Alas, The Rolling Stones en La Habana

You can read the English version here: 

Los jóvenes heterodoxos de fines de los 60 y principios de los 70 provenían en su mayoría de las clases medias. También los había de estratos más humildes, pero por lo general vivían en El Vedado, Nuevo Vedado, La Víbora o Altahabana y asistían a los preuniversitarios urbanos porque todavía las becas en el campo no eran obligatorias. En ellos “la línea del color” no constituía un problema en sí mismo, lo cual se expresaba en la asiduidad de las parejas interrraciales, un resultado de la movilidad social ascendente experimentada desde la década anterior, cuando en las instituciones educacionales abundaron como nunca antes las muchachas y muchachos de piel negra o mestiza. Culturalmente hablando, se movían hacia las cosas prohibidas o consideradas perversas por la ortodoxia. Una de ellas, la música como marcador identitario.

Aparte de The Beatles, en especial los del White Album y Abbey Road, entre sus favoritos figuraban The Rolling Stones, The Doors, Jimi Hendrix, Led Zeppelin, Santana y Deep Purple, cuyos LDs ingresaban al país después de un viaje al exterior de algunos de sus padres, que habían decidido permanecer en Cuba y trabajar para el nuevo orden como técnicos, médicos, diplomáticos o funcionarios. El fenómeno estaba determinado, en primer lugar, por una división entre “lo foráneo” y “lo nacional” en la que muchos elementos de esta última categoría eran asumidos como “cheos”, una palabra que para esos jóvenes significaba atraso, vulgaridad y mal gusto. La de “María Teresa, dónde está Teresa” era, sin dudas, música de carnavales y guapería, famosa por las broncas de la escena inicial de Memorias del subdesarrollo. Sus devotos, también muchas veces jóvenes, usaban camisetillas de guinga, se pelaban cortico, hablaban con un pañuelo pegado a la boca y vivían en barrios distintos.

Pero las prohibiciones suelen tener casi siempre como correlato una movida de péndulo. La base de esas actitudes generacionales consistía en un nacionalismo urticante originado a principios de la década anterior, cuando a través de Pello el Afrokán —el creador del Mozambique, indiscutiblemente significativo en la música cubana— se quiso levantar un muro contra la influencia norteamericana catalogándola de “penetración cultural”, una expresión machista y fálica que ponía como mujeres (es decir, como seres débiles y pasivos) a quienes por esa vía se apartaran de lo política y culturalmente correcto.

Operaba también un fenómeno psicológico en los decisores de la época: el inglés era la lengua del enemigo y de la intervención y la enajenación del patrimonio nacional (La Habana de fines de los años 50 estaba saturada de lugares con nombres anglos, desde tiendas a nightclubs). Ahora figuraba en las bombas que no explotaron en la Sierra, en las cajas con armamentos para los alzados del Escambray y en los documentos incautados a diplomáticos extranjeros que trabajaban para la CIA. Pero esto es lo que entonces no se vio: aquella música que sonaba en la lengua del enemigo expresaba una contracultura y un sentimiento anti-establishment en proceso de gestación allá en las entrañas. Visto en perspectiva, el hecho revela no solo el impacto del conflicto bilateral a lo interno, sino también las limitaciones de conocimiento propias de quienes trazaron esas políticas de exclusión, aplicadas por cierto también contra la nueva canción cubana (la Nueva Trova, como se le conocería después) prácticamente desde sus orígenes hasta que dos conocidas instituciones culturales tuvieron la inteligencia de moverse en sentido contrario. Era, como se sabe, una nueva manera de decir que se articulaba tanto con la trova tradicional santiaguera como con la canción de Bob Dylan, Paco Ibáñez, Juan Manuel Serrat y los hermanos Ángel e Isabel Parra, entre otros. Por eso también se escuchaba en las fiestas de los jóvenes heterodoxos.

 

Orquesta cubana de música moderna.

 

El bolero estaba en decadencia y ellos lo consideraban simplemente ridículo por sus propuestas existenciales, por la manera de encarar las relaciones entre los sexos y por su asociación con las vitrolas, que evocaban los bares y la prostitución, abolida a principios de la Revolución. Hubo, sin embargo, dos nuevos desarrollos. El primero, el nacimiento de la Orquesta Cubana de Música Moderna (1967), dirigida por Armando Romeu y Rafael Somavilla, trajo cierto soplo renovador al panorama sonoro cubano, aun cuando el formato de gran orquesta de jazz band ya era por entonces, en rigor, cosa del pasado. Visto en perspectiva, tal vez su mayor contribución no consista tanto en su repertorio, sino en haber constituido la plataforma de despegue de los músicos que se unieron, en 1973, para formar Irakere, entre otros Jesús “Chucho” Valdés (teclados), Carlos Emilio Morales (guitarra eléctrica), Paquito D’Rivera (saxo alto y clarinete), Carlos del Puerto (bajo) y Enrique Plá (batería), verdaderos virtuosos en su respectivos instrumentos. El estilo de la nueva banda era bastante ecléctico al mezclar, de manera indistinta, la música de concierto con la popular bailable, el Latin jazz y el rock con los tambores batá, originarios de la cultura yoruba, lo cual por lo pronto sugería la factibilidad de fusionar lo universal con lo local sin desgarramientos ni tachaduras, a condición de hacerlo con profesionalidad, creatividad y talento.

El segundo, el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC (GES), en el que se habían reunido tres fundadores de la Nueva Trova (Silvio, Pablo y Noel), algunos de sus más destacados exponentes y músicos de academia bajo los auspicios de Alfredo Guevara y la mano maestra de Leo Brouwer. Partiendo de la guitarra, el GES  desarrolló una intensa labor que hizo honor a su nombre mismo, desde el rock, el jazz, la samba y la canción pensante hasta la trova tradicional cubana y la música hindú. Al GES se llegaba no tanto por grabaciones y medios de difusión (toda vez que le aplicaron durante cierto tiempo el mismo bloqueo que a los de afuera) sino por la vía de las películas del ICAIC y los conciertos, dos de ellos memorables: el primero “Granma” y el segundo “Cuba-Brasil”, efectuados en una Sala Chaplin de la Cinemateca de Cuba abarrotada de público joven.

Aquellos muchachos de fines de los 60 confluían en varios lugares. El más popular era una zona de El Vedado conocida como La Rampa, construida en los años 50 como parte de un proyecto modernizador característico de una burguesía muy orientada desde inicios de la República hacia lo norteamericano en tanto elemento civilizatorio, con todos sus pros y sus contras. En La Rampa y sus alrededores había bancos, tiendas, clubes, hoteles y cines. Y estaban los famosos estudios de la CMQ. Cuba había sido el tercer país de América Latina en disponer de televisión al iniciar Gaspar Pumarejo las trasmisiones de Unión Radio, el 24 de octubre de 1950. Y tenía también una intensa vida nocturna. La Rampa era como un remanente de todo aquello, junto al edificio Focsa y los rascacielos del Malecón y de la calle Línea.  

En octubre de 1968 se produjo la famosa recogida del hotel Capri, a una cuadra de La Rampa, en 21 y N, adonde iban los heterodoxos para “janguear” un rato, galicismo que para ellos significaba, básicamente, sentarse en la terraza del hotel a tomar té, compartir información sobre música norteamericana y modas, y estar al tanto del próximo “güiro” (fiesta) que se elucubraba en el propio Vedado o en La Víbora, a menudo con la presencia de los Kent, los Jets, los Gnomos o los Almas Vertiginosas, grupos locales de rock que se atrevieron a iniciar una historia propia nadando contra la corriente.

El periódico Juventud Rebelde publicó entonces un extenso artículo dirigido a estigmatizar socialmente aquellos encuentros alternativos respecto al discurso, la sensibilidad y las costumbres establecidas. Rezaba el titular: “DESTRUIDO UN SUEÑO YANQUI: LOS CHICOS DEL «CUARTO MUNDO»”. Debajo,  una pregunta: “¿Cómo pensaban y actuaban las bandas juveniles convertidas en vehículo de propaganda imperialista?”. El inventario era extenso: se les acusaba de excéntricos, de tener largas melenas, de usar pantalones estrechos, de llevar faldas extremadamente cortas, de promover el amor libre, de no bañarse, de hacer “fiestas de perchero”, de no trabajar ni estudiar, y de practicar la bisexualidad y el homosexualismo.

El texto resumía de manera transparente varias cosas, señaladamente las limitaciones propias de un imaginario marcado a lo profundo por el conflicto bilateral, solo que llevándolo hacia donde no era y politizándolo todo para poder cortar la diferencia en nombre de la amenaza externa. Y sobre todo para justificarlo colocándose en la supuesta perspectiva de “un mundo muy distinto, el que construye nuestro pueblo con el sudor de sus trabajadores”, lo cual no hacía sino constituir un capítulo adicional en la historia de un periodismo que demasiadas veces se ha colocado a medio camino entre el zhdanovismo y el kimilsunismo en un país pletórico de vitrales. Segundo, el paternalismo: se trataba de “jóvenes confundidos ideológicamente” que  había que redimir. Y la mejor manera de probarlo consistía en utilizar como chivos expiatorios a unos “padres indolentes” que desde luego se mostraban arrepentidos y consideraban la recogida “una lección moral inolvidable”.

Pero con ese tipo de jóvenes coexistían otros, ubicados por el discurso en la vanguardia. Ni religiosos, ni roqueros, ni gentes que se carteaban con sus familiares en el exterior podían formar parte de ella por carecer de esa “pureza” que los heterodoxos miraban con sorna acudiendo a un conocido poema de Nicolás Guillén. También tenían problemas con la Federación de Estudiantes de Enseñanza Media (FEEM) por resultar inexplicablemente raros. A los creyentes se les impidió estudiar ciertas especialidades universitarias —Filosofía o Periodismo, por ejemplo— por el solo hecho de apostar a la trascendencia, un acumulado cultural que había que dejar atrás por constituir parte del pasado.

Todo esto ocurría a la entrada de la institucionalización. Hay que subrayarlo por elemental sentido histórico: el sectarismo y la exclusión —del rock a la homosexualidad y las creencias religiosas— no vinieron únicamente del llamado socialismo real, cuando empezó el calco y la copia junto con el ingreso al Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME).  

 

 

Foto: Fernando Medina/Cachivache Media.

II

La cobertura sobre Cuba en los medios de difusión de los Estados Unidos suele ser negativa, omisa y discontinua, reflejo tanto del etnocentrismo dominante como de su lugar entre las prioridades de la política exterior norteamericana, fenómeno documentado de un tiempo a esta parte por distintos estudios de caso. Sin embargo, con el anuncio del proceso de normalización de las relaciones bilaterales, los sucesivos cambios implementados por la administración Obama para flexibilizar el embargo/bloqueo, y la reciente visita presidencial para sellar movidas y legado, se establecieron las bases para un mayor visibilidad de la Isla, lo cual remite a las relaciones entre prensa y administración como dos poderes públicos. La prensa ciertamente no suele crear nada ab ovo, sino constituye una institución de reflejo, pero dista de la simple subordinación o subrogancia en medio de ciertas premisas ideoculturales compartidas con los hacedores de política. Una de ellas la había dejado clara The New York Times en un editorial durante aquella detente de la administración Carter en los años 70: “Las relaciones diplomáticas normales no deben confundirse, en todo caso, con el apoyo moral e incluso político al régimen de Castro”.

Según lo previsible, el concierto habanero de Los Rolling Stones acaparó titulares en la televisión y la prensa norteamericanas. Para decirlo en criollo, Cuba seguía en el bombo, como lo había estado durante la tormenta de Elián González o la primera visita de James Carter en 2002. Pero esta vez el protagonista de la historia no era ni la separación/división familiar, ni el Proyecto Varela, mencionado por el ex presidente en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, ni siquiera el mismo Obama, que ya había volado a la Argentina, sino una banda con un hálito satánico tremendamente envejecida y sin embargo capaz de movilizar a millones de individuos de distintas generaciones alrededor del mundo.

En “Peripheral Vision: U.S. Journalism and The Third World”, William Dorman analiza las prácticas profesionales de los medios del mainstream hacia el Tercer Mundo, y en específico hacia América Latina. Una es el empleo de códigos propios de la Guerra Fría para ciertas realidades. Se trata, dice, de “expresiones peyorativas como ´izquierdista´, ´comunista´, ´marxista´ [que] aparecen regularmente sin justificación o explicación”. “Las frases peyorativas”, argumenta, “actúan como buzzwords: son cortas, tienen un alto contenido emocional y amplia aceptación, como si tuvieran un significado sobrentendido”.

 Este fue, en efecto, el primer problema en la cobertura del concierto. Órganos como The New York Times, The Wall Street Journal y Los Angeles Times anduvieron por esos derroteros.[1]  La línea gruesa consistía en combinar un dato factual —la celebración de un concierto masivo gratuito de la banda en La Habana—, introduciendo a renglón seguido aseveraciones como la siguiente: por primera vez desde 1959 la Isla había estado expuesta a la cultura occidental. Uno casi sucumbe a la tentación de preguntarse si hasta ahora ha estado viviendo en Borneo o en la península de Kamchatka. Equivalía a decir —y no precisamente en la entrelínea— que la visita de Obama y el show de Los Stones habían sido una auténtica brecha en la Corea del Norte del Caribe, idea desde luego en consonancia con esas imágenes isleñas abrumadoramente circulantes en los Estados Unidos de automóviles viejos, edificios derruidos y otras concurrencias propias del Gulag tropical. Un obispo inglés lo estableció una vez: existir es ser percibido. Y Cuba es exactamente eso. Una isla intocada por la globalización. El imperio absoluto de Buena Vista Social Club. Parque jurásico a 45 minutos de vuelo de los rascacielos del downtown de Miami.

El segundo consiste en su ahistoricismo: “El gobierno revolucionario de Castro”, escribió AOL News siguiendo la rima, “consideró a las bandas de la contracultura como Los Stones y Los Beatles peligrosamente subversivas y prohibió su música en la TV y la radio”, de manera que lo sucedido en la Ciudad Deportiva constituiría una derrota para el régimen. Quedaba así fuera del juego, como por arte de magia, todo lo que ha llovido desde los años 70 a la fecha en términos de políticas culturales, que lograron rebasar sus estrecheces y limitaciones hasta llegar a ser bastante más abiertas e inclusivas. En sentido opuesto, Los Stones no trajeron la luz a la oscuridad, simplemente porque las cosas habían venido evolucionando mucho antes de las palabras de Jagger aquella noche memorable del 25 de marzo, viernes santo y de majestades satánicas a la vez. “Sabemos” —dijo en español—, “que años atrás era difícil escuchar nuestra música en Cuba, pero aquí estamos tocando para ustedes en su linda tierra”. Y añadió: “Pienso que los tiempos están cambiando, ¿no?”.

Y un tercero: casi nadie mencionó la presencia permanente de la música norteamericana en la radio o la TV cubanas —que como se sabe, no están en manos privadas—, ni en los nuevos circuitos de consumo audiovisual traídos por el llamado cuentapropismo. Definitivamente, para cualquier observador informado el rock no es un elemento ajeno a la cultura nacional, en la que hay seguidores y fanáticos, como ocurre en cualquier parte del mundo, y hasta festivales del género, a menudo con la presencia de bandas foráneas. Y para colmo, que incluso existe una agencia estatal de rock.

Por último, se excluyeron dos cosas importantes: la primera, que en el concierto muchos cubanos se sabían las letras de las canciones, si bien con los inevitables forros intercalados; la segunda, su interacción con extranjeros de habla inglesa en ruedas de baile espontáneas, entre lo más llamativo del concierto. Con el logo de la lengua afuera en el pecho y banderas entremezcladas. La música siempre une a las personas, al margen de las diferencias.

 En su discurso en el Gran Teatro de La Habana —una gema bien pulida con mensajes cuidadosamente calibrados para públicos específicos a ambos lados del Estrecho—, el presidente Obama fue bastante más inteligente que los medios de su país. La palabra “cambio”, uno de los slogans que lo llevó a la presidencia, tiene allí un despliegue polisémico: puede denotar tanto fin del embargo/bloqueo, cambio en las relaciones históricas o cambio de régimen. Y uno de esos cambios es este: mencionar a Celia Cruz y Gloria Estefan sabiendo de antemano que se conocían en Cuba a pesar de no ser difundidos oficialmente —valladar que, por cierto, saltaban aquellos muchachos de los años 70 para estar informados en materia de rock and roll, solo que en condiciones tecnológicas bien distintas y a base de discos de acetato y de las emisoras WQAM (Miami) y KAAY (Little Rock, Arkansas)—. Y también aludió a Pitbull, a quien sí ponen de manera oficial. “La gente de nuestros dos países ha cantado las canciones de Celia Cruz y de Gloria Estefan y ahora escuchan al reguetón y a Pitbull”, sentenció desde donde había hablado Calvin Coolidge en 1928. A todas luces, otro elemento ninguneado por la cobertura mediática: la porosidad cultural Miami-Habana, acrecentada por la reforma migratoria, los viajes de ida y vuelta y las visitas a la Isla de cubanos y cubano-americanos de varias generaciones.

Obama y sus asesores podrán querer enterrar el último vestigio de la Guerra Fría en las Américas, pero los medios siguen atrapados en sus viejas redes. Dicen, sin embargo, que lo que sucede conviene. También como en todas partes, los norteamericanos sacan sus conclusiones de lo que es el mundo por la información que reciben de aquellos. Y en general su trabajo sobre Cuba es bastante deficiente, al punto que a veces llegan a funcionar como una especie de boomerang para los yumas de a pie, si esto existe, y para las celebridades que viajan a la Isla con licencias educacionales a lo Beyoncé y Jay-Z, convencidos al inicio de que aquí serían invisibles, pero reconocidos de inmediato por sus fans, tanto en la paladar a la que fueron durante su primer día en La Habana como en el hotel Saratoga en el Paseo del Prado. Hubo hasta besos en el aire y escoltas adicionales ante esa eterna manía del toca-toca de los cubanos. Y por descontado que no se trata, ni con mucho, de un caso excepcional. Algo parecido le ocurrió hace unos años a un par de miembros de los Back Street Boys cuando se paseaban por el lobby del Hotel Nacional de La Habana.

Ahora que se ha entrado en el largo y sinuoso camino de la normalización, tal vez una manera de paliar un poco el problema consistiría en apartarse de esa práctica tan extendida de cubrir los acontecimientos cubanos desde las oficinas de Washington DC, Nueva York o Los Ángeles y dejar de reciclar acríticamente lo que otros dicen, es decir, tirar al cesto lo que James Aronson en The Press and the Cold War denomina el periodismo de oídas”. Y también de enviar a Cuba gente más capacitada —que la hay entre ellos—, para poder trascender el “periodismo de paracaídas”, facturado por verdaderos profesionales del gremio, pero carentes de obra y milagro en nuestros menesteres internos.

Entonces, y solo entonces, el fin de la Guerra Fría podría empezar a prefigurarse allá  en el horizonte.

Mick Jagger y Keith Richards lo pondrían quizás de otra manera: “it´s (not) just a shot away”.

 

 

 

[1] Véanse, por ejemplo, Frances Robles: “Another First for Cuba: A Concert by The Rolling Stones”, The New York Times, 26 de marzo de 2016; José de Córdoba: “Rolling Stones Fans in Cuba to Get Some Satisfaction. Once Banned by the Castro Regime, Group Will Hold Fee Concert Friday”, The Wall Street Journal, 26 de marzo de 2016.