Los años 70

Los años 70

30 - Julio 2015
Moderador: 

¿Fue una buena época o no? A quienes la vivimos nos es difícil dar una definición tajante. Estudiosos y protagonistas se empeñaron recientemente en examinarla con mirada crítica, teniendo en cuenta que sucesos del decenio tienen sus raíces en el precedente y algunos se mantienen vigentes por lo menos hasta mediados de los 80. Tras la gran mesa habilitada en la sala Fresa y Chocolate, del ICAIC, se sentaron Humberto Pérez González, ministro a cargo de la Junta Central de Planificación (JUCEPLAN) entre 1976 y 1985, asimismo, desde 1972 tuvo una participación activa en el reordenamiento institucional del país y en la creación del nuevo sistema político; Diana Salazar, miembro del Destacamento Pedagógico, profesora de economía y actualmente especialista de la Empresa de Gestión del Conocimiento y la Tecnología (GECYT), del CITMA; Jorge Fornet, autor del libro El 71, director del Centro de Investigaciones Literarias de Casa de las Américas y codirector de la revista Casa; y Manuel López Oliva, artista de la plástica, crítico de arte, ensayista.

El moderador, Rafael Hernández, director de Temas, les solicitó que nos trasmitieran sus visiones personales. Afirmó —con ello concuerdo plenamente— que la etapa no ha sido bien historiada, por lo cual este era un acercamiento preliminar. E hizo sus primeras preguntas: ¿Cuál fue la naturaleza de los cambios en ese período? ¿Qué lo singulariza? ¿Cómo se pensaba y actuaba?

“Por haber sido parte, no me corresponde ser juez principal; más que una valoración, aunque no va a faltar, voy a introducir elementos de juicio que en algunos casos pudieran resultar inéditos o poco conocidos”, adelantó Humberto Pérez González, quien estuvo al frente de la comisión que implantaría el llamado Sistema de dirección y planificación de la economía, luego del I Congreso del PCC. De acuerdo con su razonamiento, después de los primeros años de la Revolución, 1959-1961, en los cuales se produjeron las transformaciones más profundas y radicales, los 70 son los de mayores, más abarcadoras e integrales modificaciones hasta el día de hoy; además, se hicieron formando un sistema, obedecían a una estrategia de aplicación, y buscaban descentralizar, democratizar y estabilizar el proceso revolucionario.

Las acciones incluyeron fortalecer las organizaciones de masas, principalmente los sindicatos; delimitar las funciones del Partido y de la administración del Estado, que se habían fundido en el período anterior; y establecer una nueva división política administrativa, con mayor cantidad de provincias, más pequeñas, para “acercar los niveles de dirección al pueblo” y eliminar el nivel de región existente entre las provincias y los municipios. Otra novedad fue el nacimiento del Poder Popular. Al respecto precisó el especialista: “Hasta ese momento solo existía el Consejo de Ministros, como órgano ejecutivo y legislativo; o sea, todas las actividades del país estaban dirigidas desde los ministerios, a través de delegaciones en la provincia, la región y el municipio; los funcionarios correspondientes eran designados. Eso cambió, porque aparecen las instituciones representativas y las entidades que prestan servicios o venden productos a la población pasaron a ser administradas directamente por personas designadas a nivel municipal o provincial por quienes a su vez habían sido elegidos en la base. Además, se les dio cierta autonomía para que empezaran a resolver los problemas con recursos propios y se estimularan las producciones locales”.

Se restablecieron las relaciones mercantiles, y la contabilidad de doble partida, abandonadas hacía diez años; también el pago según el trabajo, la vinculación norma-salario, los estudios de Economía y Contabilidad en la Universidad de La Habana. Fueron eliminados los horarios de conciencia y parte de las gratuidades existentes. A las empresas se les concedió formar fondos de estimulación y poseer una independencia económica operativa. Quedó reestructurado el sistema empresarial del país, para que las entidades pudieran detentar subordinación provincial y municipal. Se estimuló el desarrollo de cooperativas agropecuarias. Aparecieron el mercado libre campesino y los trabajadores por cuenta propia. Transcurrió el primer plan quinquenal, se confeccionó el segundo, y se empezó a elaborar uno con vistas a quince años, el primero a largo plazo. Fue aprobada la Constitución Socialista, aún vigente, con los añadidos que se le hicieron en los 90 y en 2002; y se aprobó un nuevo programa guía que sustituía el del Moncada ya cumplido, según planteó Fidel en su informe al I Congreso del PCC, concluyó su enumeración el panelista.

Diana Salazar —en 1970 tenía 12 años, y 14 cuando se instauró el Destacamento Pedagógico— recuerda ante todo una escuela de 4 500 estudiantes, la Vocacional Lenin, donde había grandes laboratorios donados por la Unión Soviética, de fotografía, de química, de física, y el de computación, cuyas máquinas eran cubanas; allí “no nos faltaba nada desde el punto de vista material y humano”, empero sí debió tomar una decisión que cambiaría para siempre el rumbo de su vida.

“Cuando llegué a décimo grado, año en el que Brezhnev vino a inaugurar la Vocacional con el Comandante Fidel Castro, había escasez de profesores en la misma escuela. Yo no quería ser maestra, pero sí estar en la vanguardia, tenía esa contradicción. Siempre rezaba para que no me seleccionaran para el Destacamento. Lo hicieron y me convertí en profesora de historia. Era una adolescente que le daba clases a otros adolescentes”. Para enfrentar la tarea contaba con magníficos docentes, quienes “nos narraban la historia con vehemencia, veracidad, la de Cuba y la universal. Nos hicieron un plan de estudios. Por la tarde recibíamos la materia y al otro día por la mañana íbamos al aula a impartir la asignatura. Guardo la imagen de mis estudiantes, el primer año, que sufrieron porque yo no tenía ninguna pedagogía. Algunos compañeros no pudieron seguir. Esa enseñanza me hizo quemar etapas, mi adolescencia fue de muchas responsabilidades, los padres me exigían resultados. Hoy pienso que maduramos muy rápidamente; sin embargo, lo agradezco. Mi balance de la década siempre ha sido positivo”. En 1979 salió de la Lenin y entró al Instituto Pedagógico Enrique José Varona. No podía prever el futuro cercano: tras formarse durante cinco años y amar la carrera, le dirían que ya no hacía falta profesores de historia, sino de marxismo, y debió especializarse en economía política.

Incluso para referirse a temas culturales resulta imprescindible tomar como punto de arrancada la llamada Zafra de los Diez Millones, por su enorme incidencia en toda la vida del país, considera Jorge Fornet. “Recuerdo —dijo— un artículo de Aurelio Alonso en el cual hablaba acerca de que el fracaso de dicha zafra a veces se toma como la causa de una crisis, cuando es por el contrario el signo de una crisis: la imposibilidad de desarrollar un proyecto autónomo, sin dependencia de la Unión Soviética; en el interior de la nación significó un triunfo para la postura ideológica de las fuerzas de izquierda más conservadoras”.

Fuera de la Isla se estaban escribiendo varios libros de estudiosos sobre Cuba, algunos de ellos habían sido invitados por el gobierno cubano y habían sostenido intercambios directos con grandes figuras, incluido Fidel. En sus textos —a pesar de simpatizar casi todos con la Revolución— comienza a verse una distancia, una fisura en el consenso; aparecen críticas hechas desde la izquierda para la izquierda, un panorama inconcebible poco antes. De modo paralelo, en el país y todo el continente, se quiebra una concepción sostenida por los intelectuales durante los 60: la necesidad de la alianza entre la vanguardia política y la artística. “El Che era un paradigma, Cortazar llegó a afirmar: ‘Necesitamos los Che Guevara del lenguaje’”, continuó el investigador.

“Lo acontecido en el año 1971, o sea, el caso Padilla y el Congreso de Educación y Cultura, se relaciona con el establecimiento de una nueva noción acerca de qué es un intelectual revolucionario, cuáles son sus funciones. Esa figura se devalúa y en el citado Congreso se erige una contrafigura, la del maestro”. Sin duda, se extendió el ámbito cultural, proliferaron los talleres literarios, surgieron premios, y muchas personas se beneficiaron, “pero a costa de la eliminación de un grupo que venía haciendo una labor importante”, señaló Fornet. “Se produjeron fenómenos dolorosos, no solo desde el punto de vista personal, sino para la cultura nacional”.

Protagonista de primera fila en la esfera de la plástica fue Manuel López Oliva. Había venido en 1965 a La Habana, a estudiar en la Escuela Nacional de Arte. Conoció —entre otros— a Alfredo Guevara, al pintor Servando Cabrera, a Haydée Santamaría y a Carlos Franqui, organizador del Salón de Mayo. Todavía siendo estudiante de la ENA, a finales de los 60, fue testigo de la separación de varios profesores, como Servando, Antonia Eiriz, Sandú Darié y Luis Martínez Pedro. Ante la falta de docentes, López Oliva y otros educandos se convirtieron en alumnos ayudantes.

“Al llegar la década de los 70, ya estoy vinculado con diversos campos: la creación, la enseñanza artística, y la Dirección de Artes Plásticas del Consejo Nacional de Cultura —rememoró el disertante. Ahí conocí personas que habían sido hippies, se convirtieron en lo contrario y como dirigentes de ese Consejo mantuvieron posiciones peores que las de Pavón”. Asistió al Congreso de Educación y Cultura (1971), donde constató profundas diferencias con las ideas formuladas por Fidel apenas tres años atrás, en la clausura del Congreso Cultural de La Habana (1968). Frente a los esquemas imperantes en los países socialistas, durante los 60, Cuba significó una alternativa que entrañaba cierta libertad y diversidad de pensamiento. Ejemplo de ello es que en el periódico Granma, órgano oficial del PCC, la crítica de arte la hacían “personas con muy diferentes puntos de vista; es decir, no había una coherencia cerrada, sino abierta”. A partir de 1971 todo eso “se estrangula”, porque una de las líneas del decenio precedente toma la posición predominante. Resultan excepcionales la autonomía del ICAIC, dirigido por Alfredo Guevara, y de Casa de las Américas, al frente de la cual estaba Haydée Santamaría. En buena medida las ideas de Marx sobre la libertad artística son abandonadas.

Sin embargo, en general el arte de los 70 en la Isla no se caracteriza por estar sujeto a los códigos del realismo socialista, reconoció López Oliva. La mayor parte de los artistas, críticos y profesores se mantuvieron fieles al modelo flexible con el cual se formaron en años anteriores y sus juicios eran afines al del Che en cuanto a ver esa tendencia como una forma congelada del realismo del siglo XIX. No obstante, “había otras personas, a menudo mediocres, que abogaban por un arte ancilar, propagandístico”.

Fértil en paradojas fue la década. “Resulta contradictorio que los asesores soviéticos llegaran a Cuba no por el Consejo Nacional de Cultura, sino cuando ya existía el Ministerio y su Dirección de Enseñanza Artística estaba en manos de Mario Rodríguez Alemán, quien había trabajado en el ICAIC”; tales asesores pronto entraron en conflicto con el mundo del arte en el país. Aunque calificar de homogéneo el período es imposible, “hay una especie de corte que se da con la organización del I Congreso del Partido y la elaboración de sus tesis sobre el trabajo artístico y literario. Las discusiones en torno a ellas fueron muy fuertes, muy serias, los que participamos lo sabemos. Que en el 76 se diga en la Constitución que las formas del arte son libres, representa una conquista extraordinaria”, evocó el ponente.

 

Nuevas piezas para el rompecabezas

Al igual que los panelistas, el público mostró esta vez una especial concentración en el tema debatido, no hubo divagaciones. Además de las preguntas, y de las inevitables anécdotas, abundaron las valoraciones y los datos relevantes.

El auditorio solicitó a sus interlocutores valorar lo positivo y lo negativo de la incidencia soviética, durante los 70, en el sistema político cubano y en la cultura; esclarecer si lo que a la sazón se instauró en Cuba era socialismo o no; referirse a la “estrategia discriminatoria que comienza a producirse en el campo de la ideología”, pues se consideraba “contrarrevolucionario tratar de ser marxista desde una perspectiva crítica al marxismo soviético”, y eso gravitó sobre las personas dedicadas a las ciencias sociales, a la literatura y al arte en general. Una historiadora les pidió reflexionar acerca de que “el dogmatismo necesita cambiar ante todo la concepción sobre la historia” y en el mencionado decenio imperó en la Isla “el dogmatismo más rampante”.

Un economista, director de empresa al concluir la década, cuestionó la implementación de las medidas decretadas por la dirección del país, e inquirió: “¿Si los 70 fueron exitosos, cómo llegamos al Mariel en el 80?”. Un habitual concurrente a Último Jueves razonó que con el modelo de socialismo de Estado se pretendió hacer frente al desorden, la inflación, los salarios sin respaldo material; y formuló dos interrogantes: ¿el sistema de representación creado (sindicatos, asambleas de rendición de cuentas…) llevó a la democracia económica?, ¿pudieran hablar también sobre las instituciones culturales en la comunidad y el arquetipo de cultura que se estaba llevando al pueblo? Una ensayista observó: la separación entre el Estado y el Partido no ocurrió, más bien surgió una estructura paralela, en manos del PCC; de igual modo es contradictorio el estatus de las organizaciones de masas, dependientes del presupuesto estatal, como si pertenecieran al gobierno.

Entre los ambientalistas cubanos hay consenso en cuanto a que durante esa época se afectó la naturaleza cubana, pues sufrió una tensión por encima de la aconsejable. Producir caña a todo costo, sembrar pastos, expandir el área agrícola indiscriminadamente, originó “muchos de los problemas que todavía tenemos con el sistema ambiental”, comentó un geógrafo.

Un intelectual opinó que hoy a menudo se muestran, sobre todo en el universo de la plástica, determinadas obras como representativas de los 70; “el problema es que si bien se hicieron durante esos años, en realidad eran creaciones marginales”. Al ver los catálogos de entonces y los resultados de los concursos es posible constatar que lo promovido y premiado no era lo considerado ahora ejemplos del período. “Existían Flora Fong y López Oliva, mas no pertenecían al mainstream; ellos eran de la periferia; y hubo otros sencillamente excluidos, como el tristísimo caso de Fonticiella, uno de los más grandes artistas que ha dado este país y fue borrado totalmente. Lo mismo pasó en el campo de la literatura. Había talleres, es verdad, y a ellos acudían muchos jóvenes; no obstante, ¿quiénes conformaban el canon?: Miguel Cossío, Cesar Leante, Osvaldo Navarro, Roberto Díaz, Raúl González del Cascorro. En la actualidad todo el mundo sabe quién es Miguel Barnet y Biografía de un cimarrón; sin embargo, en aquellos tiempos, cuando González del Cascorro publica un artículo de quince páginas sobre el nuevo género testimonio en la Cuba revolucionaria, solo dedica tres líneas a Barnet”. La política cultural dominante llegó casi hasta 1985, coincidiendo con la salida de Antonio Pérez Herrero del Departamento Ideológico. Tal política “se mantuvo por diversas vías, porque la UNEAC, el Ministerio de Cultura y la parte cultural del ICRT respondían a ese Departamento. El gran debate sobre el realismo socialista, el más cruento, se produce en 1983, no en los 70”.

Finalmente, una profesora de Historia del Arte reveló estadísticas obtenidas mediante análisis realizados por sus alumnos como parte del desempeño académico: “En el periódico Granma entre 1970 y 1975 la crítica se dirige al Movimiento de aficionados, porque es un modelo cultural de la época; en segundo lugar está el cine, en tercero la literatura, en cuarto el ballet y en el último lugar la plástica. Del 76 al 80, aumenta la frecuencia de la plástica, baja la de los aficionados, se mantiene el cine y la literatura”. El Caimán Barbudo prioriza a los artistas de la periferia; tiene un crítico particular, Ángel Tomás, “este aconseja, disiente, es prospectivo, pero sobre todo se preocupa por el peligro ideológico y así lo hace saber. Revolución y Cultura ofrece una crítica más especializada y utiliza mucho la entrevista, de ese modo permite que sea el artista quien evalúe. Sube a escena en estos momentos el cartel, hacia él la crítica es más suave. A partir del concepto de que el arte es un arma de la Revolución, la tendencia es a valorar el contenido del mensaje; a veces la crítica, más que desprenderse del análisis de la obra, se desprende de las Tesis y Resoluciones del Partido”.

 

Buceo en aguas profundas

Motivado por los criterios de la concurrencia, Humberto Pérez González acometió la muy difícil tarea de ahondar, durante el corto tiempo restante, en antecedentes, decisiones y factores limitantes. A mi vez intentaré sintetizar su extenso parlamento.

La concepción del partido único no proviene de la década analizada, surge antes, cuando Cuba se declaró marxista-leninista y se fundó el PURSC (Partido Unido de la Revolución Socialista de Cuba). En vísperas del 70, “existían los llamados jefes de sectores, ellos dirigían de manera absoluta Partido, gobierno y sindicato”, desde el nivel central. Los documentos delimitadores de las funciones que fueron elaborados y aprobados se basaron en lo dicho por Fidel y por el Che sobre el Partido y cómo debía funcionar separado del Estado. Por eso surge el Comité Ejecutivo del Consejo de Ministros y el aparato del Comité Central, “en cierta medida paralelo con el gobierno”. Preocupado por dicho paralelismo, en 1973 Alfredo Guevara hizo llegar una carta a la dirección del PCC. Ella motivó un documento, firmado por Fidel y titulado Comunicación del Secretariado acerca de las relaciones que deben existir entre los departamentos del Comité Central y los organismos centrales del Estado. “Sin embargo, en la práctica ocurrió lo que Guevara estaba alertando. Cuarenta años después seguimos hablando de separar Partido y Estado, esto nunca se resolvió, es una asignatura pendiente”.

También el socialismo de Estado regía con anterioridad a 1970, los movimientos emprendidos en el decenio previo poseían un marcado carácter centralizador. Durante él acaecieron la Ofensiva Revolucionaria, la integración de los campesinos a los planes estatales, el nacimiento de la Brigada Che Guevara (con la finalidad de liberar tierras para aplicar en la agricultura la alta tecnología, demolió frutales, palmares, arboledas), el Cordón de La Habana, etcétera.

Ya en marzo del 65 el Che había planteado en El socialismo y el hombre en Cuba la necesidad de institucionalizar el país y Fidel, el 28 de septiembre de ese año aseveró lo mismo y abogó por hacer un congreso del Partido, una Constitución, órganos locales de gobierno, y porque las comunidades se autoadministraran. Incluso, a tenor de la formación del Comité Central, se creó la Comisión de asuntos constitucionales y jurídicos, encargada de dar los primeros pasos en el proceso de institucionalización.

Durante el lustro siguiente el intento “de asalto al cielo en la construcción del socialismo y el comunismo fracasó; y además de no cumplirse la meta de producir diez millones de toneladas de azúcar, llegamos a los 70 con niveles de eficiencia por el piso”. En consecuencia, se tomó la decisión de rectificar, y de avanzar en el propósito de descentralizar y democratizar el país. Lo demuestran planteamientos de Fidel hechos durante 1971 y su encargo al Buró Político —previo al viaje por África y por los países socialistas en 1972 —, relativo a estudiar cómo mejorar la economía y la planificación, fortalecer el Partido, y a la par el Estado, mediante la instauración de los poderes locales. La propuesta resultante incluyó, entre otras acciones, la realización del XIII Congreso de la CTC.

“Se comenta que la entrada en el CAME (1972) nos llevó a calcar lo que estaban haciendo los demás países socialistas, eso no fue totalmente así”, enfatizó Pérez González. Solo para organizar los ministerios se concibió una versión bastante similar a las estructuras existentes en dichas naciones, de modo que fluyeran sin obstáculos el diálogo y el trabajo entre ambas partes.

Sin embargo, el modelo de los Poderes Populares derivó de un estudio orientado por Fidel e iniciado en la provincia de Matanzas en octubre de 1973. “En todos los Estados socialistas la nominación de los delegados a nivel de base la hacía el Partido y eran candidatos únicos, en Cuba se decidió que el pueblo los nominara y eligiera, además los candidatos debían ser varios para cada cargo”. Incluso en el seno de la dirección del país hubo debates sobre la elección directa a los puestos superiores, y se entendió que lo más democrático en aquellas circunstancias, era confiar esa responsabilidad a los delegados elegidos por las masas, los cuales debían constituir, como mínimo, 50% de la Asamblea Nacional. La representatividad de estos disminuyó cuando la formulación varió a que podían alcanzar hasta 50%.

“Esa década no es un compartimento estanco en el proceso revolucionario, por inercia continuaron presentes elementos de períodos anteriores, haciendo resistencia a los acuerdos y los esfuerzos emprendidos. De las transformaciones mencionadas al principio de este encuentro, algunas se concretaron, otras se iniciaron, pero fueron truncadas. Raúl, en el Informe al VI Congreso del Partido, cita varias veces planteamientos de Fidel en el I Congreso, lo califica de trascendental y dice que se malogró el sistema de dirección que nos proponíamos implantar; y con relación al Partido, se engavetaron los documentos donde estaba recogido lo que debía hacerse”.

A un asunto no abordado por el resto de los participantes dedicó su segundo turno Jorge Fornet: la presencia cubana en África. “Fue clave en la década y de manera indirecta ayudó a aliviar levemente el impacto de lo ocurrido en la primera mitad del decenio. Comenzó en 1975, aunque en el 76 fue más masiva la salida hacia el continente. En su libro Misiones en conflicto, Piero Gleijeses alega que a finales de los 60 y principios de los 70, cuando es obvio que no se va a producir la esperada revolución en América Latina, empezó a radicalizarse la política hacia adentro de la Isla”; pero en el 76 sucede al revés, de nuevo hay otro proyecto por el cual apostar, y al mismo tiempo —a pesar de conllevar un gasto económico grande y un costo político— “era una manera de marcar distancia de la URSS, porque se hizo sin pedirle permiso”.

Sobre las concepciones en torno al arte y la sociedad volvió Manuel López Oliva. Prevalecía la noción de fortaleza sitiada —expresada por Fidel en el Congreso de 1971— y de campamento; “de ahí la presencia de militares al frente del ámbito cultural, o de personas civiles, muy cultas, pero con un pensamiento rígido. Mario Rodríguez Alemán llegó a hacer en el periódico Trabajadores una definición del arte socialista; se quería establecer la lógica del hombre nuevo, equivalente a la noción de Así se templó el acero”. Pasado el tiempo, Fidel expone, en un encuentro sobre fotografía latinoamericana, celebrado en Casa de las Américas, que la cultura se había convertido en un escenario de feudos, y busca a Armando Hart para dirigirla. “Lo distintivo de los 70 es que en ese momento es cuando más se evidencian las contradicciones dentro de la Revolución”, concretó el artista.

Cerró la jornada número 137 de Último Jueves —no duró más por falta de tiempo— Rafael Hernández, quien agradeció la sinceridad de cuantos hablaron. Y subrayó: “Este espacio existe para propiciar la investigación y volver sobre problemas no agotados, desde la perspectiva de que la contradicción es vital para entender la historia”.