Hacia una nueva ruralidad: la sociedad agriculta

Hacia una nueva ruralidad: la sociedad agriculta

23 - Febrero 2017
Moderador: 

Casi siempre cuando hablamos del campo nos referimos solo a la producción de alimentos. Esta visión económica reduccionista soslaya el entorno y los rasgos del sujeto social; o sea, de un campesino que no es el de hace cincuenta años. Por lo general se intenta medir la calidad de la vida en el agro cubano adoptando como rasero la capacidad de generar ingresos más altos para los lugareños y de aumentar la productividad por área. Sin embargo, este panel propone abordar una nueva concepción de lo rural, más allá de los cultivos y la cría de animales; examinar modelos alternativos de sociedad y políticas de desarrollo; ahondar en la despoblación cualitativa y cuantitativa de las zonas agrarias, y en la reproducción estereotipada de su cultura, como si fuera algo congelado en el tiempo. Con tal parlamento, Rafael Hernández, director de Temas, dio inicio al más reciente de los debates mensuales organizados por la revista.

Representantes de la Asociación de Trabajadores Agrícolas y Forestales y la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños habían sido invitados —mas no pudieron asistir— a compartir la mesa de expertos con Fernando Funes Monzote, ingeniero agrónomo; Annia Martínez Massip, especialista del Departamento de Sociología de la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas; y el economista Rafael Betancourt.

¿De qué se trata la nueva ruralidad? ¿Es una realidad o un paradigma?, preguntó el moderador antes de ceder la palabra a sus convidados.

El trabajo diario en el proyecto familiar agroecológico Finca Marta, en Caimito, Artemisa, donde dieciocho personas han transformado con éxito suelos pedregosos, de baja fertilidad, a la par de defender otra manera de asumir la dinámica rural, ha convertido a Fernando Funes en un perito en el tema. De acuerdo con sus palabras, dicho proceder no puede desligarse del uso racional y la protección de la biodiversidad; al mismo tiempo presupone desechar ideas como la inevitable desconexión o divergencia entre lo rural y lo urbano, pues aunque ambos tipos de existencia “difieren en sus conceptos, en su filosofía y en la práctica de las relaciones sociales”, es posible buscar una “interacción armónica, efectiva,” entre ellos. Es decir, aun cuando a veces se producen choques de concepciones, “estos dos mundos no son excluyentes”. Atender ganado, sembrar, producir biogás, no es óbice —si se cuenta con determinados recursos— para viajar a la ciudad, disfrutar del teatro, el cine, un buen restaurante; o estar al tanto de métodos novedosos y aplicarlos. Su experiencia no constituye una excepción, sino una práctica que durante las dos últimas décadas ha prosperado en múltiples naciones. Los neorrurales de España, ciertas comunidades agrícolas holandesas y de algunos países latinoamericanos, por citar unos pocos ejemplos, son exponentes de que “la nueva ruralidad sí existe”. Allí, académicos y profesionales de diversas ramas “han decidido volver al campo y recomenzar su vida a partir de negar los niveles de sofisticación ofrecidos por una sociedad muy moderna, industrializada.  Esta es una perspectiva no hacia el atraso o la negación de la modernidad, sino de comprender cómo podemos crear un sistema económico y social sustentable”. Tal actitud responde a una preocupación filosófica, conceptual. “Cuando se habla de retorno al campo y de recampesinización debemos entender que no es un regreso al pasado, sino un viaje al futuro”.

También en Cuba observamos destellos de una nueva ruralidad. Desde 2008 la entrega masiva de tierras (un millón y medio de hectáreas), amparada por el Decreto-Ley 259, ha beneficiado a casi ciento ochenta mil personas; parte de esos usufructuarios proviene de áreas urbanas, tiene percepciones distintas a las del granjero tradicional y aporta otras formas de organizar, utilizar y comprender el entorno. De igual modo han ido cambiando las ideas de quienes son agricultores de una empresa estatal o de una cooperativa, pero viven en el pueblo; e incluso de las propias familias campesinas, expuso Funes.

Para interpretar adecuadamente esas transformaciones, primero “hay que entender bajo qué prerrogativas está definido lo rural”, planteó la socióloga villaclareña.  Más allá de los clichés —la Sociología rural lo califica como lo tradicional, lo atrasado—, no es tan fácil conformar dicha definición. El Plan General de Ordenamiento Urbano, del Instituto Nacional de Planificación Física, institución encargada en la Isla de especificar cuáles son las urbanizaciones y cuáles las áreas rurales, a menudo “entra en contradicciones con la academia”, pues a la hora de llegar a un veredicto, las ramas científicas y los especialistas se rigen por parámetros diferentes: la actividad económica predominante, la cantidad de habitantes, variables geográficas y naturales, la infraestructura (calles, aceras, calidad de las edificaciones) y las prácticas culturales. Criterios encontrados surgen ante localidades al estilo de El Yabú, ubicada en las afueras de Santa Clara, a donde llega el transporte urbano, si bien predomina la actividad agrícola; o Jibacoa, asentada en la zona montañosa del municipio de Manicaragua, empero con “una infraestructura urbana: policlínico, escuelas, farmacias, centros recreativos y gastronómicos”.

Nunca debemos olvidar que cada territorio tiene sus peculiaridades, Artemisa y Mayabeque poseen diferencias sustanciales con Santiago de Cuba o Villa Clara, puntualizó Martínez Massip. No obstante, en cualquier caso, la nueva ruralidad busca mejorar la calidad de vida de los pobladores y crea “oportunidades, facilidades, tanto para los jóvenes como para personas de la tercera edad; y sobre todo fuentes de empleo agrícolas y no agrícolas”, entre ellas están los comercios, disímiles servicios, el agroturismo y el  turismo rural”.

Según Rafael Betancourt, a partir del surgimiento de las cooperativas de producción agropecuaria, aumentó el nivel de urbanización del campo cubano, puesto que muchos de sus integrantes se concentraron en asentamientos con construcciones típicamente urbanas y varios servicios asociados. Luego, “la preocupante tendencia migratoria hacia la ciudad se ha tratado de mitigar con programas como el Plan Turquino-Manatí, que intenta renovar las condiciones de subsistencia y mantener e incrementar la población en las montañas. No obstante, es muy difícil”. En ese contexto, al caracterizar el ambiente rural es importante diferenciar entre las labores agrícola y forestal por un lado, y del otro la economía vinculada a “actividades del sector terciario, las cuales emplean a muchísimas personas, en especial a las mujeres”, quienes desempeñan buena parte del quehacer técnico y profesional dentro de las CPA.

 Hoy peligran varias características de la sociedad rural: el sentido de barrio, de comunidad, las tradiciones campesinas y la familia como unidad de base fundamental. Esas afectaciones atentan contra la estabilidad social y la permanencia de la población en el territorio. “La nueva ruralidad —continuó el panelista— depende de un desarrollo superior, no podemos aspirar a ella con los niveles de productividad y tecnológicos existentes. Necesitamos un campo que produzca más, que genere mayores ingresos y riquezas”.

 

En movimiento, ¿hacia dónde?

Una vivencia personal sirvió a Rafael Hernández para introducir el segundo grupo de interrogaciones: “Cuando uno viaja entre Baracoa y la Punta de Maisí, encuentra a ambos lados de la carretera numerosas personas caminando o saliendo de sus viviendas; por lo general ni se visten ni se comportan como los guajiros típicos. Hay escuelas, hospitales, las casas tienen electricidad, televisor. Entonces, ¿en qué medida el entorno social ha sido transformado por la modernización que el socialismo aportó? ¿Si vivir fuera de la ciudad permite ganar más dinero —además de contar con servicios básicos—, pero no acceder a otras ofertas características de las urbes, ni se modifica paralelamente el contexto cultural y productivo, podrá el campo dejar de despoblarse, se invertirá el proceso migratorio y aumentarán los rendimientos agrícolas?”

Cuatro problemas esenciales entorpecen el desarrollo de las áreas rurales, aseveró Fernando Funes. En primer lugar, la burocracia y la falta de visión integral del proceso, que conlleva descoordinaciones entre la producción, el procesamiento, la comercialización y el consumo. Le sigue la insuficiente capacidad de las instituciones en cuanto a investigar e innovar. Tercero: “si no hay mejores viviendas y expectativas, no habrá una nueva generación para nuestra agricultura”. Y cuarto: la contaminación y erosión del medioambiente, debido a la tala, la deforestación, el no cuidado de los ríos, y el incumplimiento de mecanismos que están regulados solo en teoría (incluidos la crianza vacuna y porcina, o el reciclaje de los residuos).

Realidades constatadas durante estudios en el terreno describió Annia Martínez Massip. En el campo villaclareño prevalece “un despoblamiento considerable”; emigran más las mujeres y los jóvenes, por lo cual predominan “la masculinidad hegemónica rural y el envejecimiento”. El relevo de la fuerza laboral representa una preocupación para las Cooperativas de Créditos y Servicios. Se necesita un código agrario. Desde la contratación del productor por parte de la empresa agropecuaria hasta la comercialización, rigen “un sinnúmero de mecanismos lentos y un burocratismo que afectan el deseo de cultivar”, según testimonian los propios cooperativistas. La introducción de los resultados científicos es muy lenta o no ocurre. “Desde hace unos diez años, o más, viene produciéndose el deterioro de los servicios en las zonas más rurales, una regresión causada por dificultades económicas. Se han cerrado escuelas por falta de maestros (problema que es nacional y crítico; no obstante, los niños tienen garantizada su educación, aunque deben trasladarse a mayor distancia o becarse). Los doctores especialistas van a las localidades con menos frecuencia, por razones de transporte o de disponibilidad de esos profesionales. Las actividades recreativas y gastronómicas han mermado (algunos círculos sociales arrendados han cerrado) o dependen de cuentapropistas cuyas ofertas no poseen la calidad necesaria o son más caras. Comprar víveres y productos no normados implica ir a la ciudad.  “Ha habido una pérdida del patrimonio cultural tangible e intangible”: la arquitectura tradicional está muy deteriorada porque el costo de su mantenimiento es elevado y el subsidio que establece el Estado para algunas familias vulnerables socialmente no cubre su conservación. A la par, los jóvenes prefieren el reguetón —o discoteca y salsa— y se visten como reguetoneros. “Ya no se ven guayaberas, ni siquiera en los ancianos, tal vez porque se ha convertido en una prenda muy cara. Sin embargo, el ganadero —quien goza de cierto estatus— mantiene su vestuario: sombrero de paño, botines, cuchilla, camisas de mangas largas”.

Otra dificultad es la endeblez del movimiento agroecológico. Hasta en Camajuaní, municipio pionero en esa práctica, las redes surgidas cerca de dos décadas atrás funcionan al mínimo.  Problemáticos son igualmente la gestión municipal y el desarrollo local en su vínculo con lo rural. “Algunos gobiernos municipales, tienen aún como tarea pendiente garantizar las condiciones óptimas de vida en el campo”, porque priorizan las poblaciones cabeceras, donde quizás se concentran mayor cantidad de problemas. Y entre los sectores de la economía, aunque no se descuide del todo, la agricultura en ocasiones pierde protagonismo frente a otros renglones con mayores aportes, manifestó la investigadora.

 

Precisiones e interrogantes

Desde el auditorio, una socióloga explicó la génesis del término nueva ruralidad. Vinculado con la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), nació a finales de los años 90, debido a que tras el auge de la globalización y el neoliberalismo se modificó la vida rural. En el debate teórico suscitado alrededor del concepto, han intervenido conservadores y radicales, dijo. Cierto periodista y profesor quiso saber novedades sobre la religiosidad popular imperante en serranías y llanos cubanos. Un economista vinculado a la agricultura cuestionó que “entre las oportunidades de negocios para 2017 se planteara la posibilidad de inversión extranjera en el sector agropecuario no estatal. Fue una decisión precipitada, sus preceptos necesitan de mucho análisis”.

Entre los grandes inconvenientes vemos la migración a la ciudad, pero es una cosa lógica, los jóvenes de familias campesinas permanecen años becados, estudiando, y no adquieren una cultura agraria, opinó un trabajador de la construcción, asiduo a UJ. La solución no radica simplemente en “urbanizar, sino en humanizar, buscar incentivos para que la gente se quede allí”. Quienes van a dar respuesta adecuada al incremento de la producción no son los improvisados venidos de fuera, sin práctica ni conocimientos, sino los que siempre han vivido en el lugar y dominan la tradición. Al decir de otro asistente habitual a estos encuentros, “la sociedad no está actuando con toda la pujanza necesaria para resolver este problema”. ¿Por qué cada vez que se implementa un desarrollo de envergadura en el país suele centrarse en la ciudad? ¿Por qué no crear un polo científico en el campo, que utilice recursos del entorno? De igual modo, el turismo no debe seguir concentrándose en las áreas urbanas. “Y si no flexibilizamos la política en relación con la afluencia de capital extranjero y tecnología, estamos perdidos”.

Involución es lo hallado por un catedrático entrado en años y radicado en La Habana, al visitar el sitio donde viviera de niño, en el municipio Calixto García, Holguín, un asentamiento próspero más de medio siglo atrás; hoy no quedan caminos, desaparecieron buenas viviendas, abunda el robo de ganado y de las cosechas, los campesinos se sienten desprotegidos. Una experiencia opuesta compartió el padre de Fernando Funes: “La agricultura convencional de altos insumos (mucho fertilizante, pesticidas, tractores compactando los suelos, eliminando la biodiversidad) y con gran abundancia de subsidio por parte de las naciones socialistas fue un sistema improductivo, un desastre desde el punto de vista de la eficiencia económica y energética”.  En respuesta, su familia y un grupo de compañeros decidieron encontrar alternativas. Aunque los tildaron de locos y de perder el tiempo en algo no útil para la Revolución, ellos perseveraron hasta alcanzar el éxito actual. “Soy muy optimista, hemos ganado enormemente, los agricultores de hoy alcanzaron al menos noveno grado, una gran cantidad son profesionales y disfrutan de prosperidad económica”. Los nuevos enfoques resultan esenciales, el Ministerio de la Agricultura y el de Medio Ambiente deben impulsarlos.

Proveniente de Massachusetts, una señora inquirió: “¿Qué rol puede desempeñar o está jugando en el emergente ámbito rural la permacultura? No hablo de los diseños lindos de los manuales, sino de los principios básicos de ese movimiento, el cual existe en el país”. Y desde África, un fiel seguidor de UJ envió por correo su criterio: “La nueva ruralidad en Cuba tiene por obstáculo la política industrialista del Estado que ha sido practicada por casi seis décadas”.

A continuación, Rafael Betancourt comentó que el tránsito de la agricultura de altos insumos a una más sostenible, basada en la permacultura, en la agroecología, “ha sido muy difícil porque requiere de un apoyo al campesino y de una apuesta por la cooperativa como forma de asociación en el campo, la cual fue una de las innovaciones más interesantes de Cuba”, pero ha quedado trunca. Para que el resultado de la agricultura orgánica genere mayores ingresos, resulta necesario un mercado especializado en ese tipo de productos, con precios diferenciados. Pudiera haberlo, sobre todo en el sector turístico; a pesar de ello no existe porque, amén de otras razones, carecemos de las condiciones para certificar dicha agronomía. Además, de acuerdo con la solvencia económica y los hábitos de los clientes en los agromercados, nada incentiva a los productores a preferir esa modalidad, más costosa. En cuanto a la inversión extranjera en entidades no estatales, si bien la ley reconoce la posibilidad, en la práctica aún no contamos con los mecanismos para hacerla viable.

El ponente insistió en varias limitaciones: la centralización en la toma de decisiones afecta el modelo rural; no solo ellas recaen en gobiernos municipales que priorizan los enclaves urbanos, asimismo, “hay muy poco espacio para un modelo de cooperativa que respete los conceptos de voluntariedad y autonomía”. Problemas fundamentales de la agricultura en Cuba “continúan siendo la pobreza de muchos campesinos, de los suministros, de los mercados; y la incapacidad de abrir el sector rural a otras opciones y oportunidades, por ejemplo, mayor procesamiento de los alimentos, añadir valor en la cadena productiva”. A la par de incentivar y aprovechar las alternativas —prosiguió— debemos estar atentos a sus implicaciones. “Los campesinos que están participando en la Ruta del Tabaco, recién abierta en Pinar del Río, quizás están ganando más por alojar y alimentar a los turistas que por la producción tabacalera. Eso es peligroso”. Surgen contradicciones cuando los niños residentes cerca de La Máquina, entre Imías y Baracoa, donde la electricidad no llega por métodos convencionales, sino por paneles solares, pueden conocer el mundo a través de la educación, de la televisión; sin embargo, no les es posible acceder a lo descubierto. Esos conocimientos se vuelven un estímulo para salir del campo. “Este dilema es mundial y nosotros lo vamos a poder enfrentar en la medida en que venzamos obstáculos económicos y tengamos un mayor nivel de vida en el ámbito rural”, que permita disfrutar de beneficios similares a los de las urbanizaciones.

Con breves comentarios a las preocupaciones del auditorio abrió su tercera intervención Annia Martínez Massip. Refirió que el Partido en Villa Clara solicitó al Departamento de Sociología un estudio sobre la influencia de las religiones de origen protestante, pues “están inundando el campo” y algunas prédicas incluyen cuestionamientos políticos e ideológicos. En aquella región progresa igualmente la inversión extranjera no oficial, desde fuera de la Isla se adquieren propiedades y usufructos, “usando nombres de cubanos”, y eso está llevando a una nueva figura, la del terrateniente, quien pone a otros a trabajar para él. Así “ya hay grandes ricos”. Claro, no todos los terratenientes cuentan con caudales foráneos, “los hay muy buenos negociantes, con sólidos capitales propios: financiero, social y cultural”; y al mismo tiempo trabajan sus tierras. Otras problemáticas del resto del país se reiteran aquí: ciertamente muchas personas van a labrar y cosechar sin poseer capacitación ni herencia cultural agraria; ello afecta el ecosistema. En cierto sentido la sociedad rural permanece desconectada, por falta de transporte público y frecuente, caminos deteriorados, o comunicaciones limitadas. Al subsistir zonas de silencio o la señal televisiva y radial no llegar con suficiente calidad, predomina el consumo del paquete. Todavía la cultura ambiental y la alimentaria deben ser más potenciadas, pues los habitantes del  agro villaclareño queman la basura, contaminan el entorno, consumen menos cantidad y variedad de frutas y vegetales de lo que pudieran. Según un estudio, los niños llevan como merienda a la escuela refrescos elaborados industrialmente, no jugos, aunque tienen la fruta en el patio de la casa o en la finca.

Ante este panorama, ¿qué hacer? La joven analista coincide con el planteamiento de Orlando Plaza, reconocido estudioso de la nueva ruralidad: “La propuesta de desarrollo rural debe estar inscrita en una propuesta de desarrollo nacional”. O sea, añade ella, es preciso lograr consenso, diálogo, vías más participativas e inclusivas “entre los macroprocesos nacionales, provinciales, y los microprocesos locales y rurales”. Además, resulta esencial “la actitud de los actores sociales”, la capacidad de los pobladores para asumir actividades emergentes. “Todos tenemos que ser protagonistas”.

Amplia es la lista desplegada por Fernando Funes mientas reflexionaba sobre qué necesitamos si de veras queremos avanzar en pos de una nueva sociedad rural. Ir hacia un modelo agroecológico, conlleva una descentralización mayor de los poderes, del uso de las tierras; y la ganancia de esa descentralización va a surgir cuando haya infraestructura creada para la pequeña y la mediana empresa agrícola. La eficacia de la inversión extranjera dependerá de insertarla en el desarrollo local y controlarla en ese nivel; “los esquemas verticales de arriba hacia abajo nos harán chocar con los mismos problemas del pasado”. Un pilar son los recursos, incluidos los monetarios y la totalidad de “los elementos que integran la estructura material necesaria para desarrollar lo mejor posible la existencia en el campo”. De igual modo hay que saber aprovechar las oportunidades brindadas por la riqueza enorme del entorno natural. Requerimos del conocimiento —un saber que trasciende el científico o académico y el tecnológico— para llegar a una comprensión cabal del nuevo proyecto de vida y escuchar a todos los implicados, es decir, garantizar su participación real, efectiva. Debemos conformar una agenda común. Y atender los siguientes componentes básicos: impulsar proyectos de desarrollo local con fortaleza suficiente para mejorar la vida de los cubanos y por consiguiente capaces de defender nuestro arquetipo de sociedad, al transformarlo en una opción de bienestar económico. Generar incentivos sólidos para que las personas elijan vivir en el campo. Emprender una alfabetización ecológica. Y construir un nuevo asociacionismo rural, con organizaciones e instituciones distintas a las hoy existentes, que se organicen a partir de la sociedad civil y entiendan realmente lo que pasa en cada lugar.

Concluyó la tarde. Algunos asistentes —igual sucederá con los lectores— abandonaron el local aprobando sin reservas los puntos de vista escuchados; otros sintieron que sus inquietudes no fueron por completo satisfechas. Mas, sin dudas, un pensamiento quedó en todos: el asunto analizado merece amplio debate y divulgación, en la sociedad en general, desde las altas esferas decisorias hasta, empezando por ahí, los enclaves rurales, donde, como revelara Martínez Massip, los habitantes a menudo poseen escasas perspectivas acerca de cómo quisieran transformar sus vínculos con ese entorno.