“La Revolución era libertad política, independencia económica, justicia social”. Ideología y línea insurreccional del Directorio Revolucionario. Entrevista a Julio García Oliveras

Miembro del Ejecutivo del Directorio Revolucionario, sobreviviente a la cacería humana desatada después del asalto al Palacio Presidencial el 13 de marzo de 1957, primer Jefe de Ingeniería de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, embajador en Vietnam y la República Democrática Alemana, autor de libros sobre el movimiento estudiantil cubano y el pensamiento político de sus líderes, colaborador de Temas y participante en los paneles de debate Último Jueves, Julio García Oliveras comparte con nuestros lectores aspectos desconocidos o parcialmente tratados de la historia del Directorio y la lucha revolucionaria. 

 

Al cumplirse el 57 aniversario del 13 de marzo, ¿cómo se podría recordar el papel y lugar del Directorio en la lucha revolucionaria?

Es cierto que ha pasado más de medio siglo, pero esto ha permitido precisar más exactamente los aspectos históricos. En primer lugar, sería más exacto referirnos al papel y lugar del movimiento estudiantil. El 13 de marzo solo fue un combate, una batalla, muy heroica como la calificó el historiador Emilio Roig de Leuchsenring: “[La Habana] ha sido testigo de la hazaña más fieramente audaz de todas nuestras luchas por la libertad; el asalto a la defendidísima fortaleza que era el Palacio Presidencial”, pero las acciones del movimiento estudiantil, del cual surgió el Directorio, fueron las que desempeñaron el papel más importante en el proceso histórico de las luchas contra la dictadura. En cuanto al 13 de marzo sería como si la trayectoria de Fidel y el 26 de Julio se limitaran al ataque al Moncada. Cuando se estudia la prolongada lucha contra la tiranía batistiana el proceso revolucionario se puede dividir en tres etapas: una primera, relativamente corta, donde los esfuerzos de los revolucionarios se concentran en hacer fracasar el golpe de Estado y restituir la Constitución del 40; una segunda que se inicia el 26 de julio con el ataque al Moncada y que será la más prolongada, y una tercera a partir del desembarco del Granma el 2 de diciembre de 1956, que abarca lo que se puede calificar de la guerra revolucionaria hasta finales de 1958. Precisamente, el movimiento estudiantil habría de tener el papel más importante entre los años 1953 y 1957 con el despliegue de la lucha urbana.

 

Pero corrientemente se ha calificado al Directorio como el brazo armado de la FEU.

En cuanto a la realidad histórica esto puede dar lugar a concepciones deformadas. Hay que tener en cuenta los fundamentos que tomamos para organizar al Directorio. En el Punto 9 del “Manifiesto al Pueblo de Cuba”, publicado en Alma Máter en marzo del 56, se precisa que “el Directorio Revolucionario considera a la Revolución como un proceso continuado de lucha por todos los frentes y medios posibles –desde la resistencia civil hasta la insurrección popular”. Nosotros no lo considerábamos solo como un grupo armado sino con el carácter de una organización revolucionaria. A esa altura ya no se trataba de derrotar a la dictadura sino de impulsar un proceso de cambios revolucionarios en el país. Así, en su estructura, además de la sección de Acción de su Ejecutivo se organizaron las secciones de Organización para el movimiento estudiantil universitario, el secundario, así como el frente obrero. También existía una sección de Propaganda. El 24 de febrero de 1955, al proclamar la fundación del Directorio en el Aula Magna de la Universidad, José Antonio Echeverría hace un llamado a “las vanguardias obreras y estudiantiles”. En este sentido, resulta esclarecedor destacar las declaraciones de Echeverría el 30 de diciembre de 1954 sobre la farsa electoral de la dictadura del 1º de noviembre en las que subraya “la dictadura sigue siendo ilegal y los regímenes de fuerza solo pueden derrotarse por la fuerza. Claro, la fuerza no es necesariamente militar. Ya lo hemos dicho muchas veces, la Revolución no es solamente la insurrección”.

 

En cuanto a los fundamentos para la creación del Directorio sería importante aclarar la estrategia que se trazó el movimiento estudiantil.

Para ello hay que tener muy en cuenta la situación que se creó con el golpe militar de Fulgencio Batista el 10 de marzo de 1952. Ya hemos mencionado las tres etapas en que se puede dividir el proceso histórico. Como se sabe, la que se inicia con el ataque al Moncada determinó que Fidel y Raúl fueran condenados a largas cadenas de prisión. Temporalmente saldrían del escenario de la lucha. Esto condujo a la decisión de Echeverría de movilizar al movimiento estudiantil –universitario y secundario– para desplegar una ofensiva, política y de masas, contra la dictadura. No se puede olvidar que el movimiento estudiantil en Cuba tenía una fuerte tradición de lucha, desde las etapas del colonialismo y que alcanzó un alto nivel en los años de la tiranía machadista entre 1925 y1933. Nosotros teníamos muy presentes los episodios de la lucha urbana, características de los estudiantes, como se ve hoy en Chile y otros países. En el Salón de los Mártires de la FEU estaban las fotos de los jóvenes que habían caído en aquellas acciones. A partir de los acuerdos iniciales de 1954 entre la FEU y los estudiantes secundarios que establecían acciones coordinadas, el objetivo estratégico iba dirigido a incrementar gradualmente el movimiento hasta alcanzar la etapa insurreccional. La gran huelga azucarera de diciembre de 1955, de la que poco se escribe o se habla, en la que tomaron parte obreros y estudiantes unidos, marca el punto más alto de las luchas políticas y de masas y constituye el umbral de la etapa insurreccional. Habíamos seguido con atención el desarrollo de la actitud del pueblo hacia la dictadura. Si hubo sorpresa y confusión ante el golpe batistiano en marzo de 1952, incluso cuando algunos esperaron un cambio positivo en el gobierno del país, pronto la reanudación del robo y la corrupción de los batistianos, a lo que se sumó rápidamente el regreso a la represión sangrienta de su anterior dictadura, provocó un acelerado cambio en la actitud de las masas. Para 1955, la mayoría de la población ya no quería a Batista en el gobierno, aunque todavía no se aceptaba la guerra como la solución necesaria. El trabajo dirigido a movilizar la conciencia popular a favor de la vía insurreccional fue uno de los aspectos más complicados para los revolucionarios. Fue particularmente difícil dentro del movimiento estudiantil y se convirtió en una verdadera batalla de ideas, la guerra significaba la interrupción y aplazamiento de los estudios, a lo que muchos se oponían.

Julio A. García Oliveras

 

Si el objetivo de la lucha era la insurrección ¿cómo se proyectaba la adquisición del armamento que garantizara el desarrollo esa última etapa?

En realidad, los combatientes revolucionarios genuinos, cuyo proyecto no se limitaba a eliminar al régimen batistiano, sino que pretendíamos un cambio definitivo del sistema económico, político y social de nuestro país, siempre actuamos con la confianza de que este problema lo resolveríamos en el curso de la lucha. Una realidad objetiva de la situación la representaba la gran cantidad de armas de guerra que los conspiradores “auténticos” del expresidente Carlos Prío habían ido introduciendo en Cuba desde 1952. No solo desde México o Guatemala, sino también de los Estados Unidos y hasta de la República Dominicana del dictador Trujillo. Se puede hacer un cálculo aproximado, por los datos que fuimos conociendo, de que no menos de dos mil y hasta tres mil armas pasaron por los arsenales auténticos. Desde las carabinas M-1 hasta ametralladoras calibre 50 y morteros de 81mm. Aunque muchas de estas armas cayeron en manos de la policía, nosotros así como Frank País, aspirábamos a apoderarnos de algunas de ellas o que nos fueran entregadas por los seguidores de Carlos Prío. Nunca existió ningún compromiso político o ideológico en los contactos que se mantuvieron a través de los años de la dictadura. En nuestro caso, incluso esos vínculos se cortaron tras el fracaso de la intentona dirigida por Menelao Mora en agosto de 1955, conocida como Santa Marta y Lindero, en la que cientos de armas se perdieron a manos de la policía. Hay que destacar que este episodio iba a ser un factor determinante para que organizáramos el Directorio Revolucionario con vista a la etapa insurreccional y apoyarnos solo en nuestras propias fuerzas. Sin embargo, surgieron otras oportunidades. Como el arsenal priista se reponía, incluso con armas enviadas por el dictador Trujillo, participamos en una nueva intentona “auténtica” en junio de 1956 y en esa oportunidad logramos apoderarnos de un grupo de armas para 30 o 40 combatientes.

 

A la llegada del Granma y el inicio de la etapa insurreccional, ¿cuál era la situación para el Directorio?

Cuando el 29 de noviembre de 1956 recibimos el telegrama de Fidel “Avisa fecha cursillo alergia. Doctor Chávez”, que anunciaba la salida de la expedición se reunió el Ejecutivo del Directorio presidido por Echeverría. En las reuniones con Fidel en México, en agosto y en octubre, se acordó que el Directorio impulsaría un levantamiento en La Habana que coincidiera con el desembarco, como el de Frank País en Santiago. En esas dos reuniones se había discutido largamente sobre la estrategia de la lucha. Fidel, ya con la experiencia de la acción del Moncada y sobre todo con su estudio de las luchas independentistas en nuestro país, había trazado un plan de guerra de guerrillas en las montañas. En ambas reuniones insistió en esta variante, pero nosotros, influidos por las tradiciones estudiantiles en Cuba, nos manteníamos en un proyecto de levantamiento urbano y la acción directa. Como relata Faure Chomón, participante en esas reuniones, en la revista Bohemia de septiembre de 1976: “En aquel momento las condiciones de lucha armada de las dos organizaciones parecían algo distintas pero no se podía perder tiempo en analizar y discutir cuál era la mejor, ya que había que luchar. Y aquí el compañero Fidel nos planteaba que si nos unían las ideas, si nos unía la tesis de la lucha armada, como realmente lo único distinto eran las formas de cómo realizar la lucha armada, podíamos unirnos luchando, aplicando cada cual su método de lucha armada, y haciéndolo coincidir y golpear al mismo tiempo contra la tiranía”. En ningún momento el Ejecutivo del Directorio discutió la posibilidad de crear un frente guerrillero. En la última reunión, además, se acordó en que el Directorio en La Habana realizara algunas acciones previas al desembarco que ayudaran a crear las condiciones para el proceso de la guerra, y, por otra parte, hacer gestiones con los auténticos para que se unieran al plan y nos entregaran armas. Esto último encontró una respuesta negativa. Para esa fecha no disponíamos del armamento para llevar a cabo el levantamiento proyectado en la capital del país, donde se concentraban las fuerzas militares más importantes de la tiranía y sus numerosos cuerpos policiales. En el Ejecutivo discutimos posibles variantes de actuación, como encerrarnos en la Universidad con el número limitado de armas que teníamos u organizar algunos grupos pequeños que realizaran acciones en la ciudad. Sin embargo, Echeverría se negó a que nos arriesgáramos en acciones que tendrían poca efectividad y asumió la responsabilidad histórica por esta decisión. Los días de diciembre transcurrieron para nosotros en una terrible ansiedad, que sufríamos por el incumplimiento de las acciones simultáneas acordadas con Fidel. Sin embargo, en los últimos días del año, un encuentro de Echeverría con dos revolucionarios procedentes de las filas auténticas, Eduardo García Lavandero y Evelio Prieto Guillaume, constituyó el primer paso para la acción del 13 de marzo. Ellos eran combatientes honestos, frustrados por la falta de acción del expresidente Prío y tenían a su cargo un depósito clandestino de armas con el que se podía equipar hasta setenta hombres, y lo pusieron a disposición del Directorio. Era la oportunidad para llevar a cabo el plan acordado con Fidel y realizar nuestro proyectado levantamiento.

 

¿Cómo surge la idea del ataque al Palacio Presidencial y la eliminación de Batista?

De inmediato reunimos al Ejecutivo del Directorio para planificar la acción. Pero Eduardo y Evelio consideraron que era necesario informar a Menelao Mora, jefe del aparato insurreccional de Carlos Prío, sobre la entrega de las armas al Directorio. Este manifestó su acuerdo sin vacilación, pero presentó una condición: él entregaba las armas si se aceptaba su incorporación al movimiento con un grupo de sus compañeros. Aunque no había objeciones sobre Menelao, entre nosotros existía mucho rechazo a los otros miembros del aparato clandestino “auténtico”, que estaba conformado por no pocos elementos con antecedentes negativos. En nuestra reunión inicial no llegamos a un acuerdo, pero después se puso de manifiesto claramente que si no aceptábamos a Menelao no podríamos disponer de las armas. La disposición a cumplir nuestra parte de lo acordado en la Carta de México no admitía demora. Hay que decir que, para muchos revolucionarios, la solución al golpe del 10 de marzo se reducía a eliminar a Batista y volver a instalar la Constitución de 1940, considerada progresista a pesar del limitado cumplimiento que habían tenido sus proyecciones. Menelao Mora había sido un promotor de este esquema en toda su actuación como responsable de los grupos que obedecían al expresidente Carlos Prío. A la altura de esas fechas nadie se opondría a la eliminación del tirano. Por lo tanto aceptamos este objetivo dentro de los planes del levantamiento que proyectábamos en La Habana. Es decir, que la muerte del dictador se convirtió en un punto central del plan, tal como aparece en el libro El asalto al Palacio Presidencial de Faure Chomón. Las afirmaciones, más o menos de reciente aparición, que refieren que el objetivo del 13 de marzo era capturar a Batista y llevarlo a un juicio público no tienen fundamento histórico y menos aún real, en medio del combate violento que había que esperar. Las vanguardias revolucionarias, encabezadas por Fidel y José Antonio, estaban totalmente identificadas en un proyecto político que iba más allá de un simple cambio de gobernantes y la posibilidad de que los resultados de la acción retrotrajeran al país a la situación del 9 de marzo era totalmente inaceptable para nosotros. Un aspecto importante del 13 de marzo lo constituye la alocución radial de José Antonio Echeverría como máxima figura revolucionaria de aquella acción. Nunca consideramos la acción armada como suficiente, para llevar adelante el movimiento que nos proponíamos era necesaria la participación popular. Hay que tener en cuenta que a lo largo de los años de luchas estudiantiles habíamos ganado bastante experiencia en esto. El ejemplo más ilustrativo está en todo el proceso de acciones del diciembre de 1955, incluyendo la gran huelga azucarera. El 14 de diciembre el Directorio había citado a un paro nacional que tuvo gran acogida. Por otra parte, el llamado de Echeverría era de gran importancia política en las condiciones referidas y por ello hace énfasis en que el organizador de la acción es el Directorio Revolucionario. Siempre se ha destacado la acción armada y no se ha tenido en cuenta el aspecto político que era lo principal en nuestros planes.

 

¿Se consideraba que la acción del 13 de marzo pudiese ser definitiva para la dictadura?

Nuevamente hay que recordar las condiciones concretas de aquellos momentos. Como hemos dicho, la mayoría del pueblo ya rechazaba totalmente la dictadura batistiana. La firma en agosto del 56 de la “Carta de México” entre las máximas figuras del movimiento revolucionario había constituido un paso decisivo para la movilización revolucionaria, al que se sumaba la declaración de Fidel “En 1956 seremos libres o seremos mártires”. La movilización de la oposición a Batista se aceleró. Ya en 1956 había que añadir el ataque revolucionario al cuartel Goicuría y la conspiración militar de “Los Puros”. El ajusticiamiento del jefe del Servicio de Inteligencia Militar a fines de octubre al que, en pocos días, siguió la muerte del Jefe de la Policía fueron impulsos irreversibles en la misma dirección. El 30 de noviembre se produjo el levantamiento de Frank de País en Santiago de Cuba y el 2 de diciembre tendría lugar el desembarco del Granma. A partir de ese momento, las condiciones subjetivas para la guerra revolucionaria estaban creadas. Por lo tanto, en el Directorio consideramos que una acción de envergadura en la capital podía desencadenar el fin del batistato. En las acciones revolucionarias históricamente nunca se ha contado con el cien por ciento de factores favorables: ni en el Moncada, ni en Santiago de Cuba, ni en Cienfuegos, ni con la huelga de abril de 1958. En el mejor de los casos se trata de un 50-50 de posibilidades. En todo caso, así sería para el 13 de marzo.

 

Hasta aquí el proceso queda esclarecido, pero ¿cómo surge entonces la idea del frente guerrillero en el Escambray?

En la actividad legal existe un término denominado fuerza mayor y también en las actividades políticas y revolucionarias puede aparecer esa condición. En los días que siguieron al 13 de marzo, bajo la presidencia ahora de Fructuoso Rodríguez, el acuerdo fundamental del Ejecutivo fue mantener la lucha en La Habana. Incluso declinamos la propuesta que nos envió Fidel de trasladarnos a la Sierra Maestra, dada la fuerte represión que ejercía la dictadura. No se puede juzgar a la ligera nuestra decisión. Sobre nuestra voluntad pesaba el compromiso con Fidel en cuanto el desarrollo de la lucha, al que ahora se sumaba la realidad de la caída de Echeverría y otros compañeros en las calles de la ciudad. En condiciones muy difíciles se inició el trabajo de reorganización del Directorio. En este proceso hubo que superar la desaparición de José Antonio y 38 días después la de Fructuoso en Humboldt 7, que habían encabezado la lucha en las calles desde 1953. Se originó cierta confusión acerca de la existencia del Directorio, tanto es así que fundadores como Chiqui Gómez Lubián o Luis Saínz Montes de Oca se apresuraron a unirse a los combatientes del 26 de Julio. Con el 13 de marzo habíamos perdido prácticamente todos los recursos económicos, armas e incluso casas de seguridad. Nuestras actividades se desarrollaban en condiciones extremadamente críticas. En esas condiciones surgió una nueva alternativa. Para los jóvenes de la entonces antigua provincia de Las Villas, el regreso de Fidel y el inicio de la lucha guerrillera en la Sierra Maestra los motivaba a organizar también un frente en el macizo del Escambray que se levantaba ante sus ojos. Sancti Spíritus fue la cuna de algunas iniciativas en esa dirección. Enrique Villegas había trabajado para organizar las guerrillas en esas montañas. Sin embargo, tras el desembarco del Granma y el combate de Alegría de Pío, Fidel indicó a los militantes de 26 de Julio la necesidad de que no se crearan otros frentes guerrilleros y todos los recursos se concentraran en consolidar el frente de la Sierra Maestra. Un resultado de esta decisión fue que Villegas, acompañado por Ramón Pando Ferrer, viajaron a la Habana en el mes de junio y se reunieron con los compañeros que estaban al frente del Directorio en esos momentos para proponerles la creación de un frente guerrillero en el Escambray. Como las condiciones en La Habana eran extremadamente difíciles, Guillermo Jiménez estimó que el Escambray era una alternativa que se podía desplegar con pocos medios para continuar la lucha y elevó la propuesta a Faure Chomón y al Ejecutivo que estaban en el exilio. Así se aprobó la variante, en condiciones limitadas, ya que se mantenía como estrategia fundamental desplegar nuevamente las acciones en la capital. En la terminología militar el Escambray sería una dirección secundaria y en esas condiciones se iniciaron los preparativos después del alzamiento de Cienfuegos en septiembre de 1957. Al regreso a Cuba de Chomón y del Ejecutivo, en febrero de 1958, la estrategia establecida era concentrar las fuerzas y los medios en las acciones de la capital y apoyar en lo posible al grupo guerrillero en el Escambray. No se trataba, como a veces se dice, de realizar un nuevo intento contra Batista o el Palacio Presidencial. La lucha avanzaba positivamente y la alternativa de una huelga general ya se discutía entre los sectores revolucionarios. Habíamos reunido un importante arsenal que trasladamos exitosamente en la expedición de Nuevitas y considerábamos que esto podría ser un factor decisivo para apoyar la huelga. Pero, a finales de marzo, el armamento que habíamos trasladado hasta La Habana fue ocupado por las fuerzas represivas batistianas. Se impuso la “fuerza mayor” que determinaría el cambio estratégico para la etapa final del Directorio Revolucionario en la lucha contra Batista, con la participación de nuestras guerrillas en la liberación de Las Villas y el final de la guerra.  

 

Finalmente, ¿tenía el Directorio Revolucionario un programa para llevar adelante la Revolución después de la derrota de la tiranía?

En los difíciles años transcurridos desde el 10 de marzo, bajo las condiciones de violentos enfrentamientos contra la dictadura, para Echeverría y sus compañeros más cercanos se habían ido conformando, desde el punto de vista político e ideológico, una serie de principios para el futuro desarrollo de la Revolución. En lo fundamental, se trataban de alcanzar las metas que se habían fijado desde las luchas por la independencia. Fue en los años que siguieron al Moncada que surgió el programa revolucionario de Fidel La Historia me absolverá y el Manifiesto al Pueblo de Cuba” del Directorio. En las numerosas declaraciones y manifiestos de José Antonio y el movimiento estudiantil, se habían ido exponiendo gradualmente aspectos fundamentales sobre el imperialismo (1), la industrialización (2), etc. Una expresión sintética se recoge al proclamarse la fundación del Directorio el 24 de febrero de 1956: “La necesidad de juntarse en pensamiento único verdaderamente renovado del sistema político, económico, social y jurídico para que la Revolución iniciada por Joaquín de Agüero y nunca concluida hasta ahora, de un paso hacia la conquista de la libertad política, la independencia económica y la justicia social” Un mes después, el “Manifiesto al Pueblo de Cuba” que el Directorio publica en el periódico Alma Máter, en marzo de 1956 expresa: “La Revolución es el cambio integral del sistema político, económico, social y jurídico del país y la aparición de una nueva actitud sicológica colectiva que consolide y estimule la obra revolucionaria”. Y se asienta en el principio de la justicia social, Socialismo. El mismo documento precisa que “la revolución cubana en lo económico va a la estructuración de un sistema que libere de la injerencia del capital imperialista extranjero y de la peligrosa concentración explotadora del capital doméstico, hacia el desarrollo integral y vario de la economía nacional”. El Manifiesto anuncia que el Directorio se pronunciará ante los problemas específicos –educación, agrarismo, salud pública, etc. – en su momento oportuno. Uno de sus puntos más trascendentes proclama que “la Revolución se plantea el ideal de la integración económica y política del Caribe como paso hacia la definitiva integración de Latinoamérica”. Como se puede suponer, una vez materializada la unidad a través de la “Carta de México”, el proyecto definitivo debía ser coordinado con el Movimiento 26 de Julio, al acordar los pasos concretos que realizar después del triunfo revolucionario. El factor esencial de nuestro programa en el Directorio era la unidad revolucionaria. Así se manifestó desde el 24 de febrero de 1955 hasta la “constitución de un Partido o Movimiento Unido que agrupe en su seno a los verdaderos luchadores que día a día se juegan la vida combatiendo a la dictadura”, propuesta en la “Proclama del Escambray” de febrero 25 de 1958. Aunque no llegamos a proyectar un partido único, para nosotros la reunión y acción conjunta de todos los revolucionarios era la base esencial para el desarrollo futuro de la Revolución. Debo subrayar como conclusión, que este principio lo discutimos largamente a lo largo de las luchas estudiantiles y de lucha armada. El terrible fracaso de la Guerra de los 10 Años, envenenado por la división de los patriotas; la frustración de la independencia en 1902 por similares razones; y el fracaso del proceso revolucionario de los años 30, lo habíamos estudiado y discutido con detenimiento y, como consecuencia, nos convertimos en verdaderos fanáticos de la unidad. Al recontar estas reflexiones debo repetir que durante más de cincuenta años he oído y leído tantas cosas, que cuando hablo a veces dudo de si lo que dicen, o lo que digo es lo cierto. En el campo de la Historia también ha brotado el marabú. Lo más doloroso para mí es lo relativo al conocido “Testamento” de José Antonio, del cual no tengo ninguna prueba de su autenticidad aunque incluso dio lugar a un incidente político en el que Fidel tuvo que intervenir.