La nación y sus imaginarios

La nación y sus imaginarios

27 - Septiembre 2018
Moderador: 

El anteproyecto de Constitución que por estos días se discute en toda Cuba menciona numerosas veces el término en torno al cual giró el reciente encuentro organizado por Temas.

Convocados por Rafael Hernández, director de la revista y habitual moderador de UJ, tomaron asiento tras la mesa de expertos el historiador Yoel Cordoví, vicepresidente del Instituto de Historia de Cuba; Emilio Cueto, abogado, e investigador de la cultura cubana fuera de la Isla; Karen Brito, periodista del Sistema Informativo de la Televisión; y Raúl Valdés, Raupa, diseñador gráfico.

Todos coincidieron en que el concepto de nación evoluciona, se halla en constante construcción. De acuerdo con Yoel Cordoví, desde el siglo XIX preocupaba y ocupaba a intelectuales y políticos, quienes han desarrollado diversos enfoques al respecto. Uno de ellos, el filósofo e historiador francés Ernest Renan, publicó el libro titulado ¿Qué es una nación?; en sus páginas sostenía una perspectiva que ha tenido profusos adeptos: las naciones surgen en tanto hay la voluntad de crearlas. Son las élites letradas –según Ernest Gellner, serían los ingenieros sociales- las responsables de erigir, siempre desde arriba, la idea de lo nacional. Eric Hobsbawn, relevante historiador marxista británico, sostenía que –además de lo planteado por Gellner –solo se podrá comprender la esencia del nacionalismo si se tiene en cuenta cómo se representa la nación desde abajo. O sea, también en la base se edifica lo nacional; tales construcciones llevan a la nación y luego al Estado, no a la inversa.

Foto: Randdy Fundora/Temas.

Puntualizó el especialista que al analizar la realidad cubana él prefiere hablar de nacionalismos y proyectos de nación. En Cuba, a este concepto antecedieron los de criollo y patria, presentes ya en el siglo XVII, cuando esta última significaba lo propio, mientras la nación era España. Más adelante, “Félix Varela, Juan Bernardo O’Gaban, José Agustín Caballero, el obispo Espada, expusieron la necesidad de tener la cátedra de economía, la de derecho natural, las cuales van permitiendo crear una idea de lo nacional, desde la propia colonia, a partir de dos percepciones claves: las de patria y patriotismo, que en el caso de Varela y de José de la Luz y Caballero van a tener una centralidad importante”. A partir de la Constitución de 1812, “que desplaza la idea del imperio, del antiguo régimen, por la de nación española, y, en consecuencia, la noción de vasallo por la de ciudadano”, esas concepciones son discutidas en la Isla por los partidarios de diferentes corrientes ideológico-políticas, incluidos los reformistas y los separatistas o independentistas. Para los primeros era esencial representar a la provincia de ultramar en las cortes de Cádiz y allí plantear y defender las demandas del pueblo (concepción limitada al conglomerado de personas blancas, de sexo masculino, que sabían leer, escribir y poseían una renta solvente). Los segundos, abogaban por un Estado-nación independiente y, sobre todo después de 1868, su concepto de pueblo muestra un ensanche, evidente en el articulado de la primera Constitución republicana en armas (la de Guáimaro, en abril de 1869), que establece una extensión en cuanto a libertades, derechos y deberes de la ciudadanía. Tanto en la inicial, como en las siguientes Constituciones cubanas, “el término nación aparece, incluso con un posicionamiento más firme que el de patria”.

Al decir de Emilio Cueto, la nación es un conglomerado humano con vínculos y características que permiten diferenciarlo de otros. “Posee una identidad propia, una lengua, antepasados comunes -los cementerios quizás sean uno de los elementos más significativos, en el sentido de que ‘ahí están los míos’-; unas veces nos une la religión, usualmente hay un pasado compartido y una voluntad de continuar juntos. No solo venimos del mismo tronco, queremos seguir en el mismo árbol”. En el caso de los cubanos, hacia finales del siglo XVIII y principios del XIX, emergió “la conciencia de que éramos una nación distinta. Heredia dijo que no en vano entre Cuba y España tiende inmenso sus olas el mar. En algún momento nos vimos en el espejo y dijimos ya no somos nuestros padres. José Martí no era Mariano Martí”.

Sobre la diferencia entre los términos nación, sociedad, Estado, especificó: algunos pensadores indican que los dos últimos se alcanzan solo si los grupos humanos se ordenan y estructuran. Puede haber una nación que peregrina, como la de los judíos; sin embargo, el Estado-nación requiere que los conglomerados tengan un territorio definido. “Yo estudié que el primer Estado-nación había sido España, cuando las coronas de Castilla y Aragón se unieron en 1469. Otros estudiosos sitúan el punto de partida en la Paz de Westfalia (1648). Evidentemente, el concepto nace en Europa y nosotros lo adoptamos”. La cultura nacional es el quehacer de ese conjunto que se identifica como nación, el cual puede radicar en más de un enclave: “Varela, Martí, Saco, Villaverde, la Avellaneda, Jorge Mañach, Leví Marrero, Celia Cruz, Paquito de Rivera… son parte de la nación cubana, aunque no permanecieran toda su vida en la tierra natal”.

Basado en sus múltiples recorridos e indagaciones, este investigador asevera que, si bien todos los países sustentan una ideología nacionalista, el grado de autoconciencia al respecto no es igual. Y dentro de una misma nación, en determinadas circunstancias el sentido de lo nacional aumenta. “Quizás porque viví la Revolución cubana en su momento de mayor violencia y autodefinición, creo que la conciencia nacionalista de Cuba se arraiga, profundiza y adquiere un nivel más consensuado, después de 1959”; al punto de mostrar decibeles superiores a los de otros pueblos.

En la conformación del imaginario de la nación, a lo largo de la historia sobrevienen procesos de “integración y desintegración, en consonancia con las dinámicas sociales”, opinó Karen Brito. El factor cultural influye en la concepción y el sentimiento que tenemos acerca de ella. “En esta ecuación no debe faltar Fernando Ortiz, quien nos dice que somos ese ajiaco donde el español y el africano actúan como matrices principales, pero aquí se aplatanaron, o se integraron, el chino, otros europeos”. La nación cubana es martiana, de acuerdo con la afirmación de José Martí de que patria es humanidad. También “está presente la sensación de desamparo”, al sabernos parte de una isla sin grandes recursos económicos, “cuya principal riqueza es la gente y lo que venga a través del mar (pienso en el poema de Virgilio, La isla en peso, con su ‘maldita circunstancia del agua por todas partes’)”. Y, como decía el profesor Cueto, una parte de la nación ha emigrado, su destino ha sido principalmente los Estados Unidos. Sin duda la relación entre ese país y la Isla incide en el alma nacional; “no se nos puede olvidar que, si hubo muchos años de tutelaje yanqui sobre Cuba, aquí se creó uno de los más grandes movimientos antimperialistas de América, y esa savia permanece, permeando, sazonando”.

La periodista resaltó la trascendencia de la unidad en el devenir de la Isla: su falta ha originado fracturas sustanciales, mientras su presencia ha garantizado puntos de giro en la construcción de una nueva sociedad; la historia de nuestras luchas por la independencia lo atestigua. Para concluir esta parte de su intervención, citó al intelectual Guillermo Rodríguez Rivera: “Mientras más cerca se halla la nación cubana de una influencia devastadora, más reciamente se resiste a dejarse dominar por ella. Ahí opera esa ingravidez, esa volubilidad de un país regido por las brisas, por el oleaje del mar que fluye y refluye, siempre capaz de escapar de todo lo que intenta transformarla, por tener un alma inalcanzable, que ni el propio país conoce en toda su plenitud”. Y enfatizó: “Esa es mi nación”. 

A Raúl Valdés dirigió el moderador su siguiente pregunta, encaminada a saber de qué modo transforma en arte sus ideas, y las de otras personas, en torno a la idiosincrasia y la cubanía; teniendo en cuenta que “estamos llenos de objetos no autóctonos, por ejemplo, los carros americanos antiguos”, y da la impresión de que esos vehículos hoy son, junto con la estrella y la palma, un ícono a la hora de representarnos.

Foto: Randdy Fundora/Temas.

 “‘Quiero que esto sea muy cubano’, me dice la gente. O me pide que ponga una estrellita. Yo respondo: ‘La estrella es bonita y la uso mucho, pero vamos a tratar de ir por otro camino’. Los símbolos trillados, como ese, son válidos -no creo que lo hecho antes sea errado-, pero igual que una nación se desarrolla, mi trabajo es tratar de no repetir, de dar vida a conceptos y a imágenes nuevos para que el mensaje llegue de manera diferente y las personas lo disfruten, no se cansen. Compañías que están en otras partes del mundo y me encargan trabajos, a veces lo tienen hasta más claro que quienes viven aquí. Un cliente en Cuba puede desear que incluya una palma, mientras un extranjero propone: ‘La palmera no, vamos a ver en las calles el tipo de letras que se usa en los anuncios, tienen una textura superinteresante’. El carro americano es un cliché enorme; intento evitarlo, colocarlo de otra manera, pero están ahí, hay miles a la vista todos los días. Hoy la imagen de Cuba no escapa a la de estos carros y, como todo es por tendencias, todavía será así por un tiempo, alegó Raupa.

Karen Brito rememoró que cuando el presidente Barack Obama decidió venir, ella entrevistó a Rafael Hernández y este le comentó: tomamos los carros americanos, el béisbol, el jazz. Los procesamos y se los reenviamos como almendrones, el latin-jazz, la pelota. Eso evidencia la capacidad de la nación cubana para discernir, asimilar lo foráneo y devolverlo con el sello de Made in Cuba. Y agregó la ponente: “En estos tiempos de Bad Bunny, de Pitbull, los Estudios de Animación del Icaic realizan un esfuerzo creciente para que en las tiendas se vendan productos con las figuras del Capitán Plin, la Gata Mini, Elpidio Valdés…. Me hizo muy feliz saber que se agotaron. Hay una esperanza”.

Foto: Randdy Fundora/Temas.

Lo que ayer fue… ¿cómo será?

De “transnacionales” calificó Emilio Cueto a buena parte de los símbolos y atributos de la nación cubana, pues en ellos se tornan evidentes influjos foráneos. “La inspiración para nuestro himno nacional vino de Francia; contrariamente a lo que enuncia la Constitución, su nombre no es Himno de Bayamo, sino La Bayamesa, porque al crearlo Perucho Figueredo pensó en La Marsellesa. Los colores de nuestra bandera son iguales que los de la francesa y la de Estados Unidos; además, la ideó un venezolano en territorio norteamericano, ondeó en Nueva York y Nueva Orleans antes de hacerlo en Cárdenas. La flor nacional es un caso muy curioso, porque no fue escogida una especie autóctona, sino la mariposa, que proviene del Himalaya. El nombre científico de la palma real es Roystonea regia, en honor al general estadounidense Roy Stone. Nuestro escudo nacional incluye dos trozos de territorios extranjeros: cabo Catoche, de México, y La Florida; o sea, Cuba nace con una vocación internacional, somos la llave del Golfo y estamos abiertos a todo”.

 

Algunas de las imágenes que identifican hoy a la nación cubana son diferentes a las imperantes antes de 1959, prosiguió el orador. Desde esa fecha se instauró “un concepto novedoso de revolución“, ya que, según señala Fidel, en las Palabras a los intelectuales, el 30 de junio del 61, “la Revolución comprende los intereses del pueblo, por cuanto la Revolución significa los intereses de la nación entera’”. Una fuente para constatar de qué manera nos autodescribimos al mundo es nuestra filatelia, porque mediante los sellos postales, anualmente el Ministerio de Comunicaciones define cómo pretendemos que nos conozcan. A partir del año 59 uno encuentra en ellos los aniversarios de la Revolución, la fundación de los CDR, de la Federación de Mujeres Cubanas… Esa reiteración de conmemoraciones no ocurría en la República. Otra forma distinta e importante de mostrar la nación es mediante la presencia del negro cubano en la propia filatelia, en los brochures de turismo, en las portadas de las revistas. Durante el período republicano era inusual personificar a Cuba usando a alguien de ascendencia africana. Por último, desde que en 1995 Olga Portuondo publica su magistral libro La virgen de la Caridad del Cobre. Símbolo de cubanía, ciertamente la virgen, sin objeción alguna, ha pasado a serlo.   

Foto: Randdy Fundora/Temas.

¿Cuáles problemas afectan, en la actualidad, la representación de la nación y de lo nacional en Cuba?, indagó Hernández.

Muy bien sedimentada está la cultura cubana, se ha enriquecido con innumerables influencias. En tanto isla, hemos recibido incluso aportes lingüísticos -Sergio Valdés Bernal, en un ensayo interesantísimo, refiere anglicismos, galicismos, italianismos-, pero la esencia, el elemento morfológico del idioma español no ha variado, respondió Yoel Cordoví. Sin embargo, podría afectarnos la mercantilización de los símbolos y de la propia cultura; desconocer los nuevos proyectos de nación, obviar las lecturas que en ese sentido ofrecen obras exhibidas en instalaciones privadas y estatales; y olvidar los retos de vivir en un contexto globalizante.

Una característica de nuestra nación es el sincretismo religioso, en el que confluyen el cristianismo hispano y creencias llegadas desde África y otros lugares del mundo, destacaron –micrófono en mano- algunas personas desde el auditorio. Otras manifestaron al panel sus preocupaciones; un investigador de la cultura cubana y los aportes de los afrodescendientes, reflexionó: los ideólogos que en el siglo XIX abogaron por conformar la nacionalidad cubana, como Arango y Parreño, o José Antonio Saco, tenían en mente una nación blanca, en la cual el resto de la población no contaba. A pesar de las transformaciones instauradas a partir del triunfo revolucionario de 1959, aún en los libros de texto sobre historia, el espacio que se dedica a los negros es mínimo. “Qué imaginario estamos formando. Debemos mostrar la creación de la nación cubana tal y como es. Tenemos necesidad de abrir paso a la historia negada, olvidada”. Le siguió un habitual asistente a UJ, con una interrogante: “Existen diferentes visiones de la cubanía, ¿son complementarias, contradictorias, incompatibles?, porque hay quien piensa que para detentarla es requisito haberse insertado en el proceso emancipador iniciado en 1868 y materializado por la Revolución triunfante a mediados del siglo XX, por consiguiente, los que se apartaron de él dejaron de ser cubanos.

Con énfasis, el siguiente participante confesó no compartir “ni la esperanza ni al optimismo de Guillermo Rodríguez Rivera”; es verdad que los cubanos sobrevivientes al conflicto armado de 1895-1898 supieron “remontar el impacto del influjo cultural norteamericano y no desdibujarse como nación”, pero hoy vivimos en condiciones radicalmente distintas. “No sé si ahora seremos capaces-recalcó-; la globalización coloca a todo el mundo en un nivel extremo de diálogo y de choque intercultural. Y al mismo tiempo, la nación cubana tiene una historia muy compleja, de asimetrías a su interior, de exclusiones, ausencias, invisibilizaciones y emergencias, que a veces no logramos superar democráticamente, y ahí están”.

Precisamos conocer cómo estamos pensando el futuro de nuestra nación, teniendo en cuenta que esta “no solo se construye desde la unidad, también desde la diferencia, la diversidad; con lo interno y lo externo”. Por eso deben ser divulgados los resultados de la consulta popular acerca de la Carta Magna que queremos implantar, afirmó una señora. Su criterio fue secundado por un joven comunicador: “Es muy importante que sepamos escuchar al otro. Nunca me ha gustado un diseño de nación donde queden excluidas algunas voces, Cuba debe ser un hogar para todos los cubanos”.

Foto: Randdy Fundora/Temas.

Otra participante mencionó tres imágenes con las que tanto nacionales como extranjeros identifican a Cuba, las de Martí, el Che y Fidel.

Por su parte, el profesor puertorriqueño Antonio Gaztambide, especialmente invitado al encuentro, abordó las complejidades de su país: “La nación puertorriqueña se da en un espacio donde hay un Estado antinacional. Para mí la nación se encarna en la gente de carne y hueso. ¿Pero qué hacemos si tiene más de la mitad de la población fuera? En una época sustentaba su identidad a partir del idioma, ahora no solo esa parte es bilingüe, también los de adentro”. Para el disertante, “lo que hace rica a la nación es su diversidad y la riqueza de su simbología”. Además de su bandera, el símbolo con el que más se identifican, los puertorriqueños apelan a otros como la pequeña rana llamada coquí y los reyes magos, encarnación de la cultura popular.

Durante los minutos finales, los panelistas comentaron las ideas de la concurrencia. Independientemente de que las personas se conecten con determinados símbolos, los diseñadores tienen que conocer más antes de decidir cuál imagen de Cuba van a ofrecer; seleccionar, tomar decisiones inteligentes, discurrió Raúl Valdés.

Aun compartiendo “la misma angustia, los mismos dolores”, de quienes advierten la invasión de modas y símbolos culturales ajenos a nuestra identidad, Karen Brito insistió en ponerse “del lado de la esperanza” y creer que, como escribió Cintio Vitier, siempre escaparemos a esas presiones.

No es la globalización lo que preocupa a Emilio Cueto, pues, sin dejar de constituir un reto, en cierto sentido es una experiencia conocida en la Isla desde el siglo XVI, cuando el arribo anual de la Flota, y luego otros trasiegos marítimos, convirtieron a La Habana “en la primera ciudad globalizada el hemisferio, porque venían barcos de Manila, Acapulco, Perú, Venezuela…” La diferencia radica en la intensidad, hoy los vínculos con el exterior ocurren todos los días, sin embargo, podemos manejarlos. Más bien le inquieta la proliferación del paquete, cuya dinámica puede llevarnos a las divisiones que ha generado en los Estados Unidos la TV por cable: “Toda la gente no ve lo mismo, no tiene igual nivel de información; eso, poco a poco, va creando islas en el país”. Respecto a otro de los análisis, arguyó: “Mientras la nación no se defina excluyendo, todas las definiciones de cubanía son complementarias”.

Yoel Cordoví volvió a la simbiosis entre los procesos revolucionarios y las concepciones en torno a la nación. “Las revoluciones son eclosiones que generan símbolos, sobre todo cuando son anticolonialistas”. En nuestro caso, las bases para edificar la nación independiente fueron las constituciones mambisas y un panteón de mitos; por ejemplo, en 1914 –antes de que en los años 20 llegara el mal llamado despertar de la conciencia nacionalista- se hizo una encuesta en las escuelas públicas y privadas de la Isla, con dos preguntas: ¿A quién te gustaría parecerte cuando seas grande? y ¿Por qué? Los niños querían ser, en primera instancia, como Martí, Céspedes, Luz y Caballero, Antonio Maceo. “Siempre debemos evaluar las implicaciones de una revolución”, subrayó.

 Otra referencia a Puerto Rico cerró la jornada: “Creo que los puertorriqueños tienen a la nación con ellos más tiempo durante el día que nosotros, es la impresión que me da cuando voy a ese país –concluyó Rafael Hernández-; la bandera y demás símbolos nacionales es algo con lo que se vive, con lo que se respira. Los llevan con orgullo dondequiera que van, incluso si están dentro del Estado-nación que los domina. Podemos mirarnos en el espejo del puertorriqueño y de su nacionalismo, que hace imposible que a su cultura se la traguen”.

Resultados de la encuesta aplicada entre los asistentes a este Último Jueves