¿Se acerca una tregua de primavera con Cuba?

“Ay, Obama/Ay, Obama,

vuélvete loco/ ven pa´La Habana”.

Grupo Interactivo

Se asume, y hasta se da por seguro, que la política norteamericana hacia Cuba se dicta en Miami, por exiliados cubanos que preferirían morir antes de permitir que Washington negociara con la isla. Esta interpretación atribuye a un condado de Florida la causa de un conflicto que ha durado más de medio siglo. Ese factor existe, pero la explicación real resulta más compleja.

Desde el fin de la Guerra fría, Cuba ha perdido perfil en el radar estratégico de los Estados Unidos. Ya no tiene la significación de hace más de un cuarto de siglo, cuando desplegaba cincuenta mil soldados en Angola y mantenía una alianza con la URSS.

Lo más probable es que el presidente Obama le dedique a Cuba solo escasos minutos, en comparación con las horas que debe ocupar con Irak, Irán, Afganistán, Siria, la RPDC, Pakistán, China, Rusia, Venezuela, Ucrania, etc. Al mismo tiempo, sin embargo, la mayor isla del Caribe se posiciona ya dentro del hub marítimo que emergerá de la ampliación del canal de Panamá. Y si se observa un mapa, se verá que los puertos más cercanos al Mariel no son Veracruz o Maracaibo, sino Mobile, New Orleans, Houston.

En este nuevo contexto, una corriente que parece más favorable al cambio ha estado emergiendo en la actitud norteamericana hacia Cuba. En noviembre, el presidente Obama afirmó, ante el lobby cubanoamericano, que la estrategia de los Estados Unidos debería mantenerse abierta a los cambios en la Isla, y reconoció que la idea de que “las mismas políticas aplicadas en 1961 iban a seguir siendo efectivas hoy, en la era de Internet y Google y los viajes globales, no tiene sentido”. Un mes después, le estaba dando la mano al presidente cubano Raúl Castro, durante las honras fúnebres de Nelson Mandela.

Si estas señales condujeran a un cambio real, ¿qué intereses políticos y geoestratégicos de los Estados Unidos podrían satisfacerse con un acercamiento a Cuba?

Económicamente, el embargo no favorece a nadie. Levantarlo, o ir flexibilizándolo, beneficiaría a estados y empresarios agrícolas, turísticos, biomédicos, transportistas marítimos, farmacéuticos, petroleros, puertos en el Golfo; e incluso liberaría al empresariado cubanoamericano, rehén de la política establecida, para ocupar su lugar en las relaciones económicas bilaterales.

En materia de seguridad, el diálogo permitiría tratados de cooperación sobre intercepción del narcotráfico, seguridad aeronaval, coordinación entre militares, prevención y defensa civil ante huracanes, problemas de salud pública, especies migratorias y otros intereses ambientales compartidos.

Si a los Estados Unidos les interesa influir en el contexto interno de la isla, el embargo es contraproducente. Sin interacción entre instituciones de los Estados Unidos y la Isla, no hay influencia posible. Trancar la puerta de entrada y mismo tiempo pretender abrir ventanas de comunicación son políticas excluyentes.

Diálogo y diplomacia discreta, lo que los canadienses llaman “compromiso constructivo”, ha funcionado mejor para esta relación influyente que presiones externas. El Vaticano y la Unión Europea, por encima de toda sospecha de simpatía con el gobierno cubano, lo saben bien.

Argumentar que ese compromiso constructivo discreto no ha conllevado la transformación del sistema político cubano entiende mal no solo a Cuba, sino también a China y Viet Nam. En estos dos últimos casos, el tema “derechos humanos” ha sido parte de su diálogo bilateral con los Estados Unidos durante más de veinte años. No obstante, si su política interna y su legislación han dado pasos en este campo, estos han respondido más a su propia dinámica interna que a presiones externas.

No ha existido nunca un contexto latinoamericano —regional y cubano— más favorable a la normalización de relaciones bilaterales; ni una opinión pública norteamericana más de acuerdo, incluyendo a Florida, según muestran las encuestas recientes.

La foto del apretón de manos entre Obama y Raúl en Johannesburgo tuvo un efecto demostrativo, que levantó una expectativa descomunal.

En su segundo mandato, Obama puede mostrar pasos audaces dirigidos a superar antiguos conflictos y negociar con países mucho más intratables para los Estados Unidos que Cuba —Myanmar, Irán, Siria. Ninguno de esos conflictos es menos complicado en seguridad y política internacional que el de Cuba. Ninguno ha exigido una solución durante un tiempo más prolongado.

La foto del apretón de manos entre Obama y Raúl en Johannesburgo tuvo un efecto demostrativo, que levantó una expectativa descomunal. Este gesto, con su carácter simbólico, recibió un amplio apoyo en los medios y la opinión pública internacional. El gobierno norteamericano ya sabe qué repercusiones podría tener si, un buen día, le tomara la palabra a la pegajosa tonada del grupo Interactivo, y decidiera finalmente venir a La Habana.

 

* Publicado en LOS ANGELES TIMES (24 de abril, 2014, 5:33 p.m., Op-Ed), bajo el título “A spring thaw with Cuba?” (Título original: “Venir a La Habana”. N. del A.)

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