Las elecciones de EE.UU. y el futuro de nuestras relaciones

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“It's tough to make predictions, especially about the future.”

                             Yogi Berra (catcher de los Yanquis de Nueva York)

 

Naturalmente que no puedo predecir lo que va a pasar en las elecciones del 8 de noviembre en EE.UU. Como decía Carpentier, no es mi oficio saberlo. Quiero decir que las entretelas del poder en los EE.UU y sus conflictos internos no son tan visibles como para tener un juicio fundamentado y cierto sobre quién va a ganarlas. He sido testigo de demasiadas  para creer en los vaticinios de los expertos. Claro que, si votaran todos los ciudadanos que pueden hacerlo, siempre ganarían los demócratas. O sea, si todos los trabajadores, las mujeres, los latinos, los negros, etc., concurrieran a las urnas el 7 de noviembre, siempre iba a ganar el partido de Hillary Clinton.  Pero estamos hablando de un país donde el abstencionismo (gente que le importa un bledo ir a votar) es mayor que en muchos otros países –más de la tercera parte en las últimas elecciones presidenciales. ¿Es razonable creer que, para saber lo que va a pasar con esa parte que vota, basta leer lo que vaticina o promueve la peculiar prensa de ese peculiar país? ¿Que si no les gusta al Washington Post o al New York Times, quiere decir que ese candidato está fuera de juego? Aunque algunos comentaristas políticos en América Latina, incluida Cuba, parecen creer que es así, estas elecciones son una clase magistral sobre las complejidades de esa política. Los modelos de pronóstico en materia electoral son tan sofisticados como los meteorológicos, con ecuaciones y todo, pero las variables que los alteran son mucho menos controlables. Si uno se toma el trabajo de leer a los principales sociólogos electorales, se aprecia, además de la enorme brecha de incertidumbre que representa el abstencionismo, que los imponderables  abarcan desde los nuevos votantes (que llegaron a la edad electoral en los últimos cuatro años) hasta los swing voters (“cambiacasacas” se diría en cubano antiguo), esa considerable masa de votantes que apoya a un gobernador o a un senador de un partido y a un candidato a presidente de otro; o que simplemente deciden por quién van a hacerlo quizás ese mismo día, en camino desde su casa hasta la urna electoral. Las opciones que tiene delante un votante norteamericano son típicamente menores que las de sus iguales europeos, e incluso que las de “los bárbaros” del sur. No pueden elegir entre derecha e izquierda, porque  carecen de una  izquierda, e incluso de un centro izquierda –como demostró la campaña de Bernie Sanders— capaz de representar un reto. Así que el rango de diferencia neta entre uno y otro candidato tiende a ser el mismo que entre la Coca Cola y la Pepsi Cola. Y los fans de estos dos refrescos saben muy bien que no son iguales, claro que no. Lo revelador resulta que, gane la Pepsi o la Coca, el margen del voto popular siempre es muy apretado, claro que sí --incluso cuando la imagen del voto electoral lo haga parecer amplio. Si el vaticinio electoral tuviera visos de ciencia exacta, o respondiera a nuestro sentido común, la prensa habría podido dictaminar de antemano que Truman ganaría las elecciones en 1948 (en lugar de adelantarse a anunciar que el vencedor era el republicano gobernador de Nueva York Thomas Dewey), o que el joven senador John Kennedy le iba a ganar al experimentado político y vicepresidente Nixon en 1960 (con quien se pronosticaba que iba a perder, y estuvo a un tin de hacerlo), o que este Nixon vencería a los egregios demócratas antibelicistas Hubert Humphrey (1968) y George McGovern (1972), a pesar de la movilización en las calles contra la invasión a Vietnam; o que George H. Bush, el veterano político y vice republicano que cosechó nada menos que la caída del Muro de Berlín y el fin de la Unión Soviética, y hasta triunfó en la primera Guerra del Golfo (1991), iba a perder ante el gobernador de un estado tan ignoto como Arkansas en 1992. A diferencia de algunos comentaristas políticos nuestros, que dictaminaban como imposible el triunfo de un negro en los comicios de 2008, y que esta vez califican como inconcebible la victoria del candidato republicano, me temo que ese “monstruo fascista, racista, etc.”, según lo que enseña la historia y caracteriza al contexto actual, sí puede convertirse en el próximo presidente de los Estados Unidos. No olvidemos que, en política, lo que importa no son los EE.UU. posibles, sino los probables. Sin embargo, en vez de empezar a ponernos el casco, como ocurrió cuando el cowboy Ronald Reagan triunfó sobre el presidente Jimmy Carter (1980), o cuando el inconcebible Bush Jr. les ganó sucesivamente a dos muy capaces candidatos demócratas --Albert Gore y John Kerry (con o sin fraude, les ganó)— consideremos fríamente las implicaciones de un probable desenlace, republicano o demócrata, para nuestras relaciones con los Estados Unidos. La normalización con Cuba tiene el copyright de Barack Obama –uno de los pocos legados indiscutibles de su administración, dicho sea de paso. No el de Mr. Trump, ni tampoco el de Ms. Clinton. Para ninguna otra presidencia significará tanto. Por eso mismo, lo que pase desde ahora hasta el 20 de enero resultará decisivo. Para decirlo como la NASA, en la medida en que su propulsión logre sacarla de la gravitación terrestre, la nave de la normalización podrá volar por sí misma más allá del 20 de enero. En caso de que no logre rebasar ese punto de no retorno, o se presente algún problema imprevisto en el funcionamiento de la nave, o necesite más propulsión política, esta será más incierta, no importa si el comandante en el puesto de mando sea Trump o Clinton. Y si algo puede salir mal, saldrá mal –NASA dixit. No obstante este riesgo, si lo miramos de manera ecuánime, el contexto actual no es lo mismo con lo mismo, como nos aseguran algunos pedagogos de la política en nuestro patio. Por ejemplo, la cuestión de Cuba no ha sido un punto en esa bronca inefable llamada debate electoral –como lo fuera en 1960, entre un Kennedy agresivo y un Nixon que no parecía tan feroz. En otras palabras, la campaña como tal no ha contribuido a polarizar sus posiciones sobre Cuba. Y es que, por primera vez, ambas posiciones  se parecen mucho entre sí, y a la política en curso. Consideremos por un momento la hipótesis de que gane Mr. Trump. Su postura aislacionista (que tiene una larga tradición histórica en EE.UU.), sería desastrosa (si se convirtiera en política real), para la mayoría de los países de América Latina, como bien saben los mexicanos. Sin embargo, esa misma postura podría estar más cerca de fomentar el fin de la Ley de Ajuste Cubano, punto clave en la agenda de Cuba, que la de Ms. Clinton. A pesar de su oposición al TLC, y de sus bravatas en Florida, nada indica que él esté a favor del bloqueo, ni que se oponga al flujo de inversiones norteamericanas hacia la isla, incluidas las de él mismo. Quizás la idea de un hotel Habana Libre Trump International, en plena calle 23, como el que acaba de inaugurarse en el mismo edificio histórico de la vieja oficina postal en la avenida Pennsylvania no le parecería mal. No olvidemos que, si existe un ADN de la ideología capitalista, su gen primario es el del lucro. Aunque sé que esta mera idea podría erizar a muchos cubanos de a pie, y a otros millones en todo el planeta, Cuba y los cubanos deberíamos estar preparados para esta alternativa republicana, y ser capaces de seguir empujando la nave más allá de la gravitación de la guerra fría. Si examinamos de manera ecuánime el escenario de (por primera vez) una presidenta demócrata, este año y medio de campaña electoral ha dividido a la opinión pública y a la clase política norteamericana con una carga muy negativa. Los votantes que elijan a Ms. Clinton incluirán a un número no despreciable de ciudadanos que no la estiman mucho, y hasta la consideran corrupta, pero se horrorizan ante la posibilidad de que una criatura como su oponente pueda acceder a los poderes propios de un sistema presidencialista y usarlos de mala manera. O sea, que si ella gana, tomará posesión con una de las peores imágenes de una presidencia en su etapa de arranque. Esta debilidad de partida no es buena en general, y menos para temas controversiales, como algunos de la agenda con América Latina, para no hablar de las guerras en Medio Oriente y Asia Central, o las relaciones con Rusia o China. En ese contexto de intereses mayores y compromisos contraídos, la cuestión de Cuba debe descender en la lista de prioridades, según su peso geopolítico propio, y podría perder la atención que ha tenido de parte de los órganos de mando de la política exterior –factor decisivo en el proceso de la normalización. Cuba y los cubanos deberían prever esta desaceleración, y hacer lo posible para compensarla, ejerciendo una mayor iniciativa, especialmente, en áreas donde compartimos intereses nacionales con EE.UU. y nos podemos beneficiar mutuamente de la cooperación, tendiendo puentes con nuevos interlocutores, y considerando alternativas inéditas hasta ahora. Escribo estas notas desde Ohio, uno de los swing states, en víspera de las elecciones. Las organizaciones cívicas se preparan para la movilización de votantes por ambos candidatos. Ayer una maestra de high school me decía que, si gana Trump, se iba a mudar de los EE.UU. los próximos cuatro años.  Al despedirse, con una sonrisa, me preguntó: “¿Me darán asilo en Cuba?”  

Dayton y Cincinatti, 7 de noviembre, 2016.