Cultura y anatomía del consenso

Cultura y anatomía del consenso

26 - Septiembre 2019
Moderador: 

¿Puede un país avanzar realmente sin que los diversos actores sociales, políticos y económicos adopten posturas consensuadas? ¿Cómo debiera ocurrir ese proceso en la nación que los cubanos deseamos construir? Tales interrogantes constituyeron el sustrato de cuantos criterios se escucharon en la Sala Fresa y Chocolate, del ICAIC, durante el debate convocado por la revista Temas.

El consenso trasciende la opinión pública, una parte se relaciona con ella, pero también incluye las distintas maneras de pensar, de razonar. No solo los ciudadanos, incluso las organizaciones y las instituciones de gobierno, tienen visiones diferentes sobre los mismos problemas, señaló el politólogo Rafael Hernández, director de la publicación y moderador del encuentro, antes de ceder la palabra a los participantes. Junto a él tres invitados ocupaban la mesa de expertos: Willy Pedroso, profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana; Yalina Garbey, directora del área de Protección al Consumidor del Ministerio de Comercio Interior (MINCIN); y Salam A. Mousa, quien dirige el Centro de Investigaciones Sociales del ICRT.

Según Pedroso, debemos entender el consenso como un proceso social en el que ciertos grupos asumen una posición común en torno a determinado asunto, a pesar de que entre ellos existan desacuerdos. El carácter negociado de dicho proceso implica el deseo de ver representados en él intereses específicos y, al mismo tiempo, la disposición de ceder en algunos puntos. Asimismo, los involucrados requieren de competencias para promoverlo, comprender la naturaleza y características del consenso que buscan, e integrar sus concepciones particulares. Entre ellos se encuentra la ciudadanía, cuya condición presupone la capacidad de posicionar cuestiones en una agenda pública; el éxito depende de que los sujetos sepan formar parte de la negociación, escoger los espacios, la forma, las palabras. Necesitamos analizar —continuó el disertante— hasta qué punto los ciudadanos se encuentran preparados en este sentido. Una muestra de que nos faltan habilidades hasta en aspectos elementales del consenso, la vemos en las redes sociales: “quienes navegan por ellas, a menudo creen que todas las personas coinciden con las opiniones de sus amigos y conocidos”, no conciben que grupos ajenos a ese sistema piensen distinto.

En el ámbito de la protección al consumidor, la búsqueda de consensos ha conllevado numerosos debates. “Siempre hemos tratado de propiciar que quienes intervienen sean capaces de expresar sus preocupaciones, para hallar en conjunto la solución más ajustada y eficiente” aseguró Yalina Garbey. Ella ha insistido, con sus colegas y en otros lugares, en que las respuestas y opciones dadas a los públicos “se acerquen a las necesidades o expectativas” de estos. Sin embargo, los insertados en las negociaciones “casi nunca pueden lograr” todo lo esperado, pues más allá de las aspiraciones inciden situaciones objetivas. En el MINCIN, cuando “se va a tomar la decisión de comprar un producto, colocarlo selectivamente, fijar su precio”, un modo de conciliar las discrepancias entre los decisores y entre ellos y los clientes, es acudir a los estudios de opinión. No obstante, un ejemplo ilustra las dificultades para obtener consenso alrededor de temas sensibles, como la disponibilidad de artículos básicos: debido a la actual escasez de combustible, el país ha adoptado regulaciones para controlar algunos productos que durante largo tiempo han sido liberados. Al respecto, los pobladores sostienen criterios divididos: unos apoyan la medida, otros la cuestionan.

Además de vincularse con la opinión pública, el consenso se relaciona con otras categorías: el poder, el liderazgo, las reglas de concurrencia. Por eso, no es lo mismo que la opinión de la mayoría. Solo podemos afirmar que se ha alcanzado cuando “la mayoría y la minoría se ponen de acuerdo en un punto medio y logran llegar a un acuerdo”, recalcó Salam A. Mousa. A lo largo del proceso median aspectos culturales y subjetivos. Indagaciones sistemáticas llevadas a cabo por el Centro de Investigaciones Sociales del ICRT, sobre los índices de audiencia conseguidos por la programación radial y televisiva, evidencian ciertas discrepancias entre la valoración de los expertos y la de los públicos. No siempre coincide el nivel de factura de un programa con el gusto de los radioyentes y televidentes. En ocasiones tampoco concuerdan las preferencias de los habaneros con las de quienes viven en las demás provincias. Por otro lado, a partir de estudios sobre el comportamiento de las redes sociales, efectuados por el mencionado Centro, una condición previa a la instauración de un consenso es la existencia de un proyecto bien identificado.

 

Visión, gestión, representación

¿Qué problemas afectan la construcción del consenso, además de que no todos los individuos están familiarizados con las nuevas tecnologías?, inquirió el moderador.

Haber trabajado largo tiempo con los gobiernos locales le permite a Willy Pedroso aseverar que “los espacios donde el consenso se construye y se reproduce a veces se multiplican más rápido que los creados por la institucionalidad” con el propósito de conocer ese consenso y generar otros. Igualmente, no siempre los integrantes del Consejo de la Administración y la Asamblea del Poder Popular poseen las capacidades necesarias para consensuar los problemas del territorio y sus soluciones. El avance de la digitalización y del gobierno electrónico ha significado una gran oportunidad de articular las habilidades y posibilidades de los funcionarios y de la sociedad, en pos de procesos colectivos, pero todavía es muy desaprovechada: los sitios web gubernamentales reproducen las dinámicas del tradicional “enfoque clientelar de la gestión de gobierno”, centrada en recibir los planteamientos o quejas de las personas e intentar resolverlos; “sin entender que el desarrollo territorial, es una especie de movimiento social con un objetivo o proyecto común”. Y en lo relativo a las redes sociales, la mayoría de la población cubana usa Facebook, mientras los representantes de las instituciones emplean Twitter y con una función informativa. Todo lo anterior genera cuestionamientos: ¿Hasta qué punto dialogan ambos entornos? ¿La ciudadanía tiene competencias, o está siendo educada para saber demandar en esos lugares información más específica y participación?

Yalina Garbey admitió que los cuadros necesitan ampliar sus habilidades en el uso de las modernas tecnologías y en promover contenidos mediante ellas. Sin embargo, subrayó: “El desarrollo de las redes sociales y la insistencia de la alta dirección del país en que aprovechemos los medios de comunicación está teniendo impacto en la gestión de las organizaciones”. Lo ha podido palpar en su ministerio y en otros contextos. Hoy los públicos han logrado mayor conocimiento acerca de múltiples asuntos y los organismos cuentan con varios canales para retroalimentarse con lo que piensan los ciudadanos. En consecuencia, al decir de la panelista, en torno a algunos temas se aprecia “mayor consenso, en otros los debates son cada día más grandes” y en ocasiones las instituciones han tenido que reflexionar y cambiar.

La complejidad en la obtención del consenso varía de acuerdo con el tema y los factores concomitantes; es más difícil cuando a los elementos de orden interno se suman fuerzas externas a los participantes en la negociación. Un hecho ilustrativo es la relación de Cuba con su diáspora: ¿cómo se consensua? ¿Es la Isla el único actor interesado en los lazos entre los cubanos de aquí y de allá?, discurrió Salam A. Mousa. Luego, mediante ejemplos, se refirió a que para buscar consensos aprovechando las redes sociales es indispensable elegirlas bien y tener en cuenta los usuarios específicos de cada una.

Como ha sucedido en otros UJ, de la concurrencia provinieron algunos de los razonamientos más contundentes. Inició esa ronda de comentarios una investigadora muy cercana a Temas: “El consenso es fundamental en una sociedad que está transformando sus comportamientos, conocimientos, aspiraciones, interconexiones”. Consenso no significa acuerdo ni incondicionalidad, sino la base de un consentimiento para un marco de actuación —por lo tanto, se modifica a tenor de las variaciones en el contexto social—, y su solidez depende de en qué medida refleja los intereses de la sociedad y cuál es el nivel de participación real de las personas en el proceso negociador y su resultado. Siempre hay condicionamientos en la base de las posiciones consensuadas; en el caso de Cuba, la memoria histórica es esencial.

Un respetado profesional en el ámbito de la comunicación social abordó tres problemáticas; en primer término, “la visión de país sobre el consenso: no acabamos de entender que es una categoría activa y cambia permanentemente”. Se suma un problema de gestión: “el consenso, como ha dicho el panel, tiene que ver con la articulación de posiciones en una sociedad, las cuales, estén de acuerdo o en desacuerdo, representan estatus de poder diferentes dentro del espacio público”. Entonces, para que se produzca una negociación, el poder debe facilitar un diálogo fecundo y que los individuos tengan acceso a la toma de decisiones; a la par, la ciudadanía precisa estar dispuesta a pugnar por la visibilidad de sus enfoques. En tercer lugar, subsiste un problema de representación: “confundimos consenso con unanimidad”; como sociedad necesitamos darnos cuenta de que no estar de acuerdo con determinada orientación institucional no es una debilidad. Y debemos producir un ajuste estratégico para que el discurso de la esfera pública de las redes sociales tenga cada vez más coincidencia y articulación con el de los demás medios de comunicación masiva.

Aunque es llamada a participar, si la gente no ve que sus intereses son reconocidos y que las situaciones se resuelven, opta por mantenerse pasiva, añadió la siguiente oradora. Construir un consenso significa diversidad de voces, reconocimiento mutuo de las partes; no basta con escuchar a los que se manifiestan, es necesario prestar atención a quienes han quedado en silencio, para escudriñar por qué no intervienen. Hay que tener mucho cuidado con el falso consenso, porque implica que uno de los actores no reconoce a los otros, cree representarlos y asume que han arribado a una postura común, cuando en realidad existe una imposición o una omisión, expuso otro de los presentes.

“Soy un nativo digital y es positivo que las redes sociales hayan llegado para quedarse”, declaró un joven antes de advertir: “pero no pueden suplir espacios de contacto directo vinculados a temas políticos, a cómo construir un país”, los cuales son imprescindibles para lograr consensos. Siguiendo esa misma línea, alguien resaltó que los supuestos consensos suscitados en la web son falsos; solo resultan confiables los científicamente auscultados y concebidos, para esto la sociología dispone de herramientas.

También escuchamos a un sexagenario convencido de que “en cuanto a las concepciones sobre el consenso, hemos avanzado notablemente en los últimos seis o siete años; sin embargo, entre nosotros aún pesan la intransigencia y el centralismo democrático”. Lo mismo piensa un asiduo concurrente a UJ, quien acotó: “Democracia de mayoría no es democracia de consenso”, si bien “hemos transitado de una sociedad cerrada a una abierta al mundo y con cuotas de autonomía bastante amplias”.

Robustecer el consenso resulta vital para la nación cubana actual y del futuro. Nadie lo pone en duda, mas, ¿cómo hacerlo?

Ante todo, participar en la multiplicidad de espacios a nuestro alcance, lo cual no es asistir, ser consultado o simplemente asentir; entraña tomar decisiones, por eso la participación tiene que ser crítica, informada, ética, corresponderse con nuestro sistema de valores. Asimismo, es imprescindible fortalecer las competencias, tanto de la institucionalidad como de la ciudadanía, para ejercer con mayor calidad la capacidad de modular, negociar, reiteró Willy Pedroso.

Incrementar el intercambio entre las instituciones y los públicos, aprovechar cuantos espacios sean factibles, incluidos los medios digitales, hacer más y mejores estudios previos a la emisión de las normas, fue la propuesta de Yalina Garbey.

Nuestro principal consenso es el respeto a la patria. Eso no quiere decir que todos pensemos igual, o que una vez puestos de acuerdo en lo que pretendemos realizar, coincidamos en cómo hacerlo. Es un problema de métodos, no de fines, consideró Salam A. Mousa. Este tema únicamente puede abordarse desde una perspectiva martiana. ¿Qué hubiese querido Martí para la Cuba de hoy? Ahí está la esencia de lo que debemos construir entre todos: un país culto, digno y unido, soberano, independiente en todos los aspectos. Una generación está cediendo el batón a otro grupo de personas con una forma distinta de ver la vida, comunicarse, exponer sus sentimientos, sus emociones. “Comprender esos códigos es entender el modo en que podemos dialogar, y dialogar es el principio del consenso”, concluyó.