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¿Cómo las crisis afectan la convivencia?

Fecha: marzo 17, 2022
Lugar: Sala Polivalente “Héctor García Mesa”
Cartel UJ-170322

(Realizado el 17 de marzo de 2022, vía Telegram)

Rafael Hernández: Hoy tenemos la suerte de haber reunido a un grupo de personas que pueden tratar este tema desde perspectivas muy diferentes, incluso desde experiencias y vivencias también muy diversas y distantes.

El panel está integrado por Sabine Jansen, graduada de Ciencias Políticas y doctora en Historia por la Universidad de París; ha sido profesora e investigadora en diferentes instituciones académicas en Francia, como Nanterre; tiene libros sobre historia de las relaciones internacionales, de los movimientos sociales y estudiantiles en Francia, en particular los de 1968, y también ha escrito acerca de personalidades de la Comintern y del movimiento comunista internacional.

Contamos también con la presencia de Oriol González, una personalidad del mundo del teatro en Cuba, director de Teatro de los Elementos; con una larga trayectoria. Ha sido también actor y director de grupos de teatro diversos. Oriol proviene de Cumanayagua, un municipio de montaña. Estudió en La Habana y regresó a sus raíces, y allá está haciendo teatro para la comunidad rural, que incluye la mayor parte de ese municipio de Cumanayagua, una de las zonas más bellas de Cuba.

También tenemos aquí a Alejandro Águila, es sacerdote de Ifá y un joven estudioso de los temas de las religiones cubanas de origen africano. Es miembro de la junta directiva de la Sociedad Yoruba de Cuba, y agradecemos mucho que esté aquí, puesto que un babalawo es alguien que también tiene dominio de un sector de la sociedad, lo que, indudablemente, le da una perspectiva sobre la realidad y, en particular, sobre las relaciones sociales.

Nos acompaña también, vía Telegram, Vivian Vera, profesora de la Universidad de La Habana, de la Facultad de Psicología. Su campo de especialidad son los estudios sobre familia. Esta es exactamente el germen de las relaciones sociales y de la convivencia, de manera que esa perspectiva también es privilegiada.

Y por último tenemos a Carlos Lazo, que desde Seattle participará con nosotros. Además de ser un maestro dedicado, él ha contribuido de una manera muy significativa a la convivencia entre los cubanos en los Estados Unidos y los de Cuba. Desde la plataforma de Puentes de Amor, creada por él, contribuye a mantener una corriente de comunicación entre los dos lados, y, precisamente, a la convivencia.

¿Cómo las crisis afectan la convivencia?
Fotografía: PEdro Pablo Chaviano/Temas

Lo que vamos a tratar de analizar hoy gira en torno a la vida en colectivo. ¿Cómo el sentido colectivo de la vida y las prácticas asociadas a él se ven afectadas con las crisis económicas, de valores, políticas, las que están asociadas con conflictos, enfrentamientos religiosos o de carácter étnico? Vivimos en un mundo que no está carente de conflictos, y las crisis por confrontaciones pueden llegar a ser, incluso, violentas, llevar a pérdidas fatales.

De manera que la primera pregunta para nuestros panelistas es en qué medida la crisis afecta, en general, las relaciones sociales. En qué medida podemos encontrar el peso, la huella de una crisis en aquellas. Qué ocurre cuando se produce una crisis en las relaciones sociales en general, no solamente en el sentido colectivo de la existencia, sino qué ocurre cuando una crisis se desencadena, y en qué medida deja una huella y se manifiesta a través de un cambio en las relaciones.

Sabine Jansen: En el caso de Francia podemos decir que hace más de cuarenta años que coexisten distintas crisis que afectan de forma muy variada la sociedad y las relaciones sociales. Voy a hablar del ejemplo de la crisis de la COVID-19, que allí fue asumida como si fuera la peste. Es una nueva pandemia, y la primera reacción de todos los individuos es el miedo, y cuando actuamos desde el miedo todas las interacciones van a estar impregnadas de él.

Partiendo de ello o del estado de crisis en Francia, Emmanuel Macron declara un estado de guerra que lleva a las personas a confinarse, lo que tendrá como ventaja la unión de las familias, porque vamos a regresar a los núcleos y la gente va a pasar muchísimo tiempo en casa. Sin embargo, también tiene consecuencias negativas que están marcadas, como en todos los países del mundo, por el uso de la mascarilla, ya que el único contacto que se puede establecer es visual; la comunicación y los intercambios están limitados.

Hubo, por ejemplo, una polémica muy grande que se desarrolló luego de la decisión de que las únicas tiendas abiertas serían las de primera necesidad. En Francia no se consideró de primera necesidad las librerías, por ejemplo, o los teatros, que fueron lugares que se cerraron. En este momento se impone la pregunta de qué es lo que se considera esencial para la sociedad. Sabemos que está la alimentación, pero las relaciones humanas, las sociales, igualmente son esenciales y necesarias.

Otro término importante es la fragmentación, dada por la experiencia de cada persona. Aun cuando estemos hablando de una crisis común para todo un país, cada sector la vivió de forma diferente. Un ejemplo muy claro es que, en el seno de una misma empresa, los cuadros podían trabajar desde casa y no se exponían al contagio; sin embargo, el sector de los trabajadores menos calificados –estamos hablando tal vez de la señora que hace la limpieza– sí lo hacían, porque eran esenciales. Esta crisis permitió, por ejemplo, que aquellos ganaran visibilidad, pues tradicionalmente han sido considerados trabajos simples, a los que no se les prestaba importancia; o el caso del personal hospitalario, que fue aplaudido en todos los países por la posición que tomaron.

Oriol González: Voy a referirme, igualmente, a la crisis provocada por la pandemia. Teniendo en cuenta que el teatro es un arte absolutamente artesanal, no existe sin el público, y al romperse la convención de poder tenerlo delante pues, lógicamente, los actores quedamos desamparados. El teatro queda sin esencia, pues naturalmente esa comunicación que se establece desde lo lúdico, desde la palabra, desaparece.

En nuestro caso, como decía Rafael, somos una compañía teatral que ha vivido más de treinta años junto al campesino; participando de sus amenazas, de sus logros, de sus inconformidades. Pude percibir que nuestra función tendía a desaparecer. O sea, normalmente los actores fueron desmovilizados en todas partes, cobraban parte de su salario como una protección del Estado, pero desaparecían profesionalmente. En nuestro caso, más que actores teatrales nos convertimos en actores transformadores de una realidad, y comenzamos –como grupo entrenado en más de treinta años en el trabajo comunitario a lo largo de toda la Isla, incluso con experiencias fuera de ella– a trabajar para resolver aquellos problemas emergentes que conmovían a la población. De ese modo, Teatro de los Elementos limpió espacios de hospitales donde había personas contagiadas; llevó alimentos a las casas de personas mayores y desfavorecidas; cuidó materiales y recursos destinados a ellas; y nos convertimos en un agente transformador. De modo que cuando en algún momento fue posible retomar el canto, la poesía, porque ya las personas se estaban vacunando contra la epidemia, Teatro de los Elementos estuvo haciendo más llevadero el momento de recibir la vacuna, esperar a ver si hacía reacción, y reincorporarse a la vida con el ánimo de que te va a ir mejor mañana. Eso me anima sobremanera, en el sentido de que no fuimos una compañía que cerró una puerta de cristal, puso un cartel y se fue, sino que estuvo todo el tiempo participando, visitando a los campesinos, preguntándoles a distancia: «¿Cómo se sienten hoy, algún problema con la familia? Aquí estamos, pasaremos mañana».

También me referiré a las crisis que originan las guerras. Especialmente en el mismo sitio donde está enclavado mi grupo teatral, viví la contienda de la lucha contra bandidos con la presencia de las milicias de Oriente, de La Habana, de toda Cuba, para derrocar aquellas bandas contrarrevolucionarias que habían matado campesinos, alfabetizadores. Tengo un recuerdo de infancia, que reflejo en la obra Montañeses, acerca del momento en que algunos campesinos eran sacados de la montaña acusados de colaborar, en algunos casos injustamente, con las bandas contrarrevolucionarias. Estas no te anotaban en una lista y te pedían que colaboraras, sino que te ponían un fusil en medio de la frente y te decían: «Dame comida, dame agua, mátame un puerco, y no digas nada a la milicia»; y el campesino tenía que acceder a esa terrible circunstancia del miedo en medio de la noche, de una cordillera montañosa intrincada, sin vecinos, sin radio, sin teléfono.

A partir de ahí hubo una crisis en las relaciones sociales del Escambray. Muchas personas se dividieron, se fueron a otros pueblos, o fueron llevados a las comunidades creadas en Pinar del Río especialmente para ellos. Se les trató de adaptar a nuevos apartamentos, a la vida urbana, a sembrar otros productos. Tengo especialmente el recuerdo de mis tíos, que murieron en esos pueblos pidiendo permiso todos los años para irse a la recogida de café del Escambray; porque ellos no habían sido colaboradores de bandidos voluntarios, sino personas forzadas por una circunstancia especial, por la guerra, que la estamos viendo ahora con mucha efectividad, como un marco, un telón de fondo en el mundo. Las guerras traen estos desastres de convivencia humana que hacen que, por ejemplo, la familia quede dividida y tome nuevos rumbos. Se pierden las esencias ancestrales. Hoy quizás culpamos a la falta de productos agrícolas y al Ministerio de Agricultura de que los mercados no funcionen, pero realmente la esencia está en que el campesino, como clase, fue aniquilado en aquel momento de guerras inevitables, casi guerras civiles. Esta extracción del campesinado de la montaña debilitó los polos productivos, la tradición de padre a hijo; y naturalmente, los hijos de los campesinos al triunfo de la Revolución nos vinimos a estudiar a las escuelas que la Revolución abrió y nos fuimos para siempre del campo.

De manera que la profesión del campesino tuvo un vacío, una crisis. Quería acentuar ese punto también como un segundo elemento, cómo la crisis generada a partir de no tener las fuerzas productivas necesarias crea luego una crisis de carácter económico, y después de entendimiento. Porque ninguno de esos hijos de campesinos, en muchos casos, volvieron a la tierra, sino que se quedaron en los ministerios, fueron decisores en la nación. Estas dos perspectivas, desde mi infancia y otra desde el presente, han caracterizado mi obra y mis recuerdos.

¿Cómo las crisis afectan la convivencia?
Fotografía: PEdro Pablo Chaviano/Temas

Rafael Hernández: Alejandro, ¿cómo tú puedes medir en tu experiencia como babalao, con los creyentes, el impacto que tiene la crisis en un sentido positivo o negativo? ¿Todos los impactos son negativos, terribles, o los hay también positivos en el seno de los creyentes con los cuales te comunicas?

Alejandro Águila: Desde mi punto de vista todas las crisis son un fenómeno que crea dificultad a la hora de establecer relaciones sociales.

La parte negativa de las crisis, es que deteriora lo que es la convivencia, las relaciones interpersonales, ya que hay personas con un poder adquisitivo superior, o con mayor posibilidad que otros, y ello crea brechas.

La parte positiva es que trae adelanto, progreso, porque hay muchas personas que se esfuerzan por mejorar su situación; incluso sucede a nivel de país, cuya dirección se esfuerza por mejorar la situación que estamos enfrentando.

Y por la parte religiosa, ha sido bastante positivo, porque muchas personas se refugian en la religión. Incluso nosotros como institución hemos realizado rituales para que llegue la prosperidad de alguna manera y poder erradicar esta terrible pandemia que nos ha azotado durante dos años.

Vivian Vera: Mi respuesta tiene puntos en común con lo que han expresado los anteriores ponentes, y otros puntos que difieren en algunos sentidos por las propias características de nuestro contexto social.

Las crisis, del tipo que sean, obviamente, producen una desorganización de la realidad existente; por tanto, implican que las personas movilicen recursos de afrontamiento para adaptarse a nuevas demandas que le impone la propia crisis. En medio de este proceso de adaptación las personas continúan interactuando con los demás, pero no todos tiene los mismos recursos desde el punto de vista de sus conocimientos, de sus emociones, ni los accionan de manera idéntica ni cuentan con las mismas redes de apoyo para afrontar las crisis. Estas diferencias individuales se expresan en los comportamientos y, por supuesto, impactan en las relaciones sociales.

Durante las etapas de crisis se generan emociones negativas como la tristeza, el miedo, la ira, la desesperación o la angustia, y esto puede afectar la comunicación; pero también por los estilos que se utilizan o la frecuencia con las que se puede ofrecer la comunicación.

Quisiera poner algunos ejemplos, como que durante las crisis económicas se deterioran las condiciones de vida, pues aparecen carencias materiales y quedan insatisfechas necesidades básicas, lo que provoca, por supuesto, malestares expresados en las relaciones entre las personas; además, surgen o se profundizan brechas de equidad, y esto provoca conflictos.

Cuando existen, por ejemplo, crisis de valores que afectan las normas que regulan las relaciones sociales, se produce una flexibilización de lo que está, por ejemplo, moralmente aceptado, y esto modifica las interacciones entre los sujetos; además, se transmiten valores o normas sociales que están distorsionadas precisamente por la crisis.

Las crisis sanitarias, como esta que hemos estado viviendo provocada por la COVID-19, generan afectaciones en la red de vínculos afectivos de muchas personas porque, por ejemplo, ocurren pérdidas físicas de familiares, amigos, compañeros; pero también otras condicionantes en las relaciones sociales como son las emociones negativas que se han tenido en el tiempo, el distanciamiento físico de personas significativas, la presencia de la fatiga pandémica. Todo ello, por supuesto, puede detonar en conflictos interpersonales en espacios tan íntimos como la familia, pero también en comunidades, en espacios laborales.

Otro ejemplo es que las crisis pueden determinar la separación física de las personas o influir en su dinámica de relaciones o en la comunicación, porque las personas tienen a veces posiciones contrapuestas, y esto puede afectar contextos, como decía, tan íntimos como el familiar.

No obstante, yo quisiera resaltar que luego de la desorganización inicial que provocan las crisis, las relaciones sociales pueden fortalecerse y servir como apoyo para lograr una conducta resiliente a nivel individual, por tanto, las relaciones sociales pueden convertirse en un factor protector durante las crisis.

Carlos Lazo: Voy a referirme a los emigrados cubanos, en especial a los de los Estados Unidos. Esta crisis de la COVID-19 ha tenido muchas ramificaciones y muchas crisis internas; pero una de las reacciones más positivas en medio de esta, es cómo muchísimos emigrados en los Estados Unidos han dejado a un lado, al menos temporalmente, una actitud confrontativa hacia el gobierno cubano, en el sentido de que se han puesto del lado de las familias cubanas. Por ejemplo, al inicio de la pandemia, Puentes de Amor y otros amigos, hermanos, hicimos una petición al presidente Donald Trump para que, temporalmente, levantara las sanciones a Cuba. En ese tiempo, la Universidad Internacional de la Florida hizo una encuesta donde se le preguntaba a cubanoamericanos si estaban a favor del bloqueo, y 60% respondió que sí; sin embargo, cuando se les preguntaba y se desglosaban en acciones específicas: «¿Usted está a favor de que se levanten las sanciones en medio de una pandemia, o que se permitan los viajes a las provincias, o que se permita el envío de remesas?», la mayoría también estaba de acuerdo.

Y esta petición fue firmada mayoritariamente por cubanoamericanos, hubo cerca de veinte mil firmas. Se podía ver, en los comentarios, que se dejaban de lado las consideraciones políticas para optar por las humanas. Esto ocurrió en el año 2020, y después de eso ha habido un aumento considerable de personas que cada día levantan más la voz y se aglutinan al lado de la idea de que se levanten las sanciones que pesan sobre las familias cubana, ya sean llamadas embargo, bloqueo, o tipificadas sencillamente como sanciones que pesan sobre el pueblo cubano en medio de una pandemia.

Este tipo de reacción es muy difícil encontrarla en las encuestas, porque muchas son manipuladas, y cuando se encuentran actitudes de este tipo tampoco la prensa en los Estados Unidos, o en Miami, le da voz, porque esto básicamente va contra el paradigma que se ha establecido de que todas las personas que viven fuera de Cuba quieren castigo para el pueblo cubano; en pos de ir en contra del gobierno cubano están dispuestos a sacrificar hasta a su propia familia. Lo anterior se opone a ese paradigma y establece uno nuevo, que es que más allá de ideologías el pueblo cubano, dondequiera que esté, tiene como prioridad a su familia. No se comenta mucho de esto, pero es una realidad que yo puedo palpar en nuestra comunidad, a nivel anecdótico. Cuando voy a Miami, cuando participo en las caravanas, cuando hablo con la gente, recibo cientos de mensajes semanales de personas que viven en los Estados Unidos, que me están diciendo constantemente: «Oye, esto en medio de una pandemia no, no. Hay que levantar estas sanciones, no sé por qué no las han levantado todavía». La gente quiere priorizar a la familia. Creo que esto ha sido resultado de la crisis, de cómo la COVID-19 nos ha llevado a muchos a cuestionarnos si la tradición política debe ser prioridad en nuestras vidas y no la cuestión humana; porque la vida está en peligro para todos, y cuando eso sucede, pues es momento de reflexionar y decir: «Coño, ¿qué cosa es lo más importante?».

¿Cómo las crisis afectan la convivencia?
Fotografía: PEdro Pablo Chaviano/Temas

Rafael Hernández: Esa es una perspectiva que también contribuye a ver la complejidad de las derivaciones que una crisis puede tener, y en este caso particular el hecho de que todos los panelistas hayan tenido como referente el shock producido por la COVID-19 y lo que le agregó a las dificultades existentes es un importante punto de referencia en relación con poder hacer comparaciones y valoraciones acerca de que, a pesar de que se crea un deterioro, al mismo tiempo se crean lazos más estrechos y se despiertan aspectos de la condición colectiva de la vida.

Antes de pasar la palabra al público quiero dejar puesta sobre la mesa la segunda pregunta, en la que ya ha entrado, de hecho, la intervención de Carlos, y es acerca de las relaciones sociales que tienen que ver con el sentido colectivo de la vida. ¿Qué significa esto? Si se trata de opciones en donde la gente busca soluciones, enfrentamientos. La COVID-19 nos ha hecho buscar soluciones colectivas, ha forzado la cooperación, ha puesto en tensión la tendencia a la búsqueda de soluciones individuales, puesto que se trata de una condición de la que nadie puede escapar incluso existiendo diferencias sociales y diferentes impactos, como decía Sabine, de los distintos grupos sociales. Más allá de eso nos ha colocado frente a una realidad común que trasciende los grupos y los países. ¿En qué medida estamos enfrentados a una situación en donde la transformación de la vida cotidiana en la sociedad contemporánea nos lleva a un alejamiento de las prácticas colectivas de la vida? ¿Cómo los factores asociados con una crisis en particular pueden contribuir a hacer que ese alejamiento se transforme, o en todo caso se convierta en otra cosa, a darle otro movimiento, otra dirección?

Martha Blaquier: Oriol me ha hecho recordar algo que yo tenía, de alguna manera, sepultado. En 1965, la Facultad de Humanidades hizo una investigación sobre la lucha contra bandidos. Hablé y entrevisté al Caballo de Mayaguara, entrevisté al Capitán Descalzo, y algo que jamás olvidaré fue la conversación con la madre de Realito. Esa fue para mí una experiencia extraordinaria, por el mundo de la montaña, por lo que sufrieron las personas allí.

Con la pandemia, de callejera me convertí en ermitaña, de aventurera me convertí en timorata, y tuve que luchar contra todo eso. En la medida en que era una persona vulnerable, es decir, cumplí hace unos días ochenta años, no pude participar en la lucha contra el COVID-19, y eso para mí fue una cosa que de alguna manera me hizo sentir culpable.

Por otra parte, el mundo se me convulsionó de una manera grande, porque mis hijos son emigrantes, mis nietos viven hace mucho tiempo en el extranjero, y yo tenía el privilegio de poder ir cuatro y cinco veces en el año a estar con ellos. Eso en los últimos dos años no sucedió, por lo tanto, me convertí en adicta al teléfono. Gracias a los datos podíamos conversar como si estuviéramos cerca. Increíblemente yo, que no me gustaba el teléfono, me volví adicta a él y a seguir la pandemia donde estaban mis hijos, en Cuba y donde estaban algunos amigos cercanos. Me volví adicta a las estadísticas, lo que no es extraño porque he trabajado mucho tiempo en la Facultad de Matemáticas y Computación de la Universidad de La Habana, que eran los dueños de las curvas. Pero realmente mi vida dio un vuelco extraordinario porque no eran las formas de vida que yo tenía. En este sentido tuve que estar muy alerta, tuve que reformularme muchas cosas consciente o inconscientemente.

Denia García Ronda: Más allá de lo que pueda pasar con las crisis en el núcleo familiar, creo que la pregunta es en general comunitaria. Por ejemplo, cuando triunfó la Revolución, en definitiva, fue un resultado de una crisis política, y eso logró que una vez triunfante, se diera un cambio hacia un mayor colectivismo. Los que éramos jóvenes sentíamos que cuando íbamos al trabajo voluntario a las zonas rurales, ya bien sea trabajo físico, cultural, investigativo, etc., había un sentido de colectividad, y las reacciones, incluso ante la familia, tenían que ver con ese sentido de colectividad del vecino, del compañero de estudios, de trabajo, etcétera.

Cuando desapareció el campo socialista fue efectivamente una crisis, y para Cuba fue muy grave, pues tuvo que buscar la manera de sobrevivir prácticamente sola en el mundo. Esto, por las propias medidas y circunstancias internacionales ha ido tendiendo a una mayor individualidad, es por lo menos lo que yo siento, no quiere decir que sea una cosa general; pero hay una tendencia que se ve hasta, por ejemplo, cuando un grupo de vecinos dice: «Vamos a arreglar el edificio», y entonces la mayoría dice: «No», y de la puerta de su casa para adentro trata de hacer arreglos, pero de ahí para afuera no le interesa lo que pasa. Esto es simplemente un ejemplo, quizás pedestre, pero sucede prácticamente en todos los espacios. De acuerdo con la forma de la crisis es la reacción en cuanto al colectivismo o al individualismo.

Tania García: La pregunta número tres que apareció en la convocatoria era en qué medida otros factores aceleran la transformación del sentido colectivo de la vida, y a mí me llamó mucho la atención. Pensé mucho en este tema o en este enfoque, que no es propiamente de crisis o momentos de crisis, pero es de transformaciones que van afectando las relaciones sociales y las relaciones en colectivo. Estoy pensando en cómo ciertos cambios en el ámbito tecnológico están produciendo impactos; ¿por qué?, porque hay, evidentemente, en apreciación de determinados grupos humanos un incremento de la velocidad de los procesos de esas relaciones, y eso, por supuesto, genera impactos en las diferencias intergeneracionales. No es la misma capacidad para asimilar los cambios tecnológicos y la introducción de los cambios tecnológicos en la vida. Eso tiene que ver con los cambios económicos, por supuesto, con la masificación del consumo cultural y sus nuevas formas, que tienen lugar a partir de medios para los cuales hay que tener preparación, destreza, etcétera.

Este mismo fenómeno tiene también otro impacto relacionado con las desigualdades, la capacidad de acceso o no a esas transformaciones; y ello también, según aprecio, marca de una manera relevante, porque está haciendo diferencias en oportunidades y en accesos a diferentes marcos.

Los procesos migratorios los podemos vivir de cerca en nuestro país. Producen un impacto en la familia, y ello tiene que ser digerido, readaptado, etcétera. Hay que contribuir con las medidas de políticas públicas, desde los accesos, desde los movimientos.

Rafael Hernández: ¿La amenaza que representa una crisis tiene un efecto sobre el sentido colectivo de la vida, sobre las prácticas reales asociadas a él? ¿Cómo se puede medir? ¿De qué manera se manifiestan los cambios frente a lo que representa una amenaza como lo es la crisis?

Sabine Jansen: Con esta pregunta estamos hablando también de los efectos transformadores que puede tener la crisis respecto a la colectividad. Yo creo que es muy importante entender que los efectos de las crisis van a estar relacionados, evidentemente, con la naturaleza de cada una, más allá de eso es imposible. Hay crisis que tendrán sus efectos a corto plazo, otras a medio, y otras a largo plazo. Es imposible calcular el momento, sobre todo cuando se está viviendo el fenómeno.

A veces una crisis es una ruptura brusca, y las consecuencias no aparecen hasta años más tarde porque estaban de trasfondo y no podíamos preverlas. Les hablé en mi intervención anterior de cómo durante la COVID-19, en Francia, se le dio valor de nuevo a muchísimos oficios de orden social, o sea, de categoría social. En nuestro caso, por ejemplo, se estuvo aplaudiendo en las noches a todo el personal médico. La gente salía a los balcones y aplaudía como agradecimiento; un gesto que era muy emocionante, un gesto realmente impresionante, pero que no duró; por tanto, aunque se hizo durante mucho tiempo, se previó como uno de los cambios. Esa valorización del personal médico y de otros oficios, también de orden social, no sabemos hasta qué momento se va a mantener.

Otro ejemplo fue cuando los atentados en Francia. Se estuvo haciendo lo mismo, y hubo mucha gente que salió a aplaudir a los policías, por ejemplo. Desgraciadamente es otra acción que ya no existe.

De los efectos de los que estábamos hablando sí considero que hay dos importantes que van a ser duraderos, uno de ellos, y me parece el más importante, es el sentimiento de vulnerabilidad como individuos y como sociedad. Habíamos hablado de un momento de esplendor de la República francesa, un momento de crecimiento económico, de entendimiento social, y de cierta manera nos creíamos que teníamos todo resuelto. De repente vino una crisis y sentimos que somos vulnerables, y eso evidentemente es un efecto que se mantendrá a largo plazo, entender nuestro lugar en el mundo, como país y como seres humanos.

Otro efecto duradero es el de las relaciones sociales. Les había hablado del contexto laboral, por ejemplo, del sector que sí tuvo que mantenerse asistiendo a sus centros de trabajo. Uno de los ejemplos más concretos de cómo se modifican las formas de trabajo con el trabajo desde casa, son las redacciones de los periódicos. Tengo personalmente muchos amigos periodistas que me cuentan que sus vidas han cambiado radicalmente. Por un lado, con el precio de las inmobiliarias en París, pues reducir oficinas, reducir espacios de trabajo es conveniente para las empresas, para las redacciones. El teletrabajo es una práctica que se va a quedar. Ya todos mis colegas periodistas están trabajando desde casa, y eso rompe evidentemente el tipo de relación social que se establecía en el marco laboral.

¿Cómo las crisis afectan la convivencia?
Fotografía: Pedro Pablo Chaviano/Temas

Rafael Hernández: Oriol, ¿cómo la crisis afecta la vida en un entorno tan diferente al que Sabine ha descrito, como el entorno concreto de la comunidad rural actual?

Oriol González: Un despego de la tierra para proteger al ser humano, unas instrucciones médicas de no asistir a determinadas labores, pues hacen que los pocos recursos que tenemos, los que se han conquistado, de algún modo no tengan la productividad necesaria para llevar adelante un proceso, digamos, de sostén alimentario, de industria láctea, o de café, o de producción de alimentos para la población en el terreno específico del Escambray.

Yo creo que la crisis económica consecuencias de la pandemia se acentuó, debido a la protección de la Revolución a cada individuo. Provocó un relajamiento laboral, lo he comprobado con directores de empresas y con personas de diferentes sectores. Hoy día la gente deja de asistir porque se está protegiendo. Ha habido como una pérdida de la ética de asistir al trabajo, de atender poblaciones con determinados requerimientos respecto a la atención de personas. Yo creo que la pandemia ha traído una baja intensidad en términos de productividad. También ha tenido otros efectos graves como el temor del contagio debido a la convivencia. Crea una duda espantosa en relación con el ser humano más querido, el más inmediato; no tienes la certeza de si lo puedes cuidar, o acariciar, o brindarle todos los mimos que lleva, en general.

Yo creo que la pandemia ha sido una lección sorprendente. No estábamos preparados. Vi cosas verdaderamente muy dolorosas, inevitables, porque las cuestiones de salud, pese a todos los requerimientos y toda la atención, no se podían resolver, porque la pandemia estaba por encima de las potencialidades existentes, amén de la organización o de los recursos con que se contaban.

Rafael Hernández: ¿Crees que en la comunidad campesina contribuyó a una mayor cohesión, o a la fragmentación?

Oriol González: Yo diría que hubo mayor cohesión en el sentido de prevenir, de cuidarse; pero también una fragmentación en el sentido de que los trabajos no se podían hacer de manera colectiva, y lógicamente, eso trajo un debilitamiento en su comportamiento, en su productividad. Es ambiguo, pero me parece que fue así, una división interior que no permitió poner todas las fuerzas en función cuando se necesitaba, cuando se quería.

Rafael Hernández: Alejandro, ¿qué le pasa al sentido colectivo de la vida, a las prácticas colectivas? Desde tu perspectiva como sacerdote y como ciudadano, ¿qué tú crees que le pasa en un momento como este, en que estamos, ya no tan inmersos en la crisis de la COVID-19, pero sí en la crisis económica y en otras?

Alejandro Águila: Las prácticas tienden a ser modificadas, ya que hay escasez. En el caso nuestro, que utilizamos diferentes animales para realizar varios rituales para la mejoría de la salud de una persona, por ejemplo, ya no tienen el mismo precio, es decir, hay personas que necesitan que se les haga este ritual específico y el dinero no les alcanza, pues la crisis ha debilitado su economía. Esto ha creado un poco de variación en cuanto a las prácticas fundamentalmente religiosas, e incluso prácticas sociales como tal. Hay personas que trabajaban, por ejemplo, en una paladar, y hubo que reducir el personal porque ya el consumo no era el mismo. Los productos ya no tienen el mismo valor, y así sucesivamente ha sucedido en muchos aspectos, en muchos ámbitos sociales con respecto a la crisis.

Rafael Hernández: ¿En qué medida piensas que la crisis económica en la que estamos tiene un efecto para estimular la búsqueda de soluciones colectivas o la búsqueda, al contrario, de soluciones individuales?

Alejandro Águila: Realmente debemos buscarle soluciones colectivas, es lo que realmente se debe hacer ante una situación como esta, pero como tal no ha sucedido así. Hay muchas personas que se refugian en la emigración, como lo que está sucediendo en estos momentos, que se está emigrando de una forma masiva que es impresionante; y otras personas se refugian en su vida personal para resolver sus problemas. Desgraciadamente vivimos en una sociedad que cada cual se preocupa por resolver su problema. Hay muy pocas personas con valores humanitarios y con deseos de ayudar a otros que están en dificultad. Y todo esto lo traen las crisis. Hay personas que no han perdido su nivel de vida; otras que han sabido ahorrar, prepararse; otras que, desfavorablemente, no han podido, debido a su modo de vida; y entonces cuando llega una crisis, al no estar preparados, se crea un conflicto a nivel social.

¿Cómo las crisis afectan la convivencia?
Fotografía: Pedro Pablo Chaviano/Temas

Rafael Hernández: Le damos la palabra ahora a Vivian Vera. Dejemos de pensar en la COVID-19 y pensemos en los otros factores que inciden en un proceso de crisis.

Vivian Vera: Cuando acontece una crisis, evidentemente ocurren rupturas de las rutinas con las que habitualmente se organiza la vida cotidiana de las personas; lo que implica que se modifiquen las prácticas colectivas, porque hay nuevas demandas desde el medio externo. Los procesos que ocurren durante estas situaciones provocan un cuestionamiento acerca de qué ha sido la vida hasta el momento, por lo que tienden a organizarse, de manera diferente, las jerarquías motivacionales personales, las necesidades. Lo que antes parecía lo más importante ya no lo es; y ello hace que se reordenen no solo las prácticas cotidianas, sino también los valores que existían para las personas. Estos pueden, por ejemplo, emerger como la solidaridad, o activarse antivalores como el individualismo. Esto no solo depende de circunstancias críticas momentáneas, sino también de otros factores que son más profundos dentro del funcionamiento social y que dependen de algo que tiene más que ver con situaciones de formación, de sociabilización dentro de la familia incluso, que hacen que en este momento ocurra esta situación a nivel social.

Evidentemente, durante las crisis las personas buscan estrategias para adaptarse al nuevo contexto, y se modifican, como decía, prácticas de la vida cotidiana, relaciones familiares, humanitarias, institucionales, incluso el uso de su tiempo libre. Esto no es positivo o negativo en sí mismo, sino en la manera en que sean enfrentados, en cómo tiene un reflejo en los funcionamientos social e individual.

Yo quería decir algo con respecto a una participación que hubo ahorita sobre las características de la individualización de las relaciones sociales. Ello no tiene que ver solamente con las crisis, sino también con las características de las sociedades posmodernas, de la modernidad líquida, como le llamaba Zygmunt Bauman, un sociólogo polaco muy importante que caracterizó las nuevas relaciones sociales, cómo son en los nuevos momentos actuales, y la sociedad cubana no escapa de esto. Las personas tienden, tanto a nivel macrosocial como en espacios más íntimos como la familia, a individualizar sus prácticas cotidianas de vida. Fue lo que ocurrió cuando la pandemia, que se comenzó a desarrollar una mayor dependencia de las tecnologías. Sin embargo, esto también tiene un elemento positivo, por ejemplo, en el sentido en que las brechas generacionales que existían en cuanto al consumo de las tecnologías en algunas familias se acortaron porque los nativos digitales, que son nuestros hijos, las nuevas generaciones, muchas veces enseñaban a las otras, a los emigrantes digitales, a aprovecharlas y desarrollarlas de manera diferente. Esto unió en algún sentido a la familia.

Pero yo creo que no podemos hablar de manera absolutista de que en las crisis hay antivalores o emergen otros valores, creo que esto tiene que ver no solo con el momento de crisis, sino con elementos raigales del funcionamiento social.

Rafael Hernández: Quería preguntarte a qué le pudiéramos llamar nuevas prácticas de la acción colectiva, si es que crees que pudieran identificarse así. ¿Emergen en las circunstancias actuales condiciones diferentes para que lo colectivo se exprese de otra manera?

Vivian Vera: Yo creo que se han redimensionado prácticas ya existentes a tenor de las nuevas necesidades sociales y también de las necesidades individuales; pero no creo que se estén instituyendo nuevas prácticas, sino que obviamente el ser humano aprende de las experiencias difíciles, como estas en que hemos asumido la crisis durante la COVID-19, u otras crisis que hemos tenido en la sociedad cubana, como la mantenida crisis económica, que nos hace aprender de ello y asumir nuevas estrategias. Pero no creo que sean nuevas prácticas que se estén instituyendo, sino que se van redimensionando las ya existentes.

Rafael Hernández: ¿En el caso de los cubanos emigrados podríamos hablar de un sentido idéntico de la condición del sentido colectivo de la vida de los que llegan con la cultura natal a insertarse dentro de la sociedad estadounidense? ¿En qué medida se reproduce un sentido de lo colectivo que traen de Cuba, o en qué medida inciden sobre él prácticas de lo colectivo de la sociedad anfitriona? ¿O simplemente se transforman, se fragmentan y se vuelven otra cosa? ¿En qué medida los cubanos siguen viviendo dentro de una determinada cultura de lo colectivo? Y me refiero, por supuesto, a prácticas sociales, no a una condición política.

Carlos Lazo: Yo creo que en lo colectivo hay muchas prácticas culturales que se mantienen y que son motivo de orgullo en todas partes. Pero en el caso específico de los cubanos tiene que ver con las prácticas musicales, con las costumbres culinarias, sociales, de las que se sienten orgullosos.

Ha habido una cierta desviación, especialmente en los Estados Unidos, en cuanto al sentido colectivo de nación, al mismo tiempo que se trae una cultura y una idiosincrasia, por tratar de ser aceptado y visto en el medio. Este es un medio doble: Miami y los Estados Unidos. Para integrarse en los Estados Unidos habría que aprender inglés, ciertas costumbres y disciplinas de la sociedad; y para sumarse a la sociedad de Miami hay que aceptar sus disposiciones culturales y políticas, que en este caso es tener que renunciar, incluso, a mencionar cosas que tienen que ver con tu vida, con tus historias de vida, de tu niñez; porque cualquier cosa que tú menciones que muestre que hay cierta normalidad o cierta alegría en la vida que tú tuviste cuando eras niño, cuando eras joven, eso se puede interpretar como que te gusta el sistema de Cuba, y la primera pregunta es: «¿Si aquello te gusta tanto por qué no te quedaste allá?». Entonces la gente se limita, se autocensura, y se vierten en las prácticas culturales de seguir comiendo la misma comida y estas cosas, y de seguir oyendo la misma música, pero con un guardia al lado, que es uno mismo, diciéndote: «No te pases de ahí, no trates ni siquiera de normalizar lo que es normal», que es tener un recuerdo de la infancia, que es apoyar a la bandera tuya cuando hay una competencia deportiva en cualquier país más allá de la política. Usualmente una persona, un mexicano, por ejemplo, si su equipo de pelota o de fútbol está jugando, le van a su selección; esto es más complicado con los cubanos, y sobre todo los que viven en Miami.

Sí se mantienen prácticas culturales, incluso con orgullo. Se pasan de generación en generación, pero al mismo tiempo hay otras actitudes que se adquieren como una manera de defenderse frente al medio, una manera de sobrevivir.

¿Cómo las crisis afectan la convivencia?
Fotografía: Pedro Pablo Chaviano/Temas

Quiero hablar de mi experiencia como maestro. Cuando nosotros llegamos acá empezó la COVID-19. La práctica de enseñar cambió, y ya la enseñanza era a través de Zoom. Estuvimos un año entero así. Esto en realidad trajo bastantes problemas. No es lo mismo para el proceso de enseñanza tener al estudiante delante, no sabes a veces si está ahí. El rendimiento académico disminuyó. Lo positivo es la comodidad de que podías estar en tu casa, pero para el efecto de la pedagogía y de la enseñanza fue negativo.

¿Cómo las prácticas pueden cambiar y dar paso a nuevas dinámicas? Por ejemplo, en esta aula en la que estoy casi todos los muchachos, excepto una, tienen puesta una máscara. Como ustedes ven yo estoy sin máscara, porque en el distrito nuestro, desde la semana pasada permiten no usarla.

Básicamente unos muchachos dicen que la mascarilla es para protegerse de la COVID-19, pero en realidad es porque crean un bloqueo social, básicamente se acostumbraron a esto. Es como estar detrás de un muro, y ahora les cuesta más trabajo regresar y estar sin máscara, fíjate la dinámica que ha provocado esto. Al principio, para que los muchachos se pusieran las máscaras era un problema. Hoy en día, en esta escuela entera, donde hay cerca de cuatrocientos estudiantes, tengo cinco clases, solamente uno por clase se ha quitado la máscara; es decir, que la práctica de la máscara ha sobrevivido incluso cuando ya se dice: «Se puede venir sin máscara, no hay problema ninguno».

Rafael Hernández: Es realmente fascinante, creo que deberíamos hacer un panel completo dedicado al significado del uso de la máscara, culturalmente hablando, puesto que hay, entre otras cosas, culturas en las cuales andar con la cara tapada forma parte de las normas establecidas.

Yo quisiera agradecerles muchísimo por toda la participación, es una especie de milagro que esto haya logrado salir como lo hemos soñado. Nos ha convencido de que sí se puede hacer, y que, con buena suerte podamos tener lo mejor de los dos mundos. De la actividad presencial, hemos contado aquí con un espléndido panel de Francia, de distintas partes de Cuba, que también es algo tan importante en el término de compartir experiencias y perspectivas; hemos tenido a Carlos Lazo, que está en Seattle, Washington, y a Vivian Vera, que está en 10 de Octubre, La Habana. De manera que esa simultaneidad nos ha dado realmente algo extraordinario, que creo no habíamos tenido nunca en un Último Jueves, así como, por supuesto, la cantidad de problemas. Nosotros siempre insistimos en que un buen Último Jueves, un buen debate, no es el que da respuestas a las preguntas, ni siquiera a las preguntas básicas del panel, sino que se define por los problemas que se ponen sobre la mesa, por las perspectivas nuevas, por las cosas inesperadas que aparecen, y que en este caso han sido realmente un cúmulo.

Yo les agradezco mucho por el esfuerzo de venir hasta aquí, les agradezco mucho a los que han venido a sentarse aquí a compartir con nosotros, y a darnos no solamente su compañía y sus intervenciones, sino el sentido de que estamos nuevamente en el contacto cara a cara de Último Jueves. Hemos tenido también la cara de Carlos y de sus alumnos. De verdad que hemos sido bendecidos, como se dice ahora, por la fortuna.

Muchísimas gracias a todos por estar aquí y por hacer un Último Jueves realmente excepcional.

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