos, se convirtió en un dormitorio para jóvenes del interior del país, que venían a continuar estudios en la capital. La propiedad más antigua del otro lado de la calle —una mansión con garaje para automóviles y empinados techos de verdes tejas que parecían propios de Suiza— se convirtió en escuela primaria. Muchos apartamentos abandonados o confiscados pasaron a manos de oficiales del Ejército Rebelde y sus familias, quienes permanecieron en La Habana para ocupar puestos gubernamentales nuevos o viejos.

Lo mismo pasó con grandes casas subdivididas en apartamentos o cuartos individuales. La vieja propiedad de los Loynaz, en vías de derrumbe en  la calle Línea, donde sesionaban los salones literarios de los 20 y 30, fue repartida por los nuevos inquilinos, adaptada y vuelta a repartir. La misma suerte tuvo la casa del General Enrique Loynaz, en el suburbano Lawton, luego de que el anciano general se refugiara en el poblado costero de Santa Fe.

Otros edificios clásicos se convirtieron en museos de lo que había quedado en el pasado: el Palacio Presidencial devino Museo de la Revolución, de hecho un museo de toda la historia cubana desde la perspectiva revolucionaria. La mansión toscana del político Orestes Ferrara a lo largo del muro de la Universidad se convirtió en el Museo Napoleónico, albergando desde entonces la colección de arte francés imperial del Ferrara que partió, y la del magnate del azúcar emigrado Julio Lobo (igualmente obsesionado con Bonaparte) que poseía, entre otros muchos tesoros, un rizo del cabello del emperador. El Palacio de Aldama, rescatado de su suerte como fábrica de tabacos, fue restaurado para convertirse en el hogar del Instituto de Historia. La mansión y los jardines de la heredera del azúcar María Luisa Gómez-Mena, la Condesa de Revilla-Camargo —célebre por sus fiestas con candelabros de oro de 45 kg, 5 000 docenas de gladiolos y 500 faisanes traídos en avión de los Estados Unidos— devino el Museo de Artes Decorativas.

En las vidrieras de Indochina, los lujosos Omegas y Rolex suizos habían sido desplazados por los modelos moscovitas Poljot y Raketa, más feos, pero increíblemente más baratos.

En el barrio donde había transcurrido su adolescencia, la historia reciente había dejado ya sus huellas. En la mayor institución social del barrio chino, el Casino Chung  Wah, se había retirado la foto de Chiang Kai Shek, se había formado una brigada de milicias con el nombre del mártir revolucionario “José Wong” y se cerraron los locales del Kuo Ming Tang, igual que los teatros pornográficos y los burdeles. Las paredes estaban cubiertas de nuevos letreros con consignas de Patria o Muerte.

Yendo en la otra dirección, en el barrio de Colón —que Juan en otros tiempos solía atravesar para ir a trabajar a la tintorería—, los burdeles habían sido gradualmente cerrados, y sus empleadas fueron incorporadas a escuelas o recibieron instrucción para ocupar otros empleos.

 “No fui una de esas que el Primero de enero se pusieron el brazalete y se hicieron pasar por fidelistas… Al principio todo el mundo estuvo muy contento. . . Ya no era necesario pagar, como antes, los impuestos a la mafia. La gente se sentía segura y salía a disfrutar de los nuevos tiempos. Los fines de semana, los bares abrían el viernes por la mañana y no cerraban hasta la madrugada del martes. Pero entonces comenzaron a rodar las bolas. Ya hacía tiempo que estaban rodando; que si nos iban a llevar para una zona, que si iban a recoger los chulos, que iban a meternos presas… El primer golpe fue la Reforma urbana. De la noche a la mañana, en hoteles y solares las gentes se vieron sin necesidad de pagar el alquiler, convertidos de pronto en dueños... La solución fue radical. Cada cual era dueña del espacio donde residía... Los chulos... comenzaron a ser recogidos. Se les tenía que acabar al fin su negocito. Muchos echaron un pie de la Isla, otros cayeron presos o comenzaron a buscar trabajo... A nosotros nos fue muy difícil, a unas más que a otras. Se nos hacía imposible pensar que aquella vida pudiera acabarse, que hubiéramos podido contribuir a ese cambio; por eso muchas de nosotras, al comprender que todo era verdaderamente distinto, nos sumamos de lleno al proceso. Cuca tenía al marido siempre huyendo de la policía, acusado de repartir propaganda y de colocar bombas. Fue la única, al menos que yo recuerdo... Él no pudo continuar la lucha en la ciudad y se fue para la Sierra. A los seis meses, ella se fue del barrio... Nunca se supo dónde estuvo hasta que triunfó la Revolución. Fue una de las que nos habló para que dejáramos el negocio”.

En los cines del barrio se proyectaban películas soviéticas de Mijaíl Kalatozov con historias conmovedoras de soldados de la II Guerra Mundial; y en las librerías se podía comprar una diversidad de libros a precios ínfimos –desde los clásicos de la literatura cubana y latinoamericana, hasta las obras de Mao, Lenin, Marx y Martí.

Lo que no había cambiado era la bulla. La radio y la televisión transmitían todo tipo de actos, concentraciones y nuevas telenovelas con historias de luchas patrióticas, junto a los últimos hits de Benny Moré y Roberto Faz, con la siempre resonante música bailable cubana, intercalados con las marchas y los himnos de la milicia. Por aquellas calles de Centro Habana se podía caminar durante cuadras y cuadras y seguir escuchando una comparecencia de Fidel Castro sobre su reciente viaje a la URSS o del Che Guevara acerca de los planes del Ministerio de Industrias, que se escuchaban y veían en todos los radios y televisores de la ciudad. Esta sintonía permanente competía con el estruendo de los  camiones de estudiantes que pasaban coreando congas con letras que insultaban al presidente de los Estados Unidos, las carrozas del carnaval habanero en cuyas torres de tres pisos jóvenes bailarines se meneaban al compás de rumbas dedicadas a exaltar a los obreros de la construcción, los carros con altoparlantes que convocaban a asambleas en la Plaza Roja de La Víbora y los bailes populares en el Parque Central y el Paseo del Prado, donde las más famosas orquestas del país tocaban gratuitamente hasta la madrugada.

Mientras tanto, en el mosaico de creencias religiosas se abrieron nuevas grietas y divisiones. La frialdad primero y la oposición posterior del clero católico, cuya mayoría era español y conservador, a la ideología revolucionaria, y el rumbo marxista-leninista ateo de ésta, deslindaron rápidamente los territorios políticos en términos de creyentes y no creyentes. El párroco de la iglesia de la Caridad, el padre Eduardo Boza Masvidal, cerca del hogar de los Valdés en el Barrio Chino, devenido obispo auxiliar de La Habana, había escrito encendidas homilías contra el gobierno, imputándole querer implantar el comunismo ateo en la isla, responder a intereses foráneos —los rusos—  y no respetar la propiedad privada —la reforma agraria, la reforma urbana y la nacionalización de las escuelas privadas, particularmente las católicas.

En la Cuba de entonces, sin embargo, la jerarquía católica no tenía el liderazgo de que podía gozar en otros países de la región. En 1953, había solo 232 sacerdotes  en la ciudad, para una población de más de un millón de residentes, y la mayoría de ellos había impartido clases en las escuelas privadas a las que asistían los hijos de las clases media y alta blancas. Aunque una mayoría de los cubanos se declaraban católicos, las encuestas realizadas en los años 50 por la Juventud católica mostraban que solo entre el 11 y el 18% de la población eran católicos practicantes, que asistían regularmente a misa; otro 6 % eran miembros de iglesias protestantes, la mayoría de los cuales procuraban un acomodo con la revolución. Pero la gran mayoría de los cubanos profesaba una “fe popular”, que mezclaba las religiones africanas —regla de Ocha, Palo Monte, abakuá— con ingredientes cristianos y espiritistas. Todas estas fes diferentes, cada una a su manera, tributaban sin embargo al sentimiento utópico de que se podría lograr una sociedad mejor, donde el hombre dejara de ser el lobo del hombre, y alcanzar, por encima de sus diferentes clases y colores, una tierra prometida donde los pobres serían los bienaventurados.

El ateísmo traído por la oleada ideológica marxista-leninista vino a añadirse al ajiaco anterior, reabsorbiendo muchos de sus valores, principios y prescripciones morales, incluido el sentido de la trascendencia y el idealismo. Este ateísmo se engarzó, no obstante, encima de una religiosidad popular asociada al sincretismo africano-cristiano, de naturaleza más pragmática y relativista, que se mantuvo presente en la fe y las conductas cotidianas, si bien era menos visible en el discurso ideológico principista.

El obispo Boza Masvidal estuvo entre los 130 sacerdotes expulsados del país por contrarrevolucionarios, cinco meses después de Playa Girón. Lo que catalizó esta decisión fue una combinación de procesión religiosa y manifestación política que el obispo convocó fuera de la iglesia de la Caridad. El conflicto entre la iglesia católica y el nuevo estado desempeñó un importante papel en la partida de los miles de niños de clase media de la capital, en la Operación Pedro Pan; y los adultos católicos practicantes también abandonaron el país en cantidades mayores que los no practicantes. Una encuesta de las parroquias habaneras de fines de los años 60 estimaba que entre 50 y 70% de sus miembros habían abandonado la isla en la década que siguió al advenimiento de la Revolución al poder.

Las iglesias de todas las fes siguieron operando, pero la mayoría de los cientos de miles de creyentes de una u otra denominación que permanecieron en la capital abandonaron su religión, la mantuvieron en silencio o un poco ambas cosas. Los más acostumbrados a semejante equilibrio incierto eran por supuesto los practicantes de las religiones de origen africano, cuyos predecesores habían pasado siglos equilibrando las tradiciones en conflicto y las prácticas privadas con las públicas. Pragmáticos y politeístas, los elementos de origen africano enfatizaban la fe personal y la conducta diaria, al margen de ningún catecismo, y carecían de instituciones oficiales jerárquicas que defender. Las tropas rebeldes habían entrado a La Habana portando no solo cruces, sino collares de cuentas de santería.

Para los creyentes en la “fe popular”, negros y blancos habitantes de aquellos barrios que una vez fueron La Habana de extramuros, los grandes jefes de la revolución estaban iluminados y protegidos por las potencias del panteón yoruba. De otra manera, hubiera sido inconcebible que escaparan a la muerte y los designios de sus poderosos enemigos.  Fidel era llamado entonces, no por gusto, el Caballo —figura que ostentaba el Uno en la charada china. Según esta extendida visión, sobre Fidel se habían vertido las virtudes de los tres guerreros de la santería: la fortaleza y el espíritu de batalla de Shangó; la tenacidad y la voluntad del forjador Oggún, dueño de los hierros; y la habilidad y visión de Elegguá, amo de los caminos y sorteador de las dificultades. Obatalá —padre del intelecto y de la fuerza de la mente— le había enviado su blanca paloma el 8 de enero, en medio de un discurso.

Según la vox populi, algunos de sus más cercanos colaboradores, como su ayudante y médico personal, el comandante René Vallejo, y Celia Sánchez, su más próxima asistente, eran también creyentes discretos, que consultaban con distinguidos babalawos, y cumplían con ciertos ritos relacionados con el color de la vestimenta y determinadas prendas que tenían una significación litúrgica.

El discurso del ateísmo oficial, que aportara la onerosa palabra oscurantista al vocabulario cotidiano que describía todo tipo de religiosos practicantes, no veíacon buenos ojos los toques de tambor celebrados en los patios interiores y azoteas de la ciudad; así como la procesión en honor de Babalú Ayé el 16 de diciembre, la noche víspera de San Lázaro, hasta la capilla del Rincón, en las afueras de la ciudad. A pesar de todo, las antiguas creencias no solo se mantenían, sino funcionaban como pegamento social.

En contraste, lo que la ideología revolucionaria rechazaba como religión, lo celebraba como cultura. Las tradiciones de origen africano pudieron ser reconocidas por primera vez como parte legítima de la herencia nacional. En el que había sido antes Teatro Tacón y luego Nacional, renombrado entonces Teatro Federico García Lorca, así como en el cine Rodi, rebautizado Teatro Mella, en la calle Línea, un público multitudinario se agolpaba para ver a los bailarines del Conjunto Folklórico Nacional y los de Danza Moderna interpretar los poemas afrocubanos de Nicolás Guillén dedicados a Sensemayá, la Culebra del rito mayombe, convertidos en temas de laureados ballets y filmes.

De un modo más dramático que la religión, el comercio privado que había hundido sus raíces profundamente en la vida callejera de La Habana se iba marchitando a ojos vista. Antes de partir para el campo como maestro, y luego administrador de central, Juan Valdés había recuperado su empleo en “Indochina,” donde brevemente pasó a ser parte del equipo de gerencia de la tienda nacionalizada. Las cadenas de supermercados, que tuvieron apenas tiempo para hacer una breve aparición en La Habana de fines de los 50  y principios de los  60, también fueron nacionalizadas. El cambio en la vida económica de la ciudad barrió con negocios locales de la escala del de Alberto Motola, que recientemente había añadido una tienda de efectos electrodomésticos. Motola, quien ya había sido electo presidente de su Comité de Defensa de la Revolución en su cuadra, cooperó con los nuevos empleados del estado enviados para “intervenir” sus tres tiendas unidas. Pero cuando se mantuvo ayudándoles a enderezar las cuentas y los procedimientos, resultó demasiado para que la ideología lo pudiese manejar. “¿Cómo puede ser que ese capitalista, ese burgués trabaje para ustedes?”, recordaba su hijo que les decían a los interventores  sus superiores. “¡Bótenlo! Pudo haber sido presidente del CDR, pero así es Cuba. Muchas contradicciones coexisten.” A su esposa, María Roffe, que aparecía en los libros como empleada, inmediatamente se le dio empleo en otra tienda, tal como requerían las nuevas leyes. Alberto finalmente obtuvo un puesto como supervisor de almacén en otro establecimiento comercial recién nacionalizado de Buena Vista, no lejos de su hogar.

A diferencia de Alberto y María, la mayor parte de la población judía de La Habana, incluidos la mayoría de los Motola y Roffe, abandonó la Habana Vieja, El Vedado y otros barrios para ir a buscar fortuna en pequeños negocios o profesiones en Miami o Nueva York. Las tiendas árabes de Montserrate, Bernaza y Monte en la ciudad vieja también cerraron sus puertas. Pero los más pequeños negocios de venta al detalle no fueron afectados por las nacionalizaciones de inicios de los 60. La mayoría de los trenes de lavado a mano y puestos de frituras, muchos puestos de frutas y bodegas, así como centenares de los llamados “timbiriches”, se mantendrían en manos de comerciantes, muchos de ellos chinos, sobrevivientes de aquel flujo migratorio que se había interrumpido con la revolución de 1933.

En 1968, la última ola de radicalismo socialista —conocida como la Ofensiva Revolucionaria— barrería los residuos de la economía privada urbana, que no reaparecerían hasta 25 años después. Las únicas honrosas excepciones fueron los ya envejecidos ejemplares de Fords y Plymouths, que servían de taxis, cuyos propietarios integraban la Asociación Nacional de Choferes de Alquiler Revolucionaria (ANCHAR). Una parte mayoritaria de los comerciantes del Barrio Chino partirían a lo largo de esa década hacia la costa Este de Estados Unidos, donde abrirían restaurantes de Cuban-Chinese cuisine —en cuyos menús conviven los rollitos y la sopa agripicante con el cafecito,  y algún que otro plato de frijoles negros con picadillo de res.

Para entonces, la vida económica de la capital se había trastocado radicalmente. Las nacionalizaciones de las empresas extranjeras trajeron consigo un sentido patriótico de ajuste de cuentas, y una sensación, entre muchos trabajadores, de que eran ellos, al fin, los que tenían el control de las fábricas. Estas nuevas empresas estatales trataban de reproducir la eficiencia racionalizada de los monopolios privados. Desde 1960, las grandes fábricas de jabones y perfumes de las firmas Crusellas y Sabatés situadas en el Cerro, la gran planta de papel y cartón de la avenida de Puentes Grandes, y la Antillana de Acero (antigua American Steel) en el suburbio sureste de El Cotorro, se habían integrado en grandes corporaciones estatales, afiliadas al nuevo Ministerio de Industrias, que se dividían por ramas de la producción y los servicios, conocidas como empresas consolidadas, o simplemente, consolidados. La Victor Adding Machines pasó a ser parte de uno de ellos, y Víctor Larrinaga fue trasladado al nuevo consolidado, en La Habana Vieja- A partir de 1968, los pequeños talleres y establecimientos llamados “timbiriches” donde se producían juntas de goma para las llaves de agua, o se expendía hilo de coser, botones y tinta para plumas de fuente, se habían disuelto en estos grandes conglomerados, cuyas siglas rayaban lo estrafalario.

Por ejemplo, los cientos de puntos de venta al detalle de cigarrillos y habanos conocidos como Romeo y Julieta, Partagás, Bauzá, Hoyo de Monterrey, se habían sumido en un organismo denominado ECODICTAFOS —cuyas herméticas siglas significaban Empresa Consolidada Distribuidora de Cigarros, Tabacos y Fósforos. Asimismo, el monopolio estatal para el comercio mayorista de las antiguas marcas denominadas Cristal, Hatuey, Polar, La Cotorra, San Francisco, Materva, Coca Cola y otras bebidas, lo poseía ahora la ECODICEMARAM, o sea, la Empresa Consolidada Distribuidora de Cervezas, Maltas, Refrescos y Aguas Minerales. La entidad encargada de distribuir los productos que antes se ofrecían en las quincallas (botones, broches, presillas de pelo, peines y cientos de pequeños objetos ligeros y útiles) y de artículos de limpieza, respondía al improbable título de ECODAQUINLIM. Aunque la mayoría de las calles y sitios de la ciudad seguían identificándose por los mismos nombres de siempre, algunos tan viejos como la colonia española, los establecimientos comerciales antaño privados se cubrían con estos nuevos códigos orwellianos. Así, el taller de zapatería La complaciente, ahora se identificaría como Unidad 023-4577, de la ECORECARCU (Empresa Consolidada Reparadora de Calzado y Artículos de Cuero).

La toma de decisiones y el abasto centralizados, combinados con la reproducción, como hongos, de las regulaciones administrativas y el creciente efecto del embargo económico estadounidense impidieron que las nuevas empresas funcionaran con la esperada eficiencia. Los clientes de la Unidad 023-4577 de ECORERCARCU dejaron de sentir que esta fuese en verdad “complaciente,” pues a menudo recibían respuestas como “esas son las instrucciones que tenemos,” o “ese servicio no está previsto en las regulaciones del ministerio,” o sencillamente, “ya se nos terminó ese producto.”

En los márgenes de esta economía estatal, siguieron existiendo pequeños mercados grises de actividad privada semilegal. En cuanto Alberto Motola se jubiló de su empleo en el almacén y de otro en el Instituto de Deportes, Educación Física y Recreación (INDER), como juez para las competencias de pesca de la aguja, descubrió que no podía permanecer ocioso en su casa, y que los negocios le corrían por la sangre. Fue a un área boscosa próxima a la costa, al pie de Buenavista y más allá de Miramar, conocida como Monte Barreto, e hizo un arreglo con un habitante intruso de muchos años que se había construido una choza en aquel lugar. Juntos, Alberto, María y el intruso cultivaron tomates, pepinos y otros vegetales para comer y vender. Más tarde entró en el negocio consistente en reciclar latas de tamaño mayorista de manteca y mermelada para las dulcerías. Aunque esas actividades a veces eran cuestionadas por la policía, su posición en la comunidad y —según él argumentaba todo el tiempo— sus lazos con los líderes del antiguo Partido Socialista Popular, siempre prevalecían. Igualmente al borde de la legalidad, muchas familias más trocaban los productos racionados que excedían sus necesidades, o cantidades de artículos de ferretería sobrantes o desemparejados, traídos a casa desde el centro de trabajo, todos los cuales ocuparon el lugar de los vendedores callejeros y de los “timbiriches” que habían prácticamente desaparecido entre los elementos que formaban parte de la ciudad.

Otra forma más de comercio que ni la moral revolucionaria ni la vigilancia estatal pudieron erradicar del todo fue el juego de azar en las bases. Los casinos, la mafia y la Lotería Nacional habían desaparecido, pero la “bolita” sobrevivió, al igual que “la valla” (de gallos) en las zonas rurales y en las afueras de La Habana.

Una cuestión que pesaba con mucha mayor fuerza en el espíritu de los residentes de la capital era cómo dotarse de un techo decente sobre sus cabezas. La reforma urbana original y la legislación posterior redujeron los alquileres a un máximo del diez por ciento del ingreso y dándoles derechos de ocupación perpetua y herencia a muchos ciudadanos. Por los barrios de la ciudad que pertenecieron antiguamente a las clases media y alta, las criadas y las cocineras y los jardineros muchas veces pasaron de ser sirvientes que vivían in situ a convertirse en dueños de los lugares donde habían trabajado. A pesar del éxodo de la élite, la creciente migración a la capital se combinó con una explosión de nacimientos en el período que medió entre 1960 y 1965, que incrementó la población de la ciudad a millón y medio.

Junto a la Reforma Urbana, y dentro de los límites de su orientación hacia el campo, el impulso de la política social que desplegó la revolución conllevó un plan de viviendas populares. Se erradicaron más de treinta asentamientos ilegales y barrios insalubres, entre ellos “Las Yaguas”, “La Cueva del Humo” y “Llega y Pon”, cuyos vecinos se mudaron a nuevos proyectos habitacionales. Encaminado a solucionar el problema de la vivienda popular en la capital, este plan se financiaría mediante un imaginativo sistema, que  disponía de la renta generada por la Lotería Nacional, dirigida a nutrir el presupuesto del Instituto Nacional de Ahorro y Vivienda (INAV). La decisión política posterior de clausurar todo tipo de juego de azar, incluída la centenaria lotería, junto a la creciente centralización del Estado socialista, y el propósito de desalentar la inmigración desde otras provincias, hicieron que hacia 1963-64 empezaran a declinar estos proyectos de viviendas.

La decisión de reducir  la construcción de viviendas, junto al aumento del empleo, la educación, la salud, y los servicios sociales en el resto del país, fue altamente eficaz en lograr reducir este crecimiento. La Habana de hoy apenas tiene el doble de habitantes que la de 1959 –lo que constituye un caso excepcional en una región donde, en ese mismo periodo, proliferaron megalópolis como la ciudad de México, Sao Paulo, Caracas o Buenos Aires. Sin embargo, la declinación de la construcción de nuevas viviendas contribuyó a la caída de los centros tradicionales de la capital, y a la posterior reproducción de barrios marginales como “El Romerillo”, junto a la Playa de Marianao, “El Fanguito”, en la ribera del río Almendares, o “La Güinera”, en la zona sudeste de San Miguel del Padrón.

Otros eventos, como la nacionalización de los pequeños comercios en 1968, convirtió a estos en viviendas improvisadas, acelerando el deterioro de los edificios y su aspecto. La mayoría de los viejos solares, si no fueron demolidos, obtuvieron gradualmente plomería individual e instalaciones para cocinar e iluminación. Las conexiones de gas, electricidad y agua suministradas, sin embargo, les daban la apariencia de estar cubiertos por una especie de telarañas, sin que se les brindara ningún mantenimiento que evitara el deterioro estructural de sus edificios. Para fines de siglo, más de la mitad de los edificios que en Cuba se clasificaban como dotados de condiciones inferiores al estándar se concentraban en la capital. Esta prolongada política provocaría, cuatro décadas después, que más de la mitad de las viviendas en mal estado existentes en Cuba a principios del siglo XXI se concentraran en la capital.

Este abandono, sin embargo, tuvo sus altas y bajas. Con la reorganización que trajeron consigo las políticas de la institucionalización, a principios de los años 70, se retomaría el programa de construcción de viviendas. Nuevos barrios como Alamar y Bahía, al este, y San Agustín, al oeste extenderían el área metropolitana  hacia espacios suburbanos de corte popular. El gobierno buscaba descentralizar La Habana, y hacerla más habitable para sus 2 millones de vecinos. Los  nuevos edificios multifamiliares –muy parecidos en su aspecto a los existentes en capitales esteuropeas como Moscú, Berlín Oriental, Sofía-- fueron una válvula de escape a la presión creada por la escasez de casas. Contaban con la fuerza laboral de brigadas de trabajadores voluntarios —conocidas como microbrigadas—que construían en su mayoría sus propias viviendas, bajo la supervisión de los sindicatos.

Esta incorporación de los habaneros, novedosa por su movilización y sentido participativo, logró resolver inicialmente una parte de las necesidades; pero trajo consigo nuevos problemas. A pesar de su concepción popular y emergente, resultó costosa en términos de tiempo y uso de materiales. Aunque supuestamente estuvo bajo la supervisión de instituciones estatales capacitadas en planificación urbana, no se desarrolló siguiendo criterios adecuados de urbanización. Su pobre y repetitivo diseño, ajeno al de la arquitectura habanera, así como el hecho de que los trabajadores de las microbrigadas no siempre observaban los requerimientos técnicos y estéticos de una buena construcción, hacía que estos edificios, además de feos e incómodos, padecieran de deficientes conexiones eléctricas y de plomería, filtraciones crónicas en sus muros, elevadores desastrosos, puertas y ventanas poco resistentes al clima. En muchos casos, la débil aplicación de reglamentos estrictos que normaran la convivencia entre los vecinos contribuía a acelerar su deterioro. Algunos habaneros empezaron a llamarlos “solares verticales.”.

Entre los años 60 y los 80, sin embargo, los niveles de vida, el empleo, la salud pública, la educación y la vida cultural de los habaneros crecieron  equitativamente. Se multiplicaron como nunca antes los círculos infantiles, las escuelas, los centros universitarios, los policlínicos, las salas de teatro, los museos, las bibliotecas y las librerías. El alquiler de la vivienda, la entrada a un concierto, los alimentos de la canasta básica racionados en la libreta de abastecimientos, el transporte público, los libros, e incluso una cena en un restaurante, una noche en Tropicana o en el Hotel Capri, así como una función de ballet con Alicia Alonso en el García Lorca, tenían precios ínfimos. Los habaneros más humildes podían tener a sus hijos estudiando violín, asistir a un juego decisivo de la serie de pelota en el Latinoamericano, acceder a servicios fúnebres, atención psiquiátrica y dental, y operarse del corazón, sin pagar un centavo.

Juan Valdés escaló los peldaños de la industria azucarera hasta el punto de convertirse en director de agricultura de toda la provincia de Las Villas; y finalmente regresó a La Habana, como viceministro a cargo de la fuerza de trabajo agrícola. Pero su verdadera vocación seguía estando en las ideas y en los libros. Era amigo de todos los vendedores de libros de uso en la capital y gastaba buena parte de su salario en obras de historia, filosofía y ciencias sociales. Finalmente, logró abandonar su puesto en el Ministerio de Agricultura y hacer realidad su sueño de convertirse, él mismo, en profesor de filosofía en la Universidad de La Habana. Sus hijos, nombrados Elena y Alejandro debido a su admiración hacia la cultura clásica griega (por Elena de Troya y Alejandro Magno), recibieron clases de natación en la piscina de una academia estatal de deportes de Miramar. Habiéndose divorciado pocos años antes, se casó con una joven doctora, recientemente graduada de la Escuela de Medicina. El blanco profesor de filosofía y la doctora mulata vivían con la tía que la había criado a ella, en un barrio densamente poblado y racialmente mezclado, conocido como Pogolotti, en Marianao, una zona de desarrollo urbano de viviendas obreras que databa de mucho antes de la Revolución.

En el interim, los Motola, quienes habían pagado para que su hijo del medio, León, asistiera a la secundaria básica y la superior en la escuela privada Candler College, tuvieron la oportunidad de que su hijo menor, Daniel, fuera a esa misma escuela, ya nacionalizada, gratuitamente. Ambos prosiguieron sus estudios hasta obtener títulos universitarios. Isaac, el mayor, se hizo mecánico de ómnibus y camiones, vocación que había manifestado desde que se escapaba de la escuela al patio de ómnibus a la edad de doce años. Estudió mecánica en la cercana Ciudad Libertad, el complejo educacional que antes fuera el Campamento de Columbia. Allí fue donde conoció a su futura esposa, que había venido procedente de otra provincia, para estudiar biología en la Escuela de Maestros.

Verónica Loynaz se desplazaba todos los días desde casa de sus padres en Lawton —cerca del sitio donde el escudo de la familia Loynaz aún podía verse en el antiguo hogar del general, en vías de derrumbe— hasta la Secundaria de La Víbora (la antigua escuela de un convento), donde se mezclaría con todas las clases y razas. La biznieta del General Loynaz visitaba regularmente a sus tías Flor y Dulce María en sus apartados retiros, y también se incorporaría a la Juventud Comunista. Cuando en la Facultad de Derecho de la Universidad algunos de sus compañeros estudiantes la criticaron por su forma de hablar “burguesa” y su negativa a decir malas palabras, declaró en una reunión de la Juventud que los revolucionarios no tenían que abandonar los modales con los que habían sido criados, que constituían una parte de quienes eran.

En aquella Habana reverberante de los años 60, otrora el París del Caribe, se reunían intelectuales y artistas de todo el mundo. Desde Jean Paul Sartre hasta Gabriel García Márquez (que trabajaba en la agencia cubana de noticias Prensa Latina), pasando por Graham Greene, Julio Cortázar y Gerard Philipe, Gina Lollobrigida y Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes y Josephine Baker. Alan Ginsbergh volvería en 1968, cuando ya no era un desconocido, invitado a participar como jurado en un premio literario.

Cuando la más famosa exposición francesa de arte moderno, el Salón de Mayo, se celebró en La Rampa en 1967, los azorados habaneros comunes y corrientes vieron por primera vez, en vivo y en directo, las latas de sopas Campbells de Andy Warhol  y los automóviles compactados del francés Cesar Baldachini,  los originales de Picasso y Braque, Jackson Pollock y Vasarely. El arte se coló hasta las aceras de La Rampa, que fueron repavimentadas para añadirles coloridos mosaicos confeccionados por grandes artistas cubanos, entre ellos, Wifredo Lam, Amelia Peláez, Mariano Rodríguez, René Portocarrero, Luis Martínez Pedro.

En 1968, el Habana Libre vibró con más de medio millar de artistas, filósofos, literatos y ensayistas, provenientes de 70 países del mundo, en el legendario Congreso Cultural de La Habana.

La vanguardia de la danza mundial, el famoso Ballet del Siglo XX, de Maurice Béjart, juntó a miles de espectadores extáticos, que descubrían una nueva forma de practicar el ballet. Mientras tanto, el ballet clásico romántico aportaba el nombre de Coppelia al nuevo palacio modernista del helado, construido en la esquina diagonal frente al Habana Libre, con más sabores que Howard Johnson’s, como decían con orgullo los habaneros que conocían la cadena norteña.

Los cientos de miles de lectores que visitaban las librerías descubrían también el arte y la literatura norteamericanos, que se difundieron más que nunca antes ni después. Por un precio que nunca rebasaba los 3.00 pesos, se podían adquirir las novelas de John Dos Passos y Steinbeck, las antologías de cuentos de Hemingway y Faulkner, las obras de ciencia ficción de Asimov y Bradbury. En las salas de teatro se representaban obras de Leroi Jones, Edward Albee, Arthur Miller y Eugene O`Neil. Malcolm X, Stokely Carmichael, Angela Davis, Martin Luther King Jr y los dirigentes de los Panteras Negras eran héroes populares en la ciudad y más allá.

La música popular cubana siguió tan dinámica como siempre, con una proliferación de grupos,  géneros y nuevos estilos de baile. A mediados de los 60 surgió el mozambique, desarrollado por Pello el Afrokán y su orquesta, liderada por una falange de tambores y trompetas al frente de las carrozas y las hileras de conga de los grupos estudiantiles universitarios en el carnaval anual de La Habana. El mozambique prendió por sus nuevos pasos de baile, que recordaban las tradiciones de la rumba y se bailaba en masa en lugar de hacerlo en parejas, así como por sus letras pegajosas y el volumen de su gran coro de tambores. Incluso se decía que Fidel Castro, de quien se sabía que integraba la minoría de cubanos que no bailaban, había inventado una letra del mozambique sobre el corte de caña voluntario que podía ejecutarse con el mismo y contagioso “loco placer” que el baile.

Otra famosa orquesta de baile, Los Van Van, tomaría su nombre de la movilización en torno a la zafra azucarera de 1970, cuya consigna era “¡Los diez millones van!” Los Van Van recuperaron la tradición de las charangas, las grandes orquestas de baile de los años 40 y 50, que habían incorporado los instrumentos de viento de las bandas de jazz al formato de los viejos sextetos y septetos del son. Agregaron sus propios ritmos, incluidos los del rock and roll. Las complejas coreografías y los pasos inventados por los bailadores en el Salón Rosado de La Tropical sirvieron de inspiración al director de orquesta, Juan Formell. Su bajo eléctrico, casi inadvertido en el extremo izquierdo de la gran orquesta, marcaba el ritmo para los bailadores, cuyas improvisaciones observaba cuidadosamente. Los Van Van fueron un éxito inmediato entre la juventud, y sus letras introdujeron un nuevo argot y personajes míticos en el habla popular.

Donde La Habana dio nacimiento a algo casi completamente nuevo, no obstante, fue en un género en el que hasta ahora la ciudad había producido muy poco: el cine. Con cada vez menos salas de proyección que en 1959, la ciudad descubrió, sin embargo, una variedad de ofertas y accesos insospechados a la  cinematografía mundial. Si bien más de 200 de las 380 películas que se estrenaron en los cines habaneros en 1960 eran norteamericanas, en los años posteriores se pudieron ver no solo numerosos filmes de la Unión Soviética y los países del Este europeo —antes prácticamente desconocidos—, sino de Japón, Italia, Francia, Inglaterra, España y América Latina.

Toni, el hermano de Juan Valdés, cinéfilo incurable, hacía colas en los cines La Rampa, Yara, Payret o Santa Catalina, para ver las imágenes de la Varsovia de Wajda y Polanski; la Roma de Passolini, Antonioni, Fellini; el París de Truffaut, Resnais y Godard; el Budapest de Miclos Jancsó, la Praga de Milos Forman.

Las películas de Hollywood, no obstante, jamás desaparecieron, con o sin el embargo comercial. A la altura de los 80, se exhibían —por las buenas o por las malas— tantas películas estadounidenses como británicas e italianas.

Casi por primera vez desde las primeras producciones de Enrique Díaz Quesada, los cubanos ahora entraban en escena también como significativos productores de cine. Lo que se había rodado en el ínterin en La Habana había sido, en su mayor parte, melodramas y musicales producidos por empresas cinematográficas fugaces y pobremente financiadas, que hacían su mejor esfuerzo por imitar ya fuese a Hollywood o a México. La primera institución cultural creada por el gobierno revolucionario en marzo de 1959 fue el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficas (ICAIC), establecido en un piso del edificio de oficinas Atlantic, en la concurrida intersección de 12 y 23, en el Vedado. Cuando el edificio fue nacionalizado dos años más tarde, pasó a manos del ICAIC en su totalidad.

El ICAIC sobresalió primero por sus innovadores noticieros y documentales, de rápidos cortes e intelectualmente desafiantes, del estilo en que Santiago Álvarez fue pionero. Álvarez, nacido en La Habana Vieja en 1919, había trabajado en Pennsylvania y Nueva York a fines de los 30 y principios de los 40, como minero del carbón y lavaplatos, y regresó a La Habana, donde estudió filosofía, se unió al Partido Socialista Popular, y luego a la clandestinidad anti-batistiana.

Otros directores del ICAIC, algunos influidos particularmente por la Nueva Ola francesa, hicieron largometrajes de ficción sobre una amplia variedad de temas cubanos (rurales, urbanos, contemporáneos e históricos) que pronto comenzaron a ganar premios en festivales europeos, tanto en el Este como en Occidente. Algunos de los largometrajes más notables ponían el foco en la vida habanera y las complejidades de su transformación. Memorias del subdesarrollo (1968), de Tomás Gutiérrez Alea, representaba  la alienación de un integrante de la vieja burguesía en vísperas de la Crisis de los Misiles. Permanece en la ciudad, pero no pertenece a ella, de modo que la contempla como un espectador, a través del telescopio instalado en el balcón de su apartamento en el medio de El Vedado. Alea regresó a ese tema otra vez en Los sobrevivientes (1978), la historia de una familia aristocrática que intenta mantener al “antiguo régimen” dentro de un complejo de su propiedad. Los sobrevivientes se filmó en la propiedad suburbana de Flor Loynaz, donde ella seguía viviendo. Entre los actores principales estuvo Germán Pinelli, el periodista radial que había narrado los sucesos de Orfila y luego había proseguido en una destacada carrera como presentador de la televisión.

Mientras tanto, sin embargo, la “pachanga” —al igual que la épica y el drama de los primeros años de la Revolución— estaba tocando a su fin.