Precisando hechos y datos. Acerca de los comentarios de Amuchástegui

Este artículo forma parte de la serie: 

Desde el mismo comienzo, Domingo Amuchástegui me reprocha no abordar determinados asuntos o no profundizar ni extenderme más en temas que él considera indispensable tratar. Entre otras cosas señala, por ejemplo, que al hacer referencia a lo ocurrido en los años 60 y hacer mención a determinados momentos de la política agraria, omitimos el análisis y salimos de ello “con la frase fácil de ‘independiente de la explicación y justificación’ de la misma y que al aludir a ‘concepciones equivocadas’ de esos años lo hacemos ‘sin abordar todas las circunstancias en que ocurrieron y quienes fueron sus gestores y responsables’”. Sin embargo, en el encabezamiento de sus comentarios expresa que “Con gran interés y cuidado [el énfasis es mío] he leído el análisis de Humberto Pérez...”.

Si lo realizó con el cuidado con que dice haberlo hecho no creo que le sea difícil entender que mi artículo tiene un tema y objetivo central que es la narración testimonial y el intento de lograr una valoración objetiva, sin prejuicios, integral y justa, del Primer Congreso del Partido y de lo ocurrido a su alrededor en la etapa preparatoria entre los años 70 y 75 y en la posterior de implementación de sus acuerdos hasta 1985. Para ello, lógicamente aludo a determinados antecedentes y a los períodos siguientes hasta nuestros días, pero de una manera somera y sintética.

No podía pretender en el espacio de un artículo (no de un libro) de apenas 35 cuartillas ser exhaustivo en el análisis de todo el proceso revolucionario desde sus inicios hasta nuestros días, texto que ya resultaba demasiado largo para las publicaciones habituales en la prensa digital y solo la comprensión y benevolencia de la dirección de la revista Temas me autorizó la extensión que al final tuvo.

Cuando afirmo que “independiente de la explicación y justificación en su origen que tiene esta forma de organización y dirección de la propiedad económica […] lo indudable es que no fue un resultado de los años 70 ni de la afiliación al CAME”, no me refiero a la política y esfera agraria en particular, sino a la existencia de una economía socialista estatista, altamente centralizada y manejada de manera vertical tanto en la esfera agraria, como en la industrial, la comercial, etc., que venía desde los inicios al comenzar a organizarse y a gestionarse las propiedades que se fueron confiscando y nacionalizando desde el mismo 1959, lo cual para mí tiene una explicación y una justificación en sus orígenes, la cual señalo en el artículo. Cuando hablo de sus “virtudes y pecados” es porque creo que ese tipo de organización económica de la propiedad tiene aspectos positivos y negativos.

Por otro lado, no consideré adecuado asumir la posición de un auditor o inspector de contraloría, y menos la de un fiscal, para decir quiénes fueron los gestores y responsables de las “concepciones equivocadas” aplicadas en los finales de los años 60 a las que hago referencia. Tampoco lo hizo el compañero Fidel en su Informe al Primer Congreso cuando enumeró con bastante detalle esas concepciones equivocadas e hizo valientemente una autocrítica a nombre de toda la Dirección del país.

En cuanto a los comentarios más detallados de Amuchástegui, me concentraré principalmente en los temas relacionados con el período 1971-1985, sobre todo a partir de 1976, en los que estimo puede estar presente una mala o insuficiente información y, en general, en los que considero de suficiente importancia como para que deban ser conocidos por las actuales y nuevas generaciones y que los conozcan tal y como ocurrieron, y no deformados ni tergiversados, cualquiera que pueda ser la causa de ello.

 

 

1. Sobre el sectarismo y la microfracción

Dice Amuchástegui que sobre estos términos hay mucho más que explicar y que minimizamos o anulamos “un gravísimo proceso” ocurrido cuando “el grueso de la membresía vieja y nueva del Partido Socialista Popular [el énfasis es mío] bajo el liderazgo de Aníbal Escalante”, y en 1962 “en estrecha complicidad y aliento por parte del embajador soviético Serguei Kudriatzev, casi completaron un proceso de ‘todo el poder para los soviets’ a la cubana, es decir para el PSP...”. Me parece un tanto exagerada y prejuiciada la inculpación que hace al “grueso de la membresía vieja y nueva del PSP” como integrante de un gran complot que pasó a “controlar casi todos los órganos claves del poder incluyendo la Seguridad, las FAR, las jefaturas de las provincias, donde los excesos de poder y abusos abundaron, donde los combatientes del Ejército Rebelde, del M-26-7 y del DR-13 de Marzo fueron discriminados, destituidos, estigmatizados rodeados de una tremenda atmósfera de desconfianza política y hostigamientos”.

Según mis recuerdos e información, el período del llamado sectarismo fue breve (desde inicios de 1961 hasta marzo de 1962) y aunque ciertamente hizo daño en los lugares donde pudo actuar y lastimó a numerosos compañeros, fue combatido y eliminado a tiempo sin que llegara a consolidarse ni a tener fuerza suficiente. Por otro lado, no estuvo presente de igual manera en todas las provincias ni en todas las instituciones y esferas de actividad. Por ejemplo, en la provincia de Las Villas lo acontecido no se corresponde con las manifestaciones narradas por Amuchástegui.

Ya desde inicios de 1960 se comenzaron a producir en la antigua provincia de Las Villas reuniones de coordinación entre las tres organizaciones revolucionarias, como embrión de lo que desembocaría poco después en las ORI. Esas reuniones se convocaban semanalmente en las oficinas del gobernador provincial, que en aquellos momentos era el comandante Carlos Iglesias (Nicaragua). Participaban, además, el Comandante Jefe del Regimiento Leoncio Vidal (primero fue el comandante Orlando Rodríguez Puerta y después el comandante Papito Serguera, ambos procedentes de la Sierra Maestra y del 26 de Julio); el coordinador provincial del M-26-7 (primero Raúl Curbelo y después, cuando este pasó a Ministro de Comunicaciones, el entonces Tte. Pedro Labrador); Arnaldo Milián como Secretario del PSP; un dirigente de primer nivel de la CTC provincial y el subdelegado provincial del Ministerio del Trabajo procedente del M-26-7. Asistía también a esas reuniones un compañero por el Directorio cuyo nombre no recuerdo. Las decisiones se discutían y se tomaban colectivamente.

En aquellos momentos, el jefe de los órganos de seguridad en Las Villas era Aníbal Velaz, procedente del M-26-7 en Cienfuegos, y como jefe para la organización de las Milicias Nacionales Revolucionarias (MNR) se designó al entonces Comandante y hoy General (R) Armando Choy procedente del Ejército Rebelde y del Movimiento 26 de Julio.

Por la provincia de Las Villas para el primer curso de la Nico López fueron seleccionados ocho compañeros: cinco del M-26-7, dos del PSP y uno del Directorio. La mayoría de los aproximadamente cincuenta alumnos de ese primer curso procedían del M-26-7. Al finalizar, en junio de 1961, fueron seleccionados cinco para continuar estudios superiores en la Unión Soviética: tres del M-26-7, uno del PSP y uno del Directorio.

En ningún momento se pusieron de manifiesto elementos o síntomas de complot por parte del PSP, a pesar de que Aníbal Escalante era el que oficiaba en ese período como secretario organizador de las incipientes ORI.

Cuando el 8 de marzo de 1962 se crea formalmente la Dirección Nacional de las ORI bajo la jefatura de Fidel y Raúl, entre sus 25 integrantes hay 14 del M-26-7, 10 del antiguo PSP entre los cuales estaba aún Aníbal Escalante, y uno del DR-13 de Marzo. Tan solo dieciocho días después, el 26 de marzo, se produce la crítica de Fidel al sectarismo personificado por Aníbal Escalante. Este es el único separado de la Dirección Nacional y se reestructura dicha Dirección.

Un hecho significativo es que César Escalante, hermano de Aníbal, se mantuvo como miembro de la Dirección Nacional, y hasta su muerte, en abril de 1965, fue el Director de la Comisión de Orientación Revolucionaria (COR) del Partido.

Además, en la mencionada reestructuración de la Dirección de la ORI, Blas Roca es designado miembro de su Secretariado, Lázaro Peña uno de los tres miembros de su Comisión Sindical y otro exdirigente del PSP, Manuel Luzardo, uno de los tres miembros de su Comisión de Organización, dirigida por Osvaldo Dorticós y Emilio Aragonés, procedentes del 26 de Julio.

Las organizaciones de base de las ORI fueron disueltas y la única institución nacional —en la que permanecieron juntos e integrados, estudiando y trabajando, compañeros procedentes del M-26-7, del PSP y del DR-13 de Marzo, a los que se sumaba otro gran grupo que no procedía de ninguna organización en particular— fue la de las EIR (Escuelas de Instrucción Revolucionaria) dirigidas por Lionel Soto, un exdirigente del PSP.

De las EIR nacionales y provinciales salieron en ese mismo año 1962, seleccionados y orientados directamente por Fidel, los grupos de alumnos y profesores encargados de la construcción del PURSC siguiendo una línea de masas a través de las denominadas Asambleas de Ejemplares, como cantera de la nueva militancia.

Cuando en octubre de 1965, ya terminado de construir el PURSC y pasar a denominarse Partido Comunista, se constituye su Primer Comité Central este es integrado por cien miembros, de los cuales 72 proceden del Ejército Rebelde y del M-26-7, 24 del PSP y cuatro del DR-13 de Marzo y en su Secretariado y comisiones adjuntas aparecen varias de las principales figuras del anterior PSP.

Todo lo anterior habla de que en el problema del sectarismo no estaba incluido el resto de los altos dirigentes del PSP ni tampoco “el grueso de su militancia vieja y nueva” como plantea Amuchástegui.

En agosto de 1975, en el acto de conmemoración del 50 Aniversario de la fundación del primer Partido Comunista de Cuba clausurado por Fidel este expresó: “Ese partido, a lo largo de sus años de lucha, dejó en el camino incontables mártires: en la época machadista, en la época batistiana, en la época de los gobiernos corrompidos de Grau y de Prío, y en la etapa final de la sangrienta tiranía de Batista […] Este fue el partido que tuvo que enfrentarse a las difíciles condiciones que en nuestro país siguieron al estallido de la guerra fría de las campañas anticomunistas”. Más adelante manifestó Fidel que después del Primero de Enero de 1959 quedaba todavía una gran batalla por librar “frente al imperialismo yanqui empeñado en destruir la Revolución cubana. Pero otra batalla no menos difícil había que librar todavía: la batalla contra los prejuicios, la batalla contra el anticomunismo sembrado durante tantos años por todos los medios posibles”. Y al referirse al compañero Blas Roca expresó con énfasis que se trataba de “un hombre que, a nuestro juicio, es uno de los hombres más nobles, más humanos y más generosos que hemos conocido jamás. ¡Recordaremos siempre con emoción el día en que, un tiempo después del triunfo de la Revolución y luego de un proceso de unificación de las fuerzas revolucionarias, Blas Roca depositó en nuestras manos las banderas gloriosas del primer Partido Comunista de Cuba!”.

No resultarían comprensibles estas palabras de Fidel si Amuchástegui tuviese toda la razón en lo que expresa al respecto en sus comentarios a mi artículo.

 

 

2. Sobre las relaciones con la URSS

Amuchástegui hace también énfasis en lo relacionado con las discrepancias que indudablemente existieron en distintos momentos entre la URSS y la dirección de nuestra Revolución, desde el apoyo de determinado personal de su embajada y de las de otros países socialistas al sectarismo encabezado por Aníbal Escalante en 1962 y renovado como microfracción por un grupúsculo ya sin poder alguno en 1967-68, pasando por lo ocurrido cuando la Crisis de Octubre a finales de 1962, las discrepancias en años inmediatos siguientes sobre las vías para hacer la revolución en América Latina y las posteriores en relación con las luchas en Angola, Etiopía y Yemen y con su intervención en Afganistán, y otras que se produjeron ya en los años 80. Son innegables las varias chapucerías en que incurrió la dirigencia soviética con respecto a Cuba y que llevaron, en ciertos momentos, a un determinado enfriamiento de las relaciones.

No obstante, considero injustas y sin base suficiente en los hechos sus imputaciones de “acciones unilaterales de parte de la URSS contra nuestro país con la suspensión de cualquier cantidad de financiamientos de proyectos y suministros previamente comprometidos que llegaron incluso a dañar seriamente no solo los planes económicos, sino incluso la capacidad defensiva de Cuba en esos momentos drásticos con recortes en suministros energéticos, piezas de repuestos, equipamientos y otros. En la memoria de no pocos están los primeros apagones que en número creciente se producían en 1968”. La acusa también de haber influido con sus demoras en suministros y limitaciones tecnológicas en el fracaso de la Zafra de los diez millones. En otro lugar, Amuchástegui afirma que “las contadas industrias y maquinaria industrial que ofrecían Europa Oriental y la URSS eran ¨cacharros¨ […] en su abrumadora mayoría […] al igual que sus medios de transporte”. Más adelante expresa que los soviéticos solo en la década de los 70 y comienzos de los 80 “por primera vez nos aseguraron un tratamiento privilegiado por algunos años […] a cambio de dejarnos como simple exportador de azúcar, cítricos y níquel (sin entregar su añadido de cobalto que durante muchos años los soviéticos procesaron para su total beneficio)”. En otro momento plantea que los créditos, financiamientos y proyectos comenzarían a disminuir rápidamente para fines de la década de los 70, que esa situación empeoró al entrar en la década de los 80 y que sobre ello “venían influyendo diferencias y conflictos con los soviéticos”. Añade en sus imputaciones a los soviéticos la consideración de que “los frecuentes viajes a La Habana del dirigente soviético Nikolai Baibakov, gran señor del GOSPLAN, nos recordaba a todos que la relación con la URSS era mucho más que una simple copia: tendía a construir una relación de dependencia y vulnerabilidad que se haría dramáticamente visible desde antes del derrumbe simbólico del Muro de Berlín y el colapso de la URSS”.

Frente a estas imputaciones, veamos los hechos como realmente ocurrieron y sobre los que en algunos casos puedo testimoniar por haber sido partícipe y en parte protagonista de los mismos.

El primer convenio comercial con la URSS se firmó en febrero de 1960 y aseguraba la compra de un millón de toneladas anuales de azúcar hasta 1964 a un precio fijo de 4 centavos la libra —cuando el precio en el mercado mundial estaba alrededor de los 2,5 centavos— y además se nos concedía un crédito de cien millones de dólares a un interés de 2,5% para la compra de suministros de diverso tipo durante los próximos cuatro años, todo lo cual ya era un tratamiento privilegiado. En diciembre de ese año se da a conocer que cien nuevas fábricas serán instaladas en Cuba como parte de la ayuda de la URSS mediante un convenio firmado por Kruschev y el Che.

En enero de 1964, durante una segunda visita de Fidel a la URSS, se firmó un convenio a largo plazo por el cual la URSS compraría a Cuba 24 millones de toneladas de azúcar en los siguientes cinco años, comenzando por 2,1 millones en 1965 hasta llegar a 5 millones de toneladas anuales en los últimos tres años (1968-1970). Esta azúcar la pagarían a un precio fijo de 6 centavos la libra (unos 135 dólares la tonelada) y a cambio la URSS aseguraba el suministro a Cuba de productos de todo tipo para su subsistencia y desarrollo económico. Este acuerdo confirmaba un tratamiento con un determinado grado de privilegio para Cuba, lo que, según Amuchástegui, solo ocurrió por primera vez en la década de los 70 y comienzos de los 80.

Fidel, al explicar este convenio ante la TV el 24 de enero de 1964, planteó textualmente lo siguiente:

El caso del convenio azucarero es un buen ejemplo de las perspectivas que brinda a la humanidad una política de división internacional del trabajo y una política de libre comercio entre todos los países […] por una serie de razones naturales, de razones técnicas, de razones históricas, algunos países se han especializado en un tipo de producción y otros se han especializado en otro […] Nuestro país se fue especializando por sus condiciones naturales adecuadas en la producción de azúcar […] La Unión Soviética puede producir azúcar de remolacha toda la que quiera […] Sin embargo, para ellos no es una cuestión vital producir o no producir azúcar, pero para nosotros sí es una cuestión vital […] la Unión Soviética entonces le restó impulso a su programa de desarrollo de la producción azucarera para abastecerse de nuestra azúcar […] este convenio casi cierra toda una etapa de la vida económica de la Revolución y crea las bases para un desarrollo —se puede decir ideal— de nuestra economía.

No fue solo idea y mucho menos imposición de los soviéticos darnos un trato privilegiado y “a cambio dejarnos como un simple exportador de azúcar, níquel y cítricos”, como dice Amuchástegui, sino una idea nuestra, planteada por Fidel, considero que correctamente en aquellas condiciones, a partir de nuestras circunstancias naturales, tecnológicas e históricas, de la situación concreta que se enfrentaba y cuando nadie podía suponer lo que ocurriría con el campo socialista y la URSS veinticinco años después.

 

Justo después de haber transcurrido un período de discrepancias sobre las vías para hacer la Revolución y asociadas a la microfracción en los años 1967 y 1968, de supuestamente haberse producido los incumplimientos en suministros que, según Amuchástegui, influyeron en el fracaso de la Zafra de los diez millones y en la aparición de los apagones en 1968, y años antes de nuestro ingreso en el CAME, Fidel expresaba, en su discurso del 2 de enero de 1969, refiriéndose a los vínculos con la URSS: “Hay que decir también que a nosotros en ocasiones nos faltaban los productos: las zafras pobres y no podíamos hacer las entregas pertinentes en relación con las importaciones y en muchas ocasiones fueron menos de las cantidades que debíamos haber entregado. Sin embargo esto no afectó las importaciones a Cuba”.

Debe aclararse, según informaciones de compañeros que dirigían la industria azucarera en aquel entonces, que el apoyo de los países socialistas y sobre todo el soviético para la ampliación de los centrales azucareros con vistas a la zafra del 70 fue muy grande en proyectistas, turbogeneradores, calderas, acero, tuberías de acero y de cobre, carriles para vías férreas, coronas para los molinos, motores eléctricos, válvulas y otros materiales, así como una ayuda especial para la automatización con el nivel que ellos tenían en este aspecto, aunque algunos complementos hubo que buscarlos en países capitalistas. Una parte importante de las centrífugas y varios generadores eléctricos vinieron de la RDA, y las de última generación se importaron del área capitalista; los 500 vagones tolva ferroviarios para el azúcar a granel se fabricaron en Rumania, etc.

No es justo imputarle a los soviéticos culpas en el fracaso de los Diez millones. En 1965-1970, de haberse cumplido el compromiso de exportación de azúcar a la URSS, se hubiesen obtenido más de 3 200 millones de dólares de ingreso; sin embargo, el total de exportaciones de Cuba a la Unión Soviética en esos seis años, incluyendo todos los demás productos, solo representaron unos 1 800 millones de dólares, mientras las importaciones ascendieron a más de 3 500 millones, para un saldo desfavorable de casi 1 800 millones. (Reconstrucción y análisis de las series estadísticas 1960-1975 realizado por el INIE y editado en 1977).

En cuanto a que las industrias, maquinarias y medios de transporte no eran en su mayoría de tecnologías de punta, comparadas con las más avanzadas en ese momento en el mercado mundial, y que eran altas consumidoras de energía es totalmente cierto. Pero, de ello a decir que eran “cacharros” va una gran distancia. No se pueden calificar de “cacharros”, por ejemplo, la Planta Mecánica de Santa Clara, ni la de Estructuras Metálicas de Las Tunas, ni el Combinado Mecánico de Moa. Tampoco la Fábrica de Cemento de Cienfuegos (de la RDA) ni la de Santiago de Cuba (de Rumania). No lo eran las Plantas Eléctricas de Mariel, Habana del Este y Renté en Santiago de Cuba (soviéticas), ni las de Nuevitas y Felton (checoslovacas). No lo eran la Poligráfica de Guantánamo ni el Combinado de Cítricos de Jagüey, procedentes de la RDA. No lo era la Planta de Fertilizantes de Nuevitas, ni la Base de Supertanqueros de Matanzas, ni la terminación de Moa Níquel. Dentro de los medios de transporte no eran “cacharros” las KTP-3, ni los Kamaz, ni los jeeps Waz-69, ni los autos Lada —muchos aún funcionan a más de treinta años de su llegada al país—, ni lo eran los ómnibus urbanos Ikarus procedentes de Hungría, etc.

Además se trataba de productos fuertes, de alta calidad constructiva y larga duración y, lo que resultaba determinante: suministrados con créditos blandos a largo plazo, a bajos intereses y a pagar con exportaciones cubanas vendidas a precios muy superiores a los del mercado mundial.

Incluso, cuando para las plantas suministradas era necesario comprar equipos complementarios del área capitalista por no producirse en los socialistas o no tener estos la calidad pertinente, los soviéticos los importaban en MLC y el monto correspondiente lo incluían en la deuda a pagarle en las condiciones y plazos acordados para con ellos. Esto ocurrió, por ejemplo, en el caso de la Planta de Fertilizantes de Nuevitas, en Moa Níquel, en la Base de Supertanqueros de Matanzas y en otras más.

En los años 1971 y 1972 continuaron ocurriendo desbalances comerciales y financieros. En su discurso del 26 de julio de 1972, Fidel criticó “traer el manido argumento, el ridículo argumento de Cuba satélite de la Unión Soviética […] cuando los soviéticos han ayudado a Cuba, cuando nos han mandado las armas gratuitamente —como todas las armas que han mandado a Cuba— y cuando nos han dado créditos para el desarrollo industrial […] aun cuando nosotros hemos tenido duras sequías o dificultades que nos impidieron enviar el equivalente en productos cubanos”.

¿Cómo actuaron los soviéticos ante los incumplimientos de Cuba y ante los problemas que presentaba la situación económica de nuestro país a comienzos de los años 70? Firmaron en diciembre de 1972 con nuestro país, representado por Fidel en una nueva visita a la URSS, cinco convenios económicos. Por el primero refinanciaban y postergaban la deuda acumulada hasta el 1 de enero de 1973 para ser pagada sin intereses trece años después, a partir de 1986 y en un plazo de veinticinco años. Por el segundo concedían nuevos créditos a Cuba para cubrir los desbalances comerciales que se produjeran en los tres años inmediatos siguientes (1973-1975), sin tasa de interés y pagables en los mismos términos. El tercer convenio contenía los listados de mercancías a intercambiar en esos próximos tres años. El cuarto convenio concedía un crédito a Cuba de hasta 300 millones de rublos para financiar una lista tentativa inicial de veintisiete proyectos de desarrollo, a ser amortizado en veinticinco años a partir de 1976. El quinto convenio establecía un precio para el azúcar (de 1973 a 1980) de 200 rublos por tonelada (11 centavos la libra; en el mercado mundial estaba en unos 7 centavos) y un precio para el níquel más cobalto de unos 5 000 dólares por tonelada (en el mercado mundial oscilaba entre 2 000 y 3 000 dólares).

Debemos precisar que el cobalto que iba incluido en el sulfuro de Moa, al contrario de lo que plantea Amuchástegui, no se le regalaba a los soviéticos, sino que estos incluían un plus en el precio de ese níquel como pago de dicho cobalto que lograban refinar y separar en plantas de su industria militar con electricidad barata suministrada por las grandes termoeléctricas de los Urales. El proyecto original de la planta preveía hacer este proceso no en Cuba sino en una instalación en Luisiana (E.U.) donde tenían la tecnología para ello y había gas y electricidad barata.

En la intervención televisiva que hizo Fidel el 3 de enero de 1973 para informar sobre estos convenios aseguró que “no existe, a nuestro juicio, ningún precedente en la historia de la humanidad de tan generosas relaciones”.

En lo relacionado con la afirmación de Amuchástegui de que a finales de los 70 y en el curso de los 80 comenzaron a disminuir rápidamente los créditos, financiamientos y proyectos influidos por diferencias y conflictos con los soviéticos, ello no corresponde a la realidad de lo ocurrido.

Para el plan quinquenal 1976-1980, apoyados en los altos precios que alcanzó el azúcar en el mercado mundial a mediados de los 70 (29,66 cts. como promedio en 1974, habiendo llegado a fines de noviembre a más de 60 cts. la libra), se logró que el precio mínimo para el azúcar a exportar a la URSS en esos cinco años se fijara en 500 rublos (unos 28 centavos por libra), a partir del cual se movería indizado al precio que tuviesen como promedio el petróleo y otros renglones fundamentales a importar en los cinco años anteriores al año dado (precios CAME). Además del azúcar se incluyeron en esa fórmula resbalante nuestras exportaciones de níquel y cítricos sobre precios mínimos igualmente favorables.

Tanto de la URSS como del resto de los países se recibían, además, importantes recursos para proyectos de inversión: ya sea acordados bilateralmente o en los marcos de los llamados Programas a Largo Plazo del Came (PELP), todos cubiertos por financiamientos blandos. Esto se mantuvo durante todo el período 1976-1985, solo con un reajuste en cuanto a los precios mínimos al pasar a elaborar el siguiente plan quinquenal 1981-1985 pues, por ejemplo, debido a la fórmula indizada resbalante atada al crecimiento inflacionario que habían tenido los precios promedio de los productos de importación incluidos en la canasta acordada, el precio del azúcar con la URSS ya había llegado en 1980 a los 686 rublos la tonelada (más de 35 cts. la libra) y se hizo un reajuste a 600 rublos como punto de partida para 1981.

En sentido contrario a lo que plantea Amuchástegui, la actitud de la URSS no fue, en ningún caso, la de disminuir los créditos y financiamientos, sino al contrario: cumplir lo pactado y hacer aportes adicionales cuando se hizo necesario y se le solicitó. Por ejemplo, a pesar de que en los años finales de los 70 y primeros de los 80, la URSS tuvo bajas cosechas de cereales que la obligaron a eliminar sus exportaciones de estos productos y por el contrario hacer grandes importaciones en MLC para su consumo interno, cumplieron con Cuba los suministros pactados.

Así mismo, en algunos años, cuando —debido a incumplimientos en nuestras entregas y a la solicitudes de importaciones por encima de nuestra capacidad de compra, derivadas de decisiones no siempre felices de política económica y de errores en nuestra planificación— el saldo de la balanza comercial resulto desfavorable, a pesar de la favorable fórmula de intercambio aplicada, la URSS financió esos saldos negativos y los convirtió en deuda a pagar a partir de 1986, lo que no estaba previsto en el plan quinquenal firmado.

Adicionalmente, ante los problemas crecientes que se comenzaron a presentar con la balanza de pagos en el área capitalista, en más de un año nos dieron créditos en moneda convertible para cubrir los déficits y, desde 1977, nos autorizaron como complemento a que exportáramos en el mercado capitalista los ahorros que lográramos de los suministros de petróleo anuales que nos entregaban. Estas reexportaciones de petróleo comenzaron a ser crecientemente significativas a partir de 1980 y en los años finales del quinquenio 81-85 llegaron a representar nuestra principal fuente de divisas convertibles (casi 500 millones de dólares al año).

Es de señalar que el 30 de mayo de 1985 se firmó el mayor protocolo de intercambio comercial y pagos en la historia hasta ese momento de las relaciones de la Unión Soviética y Cuba ascendente a 8 200 millones de rublos. No es justo acusar a la URSS de tener como propósito construir una relación de dependencia y vulnerabilidad, lo que era recordado, según nos dice Amuchástegui, por los frecuentes viajes a La Habana de Nikolai Baibakov, “gran señor del GOSPLAN”.

Aunque no es lo más importante, debo precisar, de paso, que en los quince años que van de 1970 a 1985, Baibakov, hombre muy capaz, gran amigo de Cuba y admirador de Fidel, solo vino a nuestro país en cuatro oportunidades, dos con carácter bilateral —1971 y 1979—, y las otras dos para reuniones de los órganos de dirección del CAME —en 1982 en ocasión de celebrarse en Cuba la reunión del COMIPLAN (presidentes de los organismos de planificación) y en 1984 para la XXXIX Sesión del CAME a la que asistieron todos los presidentes de los órganos de planificación, los ministros de comercio exterior y en general los principales dirigentes económicos de todos los países miembros.

En cuanto a que se estaba construyendo “una relación de dependencia y vulnerabilidad” es necesario recordar lo siguiente: ya en la Plataforma Programática aprobada en el Primer Congreso del Partido se planteaba la tarea de elaborar una Estrategia de Desarrollo a Largo Plazo. Desde el primer momento después del Primer Congreso nos dimos a la tarea de elaborar y coordinar con la URSS y demás países del CAME una estrategia de desarrollo encaminada a cambiar la estructura de nuestra economía y precisamente eliminar nuestra dependencia y vulnerabilidad, aprovechando las favorables relaciones económicas establecidas y con ayuda de los países socialistas y de la URSS en primer lugar, sin sospechar ni prever lo que ocurriría quince años después. En una Resolución conjunta del Buró político del PCC y del Comité Ejecutivo del Consejo de Ministros en 1978 se orientó comenzar de inmediato la elaboración de esa estrategia de desarrollo a largo plazo. Se crearon 44 comisiones integradas por 1 500 compañeros de los diversos organismos para cumplir esta orientación. El día 16 de octubre de 1978 se efectuó una reunión en el teatro Karl Marx, presidida por Fidel y los máximos dirigentes del Partido y del gobierno, para dar inicio oficialmente a los trabajos de elaboración de esa estrategia de desarrollo a largo plazo.

A nombre de la máxima dirección del país, al Ministro-Presidente de la JUCEPLAN (actual MEP), se le encomendó hacer la clausura de la reunión. En sus palabras, expresó:

La naturaleza misma de los problemas que debemos resolver […] reclama más de uno, de tres y de cinco años y exigen en muchos casos más de 10 o 15 años […] En los más de 20 años transcurridos […] no hemos logrado el ritmo promedio de crecimiento necesario que nos permita salir del subdesarrollo, ni hemos logrado superar la deformación estructural de la economía externa […] acentuada por diversos factores.

Y más adelante, puntualizó: “El plan a largo plazo es el único que hace posible la creación de condiciones para la realización de la radicales transformaciones económico sociales que se requieren […] para la modificación de la estructura deformada de nuestra economía”.

En su Informe al Segundo Congreso del Partido, Fidel dedica una parte importante (6 páginas de la edición impresa) al tema de los trabajos que se venían realizando desde hacía más de dos años en la elaboración de la Estrategia de Desarrollo y planteaba que en los próximos años seguirían desarrollándose. Continuaron activamente hasta 1985 en que se vieron interrumpidos. En unos llamados “libros azules” se plasmaron los resultados de los trabajos de las diferentes comisiones hasta ese momento. Uno de los más importantes y avanzados, en estrecha colaboración con especialistas y dirigentes soviéticos, fue el Programa de desarrollo autoalimentarlo nacional (PAN).

Nuestros vínculos económicos con la Unión Soviética eran, durante el período 1975-1985, de especialización, integración y complementación que, por ejemplo, dada la relación de precios justos acordados entre nuestros países, en los nueve años comprendidos entre 1975 y 1984 representaron unos 27 mil millones de dólares más de ingresos que lo que hubiésemos obtenido de negociar los mismos productos sobre las bases del mercado mundial.

Pero, además, los soviéticos colaboraban y participaban con Cuba en los estudios y elaboración de los programas que con su ayuda y la del resto de los países del CAME (se firmaron convenios de colaboración a largo plazo en las diferentes ramas principales) nos permitirían en un determinado plazo, de varios quinquenios desde luego, superar la estructura deformada de nuestra economía y aspirar al auto sostenimiento y al desarrollo económico del país. Ese era el objetivo y para eso se trabajaba.

 

 

3. Sobre las relaciones con el área capitalista y la supuesta bancarrota económica de 1986

Señala Amuchástegui que “Si la relación excepcional con la Unión Soviética fue el factor principal, un segundo factor de no menor importancia fueron los abundantes créditos y proyectos de cooperación que Japón, España, Francia, Suecia, Argentina y otros países le extendieron a Cuba”.

Sigue diciendo que “Los créditos, tecnologías y proyectos de cooperación de estos mercados capitalistas fueron mal manejados hasta agotar sus potenciales; no se pagaban ni renegociaban de manera inteligente y viable con vistas a su continuidad; prevalecía la inmediatez y el no pago hasta desembocar en 1986, cuando Cuba anunciaba a sus acreedores su incapacidad para cumplir sus obligaciones. Si nuestra economía de 1971 a 1985 hubiera estado en situación tan boyante como la que se describe, no habría razón ni justificación para tomar la decisión de no pagar al año siguiente, casi de la noche a la mañana, en 1986 (subrayado mío) […] Hay algo que no encaja, que no se corresponde, entre el cuadro exitoso que nos presenta Humberto Pérez y la situación de bancarrota que se reconocía en 1986”. [Énfasis míos].

En primer lugar, en mi artículo se señalan los momentos de avance, desarrollo y eficiencia que se lograron en 1971-1985 pero solo en sentido relativo a otros períodos del proceso revolucionario. En ningún momento se plantea que se había logrado una situación boyante ni libre de insuficiencias, errores y dificultades. En segundo, la situación de serios problemas con la balanza comercial y de pagos y con las deudas del país relacionadas con el área capitalista no desembocaron de la noche a la mañana en una bancarrota que se anunció abrupta e inexplicablemente en 1986, sino que ya estaban presentes desde muchos años antes y se manifestaban con agudeza desde finales de la primera mitad de los años 70. Fue algo que recibieron como herencia el Primer Congreso del Partido, sus acuerdos y las instituciones y mecanismos de gestión que se derivaron del mismo.

Hasta 1970, Cuba no tenía prácticamente deudas en moneda libremente convertible. Antes de ese año, la Leyland nos había vendido en 1964 mil ómnibus a crédito e Inglaterra se buscó un serio problema con el Consejo Superior de la OTAN “por cooperar con el enemigo”. Francia nos vendió cientos de bulldozers y otros equipos pesados. Las pocas fábricas y los barcos que se adquirían se cubrieron con créditos a tres o cuatro años cuando más. En los primeros años no se había acumulado una deuda importante en moneda convertible. Del 64 al 67 solo se recibieron créditos por apenas unos 22 millones de dólares. El financiamiento externo en divisas convertibles aumentó, de 1968 a 1974, a razón de 50 millones de dólares por año y ya en el período de 1971 a 1973 el servicio de la deuda requería más de 33% de los ingresos del país en MLC.

Cuando Perón es electo presidente de Argentina ofrece a Cuba un crédito revolvente de 600 millones de dólares. A partir de 1973, mejoraron las condiciones en el mercado financiero internacional en MLC por una relativa distensión y por el “boom” petrolero que creó como consecuencia otro en el crédito internacional ante la necesidad de reciclar los superávit en cuenta corriente de los principales exportadores del crudo.

Por parte nuestra no se fue lo suficientemente prudentes y mesurados en el uso de dichas facilidades y se compraron, sin el debido estudio de inversión, microlocalizaciones y capacidades de construcción y montaje, etc., plantas cuyos equipos permanecieron almacenados durante mucho tiempo, comenzaron a deteriorarse y en cierto momento, en los años 75-76, se hizo necesario crear una Comisión a un alto nivel de gobierno para decidir qué hacer con todo lo que se había adquirido, gran parte de lo cual estaba inmovilizado. Ejemplo de ello son las diez plantas de torula, los molinos de trigo y otros.

En tres años, de 1974 a 1976, nuestra deuda externa en MLC creció en 2,83 veces (casi se triplicó) para un ritmo de crecimiento anual de 42% y llegó, a finales de 1976, a unos 2 450 millones de dólares, de los cuales casi 1 110 millones (45%) eran a corto plazo, lo que obligaba a una diaria y constante gestión bancaria. Esta deuda absorbía en su servicio de 40% a 45% de todos los ingresos en MLC del país. En ese momento, el saldo en bancos en moneda convertible del país era de solo 80 millones de dólares, y el plan elaborado para 1977 estimaba ingresos de unos 570 millones de los cuales 47% debía cubrir las amortizaciones e intereses a pagar y los 300 millones restantes no alcanzaban para enfrentar el plan de importaciones mínimas necesarias estimadas en unos 600 millones.

Al elaborar el plan quinquenal 1976-1980 se había estimado un precio para el azúcar en el mercado mundial de 15 centavos la libra pero los precios reales comenzaron a bajar desde 1975 hasta llegar a unos 8 centavos a finales de 1976. En agosto de ese año se iniciaron negociaciones con los suministradores para lograr posposiciones para 1977 de importaciones ya contratadas y con embarques pactados en el propio 1976.

Se paralizó la adquisición de plantas completas y se estableció lo que se denominó “buqueo”, que significaba decidir mes a mes qué se podía cargar en los puertos de origen según el monto mensual de divisas disponibles para responder a los embarques de mercancías que esperaban en esos puertos. Esto llevó a un ineficiente y costoso empleo de la flota mercante.

Debido a esta situación y a nuestra participación en la guerra de Angola se desarrolló una campaña internacional pronosticando el derrumbe de la economía cubana con el consiguiente retraimiento del mercado financiero internacional. Nos vimos obligados a tomar una serie de medidas, entre las cuales estuvieron las de no iniciar inversiones como no fueran las que generarían fondos exportables y discutir con los países socialistas para desplazar hacia ellos importaciones que veníamos haciendo desde países capitalistas. La participación del intercambio comercial con los países de economía de mercado se redujo de 22% del total en 1977-1980 a 13% en 1982-1984.

Se inició un esfuerzo intensivo por añadir nuevos rubros exportables, sobre todo al área capitalista. En el plan para el año 79 se incorporaron 72 nuevos rubros. Estos continuaron aumentando su nomenclatura y valor, año tras año, y en 1985 ya representaron ingresos adicionales por más de 150 millones de dólares. Se planificaron asimismo, para 1979, reducciones en los consumos de harina de maíz, pan, café, uniformes escolares, pinturas, etc. Debido a las medidas tomadas, la deuda externa en MLC no creció en 1978 ni en 1979.

Aparecieron la fiebre porcina, la roya de la caña y el moho azul del tabaco y para el plan de 1980 fue necesario hacer nuevos ajustes. Se orientó hacer una moratoria en las construcciones sobre todo de obras sociales, detener los inicios e incluso parar algunas obras en proceso, fortalecer el mantenimiento y la reparaciones, etc.

Para el quinquenio 1981-1985 ya había compromisos de pago de servicio de deuda al área capitalista ascendentes a 1 400 millones de dólares de obligaciones contraídas por las compras a crédito de plantas y equipos. Se solicitaron y obtuvieron préstamos en MLC de la URSS, Iraq, Libia y Argelia, que solo servían para paliar la situación y posponer la explosión de la crisis.

El precio del azúcar en el mercado libre continuó descendiendo en los años siguientes (menos en 1981) y en 1984 se redujo hasta 5,18 centavos la libra. Las tasas de interés comenzaron a crecer desde 1978 y sobre todo desde 1979. En 1981 se pagaron 500 millones en intereses por encima de los que se hubiesen pagado a las tasas de 1978.

La presencia nuestra en Angola y Etiopía, la llegada de Reagan al poder en los Estados Unidos y la situación en Centroamérica influyeron en una retirada masiva de los préstamos y depósitos a corto plazo. En diez meses, de octubre de 1981 hasta agosto de 1982, nos retiraron facilidades a corto plazo por unos 1 000 millones de dólares. Por lo anterior, nos vimos obligados a plantear, ese año, ante nuestros acreedores, la renegociación de 1 500 millones de la deuda en moneda convertible que ascendía en total a poco más de 3 000 millones. Esta renegociación es la que continuó hasta 1986. No apareció de la noche a la mañana: se había iniciado cuatro años antes.

En cuanto a lo que significaron las compras de bienes de capital en MLC en los primeros años de los 70, en las condiciones y el contexto económico en que se produjeron y cómo se produjeron, no resultaron, como dice Amuchástegui, “un segundo factor de no menor importancia” que la relación con la URSS, sino que representaron realmente una agonía permanente durante todos y cada uno de los años del decenio 1976-1985, que no era ni mínimamente compensada por lo que algunas de ellas aportaban a la economía nacional.

No es correcto decir que al llegar a 1985 la economía del país, vista en su conjunto, se hallaba en bancarrota pues en más de 85% estaba vinculada al entonces campo socialista que nos ofrecía relaciones de intercambio y financieras favorables sobre las que se asentaron principalmente los avances en crecimientos y eficiencia logrados en los tres lustros (y en particular en los dos últimos) que se abordan en mi artículo, a pesar de errores y deficiencias en su conducción y gestión. En crisis estaba solo la parte vinculada con el área de libre mercado en la que había que enfrentar el pago de financiamientos caros con exportaciones cada vez más depreciadas, una relación de intercambio crecientemente desfavorable y apelar a nuevos créditos con intereses cada vez más altos, además de las afectaciones y entorpecimientos que le añadía el bloqueo imperialista.

 

4. Sobre los quince años del período 1971-1985 y sobre todo 1976-1985: ¿crecimiento extensivo o intensivo?, ¿aumento o decrecimiento de la eficiencia?, ¿aumento o no del consumo?

Amuchástegui hace referencia irónicamente al período que yo refiero en mi artículo, y afirma: “Durante esos quince años de tantos éxitos no solo comenzaron marcadas declinaciones o total colapso en esferas como la pesca […] la marina mercante, la producción de alimentos, la construcción de viviendas, la industria ligera y alimentaria, “la revolución de los rendimientos” […] la palabra mantenimiento había desaparecido con todas sus implicaciones dañinas”, etc., y manifiesta, en relación con las actividades pesquera y de la marina mercante, que estas actividades económicas existieron exitosamente en los años 60 y de las dos hoy queda muy poco.

 

4.1. Sobre la pesca y la marina mercante

Es cierto que estas dos actividades fueron una “exitosa iniciativa de los años 60” y que de ambas “hoy queda muy poco”. Pero voy a recordar que pasó con ellas y con su desarrollo en 1971-1985, que Amuchástegui enjuicia desfavorablemente.

 

4.1.2. Actividad pesquera

La rama pesquera se organizó en 1959 como Departamento de la Pesca del INRA y desde enero de 1964 como Instituto Nacional de la Pesca. A partir de 1976 se constituyó como Ministerio de la Industria Pesquera, derivado de los acuerdos del I Congreso del Partido Comunista de Cuba.

Según los datos y anuarios del CEE, las capturas totales que fueron en 1970 de 106,0 tm, pasaron a ser de 143,9 tm en 1975 y de 219,9 tm en 1985. La producción en la acuicultura, que apenas se iniciaba en 1970, fue ese año de 241 t, de 1046 t en 1975 y de 15 434,3 t en 1985. El consumo per cápita anual de productos de la pesca fue de 10,8 kg en 1970 y ya en 1984 llegaba a los 16,5 kg. Las exportaciones pesqueras fueron de 19,0 millones de pesos en 1970; de 52,2 en 1975, y de 120 millones en 1985. También en la eficiencia económica y productiva tuvo la pesca incrementos sostenidos en todos esos años.[1]

 

4.1.3. Marina mercante

En relación con la marina mercante, en 1970 la Flota Mercante Cubana tenía 51 barcos con 460.1 tm de peso muerto y en 1985 llegó a las 112 unidades con 1 161 tm de peso muerto.[2]

 

4.2. Sobre la vivienda.

En relación con este asunto, Amuchástegui plantea que también en los años 60 se desarrollaron varias políticas para atenuar el acuciante problema de la vivienda, que fueron abandonadas después.

En los 17 años que van de 1959 a 1975 se construyeron 255 513 viviendas de las tipologías I y II (con techo de teja o placas y paredes de mampostería u hormigón), para un promedio anual de 15 030. Sumando todas las tipologías, se construyeron 628 484, para un promedio anual de 36 970 viviendas. Entre 1976 y 1985 se construyeron 309 374 viviendas de las tipologías I y II, para un promedio anual de 30 907 viviendas. Sumando todas las tipologías se construyeron 674 607 para un promedio anual de 67 461 viviendas. Es decir, en los diez años enjuiciados desfavorablemente por Amuchástegui se construyeron 53 861 viviendas más de las tipologías I y II que las construidas en los 17 años anteriores y 46 123 más si se consideran todas las tipologías.[3]

4.3. Sobre la industria alimenticia y el consumo alimenticio

En el quinquenio 1976-1980 la producción de los renglones principales de la industria alimenticia se elevó en 14%. En el quinquenio 1981-1985 creció al 6,1% anual. El día 30 de diciembre de 1985 se publicó en la prensa que el Ministerio de la Industria Alimentaria había alcanzado las producciones más altas de su historia en catorce productos fundamentales. Utilizando dos indicadores sintéticos relacionados con este punto, como el consumo de calorías y proteínas per cápita, vemos que mientras en 1975 se consumían 2 622 calorías per cápita, en 1985 ascendía ya a casi 3 000 calorías, y mientras en 1975 se consumían 71,4 gramos de proteína per cápita, 32,8 de ellas de origen animal, en 1985 el consumo era de 79 gramos con 36,2 de origen animal.

4.4. Sobre el mantenimiento constructivo

El mantenimiento constructivo, incluyendo el de viviendas, estuvo siempre entre las prioridades de la planificación y de la asignación de recursos en el período 1976-1985. Desde el primer momento se estableció de manera directiva que los órganos locales del Poder Popular (provinciales y municipales) debían destinar como mínimo 70% de los recursos constructivos que se les asignaran al mantenimiento constructivo y solo 30 % como máximo a nuevas inversiones. Al mantenimiento se destinaron recursos por 76, 7 millones de pesos en 1977 y fueron aumentando significativamente hasta llegar, en 1985, a 415,8 millones de pesos, para una tasa anual de crecimiento de 27%, mientras que la producción bruta total de construcciones en ese mismo período lo hacía en 7,3%. Desde los primeros años se le comenzaron a vender libremente a la población importantes cantidades de cemento y otros recursos para el mantenimiento y la construcción de viviendas por medios propios, cifras que fueron aumentando significativamente cada año.[4]

4.5. Sobre el supuesto colapso de los rendimientos y el crecimiento extensivo o intensivo de la economía.

Amuchástegui, además de hablar de una declinación o total colapso en “la revolución de los rendimientos”, expresa que “el factor decisivo en esos incrementos del PIB no fueron los diseños institucionales y de política económica mencionados sino los acuerdos económicos concertados con los soviéticos” y que “esto facilitó un crecimiento extensivo como nunca antes” y poco después insiste en que “esos crecimientos nunca tuvieron un carácter intensivo, sostenible y a largo plazo”.

En mi artículo yo planteo (supongo que Amuchástegui se haya fijado en ello y no sé por qué lo señala como si yo lo ignorara) que dichos crecimientos “se produjeron indudablemente, en primer lugar, por los excepcionales precios acordados con las URSS y con otros países del CAME” más “los altos niveles de créditos a bajas tasas de interés recibidos de estos países”. La diferencia está en que yo añado que: “no dejó de contribuir a ello la mayor eficiencia interna con que se trabajó en el país en ese período” y aporto datos y cifra al respecto. Esto Amuchástegui lo niega.

En primer lugar sería necesario precisar qué indicadores vamos a utilizar para caracterizar como extensivo o intensivo el crecimiento de una etapa dada. Cuando el crecimiento se produce solo sobre la base de una mayor cantidad de recursos productivos, y se mantienen constantes o empeoran los indicadores de eficiencia económica estaremos en presencia de un crecimiento puramente extensivo. Cuando, por el contrario, la cantidad de recursos productivos empleados se mantiene constante o disminuye y el incremento en la producción se logra únicamente por aumentos en los indicadores de eficiencia, tendremos un puro caso de crecimiento intensivo.

Quizás se deba aclarar que extensivo es cuando más de la mitad del crecimiento se obtiene por incrementos de recursos e intensivo cuando se logra por una mayor eficiencia. También habría que tener en cuenta cómo denominar relativamente a un período en el cual parte importante del crecimiento se alcanza por incrementos en la eficiencia económica (aunque no llegue al 50%), después de una larga etapa en que todo el crecimiento se produjo sobre la base de más recursos, o no hubo crecimiento y sí empeoramiento de la eficiencia económica.

En el período precedente, es decir en el decenio de 1966 a 1975 (todo a precios fijos de 1965), la economía en su conjunto tuvo un crecimiento promedio anual de 5,2%, logrado sobre todo por el crecimiento ocurrido en 1971-1975. Pero tuvo lugar a través de frecuentes altibajos y con una gran heterogeneidad sectorial.

En cuanto a la eficiencia económica en 1966-1970, la productividad neta del trabajo decreció y en 1970 era 12% inferior a la de 1967 y 2% inferior a la de 1965.

Las exportaciones en 1969 eran inferiores a las de 1960 y en 1975 eran escasamente 3% superiores a las de dieciséis años antes. Solo en cuatro años de ese período las exportaciones estuvieron por encima de las de 1960, mientras las importaciones crecieron sostenidamente en todos esos años, en el decenio 66-75 lo hicieron a 9,5% anual, llegando en 1975 a ser 2,6 veces superiores a las de 1960 y 2,5 veces a las de 1965.

A diferencia de lo anterior, la economía en el período 1971-1985 (medida a precios fijos de 1981) tuvo un crecimiento sostenido que abarcaba a todos los sectores. Alcanzó un crecimiento de 5,3% anual en 1976-1985, y en el quinquenio 1981-1985 fue de 7,2%. A cuenta de la productividad se obtuvo como promedio en el decenio más de 60% del Ingreso Nacional, y en 1985 representó 75,3%. El coeficiente del consumo productivo con respecto al Ingreso Nacional pasó de 0,97 en 1975 a 0,90 en 1985.

En la producción de azúcar crudo el consumo de petróleo era en 1976 de 2,1 galones por cada tonelada de caña molida; en 1980 se había reducido a 1,0 galón y en los últimos anos del quinquenio 81-85 se logró suprimir completamente el consumo de petróleo utilizando en su lugar el bagazo como combustible. En general, en 1984 se consumía 15% menos de energía total y 16% menos de petróleo y derivados que en 1975 para producir un peso de PIB.

En cuanto al sector externo (también a precios fijos de 1981), las exportaciones de bienes crecieron al 4,5% anual en 1976-85 y en el quinquenio 1981-85 al 8,2%, mientras tanto las importaciones de bienes del 76 al 85 crecieron a solo 2,5% promedio anual. En el quinquenio 1981-85, a precios fijos (es decir en términos físicos), las exportaciones crecieron cuatro veces más que las importaciones

En toda la historia anterior de la Revolución, medidas a precios fijos, nunca las exportaciones habían crecido más que las importaciones. En 1975, las importaciones representaban 31,3% de la producción total del país y 61,6% del ingreso nacional creado. En 1985, representaron 23,5% y 43,7% respectivamente.[5]

¿Sobre qué base se puede afirmar que el período en cuestión “tuvo un crecimiento extensivo como nunca antes” y que “esos crecimientos nunca tuvieron carácter intensivo, sostenido y a largo plazo”?

Sobre el supuesto “colapso en los rendimientos”, si acudimos a los Anuarios Estadísticos correspondientes al período 1971-1985, sobre todo en el decenio 1976-1985, veremos que tanto los volúmenes de producción agrícola en todos los renglones de cultivos, así como los rendimientos por área, aumentaron sostenida y significativamente año tras año, desde la caña hasta las hortalizas.

Algo similar ocurrió con las actividades pecuarias: porcina, avicultura, lechera, etc. tanto en sus volúmenes totales de producción como en el peso promedio de las entregas a sacrificio, los huevos por ponedora, los kg de leche por vaca, la conversión de pienso en carne, en huevos y leche, etc.[6]

 

5. Frente a la Ofensiva Revolucionaria de 1968

Manifiesta Amuchástegui que frente a este hecho “nada se hizo para rectificar dicho proceso y sus consecuencias, ni antes del 70 ni durante los quince años de Humberto Pérez. Dicen que rectificar es de sabios, pero en este caso nadie insistió o argumento a favor de una rectificación” (énfasis míos).

Supongo que al hablar de “los quince años de Humberto Pérez” lo haga por la única razón de que al período transcurrido entre 1971 y 1985 es al que me refiero en mi artículo, apoyándome en el “examen de las estadísticas de la historia económica de nuestro país y en las investigaciones y análisis que se han realizado de esa historia por estudiosos calificados”, como el único período de crecimiento y desarrollo de nuestro proceso revolucionario “a pesar de los errores e ineficiencias que ocurrieron en el mismo”.

Ante la afirmación absoluta de Amuchástegui de que “nada se hizo”, solo voy a recordar los siguientes hechos.

1) Ya en 1974, durante la experiencia de los órganos locales del Poder Popular en la provincia de Matanzas y como parte de ella, amparados en una Resolución que dictó el Banco Nacional de Cuba (que desde 1965 había asumido las funciones del Ministerio de Hacienda), se experimentó el trabajo por cuenta propia y se concedieron licencias para unos 30 oficios o actividades.

Después del Primer Congreso se autorizaron las actividades por cuenta propia por el Decreto Ley No. 14 del 3 de julio de 1978 y fueron posteriormente precisadas y reguladas con más detalle por Resolución Conjunta de los Comités Estatales de Finanzas y Trabajo y Seguridad Social de noviembre de 1982. A su amparo, creo que todos los que tenemos edad para ello recordamos, sobre todo, el funcionamiento del Mercado de Artesanos de la Catedral en La Habana Vieja, entre otros.

Es cierto que poco tiempo después vino la “Operación Adoquín” y una política de reducción y eliminación de dichas actividades sobre lo cual es ilustrativo un reportaje que salió en Juventud Rebelde el 18 de junio de 1986 dando a conocer que, en el IV Encuentro Nacional de Trabajadores de los Servicios Comerciales, se planteó “desarrollar un movimiento masivo para que todos aquellos que posean licencias de trabajo por cuenta propia renuncien a dicho privilegio”. El reportaje se titulaba en mayúsculas: “Una propuesta importante: la renuncia a la licencia de trabajo por cuenta propia”.

2) En 1980 se aprobó legalmente el Mercado Libre Campesino para la venta de productos agropecuarios, a precios de oferta y demanda, por parte de Cooperativas, áreas de autoconsumo de Empresas Estatales y campesinos y dueños de parcelas individuales, después del cumplimiento de los planes de acopio, aunque en 1983 se restringió y limitó ese mercado y en 1985 fue eliminado.

3) En 1982 se promulgó el Decreto Ley 50 que autorizaba la creación de empresas mixtas con la participación de hasta 49% del capital por parte de entidades extranjeras, aunque la política económica seguida solo autorizó su creación 7 u 8 años después, ya en vísperas del Período especial.

4) En 1981, en coordinación con la Oficina de Atención a los Órganos del Poder Popular adjunta al Consejo de Ministros, se realizó un levantamiento en todo el país, provincia por provincia, de todos los oficios y labores que, siendo estatales hasta ese momento, debían ser desestatalizados y pasados a ser operados por trabajadores por cuenta propia y/o cooperativas. La dirección del Partido y la del Órgano Provincial del Poder Popular de la entonces provincia llamada La Habana se ofrecieron para desarrollar una experiencia al respecto en su territorio antes de extender la ejecución de la idea a todo el país. Finalmente dicha idea y la propuesta ya concretada fueron desestimadas y no se realizó ni siquiera la experiencia.

 

6. El gazapo “cazado” por Amuchástegui

En su cuidadosa lectura de mi artículo (a veces como en este caso parece que con lupa, aunque algo empañada según todo hace indicar), Amuchástegui manifiesta en cierto momento al abordar lo relativo a la Zafra de los diez millones lo siguiente: “Y aquí cabe una pequeña corrección a Humberto Pérez: Fidel no anuncia que no se alcanzaran los diez millones en una comparecencia de TV, lo hace en público, frente a la antigua embajada de EE.UU”. Y tiene razón Amuchástegui en relación con que el anuncio ocurrió el 19 de mayo de 1970, pero no en el gazapo que ha creído cazarme.

Revísese mi artículo y se verá que yo no digo que Fidel en la intervención por TV del 20 de mayo de 1970 anunció que no se alcanzarían los diez millones. Textualmente escribo que “durante la intervención televisiva donde informó que no se alcanzarían los diez millones…”, y a renglón seguido hago una cita de esa intervención.

Si releemos el texto de esa intervención publicada en la prensa de la época veremos que Fidel comienza diciendo: “Les ruego que me excusen haber llegado un poco demasiado tarde, casi 45 minutos fuera de hora, a esta comparecencia, por la necesidad de recopilar una gran cantidad de datos en bastante breve tiempo con vistas al informe que queríamos hacer en la noche de hoy”. Y concluye Fidel esta breve introducción: “Más adelante explicaremos precisamente la oportunidad en que nosotros queríamos hacer el informe de la zafra, y las razones por las que salió a relucir ayer este problema”.

Entre otras publicaciones de la prensa de la época, en el número 21 del año 62 de la revista Bohemia del 22 de mayo de 1970 salen ambos documentos: el discurso del 19 de mayo de 1970 en que anunció que no se harían los diez millones y la intervención televisiva que hizo al siguiente día, en que informó en detalles al respecto. En mi artículo me refiero claramente al segundo documento.

 

7. Epílogo

El 28 de octubre de 1963 el Che escribió una carta a un compañero llamado Pablo Díaz, que le había enviado un artículo narrando determinados hechos históricos.

En esa carta el Che le expresaba que “La primera cosa que debe hacer un revolucionario que escribe historia es ceñirse a la verdad como un dedo en un guante”. Y concluía su breve carta: “Mi consejo, relee el artículo, quítale todo lo que tú sepas que no es verdad y ten cuidado con todo lo que no te conste que sea verdad”.

De te fabula narratur.

 

Foto de portada: René Burri.

 


[1] Datos tomados del Informe a la Asamblea Nacional hecho por el MIP en julio de 1985 y de los Anuarios estadísticos del CEE.

[2] Datos tomados de los Anuarios Estadísticos del CEE.

[3] Datos estadísticos extraídos y derivados del Censo de Población y Viviendas realizado en 1981 y de los Anuarios Estadísticos del CEE de los años posteriores.

[4] Datos tomados de los Anuarios Estadísticos del CEE y de los Informes de Fidel al II y III Congresos del PCC.

[5] Datos tomados de Reconstrucción y análisis de las Series Estadísticas 1960-1975 elaborado por el INIE y de Balance de la Economía Nacional 1975-1985 elaborado por el CEE y publicado en 1986.

[6] Datos tomados de Reconstrucción y análisis…, ob. cit., y de los Anuarios Estadísticos del CEE para el período 1976-1985.