Ensanchar el corredor cultural crítico del no capitalismo

Ensanchar el corredor cultural crítico del no capitalismo

Abstract: 

Transformations in the Cuban economic scenario, resulting from the process of updating, are approached with an ethical, political and cultural outlook. An analysis is made of the advances, obstacles and challenges along with the reconstruction of the pro-socialist consensus under the new conditions, associated to the debate on the country project of an emancipated society or a re-colonized one which must cope with the current and future changes. From that position, the author intends to widen up the non-capitalist critical cultural spectrum in the Cuban society.

 

La propiedad privada nos ha hecho tan estúpidos y unilaterales que un objeto es nuestro solamente cuando lo tenemos —cuando existe para nosotros como capital, o cuando es directamente poseído, bebido, comido, usado, habitado, etc., en fin, cuando es usado por nosotros.

                                              Carlos Marx

 

No les tengas miedo a lo sagrado y a los sentimientos, de los cuales el laicismo consumista ha privado a los hombres transformándolos en brutos y estúpidos autómatas adoradores de fetiches.

                                              Pier Paolo Pasolini

 

Varios elementos activan el imaginario dicotómico cubano conformado en décadas anteriores: el redimensionamiento del Estado y la superación de su forma como Estado-empresario, el paso a la descentralización (mayor autonomía, facultades y responsabilidad) de la empresa estatal socialista y su capacidad de planificación, incorporando diversas formas de gestión y emprendimientos autónomos en el mercado, la emergencia del sector privado en sus diversas variantes, las repercusiones de la Ley 118 de la Inversión Extranjera de 2014 (Asamblea Nacional del Poder Popular, 2014) en el contexto de la economía y la sociedad cubanas, el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con los Estados Unidos y la posible normalización de las relaciones bilaterales entre los dos adversarios históricos —lo que constituye un triunfo de la resistencia y la solidaridad y un desafío inédito para la colaboración mutuamente ventajosa entre ambas economías y culturas, sin que desaparezca el diferendo histórico entre el imperialismo y la opción socialista de la nación cubana—;[1] así como las reformulaciones acerca del modo de construir la hegemonía y el papel de la sociedad civil. Este imaginario reduce y empobrece el espectro de opciones entre la noción socialista desplegada como estatalización extrema y la presunta «mercantilización» como alternativa. Un ejemplo de lo anterior es la escisión, a veces desmovilizadora, entre la economía y la política, entre plan y mercado, entre lo social y lo político, entre lo político y lo cultural.

Es tan errónea, a la hora de evaluar las reformas en curso dentro del proceso de actualización en Cuba, la identificación, a priori, de los cambios propuestos en el sistema de propiedad y gestión como «capitalistas», o «neoliberales», como dejar de estudiar, hoy con más razones que nunca, la naturaleza del capitalismo actual, con el que tenemos que interactuar desde nuestro acumulado de saberes de resistencia y lucha, experiencias políticas y transformaciones hegemónicas en la sociedad cubana; sobre todo para conformar las estrategias múltiples, presentes y futuras, de esa lucha política y cultural como antídoto a la necropolítica que se generaliza en las geografías del capital: guerra social, radicalización del despojo, exterminio, impunidad, avasallamiento sobre las poblaciones y saqueo en los territorios.

 Habrá quienes sientan que se está «desmontando» el socialismo y reaccionen negativamente a los cambios. Ello es generacionalmente comprensible, dado el peso de los estereotipos convertidos en patrones axiológicos inamovibles, mas pueden devenir posturas retardatarias ante la renovación del proyecto en las nuevas condiciones, al mantener no solo su inercia desmovilizadora, a riesgo de la posible quiebra de todo el organismo social. Sin embargo, no resulta sencillo, en tan breve tiempo, ir más allá de una noción teórica (y de imaginarios) que identificó al socialismo con la estatización no solo de la gran propiedad burguesa-latifundista y de los monopolios norteamericanos, sino la de la pequeña y mediana producción privada. A partir de ahí aparecen los posibles sectores afectados por los cambios, tanto los grupos burocráticos, como los propios sectores populares, acostumbrados a la deformación paternal-estatalista que ha constreñido el despliegue creativo de las fuerzas productivas sociales (Hernández, 2009: 105).

No faltarán, interna y sobre todo externamente, quienes a la vez que saluden las aperturas, llamen a seguir ensanchando el papel del mercado y la propiedad privada y la «liberación» de las trabas estatales que los constriñen, con la apelación a la imagen grotesca de «estalinismo de mercado». Esta tentativa aparece siempre bajo el discurso engañoso, pero de impacto psicológico —probado en las experiencias protosocialistas de Europa del Este y de la URSS—, de eliminar esas supuestas trabas que impiden satisfacer rápidamente las expectativas de consumo, y las libertades coartadas en los regímenes de socialismo real. Para lograr ese objetivo, el único horizonte posible sería la reconstrucción de un sistema «democrático» (léase capitalista) en Cuba que, presumiblemente, no tendría las brechas de injusticia y desigualdad de los países latinoamericanos, dadas las ventajas comparativas adquiridas por los cubanos (resultado, paradójicamente, de las políticas sociales que serán eliminadas, las que lograron un pueblo sano, instruido, culto y con amor propio). Todo esto les daría capacidades de competitividad para enfrentar los retos del mercado capitalista.

No existe un «antídoto» válido para cada momento histórico que nos haga inmune a la posibilidad del retorno al capitalismo dependiente, aun con las mejores intenciones, y serán cada vez más visibles las voces que estimulen a seguir dando pasos hacia la mercantilización de la vida. El desafío esencial es la recomposición de la hegemonía político-cultural popular socialista, única garantía de impedir la concentración de la riqueza en pocas manos, que es la causa de la desigualdad económica y, en consecuencia, del empobrecimiento y la pobreza (material y espiritual) en el capitalismo.

Todo ello aconseja abrir cauce, ensanchar (y actualizar) el corredor cultural crítico del no capitalismo en la sociedad cubana, en medio de las nuevas problemáticas y desafíos de la Revolución.[2] Asumimos el término, en nuestro caso, como ensanchamiento y profundización del acumulado de saberes y sensibilidades no capitalistas, acendradas durante más de medio siglo en la praxis cultural y civilizatoria del pueblo cubano en transición socialista, así como sus nexos con propuestas y opciones emergentes generadas por las redes sociales y movimientos populares en su conjunto, todo ello en los escenarios regionales y globales de lucha contra el neoliberalismo, las que, sin embargo, han sido poco visibilizadas en nuestros medios y en la esfera pública y educacional en general.

Esas avenidas sentipensantes para el debate, (o sea, desde la sensibilidad y la reflexión conceptual), y las propuestas que se desplieguen, deben combinar y articular iniciativas diseñadas e intencionadas desde el ámbito institucional, con la autorganización social de dichas emergencias; las que son deseables que se multipliquen (espontánea e institucionalmente) no solo en nuestros centros educativos, culturales y de investigación, sino en las organizaciones sociales y en las comunidades. Lo desinstitucionalizado no es per se una debilidad, ni resta fuerzas; al contrario, es justamente uno de los componentes de su capacidad corrosiva radical: la lucha se construye desde otras bases, desde otro lugar y con otras reglas. Y ahí, en esos espacios, se librarán las más agudas disputas ideológicas, políticas y culturales.

Se imponen nuevas interrelaciones entre la sociedad civil y la sociedad política y el Estado, los cuales, sin dejar de deslindar sus respectivos campos y modos de interpenetración, deben alejarse tanto de la labor burocrática inherente a la estatalización deformada, como del divorcio ontológico entre ambas dimensiones (falacia liberal para la deslegitimación de cualquier alternativa socialista).

No hay que olvidar, recuerda Fernando Martínez Heredia, que somos hijos de estos últimos veinte años:

En la actualidad, existe una gran franja cultural en el país que es ajena a la Revolución. Y dentro de la cultura cubana está instalado el rasgo constituido por una despolitización que al inicio —en los primeros 90— contenía elementos de crítica política o de desilusión; después ha buscado sus posturas y su legitimidad en la actividad individual, las profesiones, oficios y grupos de pertenencia, y también ha pretendido encontrar referentes en una supuesta tradición nacional, tornada aséptica y expurgado su enorme y tantas veces decisivo componente cívico y político. En el período reciente, la despolitización es asumida por sectores de población con naturalidad y sin explicaciones. (Martínez Heredia, 2013-2014: 99)

 

Ese mundo del apoliticismo, según Martínez Heredia, ha logrado convivir en paralelo, sin mayores conflictos, con el mundo de lo político, lo que hace aún más difícil la renovación del proceso hegemónico. Eso ocurre, añadimos, en el seno de la familia, en los grupos etarios afines e intergeneracionales y en los colectivos laborales y profesionales. Pero además de esta actitud es necesario distinguir «el apoliticismo respecto a otro proceso que en las últimas dos décadas ha registrado una expansión y un afianzamiento crecientes: la conservatización social» (100).

Frente a la despolitización y el conservadurismo social, hay que estimular el surgimiento de propuestas creativas de todo tipo, especialmente entre las nuevas generaciones, que permitan —desde la participación social más amplia— reencantarse a sí mismas y hallar sus propios nexos de continuidad con las generaciones partícipes de la obra revolucionaria, con sentidos éticos, políticos y epistémicos renovados, resignificados desde sus propias prácticas cotidianas y experiencias políticas.[3] Entre ese apoliticismo, que en parte ha sido reactivo a «la politización extremada que rigió durante un largo período de la vida del país» (100), Fernando Martínez Heredia constata:

A contrapelo de lo anterior, en estos últimos años se ha producido un positivo aumento de la politización en sectores amplios de población, que pone parcialmente en acción el nivel tan extraordinario de conciencia política que posee el pueblo cubano. Emergen sectores no pequeños de jóvenes politizados o con deseo de estarlo, que rechazan el capitalismo. Una parte de ellos podría ir integrando una nueva intelectualidad revolucionaria. (101)

 

Juan Valdés Paz coincide con ese enfoque y reconoce que a pesar de

los cambios ostensibles en la subjetividad social —mayor individualismo, crecimiento de la religiosidad, diversificación de intereses, frustración de expectativas, etc.— el sistema de valores predominante sigue basando su jerarquía en los valores patrios, la equidad social y la solidaridad. (2009: 209)

 

Un elemento novedoso ha añadido experiencias de confrontación ideológica espontáneas, inéditas en nuestra sociedad: el Decreto-Ley 302 de 2012 (Consejo de Estado, 2012), mediante el cual se actualiza y flexibiliza considerablemente la Ley de Migración; primero porque ofrece la posibilidad de optar por salir de Cuba y acogerse al estatus migratorio que se desee, y reduce al mínimo los trámites para hacer uso de ese derecho ciudadano. El contacto abierto con el mundo que nos rodea está permitiendo una menor idealización de lo que alguien llamó, con sentido del humor, la «Pacha Miami».

 

Nuevos escenarios de disputas ideológico-culturales

Hay que admitir que se avecinan escenarios problemáticos inéditos. El espacio que ocuparán las formas no estatales de propiedad y de gestión, en especial el sector privado pequeño y mediano, supone reconocer su papel en el contexto de la economía nacional, definir su apego a la legislación y su regulación bajo determinadas normas, a la vez que dejar de estigmatizarlas en el plano ideológico y de definirlas a priori como sectores antisocialistas. Para ser consecuente con el reconocimiento del aporte de este sector, desde la nueva noción de transición socialista implícita en la actualización del modelo económico y social, es justo colocar el problema en términos de desafío conflictivo.

Para superar la visión simplista de lo que llamamos no capitalismo, es necesario deslindar las categorías de mercado y mercado capitalista. En su libro Traducir a Gramsci, Jorge Luis Acanda llamaba la atención sobre esta distinción en una nota: «En el capitalismo no existe “mercado” a secas, sino “mercado capitalista”, que es otra cosa» (2007: 91). De ahí que el capitalismo como formación histórica —a diferencia, tanto de las formaciones anteriores, como de las alternativas socialistas— suponga un binomio de mercantilización creciente de la producción y del consumo; y que al universalizarse la forma mercancía, se produzca la mercantilización de la vida en toda su diversidad.

No se puede caracterizar al mercado capitalista como un fenómeno exclusivamente económico, sino como un proceso de carácter social. Es el espacio social por excelencia de producción y circulación de la subjetividad humana, de las necesidades, potencialidades, capacidades, etc., de los individuos. El carácter complejo del mercado capitalista se puede expresar adecuadamente en esta formulación: su objetivo es la construcción de los individuos como consumidores ampliados de mercancías. El mercado capitalista se constituye en la instancia primaria y fundamental de producción de las relaciones sociales en la modernidad. (Acanda, 2007: 91-2)

 

La especulación posmercantil, al menos en el futuro previsible, es una espada de Damocles para la viabilidad estratégica de la alternativa socialista. La manera en que el socialismo incorpore la diversidad de formas de propiedad y gestión, y domestique al mercado (para evitar su crecimiento capitalista descontrolado como especie depredadora de la colaboración social y las solidaridades), no se develará apriorísticamente en ningún modelo teórico; será, a la postre, un resultado del protagonismo de los actores populares enfrascados en la consecución de dicha alternativa, cuya participación real en todos los asuntos de la sociedad, incluidas las decisiones fundamentales, irá resolviendo de manera práctica los misterios que hoy la teoría emancipatoria no ha podido descifrar.

La necesidad de abrir nuevos espacios al mercado, conjugada con la planificación de alcance social, supone la búsqueda e implementación de nuevas formas de regulación por parte del Estado. Se abren también nuevos desafíos: superar la linealidad Estado-mercado, hallar fórmulas nuevas de socialización de la producción y la reproducción de la vida y de la política; crear modos aún no experimentados de intercambios (el trueque no mercantil), (re)distribución, autogestión comunitaria, cuidado del territorio, gestión cooperativa plena, variantes de economía solidaria, democracia económica y control popular y ciudadano, así como otras iniciativas que han sido sistemáticamente devaluadas por los paradigmas económicos habituales en la nueva fase de «otredad» mercantil (Aguilóy y Massó, 2013).

El contenido no capitalista para Cuba, en el mediano y largo plazo, pasa por la deslegitimación de los llamados a intentos de neoliberalizar la economía y la sociedad. Esas luchas tendrán sentidos éticos, políticos y simbólico-culturales no abstractos, pues cada pueblo reacciona y conforma sus referentes ideológicos en relación con las contradicciones del contexto en que se desenvuelve. Para que el no capitalismo no sea mera retórica no convocante, o posicionamiento de grupos concientizados en medio de una mayoría alejada de sus ideales, tendrá que contar con realidades fácticas que muestren, de manera tangible, las razones de los discursos. Esto, en el caso de Cuba, supone, en primer lugar, la generalización de buenas prácticas políticas y económicas como resultado de la aplicación consensuada, y enriquecida por el pueblo, de los documentos del VII Congreso del Partido Comunista de Cuba —PCC— (2016), así como de todas las estrategias y acciones para hacerlos viables. En términos concretos, se necesita un sector presupuestado que eleve, integralmente, su estatus en la sociedad (trabajadores de la salud, la educación en todos sus niveles, la ciencia, la cultura, el deporte, la prensa y otros); un mundo empresarial socialista renovado en sus formas de organización tecnoeconómica y de co-gestión, con eficiencia productiva y eficacia social; un cooperativismo fuerte, urbano y rural, que desarrolle un modelo de gestión económica sólido, rentable, que se autofinancie con capital de trabajo propio, con responsabilidad social y capacidad autogestionaria; y un sector privado atenido a las regulaciones legales establecidas, que satisfaga demandas necesarias para la población y se integre a la economía nacional de manera complementaria. Y como colofón de ese escenario, un avance sostenido hacia modos de socialización de la producción y la reproducción de la vida y el poder, que otorguen sentido emancipador a las reformas económicas y político-institucionales implementadas.

Para que ese corredor cultural del no capitalismo pueda ser socialmente significativo y encarne en el sentido común de la sociedad, es necesario que sometamos a crítica otro parámetro estereotipado: la plasmación inamovible de criterios sobre «lo revolucionario» y «lo no revolucionario», lo que Miguel Limia define como monismo axiológico unicentrado que tiende a «la identificación de la manifestación de los intereses personales o de grupo particulares como fenómenos anti sistémicos», a la vez que mantiene

la presuposición de un solo y homogéneo eje de referencia axiológico revolucionario en la sociedad para interpretar y asumir los acontecimientos, hechos, procesos e informaciones; contrapuesto al único eje contrarrevolucionario. Es el monismo axiológico unicentrado en la construcción de la cooperación social, el cual resulta superado por los acontecimientos históricos enlazados a la obra creadora de la revolución. (2010: 10)

 

Es comprensible que en el seno de ese deseable conglomerado no capitalista de subjetividades coexistirán posturas radicales que pudieran ser consideradas abstractas, avaladas desde imperativos éticos, a contrapelo de las coyunturas políticas,[4] las que también se mostrarán particularmente críticas con la institucionalidad existente, confundiendo, en ocasiones, reformas particulares, aparentemente regresivas, con «concesiones» al capitalismo, o también cuestionando errores y apreciaciones sobre el mercado, fetichizadas en la sociedad en medio de los cambios. Una línea importante de incidencia social será velar por la responsabilidad social y ambiental de las empresas y de todas las formas de gestión y propiedad que interactúan en el marco de la economía nacional, incluyendo las cooperativas, privadas y mixtas; así como criticar la corrupción en todas sus variantes y las actitudes de doble moral.

Ese corredor plural puede devenir un formidable y sostenido movimiento crítico dirigido hacia la desenajenación y descolonización en nuestra sociedad, mediante la promoción y el debate público, contextualizados desde Cuba, de los valores antisistémicos (anticapitalistas, antipatriarcales y por relaciones de producción no depredadoras del ambiente, en defensa de la diversidad natural y la social-humana); y, a la vez, mediante la desfetichización de los mitos neoliberales acerca del mercado libre y la desregulación impuesta a los países menos desarrollados por los países imperialistas.

Necesitamos enfrentar también estos retos no solo con categorías explicativas, sino impulsando a la generación de herramientas críticas, desde la sensibilidad para la asunción revolucionaria, desenajenada y plural de la estetización de la vida contemporánea (incluida la política) y su impacto en la sociedad cubana. Mayra Sánchez Medina (2013) en su texto Entre la espectacularidad y el deseo. Razones epistemológicas para pensar el sujeto político, reflexiona sobre la herencia latente de un modo simplista y mecánico de ver el mundo en la acción y el pensamiento político de izquierda. La autora considera que la asunción de la estetización de la política revolucionaria parte del hecho de «la intensidad con que, de forma más o menos consciente, hemos incorporado el ejercicio sensible a nuestra existencia cotidiana» (6). Ello nos lleva a asumir (estudiar, debatir, construir colectivamente) lo que pudiéramos llamar una educación política estetizada.

¿Estetizar el socialismo? —se pregunta esta autora. Sí; lo cual no significa otra cosa que su aceptación a nivel sensible; asociarlo valorativamente al agrado y el placer, desde códigos diferentes a los que reinan en la sociedad de mercado. No habría mejor campo para el ejercicio de disputa y creación estético-política, contrahegemónica y alternativa —parafraseando a Sánchez Medina (2013)— que la propia sociedad estetizada.

La disputa hegemónica supone no solo avanzar hacia una enseñanza y divulgación más convincente y atractiva de la herencia antimperialista del pensamiento cubano y sus razones históricas, sino profundizar y «poner al día» esa herencia con los modos actuales que las transnacionales, y el capital en su conjunto, usan para la dominación múltiple.[5] Pero si, como afirma Fernando Martínez Heredia (2015), «Cuba vive una pugna cultural crucial entre el capitalismo y el socialismo» en la que está en juego la manera de vivir que hemos experimentado desde 1959, habría que ir más allá y comprender que el capitalismo es un sistema que esconde su naturaleza antihumana y antiecológica perversa tras las múltiples seducciones con que se presenta.

Enfrentar y superar multifacéticamente al capitalismo es un desafío histórico permanente en nuestra época, que trasciende la lucha de un país o de un grupo de países, sino que compromete a toda la humanidad. Hemos aprendido que no basta con subvertir sus resortes estructurales e institucionales de dominio y sujeción, sino que es necesario comprender que está compuesto por «prácticas pequeñitas»[6] de interacción social enajenada y fetichizada desde lo cotidiano. Si no nos preparamos con nuevos procesos de aprendizaje/desaprendizaje sensibles para enfrentarlas e impedimos la conversión de la psicología del «éxito» individualista, el consumismo del «nuevo rico», la insensibilidad frente a los privilegios reales, en patrón de vida; si no seguimos sintiendo como propio el golpe dado en otra mejilla (Guevara, 2015), no podremos superarlos culturalmente en la perspectiva histórica.

Otra arista importante la aporta la mirada crítica, filosófica y económica del feminismo. Georgina Alfonso González (2015), en sus investigaciones sobre los vínculos entre marxismo, socialismo y feminismo, insiste en tomar como brújula de las transformaciones socialistas la no separación entre producción y reproducción de la vida, que es el pilar de la lógica del capital sobre el que se asientan las formas de dominio y sujeción (clasista, sexual y de género) y que el socialismo como movimiento real social debe luchar por no escindir en sus estrategias de desarrollo. Para las sucesivos enfoques críticos sobre el modelo hay que tener en cuenta las deconstrucciones del feminismo revolucionario sobre las categorías económicas, en especial sobre la presunta neutralidad de género, el individualismo metodológico y lo que Blanca Munster llama el estrabismo productivista.

Una de las características de la economía dominante es la progresiva reducción de su objeto de estudio a la esfera monetario-mercantil; dicho proceso no ha sido neutral ante el género, puesto que a medida que ciertas dimensiones se han constituido como económicas, a su vez también se han masculinizado. Por el contrario, las dimensiones calificadas como no «económicas» se han identificado con los roles, espacios, intereses y características que históricamente se han asignado a las mujeres, en un proceso de dicotomización analítica, espacial y normativa, donde la creación de esferas separadas para hombres y mujeres en cada una de las dimensiones se ha retroalimentado. (Munster, 2015: 2)

 

Basta que los cubanos y las cubanas sigamos dando pasos que se sumen otros tantos dados por las resistencias globales. A nuestro favor está no solo el rescate de la política que nos lega la Revolución, sino la posibilidad de la diseminación de espacios y formatos de intercambio político-cultural que hará que avancemos hacia un renovado sentido de la politicidad emancipatoria, sintonizando nuestras voces, nuestras sensibilidades y subjetividades, nuestras incertidumbres y regímenes de verdades frente a la perversa mercantilización de la vida y el deseo. Es necesaria una desenajenación permanente para que Cuba siga acumulando «capital simbólico» que impida, por incompatibilidad con la vida, el regreso de las «boquitas pintadas» de la plusvalía, y que nuestra democracia perfectible caiga en manos de élites que remplacen la voluntad popular, la proliferación del carnaval de la futilidad que lleva a la enanización de lo humano, y la pornografía política que satura los espacios de la «ciudad neoliberal».

La discusión, sin embargo, debe colocarse en un nivel más problemático y a la vez realista, porque ya sabemos que el «deber ser» no se transfigura linealmente en nueva racionalidad, por más que lo anhelemos. No es posible determinar a priori el curso de los acontecimientos impulsados por sus propias contradicciones endógenas. Las preguntas son: ¿vemos realmente la posibilidad de construir algo distinto?, ¿hasta dónde ha madurado el imaginario social alternativo instituyente de lo nuevo, dificultad de la que no escapa nuestra sociedad, por más que acumule un accionar liberador?

Las nuevas generaciones, que ya son protagonistas de relaciones políticas renovadas, logran su propia inteligibilidad, comprensión, re-conocimiento de las perspectivas múltiples desde una diversidad que es capaz de articularse intersubjetivamente a través de la participación y la acción transformadora, sin atomización. Desde esa riqueza, que es a la vez acumulación «genético-cultural» emancipadora y subversión desenfadada de modos rutinizados de hacer política, tienen la posibilidad de ocupar el presente. Ellas asumirán la necesidad y el disfrute de la comunicación, del encuentro multifacético, para sentir, pensar y construir (y disputar) futuros, en los que seamos capaces de transitar hacia nuevos modos de convivencia humana socializada, con justicia social y ambiental, equidad de género, respeto a la dignidad de cada persona y de cada pueblo, a la diversidad étnica, racial, de culturas, cosmologías, religiones, opciones sexuales y sentidos de vida. Ese será el socialismo cubano, nuestro Buen Vivir. Como expresara un amigo gaditano: «la erótica colectiva para cambiar el mundo».

 

[1]. Fernando Martínez Heredia en un breve y enjundioso texto publicado en Cubadebate, a raíz de la apertura de la embajada de los Estados Unidos en La Habana reflexionaba: «Cuba es muy fuerte y tiene muchas cartas a su favor. La primera es la inmensa cultura socialista de liberación nacional y antimperialista acumulada. Ella ha sido decisiva para ganar las batallas y guiar la resistencia en las últimas décadas, y ella rige la conciencia política y moral de la mayoría, que de ningún modo va a entregar la soberanía nacional ni la justicia social. La legitimidad del mandato de Raúl y el consenso con los actos del gobierno que preside aseguran la confianza y el apoyo a su estrategia, y le permiten conducir las negociaciones con apego absoluto a los principios y flexibilidad táctica. La solidez del sistema estatal, político y de gobierno cubanos, la potencia y calidad de su sistema de defensa, el control de los elementos fundamentales de la economía del país, y los hábitos y reacciones defensivas, proveen un conjunto formidable que está en la base de las posiciones cubanas». (Martínez Heredia, 2015)

[2]. Ana Esther Ceceña argumenta la existencia de un corredor conceptual del no capitalismo en el que se integran cosmovisiones, organizaciones societales, imaginarios y conexión-pertenencia con la Madre Tierra frente al avasallamiento cultural perpetrado por el capitalismo desde sus orígenes. La autora mexicana define ese conjunto de resistencias como espacios-refugios «desde donde emergen hoy las visiones de una historia anterior y a la vez contemporánea pero no idéntica al capitalismo; así como la imaginación y las condiciones de posibilidad de una historia después del capitalismo» (2011: 1).

[3]. El diálogo intergeneracional es más necesario que nunca, a las puertas del cambio generacional en la dirección de la Revolución. Debe ser ético y político, horizontalista (decir y escuchar, escuchar y ser escuchado/a), en el que las generaciones actuantes en este medio siglo de rupturas, avances, amenazas y retos compartan su experiencia con las más nuevas, sin demagogia, o sea, sin hacer dejación de su papel formativo, pero evitando la trasmisión apodíctica de verdades supuestamente inmutables, asumiendo la actitud dialógica de respeto y la inteligencia de saber de antemano que el educador puede y debe ser también educado, en función de la renovación del bloque histórico anticapitalista.

[4]. Joel Suárez (2015) ha realizado una reflexión interesante sobre la tensión existente entre la lectura crítica del contexto sociopolítico cubano actual y el deber ser o la aspiración futura sobre un socialismo prístino por parte de una pléyade de jóvenes comprometidos con los valores éticos y culturales del socialismo. Esa conflictividad, lejos de ser desechada, resulta estimulante para el debate plural instalado en nuestra sociedad a raíz de la implementación de los Lineamientos. La radicalidad anticapitalista, pese a que no se compartan todas sus apreciaciones sobre aspectos puntuales del actual proceso y sus resultados, deberá desempeñar un papel importante en la lucha política y cultural entre socialismo y capitalismo en los presentes y futuros escenarios del proceso de actualización en Cuba.

[5]. La esencia de la categoría de sistema de dominación múltiple que hemos trabajado a lo largo de los talleres internacionales sobre paradigmas emancipatorios en La Habana (1995-2015) coincide con la formulación que realiza István Mészáros (2002) para caracterizar la civilización/barbarie del capital: «El capital —apunta con razón el destacado pensador húngaro— no es simplemente un conjunto de mecanismos económicos, como a menudo se lo conceptualiza, sino un modo multifacético de reproducción metabólica social, que lo abarca todo y que afecta profundamente cada aspecto de la vida, desde lo directamente material y económico hasta las relaciones culturales más mediadas».

[6]. La expresión es de la investigadora de la Universidad Nacional Autónoma de México, Ángeles Eraña, inspirada en la propuesta zapatista.

 

Referencias

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