Comentarios a “¿Cultura del trabajo o cultura de crisis en Cuba? Entrevista a Pablo Rodríguez”

Estoy seguro de que los lectores aplaudiríamos que nuestras publicaciones académicas dieran mayor y más frecuente espacio al uso de la entrevista a especialistas en determinadas áreas.

Sí, porque la entrevista impone las agendas temáticas desde el punto de vista del público lector y, por tal razón, muchos temas que fueron en su momento distraídos del discurso o “trasladados para otro momento” en la producción de los diferentes autores, sencillamente se abordan de una vez ante la interpelación más o menos incisiva de quien entrevista. Virtud adicional es la economía argumental de las respuestas de las entrevistas en general, la síntesis a la que obliga la conversación,[1] algo que el lector finalmente agradece. Aquí se nos presenta la que el sociólogo Daniel Álvarez Durán le realizó al antropólogo Pablo Rodríguez, investigador auxiliar del Instituto Cubano de Antropología, sobre un tema tan importante como pasado por alto: la cultura del trabajo y los impactos que ha recibido de la realidad económica y social del presente y del pasado reciente y ya no tan reciente.

El diálogo comienza poniendo sobre el tapete un hecho incontrovertible: los cubanos vivimos al día, lo cual todos entendemos que significa funcionar económica, social y culturalmente al impacto de la cotidianidad. Pablo define el resultado cultural de esta característica como el rebusque y lo ejemplifica en el texto, como hemos visto. Realmente, el rebusque o la existencia sometida a la coyuntura es una respuesta popular histórica que recupera una marca de siglos: la existencia en precariedad.

Vivir al día es ahora y lo fue en el pasado la forma natural de vivir de los cubanos y es la de mucha gente, tal vez de la mayoría en todo el mundo. Quizás la gran conquista de la Revolución cubana fue haber sobrepasado la presión de precariedad de vivir al día durante una buena cantidad de tiempo —desde la primera mitad de los 70 hasta finales de los 80— y haber construido un espacio común en el recuerdo de varias generaciones que pudieron de algún modo disfrutar esa excepcionalidad para un país del Tercer mundo, por decirlo de algún modo.

Quizá el rebusque del que habla Pablo sea en parte recuperación de la memoria histórica y eso es un componente de naturaleza trágica, pues se trataba de dejar esos recursos en el pasado; pero la construcción del llamado rebusque no es una peculiaridad cultural de los 90 y los 2000, es un renacer —tal vez, eso sí, con nuevas expresiones, porque los tiempos y los sujetos de propiedad cambian— de la marca de la existencia en precariedad que nos acompaña desde hace siglos, como ya dije. En fin, el rebusque es la “actualización” de una marca cultural histórica. Esto añade una peculiaridad del aspecto crisis dentro del reajuste cubano que comenzó en los 90 y no parece terminar: coexistir con los elementos que perviven de la crisis en sí misma y pugnar con la memoria de un momento diferente que fue también resultado de la Revolución.

Precisamente la entrevista continúa con el surgimiento de lo que el entrevistador llama la mentalidad de la resistencia, entendida como la capacidad de aceptar lo cotidiano y contradictorio como lo natural.

Aquí —y vamos a ver eso más de una vez— Pablo supera la pregunta y señala brillantemente la necesidad de modificar la condición salarista de la participación laboral cubana en los espacios económicos estatales, de cumplir con el principio de realización de la propiedad social sobre los medios de producción y lo que a este comentarista le parece trascendental: la necesidad de superar el viejo modelo de distribución, pensado y puesto en práctica de forma burocrática, centralizada y enajenante. Me permito añadirle otro calificativo: antisocialista.

Hacer del colectivo el elemento protagónico de las relaciones de trabajo en el socialismo y convertirlo en la máxima autoridad en los espacios laborales no sería más que cumplir con el programa de la izquierda revolucionaria y con el único proyecto que puede sostener a la Revolución. Otros elementos de la respuesta de Pablo quedan para la polémica en otros ámbitos.

Uno de esos aspectos (que solo menciono) es la idea del intercambio artificial entre Cuba y la URSS y el sobreprecio del azúcar. Solo voy a decir que el azúcar tenía el precio justo de intercambio entre iguales.[2] Otro aspecto polémico es afirmar, como hace Pablo, que el socialismo no es un problema ético o político, sino de relaciones de producción. El lector se percata de que se trata de un tema de énfasis, pero siempre habrá que reforzar la idea de que el socialismo es, al mismo tiempo y con igual intensidad, un tema económico, político, ético, de relaciones de producción, de trabajo y de todo lo que sea y se inscriba en lo que el socialismo es, más que todo y sobre todo: una nueva pauta civilizatoria. La observación vale a partir de que el largo catauro de errores en su construcción ha residido muchas veces en particularizar algún aspecto sin considerar el equilibrio e interdependencia con los demás.

 Así, otro tema digno de retomar es la idea de una clase obrera dormida que desliza Pablo en su respuesta. La historia de la clase obrera en la segunda mitad del siglo xx va por un camino muy contradictorio porque, por un lado, se autodestruyó como clase al hacerse propietaria colectiva de los medios de producción —idea marxista fundacional del proyecto— y, por otro, al no cumplirse el principio de realización de la propiedad social sobre los medios de producción, continúa reproduciéndose en condiciones de alienación, lo cual contradice el mismo proyecto fundacional mencionado; pero sucede además que ya esa clase ha devenido un conglomerado social de origen y raigambre obrera, más que en una clase como tal, que además de los operarios (mucho más calificados y educados que cuando se tipificó a la clase obrera), incluye la capa de los intelectuales y técnicos, los trabajadores del agro de diferentes categorías y otros trabajadores de los servicios y nuevos sectores. Quizá esa es la contradicción fundamental con lo que se pudiera llamar el principio de regulación general del socialismo: que las mayorías se autogerencien socialmente en un proceso ininterrumpido de extinción del Estado como instituto, cuyo incumplimiento aborta el proyecto como un todo, como ha demostrado la historia.

Coincido con Pablo en lo esencial, aunque las formas de darle solución, como él bien aclara no sean sencillas y demanden muchos experimentos y debates de todo tipo. Este comentarista no conoce evidencias que hablen de ese conglomerado obrero como una masa adocenada o dormida. Cree, sin embargo que su proyecto de base —la socialización creciente del saber, el poder y la propiedad— está más vivo y es más necesario que nunca y reclama una teoría y una praxis política digna del papel que les reservó el devenir humano a los que viven de su trabajo.

La entrevista sigue creciendo en complejidad e interés y así aparece el controvertido tema de la igualdad: el igualitarismo por un lado y la equidad y la justicia social por otro, puestos a confrontar, un viejo dilema nunca bien resuelto. La coincidencia de este comentarista con Pablo es total: claro que es necesario construir otra cultura de la igualdad, otra forma y otra moral de distribución que no se oriente más a lo que necesito que a lo que merezco; pero eso pasa por la recomposición de la concurrencia económica, que puede entenderse como la forma socialista de mercado que actuaría de consuno con la planificación. Esto es algo tan perentorio como el cumplimiento del principio de realización de la propiedad social sobre los medios de producción.

Por otro lado está la ayuda o el apoyo —la solidaridad orgánica, como dijera Durkheim— a las personas con desventajas de arrancada, que entraría por otros canales con una contabilidad más precisa y auditable y no saldría de cuotas de emoción más o menos fortuitas, sino de un consenso social orientado hacia la eliminación paulatina, pero decidida, de muchas asimetrías injustas —muchas veces heredadas— a las que es imprescindible cortarle su cordón de alimentación energética de forma que no se reproduzcan contra la voluntad de todo el mundo, hasta del propio y supuestamente beneficiado. Aquí entran los temas de género, de color de piel, las minusvalías, las peculiaridades territoriales y otros temas que ilustran la complejidad de la tarea de plantearse una sociedad con justicia social como parte de su diseño.

Quiero detenerme en un evidente descuido de Pablo en medio de ideas tan interesantes a las que nos tiene acostumbrados. En sus respuestas, utiliza el término plusvalía como plusvalor. Aquí hay un problema de concepto; la plusvalía no es un robo ni un truco ni una mala administración; es la ley de funcionamiento del sistema capitalista, que alimenta la acumulación por parte del sujeto de la propiedad privada y así reproduce las condiciones de explotación de los trabajadores. El Estado socialista, cuando aplica un modelo de distribución incorrecto reproduce la alienación, porque no empodera, y reproduce la subordinación, pero no explota porque la apropiación no es privada. Si alguien roba o desvía recursos esto no cambia nada; es como si te asaltaran por la calle.

Pero, tras otras preguntas que le permiten a Pablo dar una argumentación más completa de sus ideas, todo termina como empezó: en el rol que tiene que asumir el sujeto popular y en el carácter estratégico del cumplimiento de ese papel. Ante esta posición, el comentarista solo puede reclamar su puesto en la fila de los que lo demandan.

En esa cuerda, la conclusión final de esta entrevista la uso también como final de este comentario, pues creo que debe ser estudiada y generalizada como un apotegma de nuestros tiempos: “Si la socialización no se aproxima a las condiciones de vida y trabajo de las gentes y su entorno de producción y de vida, el socialismo seguirá siendo una utopía. Ello pasa porque los resultados de la socialización sea una parte sentida, tocada de lo mío y lo nuestro. Ello debe ser tenido como un derecho con capacidad de ser reclamado y no una dádiva o un premio que se otorga por los que mandan”.

[1] Recuérdese que toda entrevista es una conversación simulada.

[2] Con ese dinero del sobreprecio Cuba hacía una “sobrecompra” de equipos gastadores de petróleo y de tecnología poco competitiva que otros no compraban. Eran otras condiciones de intercambio, basadas en un plataforma de desarrollo común. Pudo no tener éxito o no ser capaz de desentenderse del capitalismo —lo cual no se percibía tan imposible como ahora—, pero no era artificial, porque lo natural no puede ser el intercambio desigual. Hoy se exportan equipos en los que el control remoto o el cable de alimentación es más importante que el equipo. ¿Eso no es artificial para obligar a gastar en un equipo nuevo cuando la falta de un aditamento imposibilita darle el uso que todavía conserva? Sin embargo, todo eso se adquiere por medio del “muy natural” intercambio capitalista.