Diplomacia de la gente

Diplomacia de la gente

18 - Julio 2019

Cuando pensamos en embajadores nos imaginamos a ceremoniosos representantes de reyes y jefes de Estado, que en las cortes de antaño o en los elegantes salones actuales impulsan tratados y acuerdos entre gobiernos. Durante siglos tales negociaciones solían conducir a la firma de documentos secretos. Sin embargo, la Primera guerra mundial, iniciada tras un gran fracaso de la diplomacia europea, motivó transformaciones en esa última práctica. Se produjo una reacción popular a favor de la transparencia en las relaciones internacionales y la Liga de las Naciones estipuló que los convenios diplomáticos tenían que inscribirse en la Secretaría de dicha Liga y después publicarse. Así los ciudadanos pudieron opinar con mayor solidez sobre las acciones de sus mandatarios, en ese campo, e incluso ejercer presión cuando las consideraran erradas.

Fotos: Jorge Félix Castro/Temas.

Al decir de Carlos Alzugaray, politólogo, miembro del Consejo Asesor de Temas, y moderador de este UJ, desde entonces “se pasó por muchas etapas; pero el año 1998 fue muy interesante en materia de diplomacia de la gente”. Mientras se debatía un acuerdo multilateral de inversiones, muy favorable a las multinacionales, un grupo de organizaciones de la sociedad civil obtuvo y publicó en The New York Times la propuesta sometida a análisis; como resultado, Francia, entre otros, se retiró del proceso. Hoy la también llamada diplomacia ciudadana, o de pueblo a pueblo, “es un acompañamiento a las grandes actividades diplomáticas; no hay una cumbre que no tenga, paralelamente, otra organizada por la sociedad civil”. 

Con él coincidieron sus compañeros de mesa: Oniel Díaz Castellanos, empresario privado, asesor de negocios de AUGE, Máster en relaciones internacionales; John McAuliff, director ejecutivo del Fondo para la Reconciliación y el Desarrollo, que ha ayudado a renovar los vínculos de los Estados Unidos con Vietnam, Cambodia, Laos y Cuba; y el doctor Eduardo Perera, exfuncionario diplomático, profesor de la Universidad de La Habana y presidente de la Cátedra Jean Monnet de Estudios Europeos en ese centro. A ellos dirigió Alzugaray su primera pregunta: ¿En qué medida las relaciones internacionales protagonizadas por actores sociales contribuyen al entendimiento y a la solución de conflictos?

Según Díaz Castellanos, el avance de la globalización y de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación han incidido en que, de cierto modo, actualmente la diplomacia sea asunto de todos. Mediante estas herramientas le es más sencillo a los pueblos dialogar con los gobiernos, y las agrupaciones de la sociedad civil poseen recursos para hacer escuchar su voz con relativa facilidad, conquistar audiencias e influir en ellas. En consecuencia, “asumiendo, de manera vaga, que las relaciones internacionales fueran ‘vender’ la imagen del país de forma efectiva para hacer avanzar los intereses del gobierno”, si la ciudadanía cuestiona o matiza esa visión, podría interferir en los resultados esperados. “En Cuba, queda mucho camino por recorrer” en cuanto a la diplomacia de la gente. Durante medio siglo la práctica más común ha sido circunscribirla a propiciar que las organizaciones de masas recabaran de instituciones extranjeras apoyo y solidaridad hacia la Revolución. No obstante, ahora las percepciones foráneas acerca de la Isla se construyen no solo a partir del discurso del Estado cubano y de quienes emigraron por razones políticas o dentro del país son adversarios de su sistema; repercuten, asimismo, los criterios de artistas, deportistas, científicos relevantes y otras celebridades; el emergente sector privado es uno de los que más atraen a gobernantes, académicos, órganos de prensa y cuantas personalidades visitan la mayor de las Antillas. Oniel ha podido constatarlo personalmente, pues entre 2014 y 2016 él y varios emprendedores fueron invitados, casi todas las semanas, a encuentros, conferencias, almuerzos, recepciones. O sea, dicho sector es esencial a la hora de consolidar la imagen de la nación. Y pudiera, por ejemplo, desempeñar una labor relevante en el enfrentamiento al bloqueo. Al respecto, el disertante argumentó que 75% de los 126 propietarios entrevistados por AUGE, durante una reciente investigación para definir cuánto ha impactado sobre los negocios particulares en La Habana la actual política estadounidense, aboga por levantarlo; y 80% recomendaría a los Estados Unidos retomar el proceso de restablecimiento de relaciones con Cuba.

Fotos: Jorge Félix Castro/Temas.

La diplomacia de la gente es un paso, no la solución a ese y otros problemas, aseveró John McAuliff, quien, sin embargo, reconoció “la amplia participación de los estadounidenses” en apoyo al entendimiento entre su país y naciones como Vietnam y Cuba, y en contra del embargo o bloqueo. Luego el ponente detalló acciones emprendidas por los presidentes Bill Clinton y George Bush Jr., compulsados por el lobby extremista cubano-estadounidense; entre ellas controlar rigurosamente las visitas de sus connacionales a la Isla y restringir tanto la frecuencia de viajes por motivos familiares como los montos de las remesas permitidas. Barack Obama y Raúl Castro “tuvieron la visión y el coraje de normalizar las relaciones diplomáticas” y suprimieron valladares en torno a los viajes. Esto fue aprovechado por las fundaciones, los grandes operadores turísticos y comerciales, los pequeños empresarios y los operadores de cruceros. 

Aunque la política exterior (y la diplomacia como su brazo ejecutor) se ha concebido generalmente al margen del ciudadano, resulta válido afirmar que no es ya el coto privado de los gobiernos y en la actualidad los actores no estatales cuentan con un alto potencial para influir sobre ella; pero, al mismo tiempo, no siempre tienen la capacidad de lograrlo. Si bien constatamos “una cierta democratización de las relaciones internacionales”, los Estados siguen siendo los protagonistas fundamentales en ese ámbito. Imposible desconocer, no obstante, el incremento del llamado intercambio pueblo a pueblo, favorecido por el crecimiento de las redes comunicacionales y los modernos medios de transporte, opinó Eduardo Perera. Es un hecho que en momentos de crisis los flujos informales de comunicación y los interculturales siguen abiertos, así ha ocurrido con las sociedades cubana y estadounidense, desde mucho antes de restablecerse los vínculos diplomáticos; e incluso los lazos entre ambas han seguido vivos a pesar de las limitaciones impuestas por Donald Trump.

Dos muestras concretas de cómo inciden los actores sociales ofreció el orador: en determinado momento Europa se convirtió en la principal fuente emisora de turismo hacia Cuba (más de 50% de los vacacionistas procedía de aquella región); se generaron intereses comerciales que a largo plazo motivaron cambios en la política de la UE hacia la Isla. A esa transformación positiva también contribuyó durante los años 90, en pleno Período especial, el Centro de Estudios Europeos, al organizar una red de intercambios con organizaciones no gubernamentales foráneas. “No quiero dejar de mencionar el papel de los migrantes, un sector que quizás sin proponérselo, sin ser consciente de ello, influye considerablemente en la política de los Estados”, subrayó Perera antes de agregar que la intervención de las organizaciones sociales a veces es espontánea y en otras ocasiones resulta utilizada por los gobiernos. En cualquier caso, su influjo siempre es “acumulativo, o sea, nunca o muy pocas veces ejercen influencia inmediata, con una sola acción”.

Fotos: Jorge Félix Castro/Temas.

Recelos, mano dura e inercias

Experiencias similares a la del Centro de Estudios Europeos han sido vistas por el Estado cubano con suspicacia, y hasta como intentos de subversión, comentó Carlos Alzugaray. Luego dirigió a los expertos su segunda interrogante: ¿Qué problemas u obstáculos entorpecen la participación de las personas en la diplomacia o en las relaciones internacionales?

Se ha criticado que los grupos de la sociedad civil concurran a la arena mundial también en función de sus intereses particulares. Sin embargo, es algo legítimo. Quienes pretendan incorporar a los actores sociales a la política exterior deben intentarlo sobre la base de un diálogo y no de una imposición, para poder consensuar agendas, pronunciamientos, posiciones. A causa de múltiples razones, aquí ha habido suspicacias en diferentes etapas históricas; ciertamente, algunas iniciativas han sido manipuladas por terceros, pero “como dicen los chinos, uno no puede dejar de comer por miedo a atragantarse. Tiene que haber una actitud proactiva y seguir adelante”. Tal vez hoy estamos viviendo los tiempos en que menor reparo ha existido; con anterioridad, mostrar interés por ir a una recepción no era bien visto y antes de hacerlo había que pedir permiso, reflexionó Oniel Díaz Castellanos y volvió  a referirse a un aspecto esbozado en su primera disertación: la falta de coherencia, de integración, entre las estrategias domésticas y las proyecciones gubernamentales hacia el exterior, entorpece, por ejemplo, que el sector privado se sume a una de las prioridades de la Isla: el enfrentamiento al bloqueo.

Un serio impedimento al ejercicio de la diplomacia de gente entre los cubanos y sus vecinos norteños representa la administración Trump, empeñada en deshacer la mayoría de los logros de Obama, declaró John McAuliff. A la desarticulación de la embajada estadounidense en La Habana le siguieron disímiles prohibiciones. Los autores de esa política de línea ultradura: el asesor de Seguridad John Bolton y Mauricio Claver-Carone, se oponen desde hace largo tiempo a la Revolución, y a la soberanía de la Isla. Su renuencia a los intercambios pueblo a pueblo no es una postura festinada, ambos funcionarios comprenden los múltiples beneficios que esta modalidad origina. Más allá de la ganancia económica, “sirve en gran medida para crear un ambiente de solidaridad y confianza. El mayor impacto recae sobre los nacidos en los Estados Unidos, quienes descubren que Cuba es un lugar seguro y no hostil, con una cultura y personas muy atractivas”. Prácticamente en todos los casos “regresan a casa con impresiones positivas y negativas, pero con la convicción de que las restricciones de viajes y el embargo son perjudiciales”.

Sin embargo, prosiguió el conferencista, las posibilidades de interacción en suelo cubano debieran ser mejor aprovechadas. Por citar unas pocas evidencias, los participantes en tours grupales, organizados por las agencias receptoras legalizadas, suelen interrelacionarse con cierta profundidad solo con sus guías. A menos que una delegación esté enfocada hacia eventos profesionales, “ha habido poco o ningún esfuerzo para proporcionar a los visitantes la oportunidad de reunirse con contrapartes nacionales que pudieran conducir a posteriores contactos, viajes y colaboración”. Los cruceros, por su parte, brindan acercamientos superficiales. Una nueva opción ha empezado a abrirse paso, se trata de giras pequeñas concebidas por empresarios estadounidenses, a menudo en alianza con un cubano que trabaja de manera extraoficial; prosperarían —se ha demostrado en Vietnam—,  si el Estado “reconociera a los guías como cuentapropistas y permitiera a la población local crear agencias (pequeñas y medianas empresas)”, las cuales ofrecieran ese servicio a quienes descienden de los cruceros y  “prefieren pagar por una experiencia más personal que dejar el barco para subirse a un autobús turístico”. Otra categoría de viajeros, la más controvertida, involucra a expertos, académicos y activistas; ellos desarrollan relaciones, amistades, un punto de vista independiente, y a menudo son recibidos con desconfianza, bajo la sospecha de que sean agentes encubiertos. En general, asegura McAuliff, “la diplomacia de la gente tiene enemigos en ambas sociedades. Los exiliados extremistas en los Estados Unidos ven en cualquier crecimiento de la comprensión y la empatía entre los dos territorios, un peligro para el poder de su narrativa hostil”. Del mismo modo, frente a las agresiones económicas y políticas del poderoso vecino que ha tratado de dominar el país desde el siglo xix, “los núcleos duros dentro del sistema cubano temen el impacto subversivo de la diplomacia formal e informal”.

Fotos: Jorge Félix Castro/Temas.

Mundialmente, los obstáculos al ejercicio diplomático no tradicional parten de que los Estados se resisten a ser suplantados y frenan aquellas manifestaciones supuestamente encaminadas en esa dirección. A la par, suelen hacer caso omiso a las sugerencias de la academia sobre aspectos de la política exterior, y mantienen posiciones inerciales, advirtió Eduardo Perera. Por otro lado, las sanciones que los gobiernos imponen a sus contrapartes de otros países también afectan a los actores sociales; sucedió así cuando en 2003 la Unión Europea limitó las visitas de carácter cultural a Cuba, medida eliminada cinco años más tarde. Además, a escala internacional, disímiles restricciones buscan minimizar la afluencia de migrantes a las naciones desarrolladas y su influencia en las sociedades que los acogen. El especialista insistió en que todos los actores sociales no cuentan con similares recursos y habilidades para incidir en las relaciones exteriores, pues algunos reciben menos información, o les llega distorsionada, o les falta capacidad para procesarla.

Llegó el turno del auditorio. Una joven estadounidense, alumna de la Universidad de Harvard, quien estudió un semestre en el Alma Máter habanero y luego retornó para cursar una maestría, atestiguó: “Yo misma tengo experiencia en la diplomacia de la gente. Cuando salí de Cuba había cambiado mi visión sobre ella, y también la que tenían sobre mi país los amigos hechos aquí”. Un habitual asistente a UJ mostró su preocupación en cuanto a que, si bien en la actualidad los pueblos desafían a los gobiernos en cortes internacionales, y hablan “desde el internacionalismo y un espíritu comunitario”, en realidad están interpelando al sujeto equivocado, pues el verdadero poder lo ejercen las megaempresas y corporaciones. Cierto periodista y profesor nos recordó el papel jugado por las instituciones religiosas nacionales en diversos procesos diplomáticos acaecidos durante las seis décadas de vida de la Revolución. Un jubilado deploró que múltiples prohibiciones impiden a los cubanos practicar la diplomacia de la gente. Otro asistente puso en duda la validez incluir entre los actores de esa práctica a ONG como la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP), la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) o la Central de Trabajadores de Cuba (CTC), tan estrechamente asociadas al gobierno de la Isla.

Antes de entregar el micrófono a los demás panelistas, Alzugaray puso ejemplos de diplomacia conducida por vías informales, como la sostenida por José Martí en pro de la independencia de su patria, la efectuada por los médicos y otros internacionalistas cubanos, la que despliegan renombradas agrupaciones culturales, entre ellas “el Ballet de Litz Alfonso, el cual, con sus presentaciones por el mundo cambia la imagen que sobre Cuba difunden los Estados Unidos”.

Todavía determinadas acciones “no están totalmente cubiertas por la legislación del país”, incluso la nueva Constitución ha dejado vacíos, pero eso no significa que hoy no se hagan. Ya “es imposible parar el desarrollo de la diplomacia de la gente”, recalcó Oniel Díaz Castellanos y garantizó que el sector privado continuará asumiéndola con fuerza.

Fotos: Jorge Félix Castro/Temas.

Buena parte de los candidatos demócratas se han manifestado contra la política de Trump y favorecen la terminación del bloqueo; por lo tanto, la situación podría variar cuando los Estados Unidos tengan un nuevo presidente. Ocurra o no el cambio a corto o mediano plazo, lo indudable es que “la diplomacia de la gente transforma el mundo fragmento a fragmento y al final llega al gobierno”, expuso John McAuliff.

Eduardo Perera puntualizó que la diplomacia ciudadana no solo se enfoca en la política, discurre en todos los terrenos (económico, comercial, cultural, académico...); y no siempre se hace a favor de un Estado, también puede actuar en contra. Además, recordó con satisfacción la avalancha de alumnos norteamericanos hacia la Universidad de La Habana, tras el restablecimiento de relaciones entre los Estados Unidos y Cuba. Fue un hecho significativo, pues “los estudiantes ejercen un efecto multiplicador de imagen y de percepción como ningún otro agente de la sociedad”.

Finalizó el encuentro y, como es habitual, algunas personas dedicaron unos minutos a intercambiar criterios informalmente. Quizás concordaran acerca de que la problemática de la sociedad civil en la Isla y sus relaciones con el Estado —que centró parte de las intervenciones del público en este UJ, aun sin ser el tema del panel— merece un próximo Último Jueves.