“Me pongo a disposición de ustedes, han sido elegidos miembros del Comité Central.” Entrevista a Oscar Fernández Mell

Autor: 
Este artículo forma parte de la serie: 

Oscar Fernández Mell fue Comandante del Ejército Rebelde; combatió a las órdenes del Che Guevara en la Sierra Maestra, lo acompañó en la travesía hasta la Sierra del Escambray, en la campaña de Las Villas, y luego en el Congo. Es veterano de Playa Girón; ocupó altos cargos en las Fuerzas Armadas.  En la vida civil, se desempeñó como presidente de la Asamblea Provincial del Poder Popular en la ciudad de La Habana (1976-86); embajador en el Reino Unido y Finlandia; y miembro del Comité Central del Partido (1965-1991).

 

Rafael Hernández (RH): Oscar, muchas gracias por esta oportunidad. Para hablar de la primera etapa del Partido, hasta 1965 y la constitución del Partido Comunista, le propongo empezar por las Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI), establecidas en junio de 1961, y cuya tendencia sectaria, promovida por Anibal Escalante, criticaría Fidel en marzo de 1962. ¿Cómo recuerda esa etapa de las ORI?

Oscar Fernández Mell (OFM): El problema del sectarismo llevado al grado máximo, cuya figura principal era Aníbal, hizo mella en las fuerzas revolucionarias, y en general, en el Partido, que no estaba constituido como tal, sino como una organización. Solo la inteligencia y la forma en que lo llevó a cabo Fidel Castro hicieron posible sobreponerse a esa época de sectarismo, que fue más profunda, y abarcó más esferas de lo que muchas veces se piensa.

Por ejemplo, una de las primeras víctimas del sectarismo fue [Jorge Ricardo] Masetti, con [la agencia de noticias] Prensa Latina, que estaba respaldada por el Che, y por supuesto, el Comandante en Jefe. Él fue el fundador [y director de Prensa Latina]; y sin embargo, fue una de sus primeras víctimas.

En ese momento, yo estaba dentro de las Fuerzas Armadas, como jefe de los Servicios Médicos de las FAR. Cuando [el ataque de Playa] Girón, permanecí hasta mayo, limpiando la zona, donde todos los días se cogía a un mercenario. Me acuerdo cuando capturamos a Manuel Artime [principal jefe civil de la invasión], a quien yo reconocí, aunque se había cambiado el nombre, porque lo recordaba de cuando era estudiante, y vivía en una casa de huéspedes en Mazón y Basarrate. Después de capturarlos a todos, regresé, y entonces me mandan para la Escuela de Oficiales de Matanzas, a un curso de seis meses o algo así. Recuerdo que en ocasiones, el que iba a hacer las conclusiones de los actos en esa escuela era Aníbal. Para que veas hasta dónde llegó su penetración y la del sectarismo. Se estaba metiendo dentro de las propias Fuerzas Armadas.

Mientras estábamos en Playa Girón, había dos o tres médicos que pertenecían al PSP [Partido Socialista Popular], y se pasaban la vida hablando a mis espaldas: “Mira que este se fue y dejó esto desorganizado”, queriendo sacar lascas de aquella situación, aprovechando que yo estaba en Girón. Mira cómo fue abarcando las distintas facetas de la vida política el problema del sectarismo.

Después de haber sido jefe de los Servicios Médicos de las FAR, me nombran jefe de Estado Mayor del Ejército de Occidente, que abarcaba desde Matanzas hasta Pinar del Río. De esa responsabilidad salgo directamente al Congo belga con el Che. Y estando allá, se produce la constitución del Comité Central.

A mí me sorprende este acontecimiento. El Che había bajado del frente a la Base Superior, en el lado congolés del lago Tanganika, donde estábamos nosotros. Abajo estaba Kibamba, adonde llegaban los abastecimientos provenientea de Kigoma, a través del lago, en un barco que comandaba el capitán Lawton [Roberto Sánchez Bartelemy], al que llamábamos por su pseudónimo en swahili, Changa. Y ahí llegó la comunicación del Comandante en Jefe al Che, hablándole de los resultados de la constitución del Partido, y se había leído su carta de despedida.

Ese fue un momento, en mi modesta opinión, muy emocionante. El Che había recibido la carta abajo, y nosotros teníamos un teléfono en la Base Superior, a mil metros por encima del lago, y 1700 sobre el nivel del mar. En la Sierra Maestra, las lomas se subían dándoles la vuelta. Pero en África era recto, tú llegabas arriba como si fueras trepando una escalera, de manera que no era fácil. Yo estaba en ese momento con [Emilio] Aragonés, allá arriba, cuando él nos dice: “Los llamo para decirles que me pongo a disposición de ustedes, pues los dos han sido elegidos miembros del Comité Central del Partido.” Así me enteré yo, sin imaginarme nada, porque en África no estaba pendiente de lo que se estaba haciendo aquí, ni de la constitución del Partido, dada aquella situación tan tensa, tan difícil.

Campamento de la guerrilla cubana (Congo, 1965). El Che y Emilio Aragonés (de frente); Fernández Mell (izq., de espaldas). Foto: cortesía del entrevistado

Fue una sorpresa y una gran emoción el hecho de que se acordaran de que nosotros estábamos allá, en una loma del Congo, y que nos hicieran miembros del Comité Central. En el caso de Emilio Aragonés, él siempre había ocupado cargos políticos, había sido Secretario de organización de las ORI [donde sustituyó a Aníbal], y siempre había estado ahí. Pero que se acordaran de mí, me dio una gran satisfacción, sobre todo por la forma en que se produce, cuando el Che dice: “Me pongo a disposición de ustedes, han sido elegidos miembros del Comité Central.” Mientras que él no lo había sido.

 

RH: Por las razones que él mismo explica en su carta a Fidel.

OFM: Aunque seguía mandando, para que estés claro [Risas]. Fue algo muy atípico, que recuerdo con mucho cariño. Tú sabes que Aragonés murió –aunque muy poca gente se enteró.

 

RH: Sí. Lo conocí personalmente cuando él formaba parte del grupo de trabajo sobre la Crisis de Octubre, en 1990.

OFM: Un hombre muy culto, con el que daba gusto hablar. Y además, tenía una gran experiencia. Las conversaciones entre el Che y Aragonés valían cualquier cosa. Discutían sobre El capital, y en particular, sobre las cosas que le faltaban. Considerando que se había escrito unos cuantos años antes, el Che decía que Marx estaba hablando del capitalismo pre-monopolista; y que ya estábamos en el capitalismo monopolista. Por lo tanto, a El capital había que añadirle algunas cosas para adaptarlo a la nueva situación. Ese era su criterio. Que yo sepa, se lo había estudiado como cuatro o cinco veces, y con anotaciones.

 

RH: ¿Leía El capital en el Congo?

OFM: Por supuesto que sí. El Che siempre tuvo una cierta tendencia a ser profesor, dondequiera que llegaba. Le encantaba. Allá nos dio clases, a veces de francés. En la Sierra [Maestra] enseñó a leer a un montón de gente, entre ellas a[l comandante] Joel Iglesias.

 

RH: ¿Aragonés y él debatían en torno a esos temas allá?

OFM: Sí, dondequiera, y aquí también. Ellos dominaban esa materia, y además, eran muy estudiosos. Aragonés era un hombre muy culto; el Che también, con una cultura universal, no sectaria. Lo mismo te hablaba del imperio romano que era amigo de[l poeta español] León Felipe, a quien leía, igual que a Neruda. Muchas veces se habla del hombre de la guerrilla; pero no de su cultura. Le gustaba transmitirla, y a la gente que andaba con él, le gustaba. Por eso tenía tanta afinidad con Aragonés. Era un hombre muy culto.

 

RH: ¿Cuando regresaron del Congo, qué tareas tuviste?

OFM: Fui sub-jefe del Estado Mayor General. Después estuve entre los fundadores del Ejército Juvenil del Trabajo. El EJT se forma de la unión de la Columna Juvenil del Centenario con las Divisiones de infantería permanente dedicadas al trabajo. Estuve de 1973 a 1976. En esa fecha voy para la alcaldía de La Habana.

 

RH: Cuando se instauró el Poder Popular.

OFM: Fui alcalde de La Habana. O mejor dicho, presidente de la Asamblea Provincial del Poder Popular, de 1976 a 1986.

Oscar Fernández Mell, alcalde de La Habana (1976-1986) Foto: Cortesía del entrevistado

RH: ¿Estuviste en el Primer Congreso del Partido?

OFM: En el primero no, cuando se constituyó el Partido.

 

RH: Es que se le suele llamar Primer Congreso del Partido no al de la Constitución del Partido y del Comité Central, el 3 de octubre de 1965, sino al que se celebra el 17-20 de diciembre de 1975.

OFM: Sí, por supuesto, yo estuve en ese Congreso, y en todos los demás, hasta que se celebró en Santiago de Cuba [IV Congreso, 1991].

 

RH: Ya estabas de alcalde de La Habana poco tiempo después, o sea, ya no estabas en las Fuerzas Armadas.

OFM: Así es. En aquel momento, el secretario del Partido en la ciudad de La Habana era [José Ramón] Machado [Ventura]. Que después viene Jaime Crombet, luego [Julio] Camacho [Aguilera], y después [Jorge] Lezcano Pérez.

 

RH: Tuviste que ver con cuatro secretarios del Partido en La Habana.

OFM: Con cuatro.

 

RH: ¿Cómo eran las relaciones entre el gobierno, o sea, el Poder Popular y el Partido en una ciudad como La Habana, en ese período posterior a 1976?

OFM: Para nadie es un secreto que el Partido siempre ha tenido cierta tendencia a administrar. Con Machado fue muy bien, él estaba en su trabajo del Partido, nosotros en el Poder Popular, trabajamos armónicamente, sin problemas.

Con Jaime Crombet, tampoco hubo diferencias. Muchas veces la gente acudía al Partido para plantear ciertos problemas de tipo administrativo. Pero Jaime y yo los resolvíamos luego coordinadamente, sin problema ninguno.

Cuando estuvo Camacho, el Segundo secretario era Jorge Valdés, no sé si lo conociste.

RH: No.

OFM: A Jorge Valdés le gustaba administrar bastante, meterse en todo. Fuimos tirando así unos cuantos años. Ese es un problema que arrastra el socialismo, porque el Partido se mete en la administración. Fíjate que los chinos ya separaron al Presidente y al Secretario del Partido, son dos; y en Vietnam, igual. Yo viví esa experiencia. Me parece muy útil que el Partido trace el programa y que lo cumpla el gobierno. Que se discuta y se apruebe en el Partido, a la larga va a ser útil. Pero cuando el Partido administra, la gente viene al Poder Popular, y si no resuelve, acude al Partido, para ver si lo logra. Lo que no debe pasar es que haya  dos mandos.

 

RH: En esa etapa en que tú eras miembro del Comité Central y también presidente del gobierno en La Habana, ¿cuáles eran los principales problemas que se presentaban?

OFM: En los diez años que fui alcalde de La Habana, lo que nos ocupamos de hacer, primero, fue el Plan de desarrollo perspectivo de la ciudad, que se aprobó por  el Comité Ejecutivo del Consejo de Ministros. Después que yo salí, se abandonó un poco, no sé qué ha pasado, no se ha seguido, a pesar de que estaba aprobado por el Consejo de Ministros.

Todas las áreas de la vida de La Habana tratamos de incluirlas en el Plan perspectivo. Por ejemplo, el acueducto. Buscamos la manera de que el acueducto de La Habana, que son varios acueductos, se unieran y hacer uno solo, interconectarlos de manera tal de que las líneas tuvieran presión positiva, que es lo único que evita que se contamine. Si las líneas están siempre llenas de agua, no entra la contaminación. En cuanto tú tienes que estar cerrando para darle agua a otro lado, se produce una presión negativa, y se absorbe todo lo que está alrededor. Y cuando son tantos kilómetros, pues hay mucho chance de que se contamine.

La otra dirección en que trabajamos para mejorar el abasto de agua, que es muy importante, fue en suavizarla. El agua de La Habana es muy dura, tiene muchos carbonatos. De manera que cuando pones una llave nueva, a los seis meses, ya casi no cierra. En los países donde se suaviza el agua, los herrajes duran toda la vida; aquí están todos llenos de sarro, tienes que estarlos zafando, se le echan a perder las zapatillas, y la botadera de agua es muy grande. Hay dos mecanismos que se usan en el mundo. Uno es la planta central para suavizar el agua, que es cara. La vi en la ciudad de Atlanta, en Estados Unidos. El otro es el que se usa en Londres, donde te venden unos aparaticos que tú los pones en la entrada de la casa; cada tres meses, le echas un cartuchito de sales, y te suavizan el agua.

En cada área de necesidades, teníamos un Plan perspectivo. Por ejemplo, cuando yo llegué a hacerme cargo de la alcaldía, para recoger la basura había diez camiones.

 

RH: ¿Nada más, diez camiones?

OFM: Diez camiones. Y cuando yo me fui, dejé ciento cincuenta. Claro, yo tenía amigos. El alcalde de Berlín era un gran amigo de Cuba, así como el de Praga, y el de Moscú, Prómilov, que nos ayudaban muchísimo. Los primeros contenedores de basura que vinieron, que no eran de plástico, sino de lámina, me los mandaba el alcalde de Berlín. Los camiones de recoger basura, marca Skoda, algunos me los mandaba el alcalde de Praga. Y  Prómilov me ayudaba en todo, sobre todo cuando venía aquí a visitarnos y se reunía con los organismos: “La ciudad tiene que tener una organización”. Eso me ayudaba. Porque en la capital todos los ministros querían hacer lo que estimaban pertinente. Porque en todos los países del mundo, el alcalde es el que manda en la ciudad, no el gobierno central. En Moscú, era Prómilov el que mandaba. En Madrid, quien manda es el alcalde o la alcaldesa que hay en este momento, el gobierno central no se mete.  Mientras que aquí, los ministros, cada uno quiere hacer lo mejor para su organismo. Y eso no es fácil, las luchas son bastante. Fidel en esto me ayudó.

Nosotros no sólo actuamos, sino teníamos un plan perspectivo de desarrollo de cada una de las cosas. Por ejemplo, en Planificación Física  estaba Gina Rey, que era una mujer muy preparada, y también muy valiente. Tenía conmigo a Maximiliano Isoba, el mejor ingeniero calculista que ha dado este país; y el profesor Menéndez, el padre de todos los ingenieros civiles. Además de Mario Coyula, que era el Arquitecto de la ciudad. Ese era el equipo mío de trabajo, en construcción, mientras estuve en La Habana.

Algo que aprendí con el Che fue a rodearme de gente que supiera mucho más que yo. El Che no le tenía temor a eso. Cuando lo nombran presidente del Banco Nacional, sin ser economista, se rodeó de los mejores financieros y economistas. Y empezó a dar clases con [Salvador] Vilaseca. Se hizo economista, y después él y Vilaseca estudiaron matemáticas. Porque acordaron que para ser economistas hacía falta saber matemáticas. Entre los encargados del área jurídica del Poder Popular, algunos llegaron luego a integrar el Tribunal Supremo. Ese era el equipo de trabajo que fuimos desarrollando en el Poder Popular, y que era la alcaldía.

Por ejemplo, llegamos a tener en La Habana dos mil quinientas guaguas, para que trabajaran al ochenta por ciento.

 

RH: ¿Cuántos habitantes tenía la ciudad en esos momentos?

OFM: Dos millones, más o menos. El jefe de la Empresa de Transporte Urbano era Julio César González, que había nacido arriba de una guagua. Él había sido chofer de las guaguas urbanas. Teníamos 2500 ómnibus.

 

RH: ¿Esa empresa estaba subordinada al Poder Popular?

OFM: Sí, claro. Y por supuesto, las discusiones eran muy fuertes.

 

RH: ¿El Ministerio de Transporte cooperaba?

OFM: Cooperaba, sí. Pero no mandaba. El sistema para reparar las calles, todo era nuestro. Había que trasladar 3,5 millones de personas cada día. La única solución era el metro. Creamos el Grupo del Metro de La Habana, con asesores soviéticos de Leningrado (hoy San Petersburgo). Se llegó a hacer el estudio de una línea completa, con estaciones de pasajeros y análisis de suelos, que arrancaba desde los talleres de Naranjito, al sur de la ciudad, pasando por el Vedado, y terminaba en La Habana Vieja.

Por otra parte, llegamos a inaugurar en un año siete mil viviendas, y al siguiente seis mil, al otro cinco mil, y teníamos quince mil en ejecución como Poder Popular.

 

RH: Aparte de las que construía el Ministerio de la Construcción.

OFM: El Ministerio de la Construcción tenía sus obras grandes. Cuando tenía pocas obras, se dedicaba a la vivienda; y cuando no, se llevaba a los constructores. De manera que nosotros empezamos a hacer nuestras brigadas de construcción de viviendas. El principal problema de la vivienda no es la estructura, sino los muebles sanitarios, la electricidad, los picaportes, las cocinas, el sistema hidráulico, eso es lo duro, lo que más trabajo lleva.

Ahora, volviendo al momento de 1965 por donde empezamos, al Congo, y al Diario del Che. Él empieza diciendo “Esta es la historia de un fracaso”.

 

RH: En el Diario del Congo

OFM: Quiero aclarar lo que dice él en ese Diario, respecto a que la lectura pública por Fidel de la carta de despedida lo separó de la tropa.

 

RH: ¿Cómo tú interpretas esas palabras suyas?

OFM: Él argumenta que la gente veía como que él ya no tenía regreso, que se iba definitivamente.

Sin embargo, él mismo cuenta lo que pasó después, cuando le pregunta a la tropa: “Quienes crean aquí en la revolución congolesa, que den un paso al frente”. Nadie se movió.  Pero cuando él nos dice: “¿Quiénes son los que están dispuestos a morirse aquí conmigo?” Todos dimos el paso al frente. Fíjate la diferencia y la actitud de la tropa.

A mi juicio, Fidel lee la carta porque había una presión muy fuerte, dudas sobre si lo habían eliminado, y se requería una explicación sobre su ausencia en el Comité Central y en la dirección del poder político en Cuba, en aquel momento tan decisivo.

Fue muy importante el papel de aquel primer Comité Central y su constitución. Y para mí personalmente, haber sido elegido para pertenecer a él, mientras estaba tan lejos, y haberme enterado por aquella llamada  del Che, fue algo extraordinario.