Último Jueves

“El político y el científico”

Fecha: febrero 24, 2022
Lugar: Sala Polivalente “Héctor García Mesa”
UJ 24 febrero 2022

El Último Jueves de Temas celebró sus veinte años de realización ininterrumpida con la discusión, este 24 de febrero. en torno a las relaciones que surgen entre los conocimientos científicos y la política práctica. Fue trasmitido por Telegram y Facebook mediante un audiochat y un video respectivamente, desde la Sala Polivalente “Héctor García Mesa”, del ICAIC, el 24 de febrero de 2022.  


Rafael Hernández: Bienvenidos. Hoy tenemos con nosotros a Jenniffer Bello, graduada de Pedagogía en el campo de la pedagogía-psicología. Ha ejercido la docencia universitaria en estas materias y actualmente se dedica a ser gestora de contenidos digitales en Cinesoft, una empresa de informática y medios audiovisuales del Ministerio de educación (MINED). Además de haber sido presidenta de la FEEM es diputada a la Asamblea Nacional del Poder Popular desde 2013.

 Carlos Rodríguez, profesor de física de la Universidad de La Habana, graduado en la Unión Soviética de física-matemática. Es Académico de Mérito y vicepresidente de la Academia de Ciencias de Cuba (ACC). Ha publicado diversos libros sobre estas materias y también sobre la historia y los impactos sociales de la ciencia.

 José Ramón Acosta Sariego, doctor en medicina y también en filosofía. Máster en Bioética. Coordinador de la cátedra de Bioética de la Universidad de La Habana; profesor titular del Instituto de Ciencias Básicas y Preclínicas Victoria de Girón, y vicepresidente de la Red Latinoamericana y del Caribe de Bioética de la Unesco.

 Reudenys Salas Hartemant, Profesor y doctor en Ciencias Pedagógicas de la Universidad de Guantánamo. Es especialista en estudios afrocaribeños y, además, ocupa el cargo de primer secretario de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) en esa provincia. No es la primera vez que tenemos a un representante de Guantánamo en un panel de Último Jueves, también lo hubo cuando tratamos la Base Naval de Guantánamo, aunque quisiéramos tenerlos más a menudo. Constituye una oportunidad excepcional que esté aquí con nosotros.

Y al doctor Ricardo J. Machado, sociólogo, profesor durante muchos años, doctor en Ciencias por la Universidad Humboldt de Berlín. Tiene una experiencia particular como asesor del Consejo de Ministros. Además, es colaborador de la revista Temas, y se ha dedicado durante mucho tiempo a las relaciones entre ciencia y política.

Le voy a pedir al panel que responda en tres rondas, la primera pregunta es, ¿cuáles son los roles del político y del científico?, ¿de qué animales estamos hablando?, ¿cómo se distingue al político del funcionario?, ¿cómo se distingue al científico de otros intelectuales? Le corresponde hablar a Jenniffer, la única mujer, sentada en el extremo de la mesa -aunque invitamos a otras que no pudieron asistir. Adelante.

“El político y el científico”
Panelistas invitados al Último Jueves dedicado a «El político y el científico»

Jenniffer Bello: Hay un elemento muy importante: la relación que existe entre política y ciencia para poder determinar estos roles. Existen muchas definiciones acerca de cómo estos se ven entre políticos y científicos, pero es necesario contextualizar la manera en que los roles se establecen o se perciben, porque determinada formación económico-social o el sistema político imperante siempre va a poner un sello particular a cómo se percibe el rol del político y el del científico, por ello la respuesta hay que contextualizarla al escenario cubano.

 En nuestro país el político en ejercicio de gobierno ha de representar las opiniones, los intereses y las preocupaciones de la población con un alto sentido de la responsabilidad, sensibilidad, y una preparación científica-cultural para analizar integralmente los problemas a los que se enfrenta y así poder elaborar, encauzar, direccionar e instrumentar políticas públicas para resolverlos y así propiciar una participación real en la toma de decisiones, que puede que sea lo ideal o, al menos, a lo que hemos querido apostar, y contamos con suficientes ejemplos para demostrarlo.

 En relación con el científico, este cumple un rol social muy importante al generar nuevos conocimientos con el propósito de resolver problemas que impactan en la vida política, económica y social, de ahí su elevado compromiso de poner el conocimiento científico, la tecnología y la innovación en función del desarrollo pleno e integral de la sociedad. Resulta cada vez más imprescindible comprender que el conocimiento, la ciencia y la tecnología e innovación son decisivos para el desarrollo económico-social, educacional y cultural del país, principalmente para el ejercicio y arte de hacer política.

 En cuanto a distinguir al político del funcionario, si lo contextualizamos en nuestro escenario, a veces se diluyen estos roles; pudiera ser que alguien determinara o percibiera que el funcionario es también político, o que este último, a veces, ejerce determinados roles del primero; en sentido general, el político posee, o debería poseer, habilidades tan diversas como la buena comunicación, el liderazgo, la empatía, la resiliencia, la manera también de conducir, conciliar, consensuar, y de ser empático-resiliente.

 Por otra parte, el funcionario debe aportar experiencias derivadas de sus conocimientos de gestión y administración pública, de sus competencias técnicas de carácter profesional, pero también de conocimiento institucional. Por tal motivo, resulta necesario garantizar que los profesionales que ocupen estas responsabilidades estén capacitados para ello, situación que, a veces, se dificulta cuando hay ausencia de métodos directivos factibles para el ejercicio y el desempeño de sus funciones.

 En el actual escenario que se están produciendo, y en las propias transformaciones en la manera de gobernar, de gestionar y administrar el país, sería muy oportuno establecer esos límites o los roles que tienen claramente el político y el funcionario, porque pudiera parecer que sería difícil separarlos o distinguirlos.

 Y con respecto a distinguir al científico de otros intelectuales, tenemos la visión, la expresión, de los científicos sociales, y de muchos intelectuales que se expresan también en el área de las ciencias.

 Hay una triada que distingue al intelectual en su sentido más amplio, en cuanto al intelecto, la crítica y el discurso a partir de la relación que realiza, expresada también en ese ámbito social, que por lo tanto introduce de manera activa en el ámbito público, concreta su condición política y mediante el discurso asume su compromiso y ejerce la crítica. En ese sentido, el científico, y en particular el científico social cubano, consecuente con su función en la sociedad, emplea el método científico para interpretar la realidad y sus movimientos futuros; sus conocimientos le permiten predecir, lo cual debe estar en perfecta sintonía con quienes ejercen el poder político, lo que coadyuva de manera acertada en la toma de decisiones, y dicho método le permite también poder ayudar en ello.

 Cierro esta pregunta con una evaluación de Pablo Freire, ahora que estamos tratando de tocar desde la educación popular la transformación de la sociedad: “el científico intelectual tiene una responsabilidad político-pedagógica en la cual entabla una relación con las masas, donde son estas y no él quienes deben asumir el protagonismo social”.

Carlos Rodríguez: No voy a presentar una conceptualización del tema, tengo que basarme en mis vivencias y, a mi juicio, la política y la actividad de los políticos tiene que ver, sobre todo, con alcanzar el poder, mantenerlo y ejercerlo, en función de transformar la sociedad y sus instituciones con determinados fines.

 Lo esencial del científico es la generación de nuevos conocimientos, basados en evidencias contrastables, y su aplicación supuestamente para el progreso humano.

 Cada actividad tiene principios o ámbitos, sus métodos, sus reglas de juego, sus tiempos, y los diversos problemas; nosotros venimos a hablar de los políticos y los científicos sobre todo en el momento en que convergen y empiezan a colaborar. A través de la historia ha habido muchos casos, desde la antigüedad incluso, de políticos que se rodearon de científicos o de tecnólogos, también de artistas, escritores, etcétera, no solo con propósitos de mecenazgo sino también para utilizar sus conocimientos en función de sus programas, de sus objetivos políticos.

 Por otra parte, los científicos buscan, necesitan el apoyo de los políticos, recursos para su trabajo, reconocimiento para interactuar con otros sectores de la sociedad, aunque hay científicos que no quieren saber nada de política, hay muchos, y en número creciente no solo en nuestro país, del que voy a hablar al final, sino en el mundo, de científicos que entienden que una de las misiones fundamentales de la ciencia es contribuir a que la toma de decisiones, la formulación de políticas, las acciones que se emprenden en la sociedad, estén basadas en el mejor conocimiento, en evidencias, y no en creencias, y muchos menos en mitos, pseudociencia, desinformación, etcétera, esa es, por parte de los científicos, una motivación muy fuerte y muy importante.

 La diferencia entre el científico y el intelectual depende mucho de quién sea uno y otro, pero yo conozco algunos ejemplos en la historia en los que los científicos se ven más cerca de la tecnocracia y más relacionados con estudiar un problema, hacer un diagnóstico, una explicación, o formular recomendaciones; sin embargo, cuando hay que captar un poco el espíritu y el alma de las sociedades los artistas y los literatos lo hacen; por ejemplo, cuando surgió el fascismo en Europa cómo reaccionaron los científicos, con excepciones, y cómo los artistas, también con excepciones.

 En cuanto a los funcionarios y los políticos, más bien ubico al político como el decisor, con el jefe que toma las decisiones, y el funcionario generalmente está en un rol más auxiliar, más de apoyo, aunque también toma sus decisiones. En la relación entre los políticos y los científicos el funcionario suele quedar en el medio, a veces facilitando y otras entorpeciendo esa relación.

 Quizás deba añadir que los científicos suelen ser más cosmopolitas, y que los políticos tienen más raíces en el lugar de procedencia; esta es una idea general que puede ser polémica porque, además, pueden darse casos indistintos, pero muchos científicos han estudiado en el extranjero, han pasado largos períodos de estudio en otras partes y eso, a veces, les hace tener una visión un poco más universal.

José Ramón Acosta: El nivel de coincidencia que tengo con Carlos es muy alto, prácticamente en la mayor parte de las cuestiones de esta primera pregunta, porque para mí la política se relaciona con el poder, con la obtención y la gestión del poder, mientras que la ciencia se gestiona, se relaciona con la adquisición de nuevos conocimientos y su aplicación práctica, sobre la base de un método que permita regular, y establecer —como bien decía Carlos—, evidencias contrastables, o sea, sustentar ese conocimiento en estas.

 Aparentemente puede parecer que son ámbitos diferentes, pero a través de la historia, y desde mucho antes de la modernidad, la noción de ciencia y científicos, la gestión de los líderes políticos se basó en los conocimientos y en los avances de su época. En la medida en que los conocimientos, las nuevas tecnologías que se fueron añadiendo incrementaron la productividad del trabajo, el poder inclusive hasta de las armas con que se contaba, la gestión política desde la antigüedad usó lo que había aportado su época; si analizamos varios ejemplos en la historia se reafirma esto suficientemente mucho antes de que se hablara de ciencia y de científicos, es decir, que siempre la gestión política de alguna manera se ha basado en el conocimiento, y más modernamente en la ciencia, y obviamente, los científicos han requerido del soporte, del apoyo, de los estamentos políticos a los diferentes niveles en que se han desarrollado para llevar a cabo sus ideas y sus propuestas; por ejemplo, Leonardo nunca convenció a Ludovico el Moro de que aplicara sus inventos, lo que más le interesó al segundo de todo lo que le presentó fue el sistema de fundición de bronce para hacer la estatua ecuestre de uno de sus antecesores, para resaltar el poder de su familia, y todo lo interesantísimo que le presentó no le satisfizo, no le llamó la atención. Este ejemplo del renacimiento es ilustrativo de cómo el científico necesita del apoyo de los políticos.

 En cuanto a la diferencia entre el funcionario y el político, a mi juicio, el último está en el nivel de las decisiones estratégicas, en el diseño e implementación de medidas que entrañen políticas ya sean que afecten tanto el ámbito público como el privado, mientras que el funcionario está en el nivel de cumplimiento, en la implementación. Un político puede ser un funcionario, pero no necesariamente viceversa. Igual pasa con el científico y el intelectual, no todos los científicos son intelectuales, hay artesanos de la ciencia, los hay muy buenos, y de la tecnología, y sin embargo hay científicos que son intelectuales de primer nivel porque aúnan en su quehacer el mejor espíritu de su época, el resumen de la cultura del momento en que viven.

Reudenys Salas: Hoy es un día memorable, estamos hablando del político y el científico, y si de política se trata tenemos que recordar que el 24 de febrero para Cuba constituye una fecha significativa y trascendental para los destinos propios de la nación.

 Considero que en mi persona se imbrican las dos esencias, tanto la del político como la del científico, a partir de las propias tareas que asumo como primer secretario de la UJC en Guantánamo y, además, como un hombre de ciencias que se dedica a investigar y a producir nuevos conocimientos en pos de la propia transformación de la sociedad.

 Es muy interesante cada una de las respuestas, de los criterios que se han esgrimido, porque existen ideas comunes, que en definitiva son la esencia para poder buscar la respuesta más adecuada a cuáles son los roles esenciales que distinguen al político del científico.

 Desde la óptica de la propia ciencia, el rol fundamental del político estriba en velar por el interés general de los ciudadanos y mantenerse dentro de una ética profesional de servicio al pueblo, y coincido con Jenniffer, hay que contextualizarlo, porque no estamos hablando del mismo político en la Cuba socialista, con una formación económica totalmente diferente, al político de un mundo capitalista; por lo tanto, es muy complejo, eso constituye un elemento esencial a la hora de poder identificar o de poder determinar ese rol esencial del político, y que desde la perspectiva cubana tiene que mantenerse dentro de esa ética profesional de servicio al pueblo y no a sí mismo, que también, en definitiva, constituye uno de los propios aportes del propio proceso cubano dado el ordenamiento jurídico, que lo considera como representante del pueblo en el mantenimiento, gestión y administración de los recursos, y como miembro formalmente reconocido y activo de un gobierno que genera influencias sobre el modo en el que la sociedad es regida. Hay un elemento que lo entroniza con la esencia del rol del científico, y es si la influencia sobre el modo en que dirige la sociedad es regida por medio de conocimientos sobre la base de las dinámicas sociales en el ejercicio del poder; por consiguiente, cuando vemos la esencia de lo que consideramos el rol fundamental de ese político, estriba en ese comportamiento, en esa ética profesional de servicio al pueblo, sobre la base de esos medios de conocimiento a partir de las dinámicas sociales en el ejercicio del poder.

 Coincido con una observación que un eminente científico cubano que, además, se ha dedicado también a los estudios de los problemas sociales de la ciencia, abordado en uno de sus textos de última generación: Jorge Núñez Jover, explica en La ciencia y la tecnología en los procesos sociales lo que la educación no científica puede ocasionar. Afirma que los poderes políticos y militares, la gestión empresarial, y los medios de comunicación masivas, entre otros, descansan sobre pilares científicos y tecnológicos, por lo tanto eso nos dice que evidentemente no puede haber un divorcio entre los que desde el punto de vista del político genera, y lo que la ciencia y el científico propiamente ejercen, por lo que considero que el rol esencial de todo científico responde a la transformación de esa sociedad desde una perspectiva del conocimiento de esencia eminentemente humanista dado su carácter clasista, que se sustenta en la visión social que asume a partir de sus fines concretos.

 Ello nos permite interpretar la ciencia como un proceso social, es decir, como compleja empresa en la que los valores culturales, políticos y económicos, ayudan a configurar ese proceso que, a su vez, incide sobre los propios valores y sobre la sociedad que mantiene.

 Escuchaba atentamente el criterio de mis colegas sobre las diferencias entre el político y el funcionario. Desde mi concepción, todo político es un funcionario, y me parece que la diferencia estriba precisamente en los niveles de decisión que pueda adoptar, porque en definitiva todo político, como funcionario del Estado responde precisamente a determinados intereses, y desde mi perspectiva la diferencia está en ese nivel de toma de decisiones a la hora de asumir cualquier rol.

 Citaba a Núñez Jover porque a partir de la diferencia entre científicos e intelectuales también su libro nos da la posibilidad de poder entender las propias diferencias que existen entre el científico y el intelectual. En tal sentido, considero que todo científico es un intelectual, pero tenemos que tener en cuenta que las leyes del conocimiento también nos dicen que hay conocimientos científicos y no científicos. Ese conocimiento científico, válido a partir del razonamiento para comprender que está regido por la objetividad, que tiene atributos del conocimiento, es lo que él utiliza para poder tener un resultado concreto que transforme un problema concreto alejado de esa espiritualidad de la cual hablaba uno de los panelistas, y es que el científico como intelectual necesita de determinado aparato categorial, poder asumir variantes y variables que le permitan concretar instrumentos de investigación para obtener un resultado, un nuevo conocimiento final, que es concreto, objetivo, independientemente de la ciencia que se encargue; mientras que los otros intelectuales, y asumo que con ello nos estamos refiriendo a esos artistas escénicos, literatos, plásticos, en fin, a todo el que se mueve en la esfera del arte, se acercan más a la realidad a partir de esa forma creativa, subjetiva, espiritual, que refleja y recrea a través de su obra un resultado concreto, determinante de ese mundo subjetivo en el que está viviendo; a eso pudiera establecerlo como conocimiento no científico, y es lo que va a diferenciar a ese científico como un intelectual, son las percepciones a partir de lo que se busca, de cuáles son esos roles del científico, del político, es lo que está diferenciando a uno de otro, y del resto de los intelectuales.

Ricardo J. Machado: Le agradezco a Rafael la invitación, por una razón especial. Es que en este tema precisamente he venido trabajando desde hace un tiempo, con algunos resultados parciales. No me considero un experto, pero sí alguien que ha venido buscando las investigaciones que se han hecho sobre este tema, que hay una bibliografía extensa en los últimos años, es decir, he usado clásicos que todo el mundo conoce, El político y el científico, de Weber, que todo el mundo cita, y otros más recientes sobre ciencia y gobierno.

 La otra fuente han sido mis experiencias de más de diez años como asesor en el Consejo de Ministros. Ahí tuve la oportunidad de relacionarme con miembros de los dieciséis departamentos del Comité Central en aquella época, tuve cientos de conversaciones con  funcionarios. Encontré que eran personas muy educadas, muy cuidadosas con las expresiones de opiniones personales, más bien de pocas palabras, esa fue mi percepción.

 En la bibliografía sobre ciencia y gobierno hay dos tendencias. La que habla de política y de ciencia con relación a los temas, digamos, de los presupuestos del estado para la ciencia, de la política de doctorados, de la forma en que se dirige, por ejemplo, el estudio de las ciencias básicas, la biología, la tecnología, etc.

 La otra línea se refiere a los problemas concretos de la gestión de la ciencia vinculada a la fundamentación de las decisiones de gobierno.

 La segunda línea, la que más nos interesa, es la que pone las reglas acerca del funcionamiento operativo del gobierno, y aquí surge una pregunta: ¿se puede enseñar a gobernar bien? Weber decía que, como en la política hay procesos de profesionalización, se requiere empezar a formar profesionalmente a los políticos, no de una manera azarosa, como era antes. Cada país tiene un modelo de formación de políticos.

 Los funcionarios generalmente están vinculados a la cuestión operativa. Weber dice, cuando describe a los funcionarios, que son personas que no tienen principalmente convicciones personales, son las del partido; mientras que el político, aunque tiene convicciones compartidas con su partido, tiene cierta mayor independencia. El político está más orientado al futuro, y el funcionario al presente; el político está más orientado a la acción y el funcionario a la misión, a lo que tiene que hacer.

 Usando otra imagen, el político se orienta hacia adelante, y de vez en cuando mira el retrovisor. El funcionario le dedica más tiempo al retrovisor. Quiero comentar la pregunta: ¿cuál es el espacio de control que debe existir? En el caso cubano, el Estado, con un espacio de control demasiado amplio, como ocurre con el socialismo histórico, vertical, centralizado, genera una serie de eventos caóticos a veces, porque no se pueden controlar tantas cosas. En el otro extremo, el neoliberalismo imperante en el mundo de hoy, produce efectos caóticos similares al exceso de control. Hay un principio de dirección que dice: «mientras más controles, menos control.»

 Precisando la diferencia entre el político y el científico, pongo un ejemplo. Cuando aquí en marzo de 2020 surgió la pandemia, el presidente tuvo la visión de adelantarse y saber que nosotros no teníamos capacidad financiera para comprar vacunas. Identificó el problema ante la comunidad científica y lo expresó claramente. Los científicos en este caso formularon el problema en términos científicos y elaborar la implementación práctica que condujo a responderlo. El político tiene que tener el olfato, Fidel lo mencionó treinta años antes, hace falta mucha intuición para adelantarse al futuro.

Las diferencias están en las características del proceso de trabajo de los intelectuales, los funcionarios y los políticos. El proceso de trabajo del político consiste en apelar a la nación, hacer un discurso ante un millón de personas, y además ir orientando y formando a los funcionarios operativos. El funcionario del gobierno tiene un proceso de trabajo que es ya la implementación, las acciones prácticas, concretas; aunque a veces hay un alejamiento de la intención del político, no siempre puede haber concordancia entre la operación del político y la operación práctica del funcionario.

 Se ha señalado, por ejemplo, acerca del funcionamiento de los órganos políticos de nuestro Parlamento, que se reúnen muy pocas veces al año, con muy poco tiempo para analizar treinta, cuarenta o cincuenta problemas en dos semanas. Habría que investigarlo el funcionamiento de nuestro Parlamento, como un órgano importante que refleja las opiniones de diputados y diputadas.

Rafael Hernández: Muchas gracias. De cierta manera han empezado a responder mi segunda pregunta; sin embargo, antes de formularla a continuación, quiero que incluyan en ella dos subpreguntas: ¿Cuando un político se refiere a «la colaboración con la ciencia», está pensando más bien en la ciencia natural o en la social?, o ¿el político siempre cree que la ciencia natural le puede aportar igual que la llamada ciencia social?, ¿se colocan del mismo modo frente a la ciencia natural que a las ciencias sociales, a la ciencia del gobierno, a la ciencia sobre la sociedad, sobre las relaciones sociales, sobre «el espíritu y el alma de la nación», que se supone estudia también el sociólogo, no solo el artista y el escritor?

La otra: ustedes, los científicos que están en la mesa, quienes probablemente hayan ejercido funciones de responsabilidad en una institución, y desde ese punto de vista han funcionado como políticos o como funcionarios de ella; y los panelistas que ejercen actividades políticas, y tienen una formación y proyección académicas en su trabajo, ¿cómo han vivido ambos roles a la vez? ¿Son inseparables? Aquí estamos en una actividad de análisis, y como en todo análisis, se trata de separar funciones y roles, que era el centro de la primera pregunta.

 Y si pudieran precisar: ¿cuando ustedes piensan en un político están pensando en un miembro de la Asamblea Nacional o en un dirigente de la UJC? ¿En el momento preciso en que dicen «el político», están pensando en alguien que fue elegido, que tiene una función de representación, cuyo rol está definido por esa función y no por ocupar un cargo dentro de un aparato?, ¿hasta qué punto es así?

 Mi segunda pregunta al panel: ¿Qué tendría que aprender un político para poder hacer uso realmente del conocimiento científico en todas sus modalidades?, ¿qué le falta por aprender a un político?, ¿cuáles son las cuestiones que un político suele tener, no el tipo ideal de político —como diría Weber—, sino el real, habitual?, ¿cuáles son los déficits que tiene el político real, habitual, para aprovechar las modalidades diferentes del conocimiento científico en función del desarrollo y de la actividad del político, y de todo lo que le toca hacer al político? Y en sentido contrario, ¿en qué medida el científico debería entender cosas del político?, ¿y por qué es importante que las entienda, en el sentido de que sea vital para la función del científico y la del político? Piensen en algo clave que muchos científicos no entiendan acerca de lo que es la función del político.

Jenniffer Bello: Según el rumbo de la pregunta, esto se va complejizando y se ha convertido en una megapregunta con no sé cuántas vertientes. Estas preguntas están expresadas o mediadas por una relación fundamental entre poder y saber, o sea, el poder cómo se asume, cómo se ejerce, y el saber en esa producción o construcción del conocimiento y, por otra parte, en esa producción y conclusión de la acción del poder como tal, y por muchas interpretaciones que ha tenido es un dúo, una relación el político y el científico, la política y la ciencia, bien compleja, bien polémica en las maneras en que se asumen.

 Y en ese aprendizaje que debe estar en cada uno, en los problemas que emergen, desde una relación o una visión de la ética del político, está entender y concientizar que para realmente ejercer sus funciones y que respondan a su encargo social necesita del conocimiento de lo más avanzado de la ciencia, la tecnología y la innovación, porque su rol se atribuye, se determina, se le otorga, y cuando Rafael decía qué tipos de políticos nos imaginábamos, yo pensaba en todas las expresiones que estos puedan tener, desde un presidente de un Consejo Popular, de la Asamblea Municipal o Nacional, todo el aparato estatal cubano gubernamental como el secretario del Partido o del gobernador de una provincia, aunque posee un aparato de estructuras, de funcionarios bajo su mando, pero también es un político en la manera en que administra y gestiona su demarcación. Además, estoy hablando de los diputados, por supuesto, y de los delegados de un municipio, que pueden ser elegidos directa o indirectamente; o sea, el rol del político es otorgado y atribuido en esas funciones.

 En esa relación ética que tiene que existir, y el político concientizar que necesita de la ciencia para poder ejercer sus funciones quizás hay más ejemplos en nuestra sociedad de ver a las ciencias técnicas, naturales, exactas, básicas, para la toma de decisiones. Expresión de ello, es lo hecho debido al impacto de la pandemia.

 Sin embargo, las ciencias sociales son una incógnita o una asignatura pendiente para muchos, pero que se están retomando significativamente, o hay claridad, concientización de que se necesita de ellas, porque estudian o exploran, o investigan, o estudian el ejercicio del político, y, a veces, puede estar en esa relación y en esos problemas que dificultan en que el político también tiene la responsabilidad de equilibrar o estabilizar la política. Si un científico social, desde su investigación, viene ahora a decir que hay que hay que cambiar la política, yo desde mi zona de confort me cuesta trabajo entender que tengo que dar un salto hacia el cambio, por eso decía que está mediada por una relación ética, tengo que saber que lo que me está diciendo me tiene que permitir poder encauzar y asumir políticas públicas, y estos son conceptos que se están interiorizando ahora y se están haciendo más visibles por todos.

 Sin embargo, en la expresión de los aprendizajes, ahora hay un Consejo Nacional de Innovación, hay una estructura estatal, gubernamental, para asesorar a los políticos cubanos, a los que tienen que tomar decisiones o encauzar la instrumentación de políticas públicas, eso existe a nivel de Estado, pero considero que tiene que descender también a otras estructuras, o sea, para que otros puedan ejercer mejor sus funciones apoyados en la ciencia —expertos, el secretario del Partido y el gobernador de un municipio o provincia respectivamente, o el presidente de la Asamblea en un municipio, y no desde la empiria o desde el cumplimiento de determinada tarea, sino que la ciencia me tiene que decir que para tomar esta decisión me va a amparar.

 Imaginémonos un presidente, un Consejo Popular que determine quiénes son las personas, los expertos, científicos, educadores, intelectuales de su demarcación, trabajen o no en ella, que vivan allí, y que sean constituidos como el grupo asesor para que ese presidente del Consejo Popular, que tiene que tener más poder, pueda entonces ejercer sus funciones.

 Y en esos aprendizajes los políticos debemos/deben aprender de los científicos, sobre todo el método científico para poder interpretar su realidad —tan difícil, dura, compleja, inatrapable—,que tiene su cualidad de ser transformada, y la única manera de hacerlo es aplicando un método científico; por lo tanto, nuestros políticos dentro de su formación, profesional o no, para ejercer la política hay que lograr que se apropien del método. Los científicos pueden aprender de los políticos la comprensión del gran papel que ellos tienen, o sea, comprender también esa zona de confort que, a veces, es difícil de saltar, para que a la hora de presentar los resultados de sus investigaciones puedan ser lo más claros y efectivos posibles, y para que él asuma y comprenda que necesita modificar actitudes y conductas al aplicarlos.

Carlos Rodríguez: La relación de los científicos y los políticos es compleja, generalmente conflictiva en unos temas más que en otros; por supuesto, en el campo de las ciencias sociales más que en el de las naturales o técnicas, etcétera; las razones un poco las explicó Jenniffer, es decir, nunca he visto a un político que crea que sabe física, él pregunta y acepta como bueno lo que le digan los físicos, sin embargo no es así cuando se trata de economía, no es igual, es complicado; pues las afirmaciones que pueda hacer un físico a lo mejor tienen un grado de exactitud porque se trata de sistemas más simples, más controlados, que las que pueda hacer un economista.

 Hay políticos que tienen un elevado nivel cultural, una avidez de conocimiento tremenda. En mi experiencia recibí en laboratorios de la Universidad a decenas si no cientos de políticos y funcionarios, y puedo seleccionar con quizás los dedos de una mano a los que realmente estaban interesados, y no por que fueran científicos, sino porque realmente querían saber y entender para poderse comunicar después. Por ejemplo, Fidel estuvo dos horas en la Facultad de Física haciendo preguntas sobre superconductividad, él no se iba a dedicar a ella ni nos iba a decir qué teníamos que hacer, lo que hizo fue apoyar y se interesaba para qué servía, etcétera, y hay otros ejemplos de ese tipo.

 Los científicos también necesitan saber un poco cómo funciona la política, cómo se construyen consensos, cómo se toman las decisiones. Deben saber que se les convoca como expertos para que aporten conocimientos científicos, no opiniones; se trata de precisar dónde termina la ciencia constituida y comienzan las opiniones más o menos expertas. Hay que saber comunicar la ciencia con claridad a los que no son científicos, sin distorsiones y concesiones que la vulgaricen. Un buen diagnóstico y la explicación de un fenómeno es un gran resultado científico, pero los políticos necesitan, sobre todo, soluciones, y generalmente urgentes, por eso reclaman propuestas rápidas.

Siempre que sea posible deben ofrecerse varias opciones de acción diferentes, no amarrarse a una sola alternativa. Son los políticos los que toman las decisiones, las cuales suelen basarse en una combinación de elementos de diferente naturaleza, no todos científicos. Tampoco corresponde a los científicos explicar ni implementar las decisiones, eso es tarea de otras personas. Probablemente en muchas circunstancias los científicos serán presionados para que respalden con argumentos científicos opciones políticas ya decididas o ideas preconcebidas; deben saber resistir o esquivar esas presiones, o retirarse.

 Por su parte, los políticos deberían saber cómo funciona la ciencia, especialmente que los científicos estudian sistemas idealizados o simplificados, no la realidad en toda su complejidad sobre la que tiene que actuar el político.

 Los científicos necesitan tiempo para estudiar cada problema, uno puede apelar a lo que ya es ciencia constituida, a lo que ya está hecho, pero estudiar un problema nuevo lleva tiempo. Para ellos un buen diagnóstico y la explicación de un fenómeno es el punto de partida en la búsqueda de soluciones; sin comprensión no hay solución, no hay aplicación. También tienen pasiones, opiniones e intereses personales, que, a veces, mezclan con la información estrictamente científica, y a menudo exageran el valor de sus resultados.

 Hay que crear confianza, respetar la independencia de criterios sin represalias para el que diga lo que no gusta. Estudiar para entender. Todos recuerdan al Che, cómo organizó los estudios de matemática, física, y computación, en el Ministerio de Industrias. Fidel, en plena Zafra del 70, a veces iba a cortar caña con Chomy y después ahí estudiaban matemática, porque él sabía que tenía que estudiar, que saber.

 Los roles que nos ocupan deberían entender que para comprenderse hace falta tiempo, oportunidad de diálogo, y que sin un comportamiento ético no hay una buena relación posible.

José Ramón Acosta: La subpregunta es muy importante. Me llamó mucho la atención porque todavía una buena parte de nuestros políticos y funcionarios se mueven en el horizonte del paradigma epistemológico clásico, donde hay ciencias duras y blandas, y las respuestas caen en la explicación de lo que ya pasó, y no de una participación importante en el diseño e implementación de políticas.

 El reciente Decreto-Ley que modifica, actualiza todo el sistema de ciencia, tecnología e innovación, es un amplio marco que luego fue traducido en varias resoluciones del CITMA, y la resolución que reestructura el sistema de categorización científica —a pesar de que la dirección del país está haciendo insistencia en la necesidad de que las ciencias sociales tengan un papel más activo en el diseño e implementación de las políticas— elimina el requisito “problema social en la ciencia y la tecnología” para acceder a la categoría científica hasta el investigador final; y a pesar de que el Decreto-Ley tiene un apartado donde admite o da la posibilidad de que se creen comisiones independientes para evaluar los proyectos, en esa resolución donde se establece el proceso de evaluación de proyectos no se incluyen los comités de ética de la investigación.

 Y dentro de los puntos que Carlos señaló me parece muy importante la cuestión de los tiempos de las ciencias, que no necesariamente tienen que ser los mismos de la política. Yo tuve la oportunidad de ser parte del comité de ética de la investigación que controló los ensayos clínicos Fase III de los candidatos vacunales Soberana 02 y Soberana Plus, y los estudios de intervención con Abdala en La Habana, y esta experiencia —vengo de ser presidente de un comité de ética e investigación—, el Decreto-Ley y las resoluciones del CITMA me tocan directamente, porque los investigadores de mi facultad están diciendo: «Ya el comité de ética de la investigación no tiene razón de ser», a pesar de que hay cuatro resoluciones del ministro de Salud Pública que obligan a que todo proyecto de investigación sea evaluado por un comité de ética, pues como en la resolución del CITMA no aparece, no hace falta. Es un debate candente.

Como ciudadanos estamos muy imbuidos de la necesidad de que las investigaciones antes mencionadas iban a dar los resultados que al final dieron; sin embargo, —como decía Carlos— cualquier investigación lleva tiempo; los decisores políticos fueron escrupulosos en concedernos el tiempo que requería, claro está que pusimos todo de nuestra parte para acortarlo sin violar ningún paso. A ese proyecto de ensayo clínico no se le dio el aval hasta que no cumplió con dieciséis indicaciones obligatorias, es decir, a pesar de que se necesitaban las vacunas, se observó escrupulosamente todo el proceso. Hay que ver el estadio Latinoamericano lleno, hay que ver todas las escuelas funcionando, para saber que fuimos por el camino correcto. La otra cuestión es en relación con los tiempos.

Rafael Hernández: Esa vamos a dejarla para la tercera pregunta.

Reudenys Salas: Acerca de la subpregunta que Rafael hacía sobre si los representantes de la UJC pueden considerarse políticos, creo que sí, porque responden a políticas y las generan. De una manera u otra están validados por diferentes organismos u órganos de dirección, por lo tanto son representantes también del pueblo; de hecho, esa organización forma parte del sistema político cubano; en consecuencia, todos sus representantes hacen política y se consideran políticos.

 Comparto el criterio de la relación poder-saber, definitivamente es necesaria. Se hablaba de la necesidad de la colaboración entre el político y el científico para la toma de decisiones y esa transformación de la sociedad. Aunque política y ética no sean sinónimos, aunque pudieran ser incluso hasta antagónicas, en la relación poder-saber tiene que mediar la ética; desde mi perspectiva, es un principio cardinal y, además, por la relación necesaria que se debe establecer de coordinación-subordinación entre lo político y el propio saber.

 Para determinar las variables que pudieran comprender o hacer comprender la relación saber-poder, me pregunto ¿cuáles son esos saberes necesarios que necesita ese político desde el punto de vista de la ciencia para poder llevar a cabo su labor y tener mejores resultados?, ¿cuáles son esos contenidos científicos que sistematizar para poder implementar o poner en práctica esas ideas, y de los que nos podamos empoderar.

 Algo que ha sido muy novedoso en Cuba y que ha venido dando resultados en estos últimos tiempos es el sistema de gestión de gobierno basado en ciencia, tecnología e innovación, del Presidente de la República, o sea, cómo es la expresión directa de esa relación poder-saber, político-científico, a partir de la propia estructuración que se establece dentro de ese sistema de gestión de gobierno; pero, además, no por gusto en el caso cubano uno de los pilares en el que descansa tal gestión es precisamente los tres basamentos, a partir de los propios resultados, e invito a acercarse a esa teoría científica del doctor en Ciencias, Miguel Díaz-Canel, porque ilustra todo eso con el ejemplo concreto de la COVID-19: cómo Cuba pudo en 2020, 2021, tener un enfrentamiento positivo a la pandemia aplicando ese sistema.

 El político en estas condiciones requiere analizar los fenómenos atendiendo siempre a los contextos, sobre todo para la toma de decisiones. Desde las Tesis de Feuerbach se dice la necesidad del conocimiento del contexto para poder transformarlo, y el político necesita analizar un fenómeno tal y como lo hace el científico, y poder determinar cuáles pudieran ser o no las variables ajenas o las que pudieran o no incidir directamente en el resultado concreto.

 Comparto lo que se decía del científico anteriormente. Él necesita ese elemento trascendental que tiene el político, que va a la toma de decisiones, sobre todo para esa generalización de los resultados científicos, porque el científico le pone en las manos al político el resultado concreto, pero la toma de decisiones al final la tiene el político. Hay que seguir trabajando para poder tener los resultados concretos y poder concretar esa relación poder-saber.

Ricardo J. Machado: Voy a cambiar el orden del comentario y comenzar por una observación que tú hiciste, que yo interpreté en el sentido del papel que juegan las ciencias sociales con relación a las ciencias duras en cuanto a la sostenibilidad del sistema político; este asunto hoy es decisivo, yo lo asocio al concepto de desarrollo.

El concepto de desarrollo es fundamental para el despliegue de la sostenibilidad de una sociedad. Ya un grupo de universidades europeas hace rato que han creado una carrera universitaria que se llama Tecnología, Economía y Desarrollo Social, articulando las variables tecnológicas. Esas variables tecnológicas por sí solas no pueden producir desarrollo, o articuladas a la economía por sí solas no pueden producir desarrollo. Solo cuando se articulan a las ciencias sociales, que son las que tienen que ver con lo que pasa adentro de la persona, con lo intangible, con los sentimientos, con las motivaciones, por ejemplo, las motivaciones.  Estas se vinculan a algunos de los fallos del funcionamiento de nuestra economía, pues la motivación es la gasolina del cerebro humano, y depende de un equilibro entre los intereses sociales del estado y los intereses privados. Cuando el interés estatal lesiona y fracciona el interés individual se desconecta la motivación. Hay que trabajar mucho para darle más sostenibilidad al sistema sociopolítico nuestro.

 Las ciencias básicas y las tecnológicas, por ejemplo, la medicina, aportan mucha sostenibilidad a un sistema político, la salud, la educación. Pero si no hay ciencia que se ocupe de lo intangible, de la legitimidad de un gobierno, de la credibilidad, de la comunicación del gobierno, de si los políticos de primero y segundo nivel utilizan frases inconvenientes, no es posible consolidar de manera firme la sostenibilidad de un sistema político.

 El papel de las ciencias sociales, de las ciencias del comportamiento, las que trabajan en las relaciones sociales, son decisivas en que un sistema político avance, se desarrolle y se estabilice.

 La subestimación en el reconocimiento de las ciencias sociales es grave. Cuando nosotros analizamos la estrategia de confrontación que tiene el enemigo y el barraje enorme que está haciendo a nivel internacional a través de las redes sociales, de YouTube, y la analizamos, encontramos que han creado un sistema.

 La lucha por la conciencia y el destino del hombre, de lo que hoy se define, es una batalla que está dentro de la conciencia humana, y ahí solo se llega con herramientas que tienen articulación con las emociones, con el pensamiento y el cerebro humano.

Hace años que las universidades europeas, en España, por ejemplo, se ocupan de estudiar el control de procesos sociales, desde 2012. Nosotros estamos empezando ahora. Se trata de la unión de la matemática, la computación, la sociología, las ciencias del cerebro. No podemos esperar que nos sorprendan sin ese conocimiento. Ellos tienen planificado el plan de ataque contra la Revolución en el plano de la conciencia. Recuerdo a cada rato una frase de El Capital donde Marx dice: «La productividad y la eficiencia están dentro de la personalidad del obrero». Se adelantó ciento cincuenta años al concepto de capital intelectual. Marx se dio cuenta de que la productividad está en la fisonomía interior del ser humano, en el desarrollo de su motivación, de sus valores, esa es la base de la productividad, de si tiene ganas de trabajar. Y eso es válido para los científicos y en alguna medida para los políticos.

 El punto en común que todos tienen es la ética. La ética del político no es la ética del hombre común; el hombre común, o nosotros, podemos manejar dosis de verdad. El político tiene grandes compromisos en el manejo de la verdad. He discutido con políticos acerca de que si decir una verdad es más peligroso que decir una mentira. El político debe saber gestionar la verdad. Fidel era un maestro en eso. Y no tiene que ver sólo con su cultura política; y con el aporte de los griegos, del pensamiento filosófico, durante los dos años en el presidio de Isla de Pinos estudiando filosofía y pensamiento filosófico, según personas que estuvieron entonces con él.

“El político y el científico”

 
Rafael Hernández: Ya estamos entrando en la parte final y en la postfinal inclusive. La cantidad de intervenciones que hubiéramos podido tener se ha reducido debido a que algunos de los que estaban escuchando han dejado de hacerlo, porque nuestra conexión ha estado fallando.

Rafael Cruz: El político es la persona encargada de las labores de dirección política de la sociedad, la que en la distribución social del trabajo, mandatado por el pueblo, gestiona sus demandas. Tras la práctica de la dirección política debe haber ciencia, especialmente en un país en transición socialista, como Cuba; pero la dirección, como ciencia, no puede por sí sola resolver las demandas que la realidad impone, por eso necesita de la participación del resto de las ciencias, de todas. Es decir, se debe lograr una especie de comunión entre ciencia y dirección, que otorgue calidad al proceso de toma de decisiones, y por lo tanto, una unidad dialéctica entre teoría y práctica. Ese proceso debe apoyarse en métodos, en recursos, en herramientas, que la ciencia ha creado como la sistematización, el análisis, la investigación, el diagnóstico. En tal sentido, yo veo al científico y al político como una articulación imprescindible para la calidad de la solución de las contradicciones y las demandas de la realidad. Lo contrario –el inmovilismo, la improvisación, el dirigismo y otras prácticas negativas– afecta el ejercicio de la dirección.

Por último, me quiero referir al ambiente de innovación. Se precisa de un entorno sociopolítico adecuado para articular la investigación, la innovación, la creatividad, y para ello es necesario, entre otras cuestiones, incrementar la superación y el desarrollo académico en el escenario político; establecer una coherencia dialéctica entre teoría y práctica, enaltecer y estimular la creatividad, la innovación y a quienes la hacen, y, por último, establecer alianzas y espacios deliberativos aportadores entre los centros de investigación, las universidades, la academia, con la estructuras de dirección y de toma de decisiones.

Rafael Hernández: Hay una pregunta que me llegó en un mensaje de texto que dice: “En el panel hay distintas generaciones, ¿ustedes aprecian diferencias generacionales dentro de la problemática o el tema que estamos analizando?, ¿dirían que hay diferencias significativas en relación con los problemas que estamos analizando, según son percibidos por personas de edades y generaciones diferentes?”

 A los que están todavía conectados, o se vuelven a conectar, les pediremos que envíen mediante un mensaje de texto sus preguntas.

Jesús Guanche: (Antropólogo y profesor. Universidad de Hebei, China) Permítanme hacer un recorrido propio por las preguntas que se le han formulado al panel. En primer lugar, la función del político es aplicar la política de manera correcta y para ello se basa en fuentes múltiples, desde la experiencia acumulada, el grupo de asesores, coyunturas nacionales e internacionales, los estados de opinión y lo demostrado o sugerido por el conocimiento científico. Esto conduce al político a no pensar de manera sectorial o unilateral, sino a tomar en consideración los múltiples factores, a favor y en contra, que pueden influir en la toma de decisiones.

La del científico es alcanzar niveles de conocimientos en cualquier campo del saber a través de uno o varios métodos, que le permitan sistematizar y superar el conocimiento anterior, y comunicar sus resultados; bien mediante publicaciones, eventos, la actividad docente, etc., y usar esos resultados como herramientas para sugerir o proponer decisiones de política.

Lo anterior, precisamente, distingue al científico del funcionario, que puede o no implementar adecuadamente las decisiones políticas o ralentizarlas, según intereses personales, de grupo, interpretarlas de otro modo o por otras circunstancias ajenas a la dirección de las decisiones tomadas. Esa es la conocida gran diferencia entre lo dicho y lo hecho, todo depende de las características de cada funcionario y del papel que desempeña el seguimiento de acuerdos, decisiones, implementaciones u otras vías de aplicación de la política.

También, la actividad del científico marca la diferencia con otros valiosos intelectuales que acuden a diversos recursos como la imaginación, la experiencia vivida, las imágenes, la fantasía, la oralidad, la tecnología, las artes y la literatura para expresar múltiples sentimientos, opiniones, argumentos sobre la (su) realidad, que puede coincidir o no con la actividad científica, pero que sin duda enriquecen saberes y haceres de los humanos desde la historia temprana hasta el presente.

Los problemas que surgen entre políticos y científicos pueden ser muy diversos; entre ellos, la intención de los políticos de subordinar la actividad científica a sus pareceres, criterios e interpretación de determinados problemas; o tratar de imponer o sugerir que el discurso político guie o condicione el científico; si la actividad científica se convierte en sumisa de la política, asume el discurso político de manera complaciente y se desdibuja como ciencia.

Lo anterior también se relaciona con los tiempos en que operan políticos y científicos. Por ejemplo, uno de tantos expertos sobre el modo de operar los think tanks señala en relación con el uso del tiempo y sus objetivos: «El científico y el político tienen tiempos diferentes: el primero puede concederse tiempos largos; el segundo casi siempre debe decidir en estado de necesidad y urgencia. También sus responsabilidades son diferentes. La responsabilidad del científico es aclarar los términos de un problema; la del político es resolverlo con una decisión, que no puede aplazarse de manera indefinida». 

Por ello, la posible solución a estos y otros problemas es el diálogo permanente entre ellos, una tarea que se ha emprendido actualmente de manera sistemática y debe conducir al éxito, lo cual también tiene que ver con el papel de los científicos en la evaluación de la aplicación de políticas sugeridas como resultado de la propia actividad científica. Esto facilita el aprendizaje mutuo. El político tiene la necesidad de contar con resultados y sugerencias de política de manera clara y medible en el tiempo, y los científicos necesitan contar con recursos, conectividad y condiciones para estar al día, tanto a nivel de país como mundial, sobre los problemas, sus soluciones y perspectivas. No olvidemos que con alta frecuencia los científicos empleamos el método comparativo. Lo que puede funcionar para un país puede no funcionar en otro, o lo que funciona en una ciudad altamente poblada puede no ser viable en una zona de difícil acceso. De manera que también los criterios de generalización de un resultado pueden muy útiles en unos casos y altamente peligrosos en otros.

En este sentido, a los científicos les falta mucho por aprender del trabajo de los políticos, quienes deben implicarse más en la toma de decisiones, ya que una decisión correcta puede mostrar una aplicación local o general de un resultado de la actividad científica; pero si la sugerencia o la propuesta no está plenamente avalada, la decisión del político puede conducir a situaciones muy desfavorables para el país o a otro nivel mayor.

Desde hace ya varios años, es común en el Polo de Ciencias Sociales del CITMA, el diálogo entre diversas instituciones dedicadas a la actividad científica y los decisores. Esto ha generado un modo de hacer que consiste en identificar los problemas fundamentales de un campo (situación social, económica, demográfica u otra) y proponer o sugerir un conjunto de soluciones para que formen parte de las decisiones políticas. Considero que el asunto no es solo llegar hasta ahí, sino ¿en qué medida unas sugerencias son aceptadas y otras no?, ¿quién o quiénes interpretan las propuestas?, ¿quiénes son los encargados de implementarlas? Si el proceso de implementación funciona o no, ¿cómo afectan las propuestas determinados intereses o mentalidades de otra época? En fin, un caleidoscopio de preguntas que van más allá del deber de alcanzar resultados y de proponer soluciones.

Por ello, el debate y la cooperación debe ser objeto de seguimiento, tanto para validar o no la actividad científica y ponderar también él éxito o el fracaso de las decisiones políticas.

Iramis Alonso: (Directora de la revista Juventud Técnica). Lamentablemente no pude llegar a tiempo al panel, pero quisiera, si me lo permiten, compartir ahora las respuestas que había preparado para esta ocasión.

Un científico es un escéptico, una persona que duda y cuestiona lo que observa, incluso lo que ya sabe. Su rol es buscar, descubrir y desarrollar nueva información o conocimientos sobre el mundo que nos rodea, a partir de una metodología consensuada dentro de la comunidad a la que pertenece, para resolver problemas que se presentan en la sociedad. Por su parte, el rol del político se asienta en representar un ideal o los intereses de un segmento poblacional, en un contexto determinado, y ejercer el poder en beneficio de aquel; es decir, sirve a la solución de determinadas problemáticas o aspiraciones de índole social y económico, a partir del respaldo de un grupo de personas a las que representa y por las que fue elegido. Ambos tienen puntos en común, en tanto el político también intenta encontrar modos de solucionar determinados problemas y situaciones, buscando la mejor variante posible, idealmente para el bien de los ciudadanos. Y ambos necesitan convencer, compartir, comunicar, sus ideas o logros para que sean asimilados por el tejido social. No obstante, las acciones de un político están marcadas por su ideología y la del grupo de personas que representa o que lo eligieron; en tanto, para el científico, sus acciones estarían marcadas por la búsqueda de nuevos conocimientos, de la verdad.

Es común escuchar que el político lidera o gobierna y el funcionario, administra. Es decir, el político concibe, dirige e impulsa las líneas o programas para la gestión pública de gobierno, según un programa determinado; mientras el funcionario, como experto en las diversas materias necesarias para esa gestión, vendría cumpliendo una labor de asesoría o ejecución de las normas que posibiliten llevar a la práctica los programas que traza la política. Así, el político tendría la iniciativa y el funcionario sería una especie de herramienta de ese servicio.  Pero la distinción probablemente más importante es que para el político, a diferencia del funcionario, es esencial el establecimiento de diálogos, de consensos, a partir de la deliberación colectiva, para llevar adelante sus programas.  

En el pasado, el científico y el intelectual se separaban; en tanto se entendía que el intelectual era un humanista, un creador (artista, filósofo o escritor) vinculado al estudio, reflejo o compresión de la condición humana. Con el desarrollo de la sociedad, y el auge de la multi e interdisciplinariedad, esa separación, ese velo tupido entre uno y otro, se ha ido haciendo traslúcido y poroso. 

No solo se influye en la realidad social con ideas o por la manera en que estas se describen, recrean o divulgan; las ciencias naturales y exactas, con sus descubrimientos, también permiten construir (o destruir) alternativas sociales y espirituales. Y si no, mírese el impacto social y político que ha causado en Cuba la creación por la industria biotecnológica de cinco vacunas propias contra la Covid-19, que se erige en espaldarazo a un modelo universal y gratuito de entender el acceso a la medicina y a la salud.

La proyección social del científico es, en este caso, tan evidente como la del intelectual clásico. Lo que vendría a distinguir al científico de otros intelectuales sería la noción de que cada logro de la ciencia deberá ser superado y la búsqueda de la evidencia (la demostrabilidad), sobre la base de metodologías, prácticas o técnicas específicas para el tipo de ciencia de la cual se trate; es decir, el participar en el proceso científico según determinadas normas y valores que lo organizan.

Entre los problemas que surgen en las relaciones entre políticos y científicos, me gustaría mencionar:

  • Incomprensión o desconocimiento de las particularidades de los tiempos, dinámicas de actuación, prácticas profesionales y roles de cada uno.
  • Desconexión de los principales temas de interés para la ciencia y los científicos con las necesidades socio-económicas y políticas del país.  
  • Escasa participación de instituciones académicas en la formulación de políticas.
  • Desequilibrios en las prioridades según especialidades de la ciencia y en reconocimiento social de los científicos atendiendo al área de la investigación a la que se dedican (Ej:  ciencias básicas/ciencias aplicadas).
  • Exigua prioridad a la actividad científica y a la asignación de recursos financieros para ella. Insuficiente aplicación de los resultados de la ciencia en la sociedad.
  • Prevalencia del criterio de autoridad sobre las evidencias que aportan los resultados científicos.
  • Falta de comunicación y déficit en los canales de diálogo entre ciencia y política o en los mecanismos institucionales para vincular investigación y política. Se relaciona también con el lenguaje diferente entre políticos y científicos, vinculado a carencias en la formación científica de personas que ejercen como políticos, por un lado, e incapacidad de los científicos de trasmitir de forma simple y directa sus ideas y de trascender una visión sectorial.

Los políticos deben aprender que el científico es un observador crítico de la realidad, un escéptico por naturaleza, un cuestionador permanente de los hechos y que este modo de encarar los fenómenos y procesos suele permitir encontrar más y mejores soluciones. Deben aprender que un resultado no deseado o esperado no tiene por qué ser negativo, sino que clarifica un camino que hay que abandonar y abre una puerta a la búsqueda de uno nuevo. Es decir, deben aprender flexibilidad y mayor capacidad para reconocer y abordar los errores. A los científicos les falta por aprender cómo exponer sus ideas y propuestas de manera sencilla, clara y directa. Les falta adquirir una mirada más abarcadora sobre la necesidad de establecer prioridades en el financiamiento público según las necesidades de la población y las condiciones reales de la economía en cuestión. Y ambos deberían comprender que la información es un bien público, que el desarrollo de la ciencia y de la sociedad demandan de un acceso expedito cada vez más expedito a los datos y aprender a comunicar sus saberes y decisiones de manera más sistemática y ajustada a los diferentes públicos.

En estos dos últimos años ha sido evidente la correlación entre la toma de decisiones tempranas, basadas en la ciencia, y las mejores experiencias de gestión de la pandemia de Covid-19. Ese vínculo permanente –que fue público a los ojos de la ciudadanía– entre investigadores y políticos, esa apuesta por la búsqueda de todas las opciones que la ciencia pudiera ofrecer, acompañada de mensajes de bien público, y de la imbricación de actores sociales de las más diversas ramas, incluidas las artes, es la muestra más reciente de cuánto esa cooperación entre políticos y científicos puede ofrecer. 

A la par, ha sido evidente que decisiones erróneas relacionadas con el manejo de la propia pandemia, o el respaldo a medicamentos o productos para tratarla, tanto en el mundo como en Cuba, han tenido que ver con limitaciones que todavía existen en ese vínculo entre ciencia y política, lo cual arrojó en varios momentos pérdida de credibilidad en las medidas adoptadas, en algunos casos y exceso de confianza en otros.   

Ello indica que la democratización del conocimiento y la transparencia son esenciales para que las personas puedan tomar decisiones informadas sobre asuntos que son esenciales para su vida y su felicidad. La sociedad humana se desenvuelve en un marco de transformaciones permanentes que demandan una rápida adaptación en un universo de excesiva información, mucha de ella contradictoria o literalmente falsa.

Esto es aún más complejo en condiciones de asedio, como las que vive nuestra Isla, donde lograr reducir al máximo las posibilidades de errores en el diseño de las políticas tiene que ver con la sobrevivencia. El peso de la toma de decisiones en ese contexto es tan grande, que solo será posible cultivando la capacidad de utilizar responsablemente los saberes de todos los campos de la ciencia. Para ello es esencial tener la capacidad de sopesar y evaluar circunstancias y propuestas con solidez lógica. En resumen, de ese diálogo, debate y cooperación es que saldrá la capacidad de pensar críticamente y poder seleccionar con propiedad la mejor opción en cada circunstancia.

Rafael Hernández: Entre los temas suscitados por las respuestas del panel a la segunda pregunta y a las subpreguntas, está el de una variable que afecta a políticos y científicos: el nivel cultural. Entre diferentes generaciones de políticos y de científicos, ¿es significativo su nivel cultural? Partiendo, naturalmente, de que no tienen el mismo, y que no todos los científicos comparten el mismo tipo de experiencia, de conocimientos fuera del ámbito de la ciencia que practican. ¿Qué significado tiene su nivel cultural?

 A veces he escuchado a científicos que se quejan de que los políticos no entienden un problema. No siempre es porque no lo entienden en el sentido estricto de no ser capaces de captar su sentido porque no tienen suficiente conocimiento científico para entenderlo. El ejemplo de Carlos sobre las dos horas de Fidel haciendo preguntas sobre los superconductores tiene que ver con la cultura de un político que cree que si no tiene un dominio básico, si no entiende de lo que se trata, no podrá apoyar, y desarrollar decisiones, y entender el propósito de los científicos cuando hacen las propuestas. Es decir, que el entendimiento del político no necesariamente está asociado con que pueda o no conocer de la ciencia en particular, sino a algo básico anterior, al dominio de la ciencia o al de su conocimiento elemental: una disposición al conocimiento que es cultural, derivada de la capacidad para aprender algo, para entenderlo, y que, en ocasiones, puede estar en la base de la resistencia a tomar una decisión. Puesto que es muy difícil tomar cualquier decisión sobre lo que no se entiende bien, no solo por los políticos, sino por los seres humanos en general.

Lo del nivel tiene que ver, además, con la multiplicidad de los políticos que mencionaba Jenniffer. Estamos incluyendo en la misma categoría a personas de diferentes generaciones, experiencias vitales, niveles culturales, incluso distintos niveles concretos de hacer política, según donde le toca actuar. Es decir, si se trata de un dirigente local en Guantánamo y en la Ciénaga de Zapata, en la Sierra de los Órganos y en Centro Habana, quienes tienen que enfrentar problemas muy diversos en el sentido estricto de la política.

 Vuelvo con la pregunta: ¿qué le pasa a un científico cuando tiene que desempeñar una responsabilidad?, ¿a un científico cuando, por los azares del destino, termina siendo ministro —o algo parecido? ¿Cuando le toca tomar decisiones dentro de una institución, de una estructura que puede no ser necesariamente de gobierno, pero como decisor en ella tiene espejuelos que no tenía puestos mientras estaba en el laboratorio investigando, o estudiando o sistematizando los datos, o haciendo encuestas o seminarios?

 Se me ocurren más preguntas porque ustedes pusieron sobre la mesa una cantidad de dimensiones diversas de esta problemática. Pero ahora les voy a dar la palabra otra vez.

Ricardo J. Machado: Tengo pendiente recordar en la pregunta dos la comunicación interpersonal entre los científicos y los políticos. Si no encuentras una zona común de intercambio a partir de la preparación de cómo se dialoga, surgirán los conflictos dentro de las relaciones entre científicos y políticos.

Reitero lo que mencionaron tanto Carlos como Jenniffer: la integridad ética del asesor científico es determinante. El científico está para decir lo que piensa, no para caerle bien al decisor. De otra manera, como Carlos lo definió, se trata de callarse la boca y de retirarse. Si el político quiere imponer sus criterios, puede ocurrir que el científico se calle la boca y le dice que sí, lo que desgraciadamente ha pasado muchas veces. Tengo anécdotas que empiezan con aquello de «para que no se disguste el Comandante». El que dirige la política tiene que aprender a aceptar información desagradable, porque lamentablemente la mayor parte de las verdades son desagradables; tiene que consumir mucha información desagradable y saberla gestionar. Si los científicos solo dan información agradable, lo más probable es que el político no tenga claridad para ver el problema.

 El otro tema es que un buen científico no es necesariamente un buen asesor. Un buen asesor científico es aquel que sabe la forma de plantear los problemas, que sabe en qué canal transmitir la comunicación con el ministro, con quien no se puede hablar de la misma manera que con un miembro de la comunidad científica. Los científicos tienden a comunicar en el lenguaje del emisor, no del receptor, es un defecto que tienen.

 Sobre el problema de la diferencia y lo que tienen que aprender, un científico verdadero, que tiene conciencia de lo que no sabe, tiene que ser humilde, para poder establecer un contacto con otro que no comparte su zona de ignorancia.

 Termino con una anécdota famosa. Un gran filósofo y pensador chino admitía todos los años un discípulo, entre muchos que venían de distintas provincias. Les ponía a escribir en una hoja lo que sabían. Pero hubo uno que lo que hizo fue escribir lo que no sabía. Fue a ese al que eligió, porque era el más sabio, ya que sabía lo que no sabía. Eso lo tiene que tener tanto el político como el científico. El científico tiene que tomar en cuenta la humildad del conocimiento, la limitación humana del conocimiento, y todos los factores de tipo emocional, personal. Y ambos, el científico y el político, tienen que tomar conciencia de su ego, presente en la formación de los dos.

Reudenys Salas: La ciencia como actividad institucionalizada y, además, permeada de valores e intereses sociales, no puede ser neutral, y por lo tanto necesita la cooperación de todos para lograr sus fines.

 Tanto el político como el científico necesitan de una cualidad imprescindible, que desde el punto de vista de la comunicación es válida y necesaria, la empatía, o sea, cada uno de ellos tiene que lograr ponerse en el lugar del otro, el político en el lugar de los que dirigen; el científico, en el de la sociedad para poder también tener un resultado mucho más directo, sobre la base de la transformación de esta. En este sentido, se necesita fomentar el diálogo multinivel (nacional, provincial, municipal) que permita favorecer su acción conjunta, lo cual debe fortalecer esa unidad y desplazar las tendencias al sectorialismo, el verticalismo y los centralismos excesivos que ocurren. Ese diálogo demanda, además, adecuadas bases jurídicas y normativas que permitan favorecer las capacidades cognoscitivas, científicas y tecnológicas a escala local; se trata de la necesidad de comunicación al establecer la relación científico-político.

Los hijos no se parecen a los padres, sino a su tiempo, y analizo ese tiempo con el contexto.

 No considero que sea una cuestión cultural la diferencia entre ese político y ese científico, al menos en el contexto cubano; porque hoy los modelos de formación, sobre todo los de formación de nivel superior, buscan la necesidad de que el egresado de las universidades salga con cierto potencial de cultura, de desarrollo de la cultura científica, y de un saber científico-investigativo que está estipulado desde su currículo, por lo tanto, ese mismo estudiante que se forma bajo ese paradigma, mañana —en el caso de Cuba— es el político. Lo que habrá que determinar cuáles son esos saberes o esos nodos científico-investigativos que necesita ese político para poder entender la sociedad, pues la ciencia se vincula con la construcción de esos nuevos conocimientos.

 Ante la pregunta ¿qué le pasa a un científico cuando llega a dirigir?, me parece que él tiene una visión más totalizadora de la sociedad, la observa desde diferentes perspectivas y ámbitos, independientemente de la ciencia de la cual proceda; es objetivo en los análisis que realiza, y no se diluye en identificar el problema sino en buscar las causas que lo generan, y determinar inmediatamente su solución.

 En la Cuba actual podemos estar mucho más descansados al no encontrar, desde mi percepción, una brecha generacional, porque los propios modelos educativos hoy permiten que salga un egresado de la universidad con un potencial científico-investigativo que le permite asumir una responsabilidad convenientemente.

José Ramón Acosta: Coincido con usted, Rafael, en que me parece que en la formación de los científicos falta transdisciplinariedad y sensibilidad ante muchos problemas que la sociedad está planteando en el nivel político, que la ciencia tiene que apoyar, y estriban en esa falta de enfoque desde los diferentes puntos de vista de un mismo problema.

 El debate científico tiene que permear más el análisis político. Nosotros tenemos una fortaleza, hay una voluntad política del Estado en basar las decisiones en los resultados de la ciencia y la tecnología, las opiniones en evidencias —como decía Carlos al principio— obtenidas a través del método científico, y escuchar criterios contrapuestos.

Por ejemplo, cuando se decidió la normativa para aprobar la extensión de los cultivos transgénicos en Cuba ninguno de los científicos que habíamos hecho objeciones fuimos invitados a los debates, ni Freyre, ni Carlos Delgado, ni Funes, ni yo; eso significa que si usted crea un escenario de aprobación no juega la decisión política con la manera de que debe incorporar la evidencia científica o por lo menos la opiniones científicas, porque nosotros no éramos festinados ni improvisados, teníamos argumentos que podrían ser justos o no pero tenían que haberse considerado en el debate.

Carlos Rodríguez: Claro que hay diferencias entre las generaciones, porque además, tenemos un apellido, representantes de generaciones jóvenes que son científicos y son políticos, y eso nos hace tener la esperanza de que más allá de que hemos tenido grandes políticos, los que tendremos en el futuro van a ser aún mejores.

 Cuando a un científico le otorgan una responsabilidad política le sucede, entre otras cosas, que se siente entre dos fuegos, porque sus colegas le dicen: «Oye, ¿y aquello que tú decías?», y por otro lado tiene una presión de la realidad que lo obliga a tomar decisiones a veces nada más que para ganar tiempo porque no tiene ni siquiera la solución óptima, pero siempre cuenta con el aquello de oír a los científicos, de rodearse de ellos, porque toda la vida ha habido políticos que lo han hecho, y hay quienes se han rodeado de chamanes, brujos, sacerdotes, y sobre todo de aduladores, algo bastante común.

 Es bueno pensar que cada vez haya más políticos en nuestro país que sean doctores, que sean científicos, o por lo menos que hayan pasado por la ciencia y la hayan conocido. Hay una buena tradición sobre todo en la etapa revolucionaria.

 La primera generación creció y se formó en un momento de alta cohesión social, donde la ciencia dio un salto en este país con grandes oportunidades para la juventud, en contacto directo con la dirección de la Revolución, sobre todo con Fidel, que fue un tremendo inspirador de la ciencia y que creía en ella, y expresó frases inmortales sobre ello.

 En cuanto a la organización, hoy estamos en un buen momento sobre todo porque se están institucionalizando los mecanismos para que dependan menos de las personas, y de sus inclinaciones.

 Hay muchos temas de la ciencia para Cuba y para todo el mundo: ambientales, energéticos, de las políticas sociales, de la investigación de los desastres. Yo me leo todos los días las revistas Nature y Science, y siempre los editoriales son políticos. Los problemas del asesor que renunció, ese que mencionó Machado, es un editorial de Science de ayer, que dice cómo tiene que ser un asesor científico, porque acaba de dimitir el que estaba en ese cargo y ahora nombraron dos, interesante, uno para las ciencias sociales y otro para las ciencias técnicas o la tecnología, etcétera.

 Al final la ciencia es lo mejor que tiene la sociedad, o una de las cosas mejores que tenemos los humanos para afrontar el futuro.

Jenniffer Bello: Con respecto a las generaciones se logró una buena articulación entre la experiencia, la juventud, y en la mesa no ha habido un espíritu adultocentrista.

 Hemos aprendido, porque el aprendizaje es un proceso a lo largo de toda la vida, y sobre todo porque cada uno partió de sus vivencias, de lo referencial, por lo tanto eso ha enriquecido más las propuestas o las valoraciones, esas múltiples miradas para construir un diálogo, un análisis, y me parece que esta interrelación de distintas generaciones ha sido también muy provechosa.

 Con respecto al nivel cultural voy a discrepar en algunos elementos con mi amigo Salas. Esa frase tan dicha por nuestro Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz que Cuba tiene que ser un país de hombres y mujeres de ciencia y de pensamiento, implica al científico, el político, el economista, el educador, a todos en la sociedad, o sea, que su población tenga una cultura general integral, con una visión global del mundo, pero para que puedan transformar esa sociedad o ese mundo, en cada puesto en que estén. Con ese nivel cultural el político tiene una visión más holística de los fenómenos o de los problemas que enfrentar para poder transformarlos; el científico, tiene que tener también otras múltiples miradas. Tenemos que seguir apostando por una formación multidisciplinaria, seguir avanzando en educar para la ciencia. En nuestras tesis de maestría y doctorado decimos que asumimos el método dialéctico-materialista, la teoría leninista del conocimiento, de la contemplación viva al conocimiento abstracto, y de ahí a la práctica pero, a veces, no sabemos leer e interpretar la realidad, y mucho más difícil poderla transformar.

 En esa cultura general integral del político, del científico, también hay una mirada a la educación, en su sentido general, de esa persona que va transitando por niveles educativos, que se va formando, y que tenemos que aspirar a que sea ese hombre o mujer de ciencia y de pensamiento para que desde lo que va conociendo pueda contribuir a transformar su entorno.

 Y con respecto a las habilidades la expresión a veces más viva es el propio Che, que fue militar, político, economista, tuvo que dirigir un ministerio, o sea, en cada de sus roles andaba la vocación en sentido general. Todas estas responsabilidades también tienen habilidades profesionales o determinadas características propias, y cuando se va a asumir esa responsabilidad tiene que ser consciente de esos desafíos y lo que tiene que ir aprendiendo; tal vez nos hace falta más entrenamiento para la dirección, porque la dirección tiene sus habilidades, tiene sus técnicas, tiene que lograr consenso; ahora se habla de participar y cómo se nuclea a las personas, pero si yo no sé participar, si no sé darle la posibilidad al otro para que forme parte de la toma de decisiones, por mucho que interiorice que tengo que lograr participación y consenso no lo voy a lograr; en esa asunción de asumir una responsabilidad tengo que entender que existen determinados desafíos y riesgos, y que hay que modificar y aprender otras habilidades, cómo tengo que nuclear y, por supuesto, que en esa visión holística el científico le va a dar otra evaluación.

 ¿Que un político pueda ser científico?, si nosotros educamos para que ese conocimiento científico sea holístico, multidisciplinario, de distintas miradas, vamos a tener incluso políticos con una visión de un conocimiento científico que debe poder leer la realidad, e incluso científicos con la posibilidad de otros ejercicios de liderazgo en sus funciones.

Rafael Hernández: Siempre pensé que por sus integrantes este panel iba a ser excepcional, sin embargo ha estado por encima de lo que yo esperaba. Aunque hemos tenido menos participación por la vía de Telegram de lo que solemos, por la conectividad, al mismo tiempo entre ustedes han generado una dinámica de problemas. Los Últimos Jueves son buenos en la medida en que ponen sobre la mesa problemas. No necesariamente por cómo les dan respuesta. Ustedes han desarrollado un panel que ha enriquecido enormemente la cantidad de problemas, han traducido las preguntas a problemas, y eso es en definitiva lo que mueve el horizonte y las perspectivas que podamos tener sobre un tema como este. De hecho, no tengo nada que concluir, porque las dos ideas que tenía en mente las ha expuesto brillantemente Jenniffer con la cita de Fidel y con la relación de lo que en otros lugares se llama la puerta giratoria entre la ciencia y la política, es decir, que en gobiernos diferentes y en distintos momentos, científicos pasan de ser académicos a ser políticos, y luego salen del mundo de la academia y vuelven a entrar a ese mundo. Esa puerta giratoria probablemente, como se decía aquí, en la Cuba del futuro sea más común que se desarrolle, en la medida que también forma parte de que los políticos pueden tener una visión mucho más clara y distinta del papel de la ciencia, y una formación científico-cultural que los dote con esa capacidad.

 Algunas veces, hablando sobre las características del liderazgo político en Cuba, he comprobado que tenemos un Consejo de Ministros con una determinada formación académica. Si ustedes estudian al Consejo de Ministros y ven de qué se graduaron; si ustedes estudian la política considerando en cuenta en qué se formaron los secretarios del Partido en las diferentes provincias y lo comparan con hace treinta o cuarenta años, vamos a encontrar enormes diferencias, relacionadas con la formación educacional, y el papel del conocimiento, inevitablemente. El hecho de que un secretario del Partido haya estudiado en un instituto pedagógico, y que alguna vez haya tenido estudiantes enfrente resulta significativo para entender la importancia de aprender a comunicarse. El intelectual que se llama maestro tiene una capacidad de comunicación, de transmisión y de escucha, que forma parte de su formación. De manera que se hace difícil entender cómo los políticos piensan la realidad cubana si lo vemos solo desde una ideología, y no desde qué aprendieron a hacer y cómo se les organizó la cabeza, por decirlo de alguna manera. Ahí hay uno de los muchos temas de las ciencias políticas en Cuba que están por desarrollarse más.

 Les agradezco muchísimo que hayan aceptado sentarse en este panel. Sí fue deliberado buscar políticos jóvenes y científicos viejos, en vez de científicos jóvenes y políticos más viejos, como muchas veces en nuestros paneles. El haber podido reunir un grupo como el de ustedes, que han interactuado de esta manera, ha sido una forma estimulante de conmemorar el aniversario veinte de Último Jueves. Muchísimas gracias.

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