La(s) revolucion(es) rusa(s) en su centenario

La(s) revolucion(es) rusa(s) en su centenario

26 - Octubre 2017
Moderador: 

El suceso cuyo análisis hoy nos convoca tuvo enorme importancia no solo en los años 20, 30, del pasado siglo, sino como presencia cultural e ideológica desde los primeros años de la Revolución cubana. Sin embargo, para las nuevas generaciones nacidas en la Isla constituye un hecho remoto, ajeno, y en gran parte desconocido. Con tales observaciones de Rafael Hernández dio inicio el más reciente de los debates mensuales que Temas organiza en la sala Fresa y Chocolate, del Icaic, en el Vedado habanero. Luego, el director de la mencionada publicación, y moderador habitual de estos encuentros, presentó a los expertos invitados: Fernando Rojas, no como representante de una entidad oficial, sino alguien que durante cinco años y medio vivió y estudió historia en la Unión Soviética, quien, además, ha profundizado en investigaciones acerca de la Revolución rusa; Marat Karimov, primer secretario en la embajada de ese país; y la historiadora Angelina Rojas, autora de varios libros sobre el movimiento obrero y comunista cubano.    

Dentro de los aspectos esenciales de la revolución de 1917, ¿qué se soslaya, queda relegado, o es lo menos sabido?, fue la primera pregunta.

 “Primero voy a hacer un comentario general: los acontecimientos previos a la toma del poder por los bolcheviques el 24 y 25 de octubre (7 y 8 de noviembre en el calendario gregoriano), los de esos dos días, los inmediatamente posteriores, y los eventos políticos en los que intervinieron los principales dirigentes revolucionarios, el partido y sus órganos, y también la masa, hasta mediados los años 30, fueron durante muchos años poco divulgados, manipulados, ocultados e incluso falsificados. Por una conjunción de intereses muy poderosos contrapuestos entre sí; mantener esos ocultamientos y distorsiones importaba tanto a la facción que triunfó en la lucha intrapartidista en la década de los 20, la de Stalin –insisto en decir facción porque nunca he estado de acuerdo con atribuirle a un solo individuo ese desenlace-, como a la maquinaria propagandística de los centros capitalistas. Esa práctica durante largo tiempo ha oscurecido la comprensión de una buena parte de aquellos episodios”, expuso Fernando Rojas.

Según su criterio, el elemento menos comprendido y estudiado de lo acaecido durante 1917 (el período que va de febrero a octubre, y lo que después se denominó “la marcha triunfal del poder soviético”) y 1918, signado por la intervención extranjera y la guerra civil, “es el carácter dual” de la revolución. Por un lado, ella hace frente a “una crisis nacional que ninguna fuerza política diferente a los bolcheviques pudo resolver”, quienes no lo hicieron de manera voluntarista, sino convenciendo a las masas y solventando problemas graves: la guerra, la destrucción, el hambre, cuya solución era exigida por la población. “Subrayo poner siempre la guerra en primer lugar, la principal causa popular en aquel momento era la de la paz”. Al mismo tiempo, los bolcheviques están proponiendo una revolución comunista internacional. Ello se evidencia en una frase de Lenin, pronunciada, cual grito de combate, el 3 de abril del año 17, acabado de llegar a Rusia: “Viva la revolución socialista mundial”.

Marat Karimov resaltó que existen un sinnúmero de investigaciones y multitud de libros sobre el tema, pero por diversas causas hasta fecha reciente los autores “no han podido acceder a todos los documentos de la época”. Muchas de las indagaciones emprendidas al respecto en el decenio de los 90 se deben a seudocientíficos, carecen de fundamento y “respondieron a encargos occidentales que pretendían a toda costa denigrar la historia del país y convertir a Rusia en causante de los problemas del mundo”. Asimismo, esgrimen datos adulterados y acusaciones infundadas contra los líderes bolcheviques, a quienes les imputan todas las desgracias de su nación. Por lo tanto, son imprescindibles estudios más acuciosos, lo cual ahora resulta factible, pues “se han desclasificado la mayoría de los materiales de archivo relacionados con ese período y los científicos pueden consultarlos”.

“Hay muchas cosas poco comprendidas de la Revolución rusa” y en buena medida se debe a “la falta de suficientes conocimientos” inherentes a ella, admitió Angelina Rojas. En Cuba, tras el triunfo del Ejército Rebelde en 1959, la propia efervescencia revolucionaria, el gran cúmulo de tareas y de problemas por resolver implicaron que en aquellos instantes iniciales no hubiera “una interiorización desde el punto de vista teórico, de las implicaciones”. E incluso, si bien su ejemplo se había convertido desde los años 20 en bandera para las fuerzas de izquierda de la Isla, América Latina y otras regiones del mundo, “no se sabía con total claridad” qué significaba, conceptual y metodológicamente, la Revolución soviética. Con posterioridad, se subestimó el impacto del enfrentamiento protagonizado por las potencias capitalistas. Ojalá este centenario propicie mayores indagaciones. Hoy ni se estudia bien a Lenin ni a Stalin, eso representa un gran problema que incide en “nuestro presente y nuestro futuro”.   

Al decir del moderador, la revolución de 1917 contó con un liderazgo -no solo el del Partido Bolchevique, sino el del Menchevique y el Social Revolucionario- en el que había “un enorme componente de intelectuales”, con una elevada cultura; muchos de ellos hablaban diversos idiomas, escribieron ensayos y libros sobre filosofía, economía, historia; conocían las problemáticas de la época y tuvieron la capacidad de enfrentarlas. ¿Cuáles de aquellos problemas determinaron el rumbo del proceso revolucionario en Rusia?, inquirió.         

“La guerra civil y la intervención. La Rusia soviética fue agredida simultáneamente por diecinueve Estados”, contestó Fernando Rojas. Otro factor decisivo para lo que ocurrió después, en la década de los 30 -algunos lo llaman cambio de rumbo y otros distorsión-, son las grandes discusiones entre las distintas facciones del Partido Bolchevique durante los años 20, a las cuales se superpone la lucha por el poder personal.

Un gran cúmulo de problemas heredados del zarismo y del gobierno provisional debió solucionar el emergente poder soviético. Entre ellos, Marat Karimov destacó cinco: la situación de la población rural, acompañada por “el atraso tecnológico en la agricultura, lo que de conjunto creaba una amenaza permanente de hambre”. Los infantes abandonados; “según datos oficiales del Ministerio del Interior, en 1920 el fenómeno adquirió proporciones catastróficas”, para remediarlo el gobierno bolchevique destinó a líderes del partido, e ingentes recursos.  El alto índice de delincuencia; contra ella se movilizaron los mejores cuadros, “los órganos del interior, la milicia, la Cheka”. La inestabilidad política; numerosos grupos de guardias blancos permanecían en territorios del imperio ruso, como el Lejano Oriente y la Siberia. Aunque los bolcheviques contaban con una amplia base social, carecían de suficientes dirigentes, ingenieros, especialistas militares, por eso debieron ofrecer cargos gubernamentales y de instituciones a personas de otros partidos y grupos (socialistas, anarquistas) que entonces los apoyaban, pero a mediados de los años 30 buscarán apoyo político dentro de la URSS, en la batalla por el gobierno.

En torno a ese último aspecto concentró Angelina Rojas su segunda disertación. “Había que organizar el país sobre la base de un nuevo modo de producción, de un nuevo sistema político, de una concepción sobre la cual no existían experiencias de ningún tipo. Era el primer ensayo de lo que sería un Estado de obreros y campesinos”. Pero “los trabajadores, la masa, no participan de manera activa en la dirección del partido, de la sociedad y de la revolución”; no solo debido a falta de cultura, sino a que “el grueso de la clase obrera, sujeto de la revolución, estaba enfrentando cotidianamente una situación bien difícil y no le quedaba apenas tiempo para teorizar, o ni siquiera asumir responsabilidades políticas”. En consecuencia, determinados puestos son ocupados por “gente con otras orientaciones. Esto le da a la dirigencia una connotación que no se corresponde con la de un Estado de obreros y campesinos”. Además, la muerte de Lenin, quien “mejor podía haber orientado teóricamente aquella situación compleja”, ocurrió en un momento crucial para el devenir de la revolución.

Intercambio de razones

Destinada al panel y al auditorio llegó la tercera interrogante: qué podemos aprender de la experiencia política, social, cultural, de la Revolución rusa; cuáles lecciones serían útiles para el presente, sin trasplantar mecánicamente absolutamente nada.

Cierto economista pidió a los ponentes que profundizaran en la validez de que la Revolución de Octubre saltara una formación económico social (el capitalismo industrializado) y empezara a construir el socialismo, o el comunismo, sin haber otra nación con este sistema; cuando los teóricos suelen sostener que para realizar un salto, con independencia de cuál sea el estadio al que se pretenda arribar, es un requisito ineludible la existencia previa de un territorio donde él se haya instaurado. Por eso Lenin “hizo todo lo posible por el triunfo del socialismo en Alemania” antes de 1917.

¿Cuán determinante fue, en el devenir de la Revolución rusa, la derrota de los procesos revolucionarios en Alemania, Hungría y Austria, hacia 1919 ya terminados?, indagó una persona, interesada igualmente en que los especialistas puntualizaran cómo la guerra propició el establecimiento del período post revolucionario o estalinista. Otro economista, ya jubilado, opinó que la corrupción generada por el burocratismo torció el camino de la URSS. Un profesor solicitó reflexiones concernientes al papel desempeñado en aquella etapa por la religión y cuál fue la postura de Stalin al respecto. Acerca de críticas contra Lenin, por abrir las puertas a la “desviación capitalista”, al instaurar la Nueva Política Económica (NEP), y por permitir a las diversas nacionalidades que integraban la Rusia de entonces conservar alguna autonomía (así, al caer el socialismo ocurrió la desintegración de la URSS), habló un habitual asistente a UJ.

Fernando Rojas dedicó casi la mitad de la siguiente hora a abordar esas y otras inquietudes de la concurrencia. Especialmente el salto en las formaciones socioeconómicas. En 1905 – alegó -, año en que escribiera Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución socialista, Lenin está ubicado “como en el centro”, y dentro de la intensa discusión sobre las estrategias revolucionarias, entre los marxistas rusos solo Trotsky , quien nunca fue un líder de muchos seguidores, afirma que se puede avanzar hacia el socialismo, tomar el poder únicamente con la clase obrera; ahí se aplica la doctrina de la revolución permanente, en su segunda acepción, no en el sentido dado en Principios del comunismo (lista de preguntas y respuestas confeccionada por Engels y embrión del Manifiesto… publicado en 1848), donde se consigna de manera rotunda que la revolución sería simultánea en los principales centros de poder.

Contrario a lo esperado por los bolcheviques –prosiguió el orador-, se quedaron solos, pues no había otra revolución triunfante en ningún lugar. Rusia estaba devastada por la guerra y bajo la amenaza concreta de revueltas en el propio campo revolucionario, “eso es la sublevación de Kronstadt, una brecha que soldados, marinos y obreros quieren resolver por la fuerza de las armas”. Entonces Lenin apela a la flexibilidad táctica, propone establecer la Nueva Política Económica y el Partido lo acepta de forma unánime. Entre ella y el sistema que en Cuba se denominó cálculo económico, es decir, el utilizado en la URSS cuando triunfó la Revolución cubana, las diferencias resultan enormes. De hecho, “en 1930 la NEP ya no existía”, porque había sido pensada no solo como la reintroducción de las relaciones monetario-mercantiles, sino como un modo de enlazar la clase obrera y la gran mayoría campesina – al explicarla, Lenin dice: “El pequeño propietario no es un enemigo, con el pequeño propietario hay que convivir”, en el sentido de participar de manera activa en la relación-, mientras sobrevenía la esperada revolución internacional.

Pero tan radical transformación no se desencadenó. En consecuencia, el líder soviético llegó a un razonamiento, y lo dejó por escrito en marzo de 1923, que prefigura el luego llamado Estado de bienestar y representa una lección para el presente: los países capitalistas avanzados de Europa no van a llegar al socialismo como se creía, sino explotando a los pueblos del oriente (quiere decir a los del tercer mundo, a los de la periferia) y a Alemania como nación derrotada en la Primera guerra mundial. Sin embargo, Rusia, China, la India, etcétera, “somos la mayoría de la población y podemos a la larga vencer”.  

También variaron los enfoques relativos a las prácticas religiosas. “Todo el primer período revolucionario es profundamente anticlerical”, ello repercutió en situaciones extremas, a lo largo de la guerra civil y hasta los años 30. No obstante, en Rusia la religiosidad era parte insoslayable de la cultura del pueblo y la dirección soviética optó por flexibilizar algunas de sus concepciones iniciales.

El próximo panelista, Marat Karimov, agregó que “Lenin y Trotsky eran materialistas. Documentos desclasificados contienen informes de reuniones políticas donde se discutía la posición de la iglesia”. En una, celebrada a inicios de los años 20, Trotsky instó a reprimirla, empero, Stalin votó en contra, argumentó que el campesino ruso no lo iba a entender. Ese apoyo lo mantuvo durante la Segunda guerra mundial.

No podemos perder la fe en el socialismo, porque las condiciones que generaron su necesidad están tan vigentes como antes, recalcó Angelina Rojas. Y leyó una cita del volumen Qué es una revolución, de la Revolución rusa de 1917 a la revolución de nuestros tiempos, escrito por político y líder revolucionario boliviano Álvaro García Linera: “La revolución soviética de 1917 es el acontecimiento político mundial más importante del siglo XX, pues cambia la historia moderna de los Estados, escinde en dos a escala planetaria las ideas políticas dominantes, transforma los imaginarios sociales de los pueblos, devolviéndoles su papel de sujetos de la historia, innova los escenarios de guerra e introduce la idea de otra opción para el mundo, opción posible en el curso de la humanidad”. La académica exhortó a proseguir estudiando aquel suceso -y las concepciones de Lenin-, sin olvidar que es “ante todo un hecho cultural, así lo pensaron Mella y Villena”.

Lamentablemente, carecemos de suficientes libros de historia sobre la Revolución rusa, con enfoques diferentes. Necesitamos acceder no solo al relato oficial, sino a todos los otros, puesto que cien años más tarde, seguimos discutiendo sobre un evento que no conocemos bien. “Hacer este ejercicio aquí no sustituye la publicación de esos materiales, ya sean impresos o digitales, pero nuestro debate es una contribución a mirar desde el hoy, lo cual no significa sustituir los problemas del pasado por los del presente”, porque eso no nos lleva a entender ni al uno ni al otro, comentó Rafael Hernández antes de dar por concluida la jornada e invitar al Último Jueves de noviembre, dedicado a los Diálogos y monólogos generacionales.