Último Jueves

Último Jueves: “Salir, irse, virar, regresar”

Fecha: octubre 28, 2021
Lugar: A distancia

Panelistas:

Isabel Cristina López Hamze. Mamá de dos hijos varones y teatróloga. Licenciada en Arte Teatral, 2011 y Master en Ciencias en Procesos Formativos de la Enseñanza de las Artes, 2016. Trabaja como profesora de la Universidad de Las Artes.

Cristina Escobar. Periodista y analista de política internacional de la Televisión Cubana. Becaria Chevening, beca del gobierno británico que le permitió viajar a estudiar una maestría a Londres, y posteriormente trabajó en BBC World Service. Es una cubana que salió del país a estudiar, y un año y medio después regresó. Ha cubierto temas de la política exterior cubana incluyendo los eventos entorno al deshielo entre los Estados Unidos y Cuba, y los diálogos con la Unión Europea. Fundadora del sitio para emprendedores www.eltcp.com.

Robenson Glesile. Haitiano. Reside en Rosario, Argentina, desde hace nueve años. Profesor de francés. Integrante del Grupo de Estudios sobre Migraciones (Universidad Nacional de Rosario). Vice coordinador de la Fundación Jèn Mapou.

Arturo López-Levi. Politólogo. Graduado del Instituto Superior de Relaciones Internacionales en La Habana en 1992 y Máster en Economía y Asuntos Internacionales en la Universidad de Carleton (Ottawa) y la Universidad de Columbia (Nueva York).Experto en política latinoamericana y estadounidense. Analista político del gobierno cubano entre 1992 y 1994. Consultor de la fundación New America y de Diálogo Interamericano sobre temas de Cuba y política estadounidense hacia Latinoamérica. Miembro del consejo editorial de Cuban Studies. Actualmente es catedrático de la Universidad de Texas (Rio Grande Valley). Es copresidente de Cuban-American for Engagement (CAFE).

Rafael Hernández. Politólogo. Director de Temas.


Rafael Hernández (moderador): Bienvenidos al panel de Último Jueves a distancia dedicado a la migración de ida y de vuelta y sus características, sus problemas en el mundo en que estamos y en la circunstancia en que se desarrollan en este momento los flujos migratorios. Para centrarlo en un grupo de problemas específicos, hemos partido de un vasto océano de problemas, dentro del cuaal les hemos pedido a los panelistas que elijan las cuestiones que quieren discutir y reflexionar.

Para intercambiar en torno a esta problemática tenemos a un panel muy diverso: un emigrado en Argentina, un emigrado en los Estados Unidos –profesores ambos de distintas especialidades–, una especialista en arte, en particular en teatro, y una periodista. Un nutrido grupo al que le vamos a pedir que nos ilumine desde esos diferentes ángulos acerca de la migración circular.

¿Cómo ha cambiado el patrón migratorio en los últimos diez años? ¿Quiénes emigran? ¿Es posible saber cuál es su composición social o demográfica?

Isabel Cristina López Hamze: Es siempre un riesgo hablar sobre el fenómeno de la migración. Un tema complejo que atraviesa los ámbitos económicos, políticos y culturales, pero también los afectivos, sentimentales y familiares. Acepté la invitación de Rafael para participar en este debate con la condición de que mis intervenciones serían desde la perspectiva teatrológica. El teatro ha sido el espacio para reencontrarme con la historia y la memoria, con el pasado y el presente de mi país. Un país habitado por los de aquí y los de allá, por el adentro y el afuera.

La migración es uno de los temas más abordados por los dramaturgos cubanos. Las variaciones del patrón migratorio son analizadas por las ciencias sociales, son expuestas en forma de estadísticas y análisis de políticas migratorias, análisis sociológicos. El teatro las analiza desde otros resortes. La mayoría de las obras que abordan el tema están movidas por deseos opuestos: el deseo de los personajes de regresar y el sueño de irse. Así estos dos extremos han sido explotados históricamente por los dramaturgos. Hay obras que tratan sobre las ganas de irse, como “Puerto de Coral” de Maikel Chávez, donde tres hermanas en un pueblo de pescadores sueñan con México, Barcelona y Nueva York o “Nevada”, de Abel González Melo, en la que sus protagonistas son jóvenes marginales que se prostituyen y luchan a toda costa por el sueño de irse. Mientras para las primeras, el deseo está marcado por una visión romántica, para los segundos, el irse significa escapar, significa salvarse de una realidad que los agobia. El teatro también ha puesto en perspectiva quiénes emigran. Y podemos encontrar una obra donde los personajes emigran por razones económicas, familiares, para huir de sus contextos agrestes. Pero también podemos hallar otros puntos de vista, por ejemplo, en un espectáculo como “Departure”, de El Ciervo Encantado, que conecta las vidas de artistas que han emigrado por causas políticas e ideológicas.

En la dramaturgia de los últimos diez años he visto cómo el teatro que aborda la migración ha variado. Ha pasado de esa clásica dicotomía del querer partir y el querer regresar a la discusión de otros puntos y el protagonismo se ha mudado del personaje que emigra a una suerte de personaje coral que rodea al emigrante. Una obra como “Callejón Desagüe”, de Laura Liz Gil, estrenada y publicada en 2018, se centra en las relaciones de los personajes que se quedan, mientras el hombre que se va, es solo el pretexto poético para enlazar a dos mujeres, su esposa y su amante que, en la espera interminable, se unen, se entienden, se acompañan de un extraño modo. Ha cambiado el abordaje de la migración en la última década también en términos de estéticas. Podemos encontrar muchas obras desde concepciones realistas que discursan sobre la insularidad y esas ganas de “saltar el charco”, pero van apareciendo otras escritas por jóvenes que indagan en las consecuencias de la emigración, más que en las causas. Podemos encontrar obras epistolares, performances, espectáculos de cabaret teatro, autoficciones, parábolas y una obra para niños “Cabeza de caballo”, de Yerandy Fleites, que por primera vez toca el tema en el teatro para niños en Cuba.

Habrá que ver cómo el teatro del futuro registra los cambios en el patrón migratorio luego de estos dos años pandémicos y convulsos en todos los sentidos. Hay que esperar. Las motivaciones para emigrar están planteadas. Y también las motivaciones para quedarse. Habrá que ver cuáles son las consecuencias de una u otra decisión, las heridas o las nuevas perspectivas de futuro.

 Rafael Hernández: ¿Qué motiva a los emigrantes? ¿Qué factores sociales, económicos, psicológicos, culturales, políticos, impulsan la emigración?

Robenson Glesile: En primer lugar, migrar es un fenómeno natural. Luego existen distintos factores que impulsan a la gente a emigrar. El ser humano está siempre en búsqueda de oportunidades. Lamentablemente, vivimos en un mundo dominado por la desigualdad. Las guerras, las inestabilidades sociopolíticas impulsan las personas a migrar. Según ACNUR, a finales de 2019 el número de personas desplazadas en el mundo era de 79,5 millones. De ellos, 26 millones eran refugiados. La falta de trabajo es uno de los factores que motivan a los haitianos y las haitianas, por ejemplo, a elegir el camino de la emigración. Directamente, el equilibrio mental de las personas que emigran en medio de las crisis se ve afectado. Hay que mencionar también el factor ecológico como una causa que impulsa a la migración.

Isabel Cristina López Hamze: La gente de teatro siempre parte de esa “maldita circunstancia del agua por todas partes” de la cual hablaba Virgilio Piñera en ese gran poema que es “La isla en peso”. La noción de insularidad es ya una condición para el deseo posible de la migración. El peso simbólico que tiene haber nacido en una isla es muy fuerte. El teatro cubano ha develado, como pocas expresiones artísticas, el drama que envuelve a los que regresan y a los que se van.

Las motivaciones para emigrar son diversas. Dependen de los individuos, del contexto histórico, de las edades y de otros muchos factores. Si tomamos un evento como el éxodo por el Mariel, que representó una de las más grandes oleadas migratorias de la historia y ponemos a dialogar las motivaciones de los personajes protagónicos de cuatro obras que abordan el tema, podemos advertir la variedad de motivos.

“La Familia de Benjamín García”, de Gerardo Fernández, escrita y representada en los años 1982 y 1985, respectivamente, y publicada por Letras Cubanas, en 1989, está contada desde la perspectiva de Benjamín, un viejo padre. La acción tiene lugar durante la ocupación de la embajada del Perú. Fernando, el hijo de Benjamín, se asiló allí y su idealista padre cree que está cumpliendo una misión secreta; no quiere reconocer que ha traicionado los ideales que le inculcó durante años. Los motivos del personaje que quiere emigrar no están claros porque la mirada se enfoca en su padre, pero, por antonomasia, se advierten las motivaciones ideológicas y económicas. 

Ulises Rodríguez Febles es otro autor que aborda el éxodo por el Mariel de forma cuestionadora y desprejuiciada. “Huevos” tiene lugar en dos tiempos diferentes, 1980 y 1993. Luego de verse obligado por sus padres a abandonar el país cuando era un niño, Oscarito regresa a casa de su abuela Pastora en los difíciles años del inicio del Período especial. El personaje era un niño y las motivaciones de sus padres fueron la reunificación familiar.

Otra obra como “El grito”, de Raúl Alfonso, narra el reencuentro de dos amigos. Uno que fue llevado por sus padres en los 80, cuando era adolescente, por motivos ideológicos, y otro que se quedó en Cuba. Ambos jóvenes se justifican, se desnudan y se conectan después de muchos años en un encuentro visceral.

Otra obra como “10 millones”, de Carlos Celdrán, se concentra en uno de sus pasajes más intensos, en el dilema de un padre que se asila en la Embajada del Perú, con el deseo de reencontrarse con su familia, luego de esperar años para que ese encuentro fuera posible. 

En estas cuatro obras las motivaciones de los personajes son distintas, sin embargo, todas tienen un factor común: el saldo nefasto a nivel familiar, marcado por las circunstancias de la emigración en aquellos años. Quién emigró por Camarioca en un avión, no tiene la misma experiencia de quien emigró en los 80 y fue víctima de los actos de repudio. Quién emigró en una balsa en el 94, no guarda en su cuerpo y en su mente las mismas cicatrices de quien emigra hoy con su maleta de rueditas y su pasaporte visado. Aunque los estudios de migración han sido profusos en términos de exponer causas, creo que el teatro ha sabido poner sobre la escena las consecuencias de la emigración. Más que las motivaciones, les interesa a los dramaturgos exponer el reflejo de la emigración en el universo familiar.

Arturo López-Levi: Como elementos estructurales de empuje habría que apuntar la brecha de desarrollo entre Cuba y el principal destino de la emigración cubana que son los Estados Unidos. Agréguese a eso: 1) la política de bloqueo económico, comercial y financiero de Estados Unidos contra Cuba, 2) la típica cancelación de soluciones individuales por el sistema leninista a los problemas tradicionales en cualquier sociedad, respecto a transporte, casa, alimentación, y recreación, 3) la cancelación a la versión liberal-democrática de las libertades civiles y políticas que acompaña este tipo de sistema.

Más que propuesta de solución colectiva a los problemas de la nación (concepto de éxodo en la narrativa sionista y evocado por ejemplo en un programa de la FNCA), la emigración o el exilio aparecen como opción individual o de grupo político. La Cuba que viene desde la Guerra de independencia hasta antes de 1959, y hasta hoy, tiene más continuidad en la Isla que en la diáspora.

En términos de la coyuntura hay que apuntar los problemas asociados a la transición cubana a un nuevo modelo económico, desde una economía estatalizada de comando, no sostenible en ausencia de sus socios en la URSS y el CAME. Desde ese origen, se transita a una economía y sociedad signadas por un aumento de las lógicas de mercado. Aquí habría que apuntar la dilación de políticas complementarias a reformas adoptadas a partir de equilibrios de reforma parcial que han beneficiado a los tempranos ganadores y a funcionarios en posiciones ventajosas de poder.

En esos contextos de poca conciencia sobre los costos de un excesivo gradualismo (no se cruza un precipicio paso a paso) se produce un cambio de valores en el cual cuentan brotes predecibles de inflación, corrupción, comportamientos predatorios y aumentos de pobreza y desigualdad. Dado el nivel de educación de la población cubana y su exposición a una campaña que ha apostado a demostrar que el cubano puede tener una mejor vida en cualquier lugar (es una forma de referirse fundamentalmente al Norte industrializado) menos bajo el sistema leninista imperante en Cuba, la opción de emigrar y la atracción de hacerlo aparece como óptima.

En otro plano, hay que recordar que el retorno de Trump a la política de hostilidad no solo agudiza la situación desesperada en la isla sino restaura un diagnóstico de Cuba como una especie de Corea del Norte o Alemania nazi en el Caribe, en el marco de la cual es políticamente imposible aplicar un criterio objetivo a los pedidos de refugio político, no importa la derogación de la política de “pies secos-pies mojados”. ¿Cómo enviar de vuelta al otro lado de la cerca a los escapados del supuesto “campo de concentración” que, al antojo de la derecha pro-bloqueo, Pompeo definió en su última semana en el departamento de Estado como “país terrorista”?

 Rafael Hernández:¿En qué medida existe realmente una migración circular? ¿Un flujo de salida-entrada-vuelta a salir-regreso? ¿Qué peso específico tiene? ¿A qué responde?

Isabel Cristina López Hamze: El regreso es una de las aristas más abordadas por la dramaturgia con temática de migración. Desde un clásico de Alberto Pedro como “Weekend en Bahía” en el que dos antiguos amantes se encuentran un fin de semana en un apartamento. Como ocurre con otros textos de encuentros entre dos personajes, uno que vuelve y otro que permanece, se desmontan las falsas utopías y se desacralizan el “haberse ido” y “el haberse quedado”. Quien se fue es infeliz y quien se quedó también lo es. Porque la migración implica rupturas, desprendimientos, soledad, aunque también pueda significar nuevos horizontes.

Otra obra publicada en 2020, “Maneras de usar el corazón por fuera” de Yerandy Fleites, también trata el tema del regreso. Una actriz vuelve una y otra vez a Cuba a montar una obra de teatro que es su propia vida, el recuerdo de lo que fue su vida antes del exilio o lo que nunca fue más allá del teatro y la memoria.

Las obras que tratan los retornos lo hacen desde la angustia de haberse ido y reencontrarse con un panorama desolador. Si bien, los personajes sobredimensionan esos paisajes fríos, anhelados, ese sueño americano o cualquier espejismo del “afuera”, también es cierto que, al retornar, la imagen real que les devuelve la ciudad, la casa, la familia no concuerda con ese recuerdo idealizado.

Ese círculo de constantes entradas y salidas, de esperanzas y decepciones, también marca la dramaturgia. Siento que los personajes se encuentran en una especie de limbo entre el aquí y el allá. En un espacio intermedio de recuerdos, cuestionamientos, esperanzas, alegrías, tristezas. Ese espacio no físico que habita gran parte de los que emigran. Ese espacio simbólico que persiste a pesar de los años, que conecta el corazón con la familia, pero también con las calles, con el aire, con la gente, es a mi juicio lo que condiciona una migración de retorno.

 Rafael Hernández: ¿Existe una migración de retorno? ¿Cuál ha sido la experiencia de la repatriación?

Robenson Glesile: Este es un fenómeno complejo. Gestionarlo depende del lugar de origen o de destino. Los migrantes de retorno según la ONU son personas que regresan a su país de origen después de haber sido migrantes internacionales (a corto o largo plazo) en otro país y que tienen la intención de permanecer en su propio país durante al menos un año.

Haití, por ejemplo, no está preparado para recibir a los migrantes de retorno y nunca hubo políticas públicas para aquellas personas que decidieron voluntariamente volver a su tierra o la gente que fue expulsada como lo que estamos viviendo ahora con las decisiones del gobierno de los Estados Unidos. Es un alivio para ese país y un gran problema para Haití. Por otro lado, Haití es uno de los países más afectados por la fuga de cerebros.

 Rafael Hernández: ¿Qué impactos sociales y económicos tiene actualmente la emigración? ¿Las remesas? ¿Cómo incide sobre la desigualdad? ¿Sobre la fuerza laboral? ¿Qué significa y qué consecuencias tiene la construcción de proyectos de vida fuera del país?

Cristina Escobar: La emigración es un proceso natural para todos los países en desarrollo. No es exclusivo de Cuba, ni sus efectos se perciben solo en la realidad cubana, pero sin dudas, para nuestro contexto tiene peculiaridades especiales.

La Revolución cubana, proyecto cultural emancipador y que desafía cada minuto el orden mundial imperante, se centró en lo que los líderes sabían serían la fortaleza más importante de este país: las personas. El acceso a la educación gratuita, universal, de calidad, hasta los más altos niveles, creó un capital humano de impresionante preparación, seres humanos instruidos y listos para ser empleados. No obstante, el proyecto revolucionario, que se sigue haciendo todos los días, ha fallado en proveer empleo de calidad a ese enorme potencial humano. Por tanto, la contradicción puede ser explicada de una manera simple: en Cuba se estudian varias carreras nucleares, y no hay ninguna central nuclear funcionando. Y si bien estos son conocimientos que tienen aplicación en la medicina, durante décadas han sido formados físicos nucleares e ingenieros nucleares que han terminado en otras latitudes buscando aplicar su altísima preparación, ya que estudiaron en un país cuyas oportunidades de empleo no pueden cubrir el crecimiento intelectual que puede desarrollar un joven estudiante.

La primera salida para eso es la emigración, aunque no la única. También la emigración hacia otros sectores de trabajo, y por supuesto la opción de trabajar en empleos que requieren menor calificación.

Sin personas, el valor más importante que tiene el proyecto emancipatorio de la Revolución, se debilita, inexorablemente.

La emigración tiene por supuesto una alta incidencia en la desigualdad, porque el emigrado provee una remesa, principal tipo de ayuda económica socorrida, que pone a su familia, sin importar su aporte en la sociedad, en una escala superior de ingresos porque recibe un dinero en una moneda dura.

Pensar que el único proyecto de vida es el de emigrar, y construir en otra geografía un nuevo concepto de felicidad, limitado por la lejanía a la familia, y al lugar que nos ha visto nacer, es cada día más común, y expresarlo, más normalizado. Y lo digo con gran pesar, pero negarlo sería mirar para otro lado. El costo es ser un país-beca, donde estudio, crezco, pero no hago familia, y no me involucro en casi nada que no me reporte de manera directa una ventaja con respecto a mi otra vida añorada, o buscada, la del emigrante.

Robenson Glesile: Las remesas tienen un aporte considerable sobre la economía de los países de las personas que emigran, que tienen en cuenta a sus seres queridos que dejaron atrás. En el caso de Haití, el impacto social y económico de las remesas es muy importante, no a una escala macro, pero a nivel micro ayudan a la mayoría de la población. Sirven para los gastos domésticos, la educación, algunos mini proyectos familiares etc. Así, los hogares haitianos son muy dependientes del envío de remesas.

Pensar un proyecto de vida fuera de su país de origen siempre va a ser una decisión difícil y triste. Es muy personal. En el caso de Haití, hay una conexión mágica o inexplicable que nos une con esa tierra tan compleja.

 Rafael Hernández: ¿Cuáles han sido los efectos de la política migratoria vigente?¿Ha cambiado la relación entre los que residen afuera y adentro? ¿Cómo? ¿Por qué?

Cristina Escobar: La política migratoria vigente solo se puede entender desde la comparación con el orden de cosas anterior. Recuerdo cuando quitaron la llamada “carta blanca”, trabajaba en la revista televisiva Buenos Días, y la ascensorista del ICRT, con quien jamás había cruzado más que formales saludos, me preguntó con ansiedad si era cierto. Yo no sabía, hasta que llegué a la redacción y me tocó a mí leer aquel editorial que anunciaba el tan retrasado cambio de política.

Fue la adquisición de un derecho que nunca debió haber estado privado para nadie. Pero las decisiones en políticas migratorias en Cuba siempre han estado marcadas por la política migratoria de los Estados Unidos, que sí ha sido instrumentalizada para crear un desorden interno que derroque al gobierno revolucionario.

Los efectos han contribuido a normalizar la acción de viajar, democratizarla, y que muchas personas la usen como fuente de empleo, al viajar a comprar, importar y vender, sea legal o no. Ha desplazado las limitaciones para viajar al país destino, y no ya a limitaciones puestas por Cuba. Es ahora decisión de los gobiernos extranjeros ofrecer visa o no.

La relación entre los de afuera y adentro ha cambiado. Primero se ha difuminado más la noción del de adentro y el de afuera. La posibilidad de estar hasta dos años fuera del país sin perder los derechos como ciudadano y residente cubano ha contribuido a que las personas decidan vivir un poco afuera y un poco adentro. Las relaciones entre los emigrados y los residentes en el país se han vuelto, por tanto, más fluidas. La posibilidad de viajar ha permitido también que las personas trabajen fuera e inviertan el dinero en Cuba, o que dependan menos de los recursos disponibles en el país, y se conviertan en importadores para emprendimientos de cualquier tipo.

Robenson Glesile: Las fronteras se vuelven cada día más difíciles de cruzar. El tema de la migración entra en los grandes debates políticos de varios países. Decenas de miles de personas desesperadas intentan llegar a Europa en condiciones peligrosas cada año. El mundo mira para otro lado. En Argentina, en 2018, el gobierno neoliberal de Mauricio Macri exigió un visado a todos los haitianos, y los requisitos para obtenerlo son muy difíciles para un haitiano.

Es muy complicado entrar a países con esos tipos de política migratoria y los que ya están adentro tienen dificultad para regularizarse o tener acceso a los derechos básicos para los “no nacionales”. Así, la reunificación familiar se hace más difícil.

Arturo López-Levi: El mayor efecto de la reforma migratoria de octubre de 2013 es la expansión de lo transnacional de la comunidad política cubana. Por transnacional implico aquí las relaciones sociales, económicas, culturales y políticas del país, como sociedad y Estado, más allá de las fronteras e influencias nacionales. Aquí el mito de la sociedad cubana cerrada, que nunca lo fue, se quiebra con mayor estruendo. Además de los movimientos circulares de ir y venir, hay que notar que los que viven fuera son influidos y están conectados con mayor exposición a lo que ocurre en el país, mientras que los que viven en el país también viven en mayor exposición a las dinámicas del mundo exterior. No se trata solo de los viajes, también de las redes sociales, las dobles ciudadanías, un aumento evidente de los matrimonios y reconciliaciones a través del estrecho de la Florida y los trabajos temporales que sirven de formas de acumulación y estrategias familiares de sobrevivencia.

Esta expansión de lo transnacional plantea posibilidades de reconciliación y comunicación, y resuelve problemas asociados con la separación y la falta de encuentro, pero también implica la agudización de conflictos de valores, intereses, paradigmas de sociedad, narrativas oficiales u oficiosas sobre los pasados nacionales y locales. La unidad de la comunidad política (polity) cubana se expone ahora a nuevas tensiones, dada la larga historia de mirar a paradigmas diferentes, pero con rasgos similares de identidad no siempre positivos, por ejemplo, una cultura en Cuba y Miami que alaba la intransigencia política, con preferencia por lo contencioso, no el compromiso.

 Rafael Hernández: ¿Se puede hablar de la emergencia de un espacio social trasnacional, donde los sujetos no solo se desplazan, sino desarrollan relaciones laborales, construyen proyectos de vida, que funcionan a nivel económico-material, y mediante redes y sentidos de pertenencia, modos de vida, hábitos, patrones, conectados con culturas y sociedades diferentes?

Cristina Escobar: Existe un espacio social trasnacional, anclado en la realidad del país; solo así se entiende que en Miami se vea tanta televisión cubana, o que los cubanos emigrados debatan y exijan a su país de origen lo que no son capaces de exigir o pedir en sus países adoptivos.

Ese espacio ha sido aprovechado también por el emprendimiento privado, donde el extranjero o el cubano nacionalizado emplea al cubano de adentro, o donde los modos de vida en el exterior siguen regímenes y rutinas locales. Las redes sociales han precipitado esta conexión, pero desafortunadamente, sigue habiendo muchos muros. El primero es el tratamiento particularmente desventajoso que tiene el cubano a la hora de pedir una visa, para cualquier lugar. Al obtenerla, muchos leen este evento como una oportunidad única, que han de aprovechar quedándose en el país de destino, porque dudan que vuelva a dárseles esta oportunidad. Esta ecuación ha sido además multiplicada por el cierre de los servicios consulares de los Estados Unidos en La Habana, aunque realmente, ese comportamiento se repite no solo con los que quieren emigrar a ese país.

Isabel Cristina López Hamze: Para responder esta pregunta quiero referirme a la metáfora de las raíces al viento, usada por Eugenio Barba, uno de los genios teatrales más importantes del mundo que mucho ha influido en los teatristas cubanos. El Odín Teatro es un grupo que tiene su sede en Holstebro, Dinamarca, pero está compuesto por actores, músicos y artistas de diversas partes del mundo. Por eso surge la metáfora de las raíces al viento, como expresión de una identidad que se consolida en el aprendizaje de otras culturas. Cada actor habla en su idioma y en los espectáculos se aprovecha esa diversidad también como una manera de llegar a otros con hábitos y patrones de vida diferentes.

En el teatro hemos aprendido a ser un gremio que se resiste a separarse. Muchas veces se habla de la dramaturgia o del teatro de la Gran Cuba, para hacer referencia a los que escriben desde aquí o desde allá, ya sea Estados Unidos, o cualquier otra latitud. Muchos de los teatristas cubanos que viven fuera de Cuba publican, estrenan en la Isla y participan en los eventos auspiciados por las instituciones.

Existe una voluntad por parte de la institución de trenzar experiencias y conectar gente valiosa, vivan donde vivan. Un ejemplo clarísimo es la antología Dramaturgia de la Revolución (1958-2008), publicada en 2010 por la casa Editorial Tablas-Alarcos y compilada por el teatrólogo Omar Valiño. De las treinta obras incluidas, más de la mitad aborda el tema de la migración. Y un dato importante para entender las relaciones entre el adentro y el afuera es que ocho fueron escritas por autores que residen fuera de Cuba.

Quiero terminar con una cita de Rine Leal, maestro de mis maestros:

Una isla es siempre un sitio a donde llegar, y también de dónde partir y en el caso de Cuba la insularidad convierte a la isla en una expresión histórica que vence los límites geográficos. (…) Nuestra Isla es siempre un territorio de acercamientos y lejanías, un espacio donde la geografía deviene rápidamente historia. Y nuestra historia cultural (concebida como expresión acumulativa de la identidad) nos muestra y demuestra que la expresión artística del cubano ha sido siempre unívoca y resistente a la separación.

 Rafael Hernández: ¿Existe una política de Estado que se haga cargo de la emigración actual, que la refleje y logre aprovecharla en función del interés nacional, minimizando sus costos, y maximizando sus beneficios? ¿Qué políticas podrían implementarse para lograrlo? ¿Deberían reconocerse todos los derechos ciudadanos a los emigrantes? ¿Incluyendo el acceso a la salud, la educación, la seguridad social?

Cristina Escobar:El discurso oficial se ha referido, en reiteradas ocasiones, a la voluntad política de integrar a la emigración a los caminos de actualización del modelo económico, pero me sobran más los ejemplos de limitaciones y dolores de emigrados patriotas, que de lo contrario.

Un país que sufre crisis combinadas, y sediento de inversión y moneda dura, ha de abrirle las puertas y ofrecer todo tipo de incentivos y certezas al emigrado patriota que quiera invertir en el país. Eso, en la concreta, hasta este momento, es solo discurso. Todo el inversionista cubano que vive en el exterior invierte desde y por caminos oscuros, alegales o ilegales.

Los ciudadanos emigrantes que, para entrar a su país, han de tener un pasaporte cubano vigente, con los altísimos costos que esto implica, deben tener todos derechos reconocidos, si pagan impuestos de alguna manera, deberían tener derecho a la salud, educación, y seguridad social, pero solo si se encuentran formas de que contribuyan en forma de impuestos. Debería ser un camino, así como la participación política, con el costo, los riesgos y los beneficios que esto trae.

El cubano emigrado sigue percibiéndose como se le construye desde el discurso cotidiano: el otro, el que se fue, el que no es parte. Eso hay que cambiarlo. El desafío más grande es que el cubano emigrado, a veces de hace pocos años o meses, repite el discurso de la agenda intervencionista contra Cuba, olvidando sus propias experiencias de hace pocos meses, asimila de manera automática, como una forma de encajar rápidamente, deja que colonicen sus percepciones, recuerdos y sentimientos, y esto se traduce en comportamientos de hostilidad, de odio, y de acciones como calificar a la familia que quedó en Cuba como enemigos, a los que hay que empujar en sus penurias y carencias cotidianas para que se alcen de una vez contra el gobierno, una petición desde una cómoda distancia.

Al emigrado hay que sumarlo. Probablemente la persona más fervientemente patriota que he conocido en mi vida no vive en Cuba, la conocí en Londres, y trabaja día y noche por el bien de Cuba, cuando la dejan, como la dejan, y saltando las más altas vallas. El bien de Cuba no es monopolio de unos pocos, ni solo de los que habitamos este espacio-isla; es de todos los cubanos patriotas, decentes, estén donde estén.

Arturo López-Levi: Para pensar la política migratoria conviene enfatizar los factores que la determinan. Aquí hay apenas espacio para enunciarlos y plantearse la pregunta de cómo la actual coyuntura política cubana influye y se ve conformada por los siguientes grupos de determinantes:

1) El papel de los intereses socioeconómicos en Cuba en relación con las visiones, intereses y posturas de los emigrantes cubanos en la diáspora. Esos intereses se expresan a través de la acción de grupos de interés afines en la política burocrática, el intercambio de opinión entre las élites al interior del sistema leninista de partido único y en la opinión pública. Hay cambios importantes en el entendimiento del papel de la migración cubana en estos tres niveles.

2) La política exterior y la diplomacia de la cual la política migratoria es parte. Aquí habría que apuntar la importancia del conflicto con los Estados Unidos, lugar donde se asienta, fundamentalmente en el enclave de Miami, el núcleo principal de la emigración cubana. Ese conflicto hoy se ha recrudecido.

3) La acción resultante de dinámicas de coordinación, afinidad y conflictos de misión y objetivos de las instituciones del Estado con impacto político hacia la migración. Es evidente que el gobierno cubano está expandiendo el espacio de interacción con los emigrados más allá de la DACRE, los consulados, el sistema de inmigración y extranjería del Ministerio del Interior. Por ejemplo, la apertura a las MPYMES abre una interacción que puede ser cardinal a la presencia emigrada y los potenciales de reforma económica a nivel de los municipios. De concretarse, implicaría dinámicas de ganancia y pérdida de poder de diferentes actores políticos al interior del partido-Estado.

4) El impacto de las normas del derecho internacional, particularmente derechos humanos, en la confección y argumentación de la política migratoria. En este sentido, es notable cómo el debate sobre la política migratoria, antes y después de la reforma de 2013, estuvo signado por referencias a las prácticas internacionales, argumentos desde los estados y normas en torno a la libertad de movimiento.

Rafael Hernández: Es tiempo ahora de la participación del público. Esta parte tiene la enorme virtud, que no tienen los paneles que hacemos en Fresa y Chocolate, de poder tener con nosotros a amigos que están dispersos por distintos lugares del mundo, incluida nuestra Isla.

Mientras se calientan los motores, quiero comentar que este es un tema que hemos tratado en varias ocasiones: le hemos dedicado números completos de la revista, hemos publicado artículos de estudiosos cubanos y no cubanos, y también hemos debatido por lo menos en tres paneles de Último Jueves estos asuntos.

La problemática de la migración está conectada con la idea de la circularidad, es decir, con la ida y la vuelta. De hecho, esto es algo que acerca a Cuba a América Latina y a muchos otros países. Es decir, lo más normal es el hecho de que se pueda salir y regresar, y esto forma parte de los factores que en los últimos siete u ocho años han estado incidiendo en la reconfiguración del flujo migratorio cubano.


A partir de este momento estamos todos juntos en la sala de chateo, listos para darle la palabra a quien la pida. Adelante.

María Isabel Domínguez: Soy investigadora en el Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas aquí en La Habana. En primer lugar quiero agradecer el espacio, la selección del tema, que es de esos que resultan claves no solo en la actualidad sino en la perspectiva.

A la pregunta de qué motiva a los emigrantes habría que recordar que la emigración es un fenómeno natural que trasciende al ser humano, es decir, es un comportamiento de los seres vivos con movilidad en busca de mejores condiciones de adaptabilidad, alimentarias, climáticas o de cualquier tipo, y el ser humano surgió con un comportamiento nómada; el desarrollo de las civilizaciones le ha dado sus connotaciones sociales, económicas, políticas, culturales, pero tiene una base natural, según la cual las personas buscan moverse hacia aquellos entornos que les resulten más favorables, y luego esa espontaneidad, que es la que se regula de manera consciente.

Por otro lado, la emigración cíclica o de retorno tampoco es un fenómeno nuevo, en gran parte de las ocasiones el que emigra voluntariamente busca mejores horizontes, no tiene en sus planes iniciales no retornar a su lugar de origen, hacerlo o no depende de una gran cantidad de factores, y uno de los más comunes tanto para regresar como para no hacerlo es cómo le fue económicamente en el nuevo destino.

Es cierto que para nuestra sociedad esta migración cíclica que ahora se está dando es relativamente novedosa y viene a transformar el enrarecimiento que ha tenido el fenómeno a lo largo de varias décadas por su connotación ideopolítica. Las nuevas políticas, pero también el cambio cultural en la sociedad, facilita ese ir y venir por motivos diversos entre los que la aspiración de mejorar las condiciones de vida está en el centro.

¿Es eso negativo?, ¿hay cómo evitarlo? Esas son preguntas controvertidas cuyas respuestas tienen varias aristas. Según la Encuesta Nacional de Migraciones, realizada en 2018 por la Oficina Nacional de Estadísticas e Información, las personas viviendo en el exterior de forma temporal o permanente a partir del año 2008 son fundamentalmente jóvenes, con predominio de mujeres en la emigración reciente y en la forma temporal, con altos porcentajes de población blanca con niveles terminados de educación media superior y universitaria, y de profesionales, científicos y técnicos, todo lo cual implica una pérdida sustantiva de personas de altas calificaciones en la etapa de mayor plenitud laboral, que contribuye al envejecimiento demográfico.

Entonces, ante la existencia, magnitud, rasgos y perspectivas futuras de la emigración cubana hacia el exterior el tema de las políticas es clave. En el panel se pregunta sobre las políticas hacia los migrantes, pero creo que tan o más importante son las políticas hacia los no migrantes, las que estimulen a permanecer en el país y encontrar en él las opciones que se van a buscar fuera, ese es el gran reto que no pretendo que los panelistas respondan, creo que una tarea de actores sociales diversos desde la economía, la política, la educación, la cultura y también las ciencias sociales.

Humberto Miranda Lorenzo: Hasta hace poco trabajé en el Instituto de Filosofía del CITMA, soy filósofo, doctorado en Filosofía. Desde 1996 he estado yendo y viniendo de los Estados Unidos, trabajando en espacios académicos como director de programas de intercambio, como profesor en varias universidades norteamericanas en Carolina del Sur, Rhode Island, Georgia, y eso me ha permitido una visión bastante amplia del tema que convoca hoy la revista Temas.

Lo primero que me llama la atención es no ver presente a ningún investigador del CEDEM o de migraciones, que tendría bastante que aportar en este debate. Por otra parte, me parece que importante la relación entre la migración y el ejercicio de la ciudadanía. Uno de los problemas que tenemos es que estamos ejerciendo una ciudadanía limitada, y a partir de ahí la emigración empieza a ser un tema complicado porque está asociado a la prosperidad, y esta se asocia a veces a la sospecha.

Para el caso cubano, la emigración pasa por una relación poco transparente con la institucionalidad. Ahora pienso en tres instituciones que tienen que ver muy directamente con ese ella: el Ministerio de Relaciones Exteriores, la Dirección de Inmigración y el Ministerio de Comercio Exterior. En todos los casos, la relación no es transparente, se aprueban legislaciones en cuya elaboración los ciudadanos no participan directamente, aunque se pueda decir, en ocasiones, que se tiene en cuenta sus necesidades. De hecho, eso provoca cierto rechazo de la ciudadanía con respecto a la institucionalidad. Por ejemplo, aquí hay una ley de inversión extranjera, pero no hay una para cubanos, ya sean residentes dentro o fuera del territorio nacional, lo cual hace muy difícil una migración circular.

Hay que tener en cuenta la relación entre la migración y la despoblación. Hay una disminución de la población cubana a partir de un drenaje migratorio que, además, va siendo selectivo. La mayoría de las personas que están emigrando tienen entre quince y cuarenta y nueve años, más de 50% son mujeres, la mayor fuerza calificada del país. Hay que tener una visión de políticas públicas sobre esto.

Por último, una sugerencia: comenzar el otorgamiento de pasaportes gratuitos a niños menores de diez años que vivan en el exterior, hijos de cubanos. Considero que ello convocaría a cubanos y cubanas a venir al país y mejorar un poquito la política migratoria.

Cristina Escobar: Yo no soy una experta, pero, como periodista, he tenido que lidiar mucho, al cubrir estos temas, con las mentalidades y los prejuicios en torno a los emigrados cubanos, con los términos en el discurso de los medios públicos en Cuba –exiliado emigrante, refugiado–, eso siempre es un desafío para comprender, porque son términos que están definidos por la política y por el uso de las palabras. Yo tengo mi propia experiencia como estudiante que fue al exterior y regresó, y para hacer este plot más interesante, fui con mi esposo y regresé embarazada. Más de una vez me dijeron que era una locura regresar embarazada, pero yo no concebía otro lugar más idóneo que el país donde nací, donde viven mis padres, para tener a mi hija. Lo que la lógica indicaba, decían muchos, es que yo no regresara a un contexto de crisis; cuando regresé, además, se estaba poniendo de moda aquello de la coyuntura, meses antes de que empezara la pandemia. A veces, cuando uno sale al exterior brevemente, o por más tiempo, como yo, regresar es una decisión controvertida, considerada en contra de la lógica. Desafortunadamente es una percepción muy difundida que yo he decidido desafiar y no repetir acríticamente.

Hay dos temas que no mencioné en mis respuestas anteriores, pero me parece que son super importantes a la hora de comprender los desafíos en torno a fenómeno de salir, irse, regresar.

Lo primero es la mentalidad en torno al que se fue. Desafortunadamente, sobre todo en las instituciones, e incluso en las personas comunes, todavía “el que se fue” tiene dos cargas fundamentales: una, que ya no tiene los mismos derechos que tengo yo a opinar, ni a participar de la posición política que pueda darse en el país; es decir, le quitan de manera automática los derechos. Es una percepción que yo desafío, e invito a los que nos están escuchando a oponerse a esa idea. Lo segundo es que todavía es muy común ver con recelo, con ojeriza al cubano patriota emigrado que quiere ayudar.

En una gira que hice por España conociendo diferentes organizaciones de solidaridad con Cuba, y luego con organizaciones de solidaridad en Reino Unido, choqué muchas veces con problemas, quejas de personas que me los cuentan porque trabajo en un medio del Estado, y piensan que tengo alguna capacidad de solución de esos problemas, cuando realmente no la tengo. Muchos me decían: “Tengo preparado este donativo” o “quiero iniciar un proyecto con científicos cubanos porque soy científica en el país donde vivo, y las condiciones no están dadas”, etc. El discurso oficial del gobierno cubano se contradice con la práctica concreta del diálogo con los emigrados patriotas que quieren ayudar con Cuba, y eso es algo que hay que desterrar para siempre, comprendiendo que el cubano patriota, esté donde esté, tiene que ser parte de los destinos de la nación, independientemente de las diferencias políticas. Me parece que está clarísimo y que con eso hay que aprender a vivir. Hasta un cierto momento, el emigrado se vio como una persona que le dio la espalda a su país, como un traidor político; pero eso, por suerte, ha cambiado con el paso del tiempo, y con la reforma migratoria, pues desde el punto de vista legal quedó atrás.

Otro tema que lanzo al ruedo para que podamos debatir es el impacto que ha tenido la pandemia en los comportamientos migratorios en Cuba. Primero, para las personas que viajan, que se van y regresan, ese ir y venir constante se ha vuelto mucho más difícil por “la maldita circunstancia del agua por todas partes”, que recordaba Isabel Cristina López. En eso, indiscutiblemente, tiene un peso la pandemia.

Además, hay muchas personas que, por la incertidumbre de la situación económica del país, deciden quedarse y postergar un posible regreso al país. Este debate que podemos tener ahora no es el mismo que hubiésemos podido tener en un contexto donde no hubiese pandemia y donde estuviesen abiertos los servicios consulares de la embajada de los Estados Unidos en La Habana, porque aunque no todo el mundo quiera emigrar a ese país, por ese punto pasan muchas de las decisiones y de las posibilidades de emigrar del cubano, que ha sido empujado en muchas ocasiones, por la instrumentalización de la política migratoria estadounidense, a utilizar vías no legales, no seguras, y recibe un trato absolutamente injusto por los servicios consulares de buena parte de los países que tienen representación en la Isla.

Es decir, el debate ahora es mucho más complejo. Recuerdo, cuando empecé a cubrir estos temas, que hubo un año en que hasta doce mil personas decidieron reasentarse en el país, repatriarse, a los que se les daba incluso la posibilidad de traer un contenedor de menage, para poder armar una casa si fuese necesario. Este no sería el contexto hoy, por la situación económica del país, y también por una incertidumbre que indiscutiblemente hay con respecto al futuro por la situación de la pandemia, el bloqueo reforzado, y un ordenamiento que ha desordenado más la economía y que ha afectado seriamente a la familia cubana.

Son temas que dejo aquí, pues creo que son super importantes para tener en cuenta en este debate y que determinan que la gente se vaya, pero también determinan que la gente quiera virar a Cuba.

Robenson Glesile: Gracias por invitarme a este espacio tan hermoso, me siento muy feliz. Creo que la mayoría de los haitianos tenemos una relación y un amor muy especial con Cuba. Yo, particularmente, porque ese país ha formado a muchos primos míos, a mucha gente de la población haitiana que pudo tener acceso a la educación cubana, así que aprovecho este espacio para agradecerles.

Desde muy chiquito, la emigración me ha tocado muy de cerca: cuando yo tenía seis años, mi madre tuvo que salir de Haití para tratar de ingresar a los Estados Unidos, en pateras, en barcos. Pero entendí bien ese fenómeno cuando llegué a la Argentina, porque antes solo visité República Dominicana durante una semana, así que no sentí realmente la fuerza, o lo que representa realmente el hecho de emigrar. Al estar acá me di cuenta de muchas cosas bastante fuertes, como la mirada que la gente tiene sobre Haití. Mi país no tiene buena fama en el resto del mundo, se lo relaciona automáticamente con las catástrofes naturales, con el terremoto de 2010, que yo viví.

 Cristina habló de que cuando uno no está en su país te “quitan” los derechos. Como haitianos eso nos toca bastante, si no estás en el país, te sacan automáticamente de las decisiones sociales, políticas y económicas del país. Las personas que están en Haití lo que les interesa son las remesas que esa diáspora envía a sus familias, a sus conocidos, pero participar en los asuntos sociales, políticos del país, no. Hace un par de años empecé realmente a enfocarme en la política de mi país, porque lo que está viviendo la población haitiana en el mundo o en la frontera para tratar de ingresar a los Estados Unidos, me toca de cerca.

En el mundo hay debates y debates, hay decisiones y decisiones; pero cuando se trata de Haití, lamentablemente, la mayoría de los países hacen silencio. Ya vimos lo que pasó en la frontera de los Estados Unidos con México, con los emigrantes que estaban tratando de ingresar, la mayoría haitianos. Otro ejemplo muy claro se dio en Costa Rica: dijeron que estaban dispuestos a recibir a las mujeres afganas –que está bien también–, pero cerraron sus puertas a las mujeres haitianas. Es el doble discurso que lamentablemente vemos en el mundo. En Chile, la situación de los haitianos es bastante fea; en Brasil, e incluso aquí en Argentina, muchos haitianos están dejando el país para emprender ese camino peligroso para llegar a Estados Unidos.

Aprovecho este espacio para hablar de este tema, aunque la mayoría de los que están participando en este panel se enfoca en Cuba. Creo que es muy importante pedir esa solidaridad de los hermanos cubanos, y tratar de entender y hacer solidaridad con el pueblo haitiano.

Rafael Hernández: Muchas gracias, Roby. Para nosotros es de particular interés tu participación en este panel, además de por la presencia haitiana en la vida cubana y la vecindad de Haití, la problemática de los migrantes haitianos y de la colaboración, de la cooperación entre Cuba y Haití, también por la perspectiva separada, diferente, de un haitiano en el cono sur. Es muy interesante lo que mencionas acerca del contraste entre la manera de recibir a un afgano y a un haitiano que tiene sobre sí la triple carga de ser inmigrante, pobre y afrodescendiente.

Hace poco buscaba datos de la presencia de negros cubanos en los Estados Unidos, que todo el mundo presume, por buenas razones, que tienen una participación relativamente mucho más baja. Encontré que hace aproximadamente dieciocho años se estimaba que 3% de todos los cubanos en Estados Unidos eran no blancos. Sobre esto, curiosamente, no hay ni siquiera investigaciones que permitan saber cuál es la composición del color de la piel de los cubanos en ese país. No solamente no se identifican como blancos, sino tampoco con muchas de las categorías que utiliza el censo de los Estados Unidos, como es la de hispano, o incluso latino, que tiene que ver con la manera de insertarse el emigrante en la sociedad receptora.

El poco estudio sobre esta presencia de negros y mulatos cubanos en el flujo migratorio también es revelador de un tema sobre el cual no hay motivación para desarrollar investigaciones. Probablemente, si se desarrollaran, podríamos encontrar cosas que no sabemos en torno a una emigración cubana que es bastante investigada, incluso en sus actitudes políticas.

En cuanto al retorno, cuántos cubanos están albergando la idea de regresar a Cuba, por ejemplo, a pasar sus años de jubilación, cuántos en los Estados Unidos pueden estar considerando no solamente la ida y la vuelta, sino el regreso a Cuba. Como señalaba Cristina, esto en una circunstancia tan difícil como en la que estamos ahora es algo que no parece un incentivo decir “voy a regresar a hacer algo que me conecte de una manera más estable, más permanente, con Cuba”.

De todas maneras, el fin de la pandemia y el retorno a una relativa normalidad puede volver a colocar el tema de la migración y del retorno. ¿Cuántos cubanos que residen en los Estados Unidos van a regresar a Cuba en 2022? Es difícil calcular algo así, porque estaban sobrepasando el medio millón de visitas en el momento en que se desató la pandemia. La volatilidad de esta circunstancia, que puede propiciar o desfavorecer el retorno o la visita, es una variable independiente.

María Karla Rodríguez: Soy profesora de economía, y vivo en Cuba. En mi opinión, las migraciones son un fenómeno natural inherente al ser humano; sin embargo, nunca ha dejado de ser un proceso desgarrador, tanto para el que emigra como para la familia que se queda atrás, sobre todo en contextos en los que la emigración se politiza tanto, no solo en el lugar al que se llega, sino justamente en el lugar que se deja.

Creo que es imperativo debatir sobre el tema migratorio en Cuba porque impone un desafío en términos demográficos, lo lleva haciendo hace mucho tiempo. No conozco muchos espacios de debate sobre este tema, y de nuevo quiero recalcar la importancia y la urgencia no solamente de debatir sino de encontrar las razones justas y quizás proponer cómo aliviar ese impacto. Los cubanos estamos bien conscientes de todos los factores externos, cómo se comportan, qué características tienen, pero esos no están en nuestro control. Entonces la decisión de emigrar, sobre todo de la juventud, en mi opinión, tiene que ver –y la pandemia ha servido para revolver todo eso y traerlo de regreso– con factores económicos principalmente; o sea, lo que más se escucha es que en Cuba no hay futuro. Ahora bien, esa frase habría que deconstruirla: ¿qué significa que no hay futuro?, ¿cuáles son las variables que componen ese futuro para el que decide emigrar? Hace muchos años que la emigración cubana tiene un carácter económico, y dejó de ser, como fue en un tiempo, por razones políticas; sin embargo, creo que el futuro tiene mucho que ver con la percepción individual y social de cuál es tu rol en ese país donde vives, qué importancia tienes, cómo participas, cuáles son los espacios de participación. Sí, cuando uno se va pierde espacios, pero habría que hablar también de cuáles son los que hay si te quedas, y yo creo que es un área vital. Cuando uno se siente parte de una solución y que puede contribuir, hay determinados niveles de compromiso que considerar, sobre todo si es algo viable. Si se puede apostar por un futuro mejor, el asunto son las alternativas, o la falta de ellas. La emigración es un fenómeno multidimensional y muy es difícil abarcarlo en un solo panel.

Quiero, además, hacer dos preguntas: ¿Hasta qué punto la emigración cubana, de unos años hacia acá, es circular?, ¿hasta qué punto los muchachos que se van quieren regresar, en términos estadísticos?, ¿cuál es el impacto que tiene eso en la economía cubana? El hecho de que las personas quieran retirarse y regresar a vivir a Cuba no resuelve el problema de la mano de obra, de las personas jóvenes que emigran y son mano de obra calificada que se va y que no tenemos demográficamente cómo sustituir debido a la tasa de natalidad y de fertilidad en Cuba. Y la segunda, ¿qué papel tiene, a juicio de ustedes, esta falta de espacios de participación y de construcción colectiva de un proyecto en la decisión de emigrar de los cubanos hoy?

Arturo López-Levi: Primero, es un honor estar en este panel con Cristina e Isabel, a quienes sigo, y con Robinson, a quien he buscado ahora en Internet. También quiero saludar la socióloga María Isabel Domínguez, porque me pareció muy interesante su comentario, que complementa muchas de las cosas que habíamos dicho en el panel.

Aquí es importante, cuando nos referimos a ciertos términos, tratar de precisarlos. En primer lugar, ya no hay una nación en el mundo cuyos componentes se restrinjan a sus fronteras. La pregunta, desde el punto de vista de la ciencia política, es en qué medida esa parte de la nación participa de la comunidad política, y en qué grado. En este sentido, yo quiero llamar la atención sobre no tomar tan a pies juntillas esta idea de la emigración circular porque hay muchos grados en ese sentido. Como soy judío, siempre recuerdo que el gran rabino Hillel, interpretando el viaje de vuelta de Jacob, dice que ningún viaje está completo hasta que no se vaya y se vuelva. Recuerdo que era hasta objeto de sorna la idea de que los cubanos en la Florida eran como una especie de judíos del Caribe, y que se hacía esa similitud con el enunciado “El año que viene en Jerusalén”, “El año que viene en La Habana”, y pasó el tiempo, y mucha gente, incluyendo mi familia, compró tickets para ir y venir en Pan American –que quebró y el ticket no se pudo usar–, en la idea de que la posibilidad de retornar estaba allí y que aquello no iba a durar tanto. Es importante recordarlo porque, primero, históricamente había también un deseo de volver, y no se puede quitar el impacto que puede tener, por ejemplo, una mejoría de la situación económica cubana, una apertura en el tema político, donde haya mayores espacios o mayor tolerancia a puntos de vista no necesariamente coincidentes con los del Partido Comunista.

En segundo lugar, el tema de los grados: hay quien quiere virar, hay quien quiere pasar parte del tiempo en los Estados Unidos u otro país, y parte del tiempo en Cuba. Habría que ver cuál es la solución que se le da. Por ejemplo, tengo entendido que el repatriado tiene que pasar dos años antes de poder votar en las elecciones. Esta es una práctica que yo considero legítima. En Israel, si usted está fuera no puede votar, pero si usted regresa, desde el mismo día que llega, si usted es un ciudadano israelí, ahí mismo vota; en Venezuela, las personas que viven fuera forman parte de un “distrito de voto en el exterior”, o algo así.

¿Entonces qué espacios habría para todos esos puntos de gradación? El que viene y el que va, el que se fue y regresó completamente, el que prefiere trabajar en un semi retiro seis meses, etc., Creo que son cosas que se están planteando, porque Cuba cada día más es un espacio trasnacional, como he notado todos los que participamos en el panel y lo que he visto aquí.

El tema de la emigración económica y política también hay que ponerlo a discusión. Quizás haya factores que predominen de un lado y del otro, pero es muy difícil pensar en la separación total de esos elementos, entre lo que es o se restringe a lo político, y es político y económico, social, familiar, etcétera.

También hay que pensar en cuáles son los componentes de una política migratoria, porque hasta ahora estamos hablando de los que se van y los que regresan, pero la dinámica demográfica cubana plantea resolver también a quiénes van a dejar entrar y quedarse, admitir la residencia legal, qué estatus van a tener aquellos que puedan venir de otros países –por ejemplo, los hijos de cubanos, nacidos en otro país; cónyuges de cubanos o personas que no tengan vínculos con Cuba, que puedan venir para atender, en alguna medida, las posibilidades económicas que pueda haber en el país. Uno mira adelante y piensa que cuando ya el bonus migratorio, que típicamente pasa en la sociedad que se industrializa, y es difícil de pensar que no vaya a pasar en el tema cubano, cómo se va a afrontar esa dinámica.

Julio V. Ruiz: Soy un médico psiquiatra, de Santa Clara originalmente, que vive actualmente en Miami, pero he vivido en varias partes no solamente de los Estados Unidos sino de Europa también.

Lo que quiero mencionar, básicamente, es que nosotros hemos emigrado siempre. Nuestra emigración ha sido parcialmente circular. En Cuba siempre existió una emigración interna, sobre todo hacia La Habana. En realidad, nosotros hemos discriminado no solamente a los negros sino a la parte del país de donde somos. Son realidades que a veces queremos ocultar.

El cubano ha emigrado al extranjero desde hace muchos años, desde el siglo xix los grandes patriotas cubanos, incluyendo a Félix Valera y a nuestro Apóstol José Martí, que vivió la mayor parte de su vida fuera de Cuba, fueron emigrantes. ¿Cuántos revolucionarios de los años 30 estuvieron viviendo fuera? Sin embargo, en el año 1978, cuando yo regresé por primera vez a Cuba, invitado por el ICAP a participar en un diálogo, y como miembro de la Brigada Antonio Maceo, tuvimos reuniones en diferentes lugares con el pueblo, y nos sacaban en la cara que qué veníamos a hacer allí en ese momento, que ya nos habíamos ido. Inclusive Fidel, creo que en el verano del 79, dio un discurso en el cual explicó por qué el regreso de la emigración al país después de tantos años, por qué no se había permitido. Y aunque, en términos generales, tuvo cierto entendimiento no creo que haya sido del todo.

En realidad lo triste de la emigración es irse, o sea, ese desarraigo tan grande, especialmente cuando, como me sucedió a mí, tenía trece años. Pero es una cuestión multifactorial que se basa en el momento que sucede en tu vida, y esta sigue, a pesar del sufrimiento que conlleva eso.

Con respecto a la emigración de la juventud cubana, la cuestión del envejecimiento no es una específicamente cubana, está sucediendo aquí en los Estados Unidos, en Sudamérica y en muchísimos países del mundo; en realidad, es un proceso normal. Ahora bien, esa juventud cubana que emigra, incluyendo otros que no son tan jóvenes, como se sabe, emigran por una serie de causas que no necesariamente tienen que ser políticas, pero ellos tienen limitaciones en su crecimiento profesional, porque una gran parte de estos jóvenes han sido muy bien preparados y son graduados universitarios. Lo que más me choca no es que muchos solo quieran pasar unos días en Cuba o visitar los familiares que quedan en la Isla, sino –y esto requiere un estudio sociológico– que, de los años 2000 hacia acá, esta nueva emigración, que es joven, formada en Cuba con la Revolución, que no sabían más que lo que decían los medios de comunicación cubanos y su educación allí, resulta que hoy son los más anticubanos, incluso más que la primera oleada, la de los 60. Hay más odio en esta juventud, o en parte de ella, como nunca he visto en mi vida. Esto es un cambio radical y notable de cómo se comportan muchos de estos emigrantes, de entre veinte y cuarenta y cinco años de edad.

La mayoría de los emigrados no va a regresar a Cuba, eso es una fantasía. A pesar de que la queremos grandemente, que la tenemos presente a diario, la gente no va a regresar, porque, salvo la cuestión de la familia, o pasarse unos días, se ha acostumbrado a otro tipo de vida, a otro tipo de país, a otro tipo de cosas que Cuba no puede ofrecer. Son realidades que normalmente no se hablan en ese sentido.

Por otra parte, yo no veo la emigración como una cuestión de patriotas; en realidad, los patriotas no piensan que lo son. Ni siquiera estoy pensando en que unos son malos y otros buenos. El cubano es un individuo sumamente interesante en sus reacciones, pero creo que la emigración puede hacer una gran contribución al país, porque tanto los que están en Cuba como los que están afuera, han tenido una gran formación en muchos aspectos, y creo que se puede hacer una gran contribución al país, siempre y cuando el gobierno de Cuba ponga un poquito de su parte, y estudie la implementación de todas las cosas que hemos pedido a través de los años. En realidad, le hemos pedido muchas cosas al gobierno cubano, algunas se han logrado, pero faltan una “tonga, pila, burujón” todavía. Por ejemplo, facilitar la entrada y salida de esa emigración sin tantos requerimientos. Hoy, en el siglo xxi, existen sistemas de seguridad con los que se puede controlar quién entra y quién sale; por lo tanto, no hay necesidad de que un cubano nacido en Cuba tenga tantos problemas para su entrada al país, incluyendo el costo de su pasaporte, que actualmente cuesta 375 dólares.

Rafael Hernández: Esa perspectiva de largo alcance, ese ciclo largo, con el que tú miras el problema es realmente interesante y útil para entender cosas, Julio. Ahora le doy la palabra a Isabel Cristina López Hamze, que ha tenido la gentileza de estar en este panel, que conoce muy bien cómo la problemática de la emigración aparece en el teatro cubano, cómo se construye la percepción del emigrado.

Isabel Cristina López: Reitero que no soy especialista, solo he visto el tema desde el teatro, como he visto otras tantas cosas, y que ha sido mi prisma para entender la realidad.

Tengo treinta y tres años, es lo primero que quiero decir, tengo dos hijos, y veo toda mi perspectiva de futuro aquí en Cuba. Nunca me ha pasado por la cabeza emigrar, y siento que tengo posibilidades desde aquí para desarrollarme como profesional y hacer una vida tanto personal, como sentimental, como profesional.

Quiero comentar cómo se ha visto desde la cultura popular o desde el imaginario social el tema de la emigración. Soy muy joven, pero he escuchado los cuentos de que, en una época, tener un familiar en el extranjero era algo mal visto en los centros de trabajo, en los núcleos del Partido; era como un pecado. Eso ha variado, ahora es algo muy normal, incluso es algo que, en determinadas instancias, tiene ciertas protecciones; por ejemplo, yo he ido a la escuela de mi hijo, está en cuarto grado, y he dicho: “Ay, es que viene el tío del niño, una semana, es para ver si usted le da permiso…”, y la maestra, antes de que yo termine de hacerle el cuento, me dice: “Sí, claro, mi vida, por supuesto te lo puedes llevar, no te preocupes, aquí tienes las clases para que las copie”. Entonces me parece importante también ver cómo ha cambiado ese fenómeno desde esa perspectiva cotidiana, desde eso que al final, más allá de la historia, de las estadísticas, es lo que estamos viviendo en el día a día.

Yo siempre estoy viendo la parte positiva de las cosas, siempre intentando encontrar o soñar soluciones, y pienso que en el tema de la emigración, como bien han dicho muchos, es un proceso normal, no solo de los humanos sino de los animales, es algo que tiene que ver con muchas cuestiones de la vida, del clima, de la naturaleza, cosas que ni siquiera los seres humanos podemos controlar; y no hay que esperar que las personas no emigren, sino hacer que ese proceso no sea tan desgarrador, para que sea menos conflictivo, menos problemático, porque siempre el ser humano va a tener el deseo de emigrar, desde diferentes perspectivas y por diferentes cuestiones. Hay que intentar romper ese esquema de que el que emigra no es patriota, o ha traicionado a su patria o a su familia.

Una gran parte de las personas que emigran no solo lo hacen por cuestiones económicas, sin duda fundamentales; hay muchos intelectuales que no piensan que van a quedarse a vivir fuera, sino que se van para una beca, hacen una maestría de dos años, empatan con un doctorado de dos, tres años más y se quedan a vivir. Esas personas tal vez no se van por problemas económicos sino por una perspectiva de ampliar sus horizontes, de estudiar, de conocer el mundo, de tener otros intercambios. Sería bueno también fomentar espacios de intercambio, muchos más. Sé que existen algunos, desde las universidades, desde las escuelas, incluso desde los centros de trabajo, para que la gente pueda estar en contacto con otros universos, que puedan estar en diálogo con otras maneras de ver el mundo. Es importante que se establezcan y se fortalezcan relaciones de trabajo entre Cuba y otros países para que las personas puedan entrar y salir como algo natural, y que puedan quizás pasarse tres, cuatro meses, y volver. Eso pudiera aligerar un poco el trauma de ese deseo de irse por ensanchar las experiencias profesionales.

Sobre el fenómeno de la migración circular, creo que si es muy difícil irse de Cuba o de cualquier país natal, es muy complicado regresar. No sé cómo será en otros países, pero conozco muchas personas en Cuba que les va mal donde están, pero prefieren pasar trabajo a tener que regresar. No solo por la cuestión de volver a las dinámicas de Cuba, que sabemos que son muy diferentes a las del mundo, sino por el costo a nivel emocional de haber regresado con una especie de derrota, porque no te fue bien, no pudiste mejorar. Todo el que se va de su país lo hace para mejorar, nadie lo hace para estar peor, a no ser por cuestiones extremas, igual que el que emigra del campo para la ciudad, y me parece que es muy complejo asumir ese regreso, tener que repatriarse.

También para el que se va es extremadamente complicado mantener un vínculo con Cuba, más allá del vínculo afectivo con sus familias, porque muchas personas que viven fuera, que participan en debates intelectuales sobre lo que pasa en la Isla, muchas veces son mal vistos. Yo misma, cuando veo los estudios de personas importantes de las ciencias sociales que desde otros países hablan de la realidad de Cuba, caigo en ese error y digo: “¿Pero qué sabe él? Si no está aquí y no sabe nada de eso”. Es complicado lidiar con esa presión; a los que se van y quieren colaborar, quieren mantener una relación de trabajo y también de pensar Cuba, aunque estén en diferentes latitudes, se les hace un poco difícil eso porque muchos de los cubanos que estamos en Cuba tenemos una estrechez de mente que no es buena. Creo que todo cubano puede hablar de Cuba aunque esté en el lugar que esté, y su opinión debe ser entendida y apreciada, más si se hace desde un rigor y un conocimiento de la historia y de la vida en Cuba, aunque en ese momento no resida en Cuba.

Aquí se ha hablado de la emigración joven, pero me parece que no se puede perder de vista que esos jóvenes que hoy se van, en unos años van a reclamar a sus padres, y va a haber una emigración de personas de la tercera edad, padres que están todavía trabajando, pero cuando sean viejitos, sus hijos van a querer que sus padres estén con ellos. Yo estoy viendo padres que están solos en Cuba y se encuentran en la disyuntiva de si vivir solos en Cuba o irse con sus hijos que tienen ya sus propias familias: “¿Me quedo aquí, que es donde he vivido toda la vida, donde tengo mi trabajo, mis relaciones, o me voy a ver crecer a mis nietos?”. Es un problema muy grande, que ahora mismo no podemos asimilar.

Sobre las soluciones, o sobre cómo aligerar el impacto de la emigración, que sea menos doloroso, como individuos no tenemos mucho que hacer, porque faltan espacios de participación desde los cuales se pueda incidir o se pueda dar ideas a decisores o a gente que tienen que ver más directamente con las actualizaciones de las políticas migratorias. Pienso que esos espacios de intervención de uno como individuo, desde su visión particular, creo que son importantes y sería muy bueno que existieran.

Cristina Escobar: Muy interesante el curso que ha tomado la conversación. Nada más quería agregar algunas ideas y referirnos a la pregunta de una panelista del principio.

Empiezo por lo último que estaba diciendo Isabel sobre que todo cubano debe poder opinar sobre Cuba donde quiera que esté. Yo creo que tiene que haber una serie de pactos éticos que tienen que dominar el debate. Esto es un ideal, porque en tiempos de las redes sociales, las griterías y el ciberchancleteo es muy difícil controlarlo ya, pero el problema es que la situación, la altísima politización del migrante cubano, de la decisión de emigrar, durante tantos años y desde tantas fuentes diferentes, ha construido, primero, un centro, una capital cubana en el sur de la Florida donde no solamente se pueden comprar los uniformes escolares que se usan aquí en las escuelas, o los hules de los bebés, que a veces no hay en Cuba; esa “capital” de Cuba que provee tantas cosas que no hay aquí, y donde además tantos compatriotas deciden asentarse siempre en busca de contextos parecidos, de amigos, familia, cercanía, un lugar en el que treinta y cinco minutos después de tomar un avión estás en tu casa, en tu hogar o en tu país de origen. Este lugar también ha propiciado una militancia con respecto a emigrar; es decir, el hecho de que tú llegues allí y regreses es un ejercicio de resistencia, es un ejercicio al revés, porque lo que la lógica indica es que te quedes.

 En segundo lugar, hay un llamado a definirse cuando eres parte de ese grupo psicosocial de emigrados, que no necesariamente tienes que estar en Miami, puedes estar en New Jersey o en Las Vegas, pero de alguna manera las redes, la globalización, hace que sea un grupo, e incluso puede haber algunos en Miami que tengan el mismo comportamiento. Saben a lo que me refiero, no es lo mismo un cubano que vive en Washington DC, que en California, por mencionar la historia particular de José Pertierra, un cubano muy conocido también aquí. No es lo mismo crecer y fertilizar la vida intelectual, el trabajo, las relaciones, en la ciudad de Miami, donde el discurso es contagioso en torno a una definición con respecto a qué cosa es Cuba y qué queremos de Cuba. Yo pensé que mi generación –tengo treinta y cuatro años– había visto el comienzo del final de eso, sin imaginar que Donald Trump iba a llegar a la Casa Blanca.

El 17 de diciembre de 2014, por esas coincidencias de la vida, yo estaba en Miami, me estaba quedando con una amiga, una emigrada de las recientes oleadas migratorias por razones económicas, y ese mismo día tenía que ver a mi familia paterna. Ese día estaba sucediendo el regreso de los Cinco Héroes a Cuba, se había liberado a Alan Gross en Cuba, el deshielo; allá todos esos sucesos estaban siendo asumidos como una mala noticia, una terrible noticia, y, mientras, mi amiga lloraba y brincaba de alegría porque podía ser el final de una confrontación que parecía inevitablemente eterna. Ahí empezamos a ver un nivel de acercamiento, de puentes tendidos, de diálogo, de posibilidades, de cubanos emigrados contribuyendo con el gobierno de los Estados Unidos en el programa político que se estaba diseñando para el acercamiento con Cuba, cubanos emigrados viniendo, cubanos visitando los Estados Unidos, y de pronto parecía que eso podía empezar a ser una opción viable, más visas otorgadas por parte de los servicios consulares. La visa de cinco años –que luego suspendieron– fue de las primeras cosas que hicieron, también ayudaba a ahuecar esos muros que durante tantos años se habían estado construyendo. Yo pensé que ya, de alguna manera, ese camino estaba siendo saltado, era el descenso, iba loma abajo, y que aquello no había quien lo parara, y entonces llegó Trump y la inexplicable historia de los síntomas de los diplomáticos estadounidenses, utilizada como pretexto para cerrar rápidamente la embajada en La Habana.

Entonces, de alguna manera, la emigración cubana –estoy segura que López-Levi puede hablar más de eso, aunque él mantiene una sana distancia de estas dinámicas tan tóxicas de Miami– está llamada a definirse rápidamente. Hay un regreso a un discurso profundamente hostil, un discurso profundamente antipatriótico, antivalores, al estilo de “Sepárate de tu familia, no mandes una recarga”, que significa no solamente que yo tenga saldo en el teléfono o no, sino darle la espalda a tu familia, porque esta quedó atrás, y en cualquier caso es un daño colateral, cuyo sacrificio merece el bien final, que es la supuesta libertad de Cuba, lo cual es una construcción individual.

En resumen, como comentaba Robenson al principio, cuando uno lee sobre la emigración en el mundo, mucha gente lo vincula con razones naturales, terremotos, cambio climático, guerras, paramilitarismo; sin embargo, en Cuba, el nivel de politización no tiene nada que ver con lo que uno puede leer en otros contextos.

Sobre la pregunta de María Karla, muchas personas emigran por razones políticas, pero también puede haber una razón subyacente, no expresada, que tenga que ver con qué participación van a tener en el proyecto de país que se está construyendo, y cómo sienten que no tienen que ver pues solamente ven como posibilidad la de emigrar. No obstante, cuando emigran, van a construir su proyecto personal, rara vez se encaminan o involucran en los del país adoptivo. Pero creo que es una pregunta que hay que hacerse: el primer desafío que tenemos como país es que haya tanta gente que cree que el único proyecto posible de vida digno, de construcción de la felicidad, es emigrar. Eso es medular y absolutamente urgente enfrentarlo, comprenderlo, conocerlo, aceptarlo hasta en el discurso público, en primer lugar.

Y en segundo lugar, ¿qué atractivos les estamos dando a los emigrados para que regresen? Aunque el discurso político público les diga que sí, que hay una relación sana, oxigenada, esto es relativo cuando, por ejemplo, todavía es una falacia que el emigrado pueda invertir en Cuba, ya sea en un proyecto de desarrollo local, o en una micro, pequeña o mediana empresa, o en una empresa del Estado. Eso no es una práctica común, aunque, en teoría, en la ley, no está prohibido, pero se trata de aprovechar, primero, el ingreso que tenga ese emigrado, y segundo, de que sienta que es parte de la Cuba que se construye. Hoy eso es una deuda, no es una realidad, y creo que es un desafío que hay que afrontar.

Luego está lo que tiene que ver con el diálogo político que hay que tener con esa emigración, que nunca va a ser fácil, y nunca se va a parecer a los coros que, desafortunadamente, estamos acostumbrados a repetir, sobre todo en los espacios públicos; creo que es un desafío urgente, y que tiene que haber espacios, como decía Isabel, de cercanías entre la comunidad de emigrados, no solamente en los grupos de solidaridad con Cuba, que se dan en diferentes lugares del mundo, que son también muy importantes.

Lo que me preocupa es que todo tiempo de distancia que se tenga con la emigración cubana, es tiempo en el que se vuelve más vulnerable o esponjosa a las narrativas que tienen que ver con que el único camino es el de una Cuba sin una Revolución cubana, una Cuba que coquetee con las formas de sistema sociopolítico que sueñan en los Estados Unidos para este país, como única vía posible para la construcción de la democracia. Me preocupa que toda vez que el emigrado sienta que no tiene interlocutor en su país, más allá de la familia que le pueda quedar, se vuelve más vulnerable a las campañas de difamación contra su país, a las mentiras, a las fake news, a pensar que su país es una versión de Corea del Norte. Por tanto, creo que es urgente, aunque muy difícil, establecer un diálogo. Eso se conecta con lo que dijo Isabel Cristina, que es muy difícil conversar con amigos, compatriotas, hermanos, familia, emigrados que tienen un set de hechos, es decir, una comprensión de Cuba completamente distinta a la que puedo tener yo, y donde “aquella es tu verdad y esta es la mía“, entonces todo ejercicio de separación, de no construir un diálogo, de no encontrar un lenguaje común en el que nos podamos comunicar, es absolutamente dañino para el futuro de Cuba y para el futuro de la nación, que no es solamente este espacio isla en el que estamos habitando. Y lo que más me preocupa es que casi todos los espacios de intercambio se producen en redes sociales o en plataformas digitales de socialización que fertilizan las polarizaciones, la mentira, la bronca, la vulgaridad, el enfrentamiento, porque los algoritmos prefieren visibilizar eso. Por eso estos canales de comunicación alternativos, distintos, estas formas emancipadas para comunicarse, van a depender de nosotros mismos, los cubanos. A lo mejor lo que estoy diciendo es muy difícil de hacer, pero creo que es la única manera; el intercambio “pueblo a pueblo”, que parecía una estrategia subversiva de Bill Clinton con Cuba, es profundamente útil y fértil, y es fundamental para comprendernos como nación y unirnos en un punto de trabajo en común, independiente de las diferencias políticas que podamos tener.

Julio V. Ruiz: Lo que dice Cristina es muy cierto. Todo esto que estamos viendo es algo relativamente nuevo, ha sucedido con las últimas emigraciones, a partir del Período Especial. Pero quiero explicar brevemente lo que pasa en Miami. Aquí hay un grupito –una mafia, como dijo el jefe de la policía de Miami, al cual botaron por decir esa palabra– de mucha influencia, que llegó sin dinero –aquí todo el mundo llega en la fuácata. Se habla mucho de democracia, de toda la censura cubana de aquí y de allá, y los primeros que censuran y que tienen un control de todos los medios de comunicación son ellos. Por lo tanto, no es que todo el mundo en Miami opine de la misma manera, sino que en realidad no opinan, la mayoría no dice nada porque tiene miedo, porque te botan del trabajo. Cuando yo era médico residente en la Universidad de Miami, y después que me gradué, que hice mi fellowship, cuántos problemas me busqué con mis compañeros, médicos cubanos también, algunos mayores que yo, solamente porque sabían que yo había viajado a Cuba en el año 78 y 79.

Ahora bien, mi padre era un político batistiano, funcionario de Villa Clara, que vino en la primera emigración, la de los años 60. Él vivía en New Jersey y discutíamos diariamente de política porque Cuba siempre ha estado presente en nosotros, que emigramos, pero nunca ha sido al grado ofensivo que se está viendo en estos medios de comunicación, los famosos youtubers e influencers, que no influencian a nadie salvo a una masa amorfa que sigue cualquier bobería. Muchos de ellos trabajan por los dos dólares que le dan de propina en sus programas, pero nunca, en sesenta y dos años de vivir en los Estados Unidos, había visto el odio tan grande que ha surgido entre los cubanos. Efectivamente, como dice Cristina, con Trump se exacerbó la situación, pero, en realidad, eso ya venía de mucho antes de Trump, de finales de los 90 posiblemente.

Yo sigo pensando que el año que viene, Dios mediante, tendremos un reencuentro en La Habana con la emigración, nosotros lo pedimos y el gobierno cubano lo ha aceptado. El que íbamos a tener en 2020 fue cancelado debido a la COVID. Creo que estos encuentros son fundamentales, por desgracia no todo el mundo puede participar, para discutir todos estos asuntos entre cubanos, no solamente los de Estados Unidos, pues estamos regados por todas las partes del mundo.

Repito, depende en gran medida de lo que el gobierno cubano haga en cuanto a decisiones que den fluidez a la emigración, que la gente pueda entrar y salir. Se ha demostrado que el cubano es emprendedor si se lo permiten, o sea, es importante que el gobierno cubano tome medidas económicas que posibiliten a todos los cubanos, no solo a los de la emigración, participar en su país, y si se mejora la situación económica en Cuba, ya verán que serán muchísimos menos los cubanos que tienen que emigrar. En teoría, ya el emigrado puede invertir. Años atrás le pedimos esto al gobierno y nos dijo que teníamos que invertir como mínimo quinientos mil dólares, imagínate, nadie tiene esa cantidad aquí, la mayoría vive de mes a mes. Actualmente, aparte de la pandemia y del virus, está toda esta serie de medidas, recrudecidas con Trump, y que ahora nuevamente quieren volver a recrudecer, basados en este supuesto alzamiento del 15 de noviembre que siguen vaticinando aquí los medios de comunicación.

Yo sí tengo esperanzas, creo que nos podemos comunicar, que hemos avanzado mucho desde el año 78 al presente y que estamos pasando por una fase difícil. Me preocupan los jóvenes, pero más me preocupan los viejos en Cuba, la atención de ellos, porque muchos de los familiares, o de los que los cuidan, han emigrado dentro de Cuba y al exterior, y están solos. Ojalá que el gobierno se siga preocupando por esta parte de nuestra sociedad, por esas personas que necesitan una atención especial.

Arturo López-Levi: Quiero abundar en algunos temas, dada la oportunidad que tengo de hacerlo, de los que ya se han dicho y otros que se han enunciado.

Me parece que hay un problema cuando discutimos esto de las dimensiones o las consecuencias en términos de raza, por ejemplo, de la composición de la emigración y cómo eso se revierte en una política migratoria que facilitaría mucho más el retorno, o del impacto que tienen las remesas en la economía cubana. Como profesor de ciencias políticas, creo que es importante enunciar el diagnóstico, porque si uno no sabe lo que está pasando, no puede manejar los problemas, pero a la vez quiero llamar la atención que el diagnóstico nada más no los resuelve; habría que apuntar a cuál es la prescripción que viene como resultado de eso. Y a veces uno nota dificultad, por lo menos me ha pasado con la audiencia que he tenido entre cubanos que discuten estos temas en la Isla y a veces también con los que los discuten en el exterior; por ejemplo, los que quieren atacar el envío de remesas a Cuba desde el ala derecha ahora están diciendo: “Eso solo crea división, perpetúa la desigualdad, esta es una reforma económica sin libertad, y va a crear una mayor barrera, el racismo retornando al país”, y yo les propongo entonces una lotería de visas, una cuota para cubanos de la raza negra. Ahí mismo se traba la discusión, porque la persona no te dice nada que rivalice con esa propuesta y, a la vez, no aceptan que esta sea una solución, o por lo menos proponerla a personas más afines –como la administración Biden, o como lo fue la administración Obama– a tomar en cuenta el tema raza.

Al mismo tiempo, cuando he hablado con las personas en Cuba, a lo mejor yo estoy equivocado, pero les he dicho: “¿Por qué no tratan de pensar en un impuesto sobre las remesas?”. No para cualquier cosa; para que políticamente tenga éxito no puede ser para resolver cualquier problema puntual, pero puede ser una caja cerrada con el objetivo de promover créditos a la población negra que quiera participar de las nuevas oportunidades de crear negocios en la reforma, una vez que se entiende que las remesas son una fuente importante de acumulación, a partir de la cual se produce la inversión en pequeños negocios. A lo mejor lo que yo estoy diciendo es una barbaridad, pero del otro lado no me dicen otra manera de hacerlo, y esto lo quiero poner en atención porque creo que este es un problema que hay que atender. En Cuba desde la Constitución del 40, incluso con las trabas que tenía, y desde la Revolución, hubo un período de avance sustancial en términos de integración racial, y si se deja esto a la lógica del mercado, va a pasar lo mismo que en otros países, donde muchas veces se produce un overlapping, una yuxtaposición del tema raza-clase, que no es bueno para el país en general.

Hay que tomar en cuenta que la Revolución fue un hecho traumático que provocó importantes ganancias para una parte de la población, y para otra generó su propia cuota de injusticia, porque se hizo de una manera drástica, no pudo ser gradual ni pacífica, porque así son las cosas. En un conflicto de sesenta y dos años, se puede decir que la mayor parte de la razón está de un lado o de otro, pero no que de un solo lado se han cometido injusticias o que ha habido problemas, y a veces, por cierto, las tendencias que complican los problemas se complementan de un lado y del otro.

Un ejemplo claro de lo que yo creo que hay que atender –esto lo estoy diciendo desde antes de salir de Cuba en el año 2001– es el tema de la doble moral. Esto que dice Julio de personas jóvenes que llegan aquí y adoptan una actitud de extremo radicalismo no es tampoco tan difícil de explicar. Algunas de esas personas son capaces de abrazar una fiesta pidiendo el llamado parón, que no vaya nadie para Cuba, y después, cuando se abre el aeropuerto, se van para Cuba. La explicación es que es un tema de familia, que deben hacer lo mejor por ella, pero el que está pidiendo el parón ha dicho explícitamente que la familia es una categoría secundaria ante la lucha anticomunista, o como se quiera llamar. Ese es un problema en el cual las dobles morales, de un lado y de otro, se refuerzan, porque también aquí, particularmente en el enclave de Miami, prevalece ese tipo de estructura totalitaria en cuanto al dominio de los medios de difusión, en cuanto al tipo de discusión cultural que se pueda hacer, e incluso, de alguna manera, en el debate de las ciencias sociales.

En cuanto a la emigración de los jóvenes, creo que la política migratoria no está separada del contexto de la política en general. Como dije antes, en el diseño de la política migratoria hay un importante papel de los intereses socioeconómicos en Cuba en relación con la visión, intereses y posturas de los emigrantes cubanos, y en relación también con los potenciales emigrantes en el país.

Y aquí hay que decir una realidad: se creó una importante expectativa de reforma que no ha sido un tránsito de miel sobre hojuelas –como no han sido las reformas en ningún lugar del mundo–, pero con un tipo de reforma parecida a la que Cuba está adoptando, la variable tiempo no ha sido tomada en toda su dimensión. Me parece que la transición generacional en el tope del sistema de partido-Estado se dilató demasiado, y eso tuvo como resultado el empantanamiento de las reformas. La no conciencia sobre el impacto del excesivo gradualismo en las reformas creó ambientes de decepción en buena parte de los jóvenes, y, en ese contexto, la emigración aparece como una solución, no necesariamente óptima para todo el mundo, pero si importante para algunos.

Es importante hablar del robo de cerebros, pero también habría que hablar del desperdicio de talentos, cuando en ocasiones se podían haber hecho ciertas reformas con mayor celeridad y dar aliento a que continuaran viviendo en Cuba personas que lo pudieran hacer. Eso no minimiza el tema de la política de bloqueo, un elemento estructural en este contexto que agrava sustancialmente todos estos problemas y hace mucho más difícil la agenda de reformas.

Pero quiero llamar la atención sobre algo que diferencia el período actual post Trump del período bien corto que se vivió en la época Obama. Este presidente quitó la política de “pies secos-pies mojados” al final de su período, y yo creo que a la larga iba a ser mejor, porque la emigración, en cierta medida, había sido una válvula de escape para los problemas que había en Cuba, pero esto podría apuntar hacia el camino adecuado si los Estados Unidos siguieran el proceso de desmantelación del bloqueo o, por lo menos, tener una actitud más respetuosa hacia la soberanía cubana y los procesos de reformas allí. La política de la administración Trump fue demonizar al gobierno de Cuba y la situación actual en Cuba, al punto de que, por ejemplo, hay prominentes cantantes que hasta el otro día decían: “Qué gran honor que nuestro presidente [Díaz-Canel] esté en nuestro concierto”, después vienen a los Estados Unidos y dicen que se está cometiendo un genocidio en Cuba, cuando en realidad, admitido incluso por las fuerzas de oposición, es que se produjo una muerte o dos en los disturbios del 11 de julio. Como parte de eso, quieren construir esa imagen de una Alemania hitleriana en el Caribe, y naturalmente, en las cortes de emigración, al ventilar el caso de un pedido de asilo o refugio político, cualquier abogado puede decir: “Nuestro presidente, nuestro Departamento de Estado, ha catalogado a Cuba como un país terrorista”, y en ese contexto es difícil, una vez que usted tiene a la persona que ha brincado la cerca, ponerlo de vuelta en el supuesto campo de concentración.

También se ha hablado del efecto de la polarización en las redes sociales. Estoy de acuerdo en que todo eso juega un papel muy importante, pero vamos a decir que, hasta que Grenier hizo esa pregunta en la encuesta que hacía FIU, la comunidad cubano-americana de Miami daba mayorías favorables a una intervención. Por algún motivo, se decidió no hacer más esa pregunta, pero, en mi opinión, es muy importante para tener una visión realista sobre cómo esa comunidad está viendo el tema cubano. Se los digo porque, aparte de mi condición académica, lucho por un cambio en eso.

Quiero referirme a la necesidad de modernizar el proceso de diálogo entre las autoridades cubanas y los emigrados. Eso implica un proceso de gestación de la agenda que sea menos vertical, no que el gobierno construya la agenda y nos llame nada más para consultar y dar opiniones sobre eso, sino una participación más activa. El propio concepto de repatriación debe cuestionarse la posibilidad que las personas que sean ciudadanos cubanos y no un problema de seguridad nacional. Mirando las experiencias de otros países con políticas similares hacia la emigración en procesos de reformas como el cubano –Vietnam, China, Taiwán cuando era un país mucho más cerrado, por ejemplo–, hay hitos que representaron un gran proceso, por ejemplo, la apertura del mercado inmobiliario, y hay que preguntarse si eso puede cambiar.

Finalmente, también es necesario modernizar la narrativa del diálogo. No hay nación por un lado y emigración por el otro; ese título en sí mismo implica una separación de la emigración, que, aunque no es mayoritaria, es parte importante de la nación. En la propia discusión interna de Cuba hay que pensar una educación patriótica en la cual ser patriota no necesariamente implique un abrazo de los ideales y paradigmas del Partido Comunista, porque ser comunista no es una condición para ser patriota.

María Isabel Domínguez: Me parece super valioso este intercambio porque, sin dudas, el tema de la emigración tiene un carácter multidimensional, y por lo tanto son múltiples las aristas desde las cuales enfocarlo, y aquí justamente se está mostrando esa diversidad de opciones.

Quiero referirme a una de las que más he estudiado por mi condición profesional, y es que el tema de la emigración está estrechamente ligado a los proyectos de vida, a la satisfacción de aspiraciones que tienen las personas, y esto tiene un carácter fuertemente generacional. Por lo tanto, tiene una dinámica que se mueve en ese sentido, y en el caso de la población cubana ese cambio generacional ha producido un aumento de la distancia entre las aspiraciones individuales y las posibilidades sociales de satisfacerlas, precisamente porque son generaciones jóvenes que ya han logrado satisfacer muchas de las aspiraciones que tenían como elemento central las generaciones anteriores, y una vez satisfechas aspiran a otras que ven distanciadas sus posibilidades de alcanzarse. En la medida en que esos proyectos de vida se centren más en una perspectiva de realización individual que no se ve satisfecha en el contexto nacional, se visualiza como opción de satisfacción la posibilidad de emigrar. Resulta muy interesante lo que comentaba Isabel Cristina sobre la dificultad que tienen las personas que emigran para reconocer cuando no tuvieron éxito con esa acción, y siempre tratan de dar la imagen de que han logrado satisfacer aquellas aspiraciones que fueron buscando. Eso tiene también un efecto de demostración sobre quienes quedan en el país, que consideran que esa es una vía siempre alcanzable.

Una de las mayores dificultades que hemos tenido a lo largo de mucho tiempo para hacer las investigaciones y tratar de entender estos procesos es la debilidad de los datos, pero últimamente se dispone de algunos de ellos, aun cuando su actualización no es al día, pero son bastante recientes. Yo citaba en mi comentario anterior la Encuesta Nacional de Migraciones que hizo la Oficina Nacional de Estadísticas e Información, que entrevistó a una gran cantidad de familiares cercanos de personas que emigraron, y hay datos muy interesantes, como que 80% de las personas que emigraron de 2008 en adelante se sitúan entre los quince y los cuarenta y nueve años, es decir, son jóvenes o laboralmente activas, y el promedio de edad es de treinta y cinco años, es decir, que se trata precisamente de esa población joven.

Yo hice recientemente una investigación con jóvenes estudiantes universitarios y de preuniversitario, y al indagar sobre sus aspiraciones, sus proyectos de vida, entre los universitarios 25,5% colocó entre sus principales aspiraciones viajar, conocer otros países o emigrar. Esto tiene que ver con lo que hablábamos al inicio; a veces las personas no tienen una perspectiva directa de emigrar, es decir, de quedarse definitivamente en otro lugar, sino simplemente viajar, estar un tiempo, trabajar, estudiar, mejorar condiciones, y en un principio la idea es regresar, lo cual no quiere decir que siempre se produzca. Pero lo interesante del asunto es que en el segmento más joven de estudiantes preuniversitarios esa aspiración era casi el doble, 46,8%, lo cual indica que ese proceso no se va a detener, todo lo contrario, va a seguir aumentando.

Entonces creo que, efectivamente, todas las políticas hacia las personas que han emigrado son necesarias y requieren una cantidad de cambios, muchos de los cuales se han estado comentando aquí hoy, pero creo que más importantes son las políticas para los que no han emigrado. O sea, cómo lograr que las personas sientan que esas aspiraciones y esos proyectos de vida son realizables en el contexto nacional, y que para alcanzarlas no hay que salir del país. Son los retos que tiene hoy esta sociedad en medio de las condiciones económicas difíciles que se atraviesan, en medio de un contexto internacional que no es nada favorable, pero que requiere de mucha creatividad, pero también de mucha mayor apertura y flexibilidad para que esos proyectos puedan ser realizables.

Robenson Glesile: Estaba escuchando con mucha atención la intervención de mis hermanos y hermanas de Cuba. El tema del regreso es muy fuerte, escuchar a gente de afuera hablando de esa forma, y poder regresar es algo muy bonito. Hace poco, en una actividad que organizamos acá en Rosario, una compañera de Cuba estuvo ahí hablando de la inseguridad que se vive en esta ciudad, y se notaba claramente como ese caminar en las tranquilas calles de La Habana le hace bastante falta.

Es un contraste enorme pensar eso desde Haití, no tengo esa fuerza o esa capacidad porque es casi imposible para un migrante haitiano hablar de regreso así a sus compatriotas. ¿Regresar a dónde, qué nos espera en Haití? Por ejemplo, como migrante viviendo en la Argentina, todos los días me despierto con miedo de que llegue un mensaje a mi celular diciendo: “Acaban de secuestrar a un familiar tuyo”. El mundo entero vio lo que pasó el 7 de julio pasado, mataron al presidente dentro de su casa y hasta el día de hoy nadie sabe lo que pasó realmente. Semanas antes, en el barrio donde yo crecí, mataron a diecinueve personas, y hasta el día de hoy nadie sabe si va a haber justicia o no. Entonces el tema del regreso, en el caso de los haitianos, es muy difícil. La mitad de la población haitiana tiene menos de veinticinco años, y esa población no tiene otra cosa en la mente que dejar el país, emigrar, porque ahí no se puede vivir. Vemos en las noticias que muchas zonas en Haití están controladas por bandas armadas, y el Estado, si se le puede llamar así, no puede hacer nada. Escuchar sus intervenciones me da fuerzas para seguir luchando, aunque yo digo siempre que mi generación no va a ver el cambio de Haití. No es por ser pesimista, soy optimista, pero también veo la realidad, pero pienso en el futuro, pienso en el futuro de mis compatriotas haitianos. Fue un placer participar en este panel con ustedes.

Rafael Hernández: Parecía al principio del panel que se iba a mover muy lentamente o que nos íbamos a quedar cortos, pero ha habido no solamente una buena cantidad de intervenciones, sino muchísimos problemas, y –para utilizar el overlapping de Arturo– hemos solapado la migración con prácticamente todos los aspectos de la vida cubana, y probablemente esa sea la mejor manera de profundizar y de entenderla.

Le doy las gracias especialmente a Roby por ayudarnos en esta perspectiva tridimensional. Los cubanos tenemos entre nuestras peculiaridades la de considerarnos un poco distintos al resto del universo, y que hay cosas que solamente se cumplen para este país.

Yo recuerdo que la emigración, el exilio, en el caso de los haitianos, los chilenos, los argentinos, los brasileños, los uruguayos, en América Latina y en el mundo tuvo una dinámica muy intensa en los años 70 y los 80. Tuve la oportunidad de conocer a exiliados chilenos, argentinos, uruguayos, que se fueron a Cuba, a Suecia o a México, y allí constituyeron familias. Años después, cuando pudieron regresar a su país, se dieron cuenta de que esa familia estaba arraigada en los otros países, de manera que hacerlos regresar al país donde ellos habían nacido era desarraigarlos y sacarlos, convertirlos en emigrados. En un proceso en donde lo que se mantenía en sus países de origen no era una situación políticamente hostil o un clima políticamente adverso, se podía regresar; sin embargo, optaron por no hacerlo, como los descendientes de los republicanos españoles que vinieron a América en los años de la Guerra Civil Española, y que años después pudieron regresar ya viejos, o sus descendientes, y decidieron no hacerlo porque ya eran de otra parte. Este no es un fenómeno extraño en el caso de Cuba, es universal y se da en otras circunstancias.

Cuando introducíamos la cuestión de un nuevo patrón migratorio, una nueva situación migratoria, no estábamos pensando en la idea de que la gente se va y regresa, una y otra vez, como si estuvieran en un carrusel; eso no ocurre en ninguna parte. Lo que ha ocurrido y ha hecho cambiar la circunstancia es que se acabó la condición definitiva de la emigración como una regla, de manera que si alguien se va, ahora va a poder regresar, no es que vaya a hacerlo, es que puede hacerlo, que si se queda no se convierte en un paria.

En una de esas encuestas que hacía Guillermo Grenier en la Universidad de la Florida hace no muchos años preguntaba: “¿Y si cambiara el sistema político en Cuba y se impusiera la democracia y un sistema libre, usted regresaría?”; 83% de los encuestados dijo que no. Habría que preguntarse si el otro 17% regresaría realmente. Es decir, las circunstancias de la vida de la gente no son simplemente su ideología, o sus simpatías políticas, por eso el tema de la circularidad no es tanto el lugar donde uno tiene la residencia permanente, sino la circularidad como actitud, como motivación de vida, y que en buena medida no está asociada con el hecho de estar en otra parte.

De hecho, qué cosa es la Pequeña Habana, si no el intento de no moverse de Cuba, por mantenerse subjetivamente viviendo en Cuba, por no asumir que se está en otro país y en otras circunstancias, sino mantener la condición de una escenografía vital que permite pensar que va a un restaurante que era aquel restaurante, y va a una funeraria que era aquella funeraria, y tiene las condiciones para seguir comiendo la misma comida y oyendo la misma música. Eso no solamente pasó con los cubanos, también pasa con el Pequeño Saigón en Orange County, California, y, por supuesto, con los China Town a lo largo de todo el mundo.

Solamente quería agregar un hecho no poco importante. En las circunstancias actuales, los cubanos que están afuera y los que están adentro, que son miembros de la misma familia o de la misma red de amigos, hablan todos los días, se preguntan por lo que está pasando aquí, viven lo que está pasando aquí, comparten fotos, vivencias, experiencias, y tienen una conexión tan profunda con lo que está pasando aquí que no es simplemente la de recrear una escenografía en otro lugar, sino la de conectarse, mantenerse ligados a lo que pasa, estar viviendo aquí todavía. En realidad siguen estando en Cuba en buena medida.

Cuánto de bueno hay en eso, cuánto de negativo, daría para una sesión más larga o para otro panel. Siempre los cambios generan oportunidades, y siempre las oportunidades están ahí, incluso cuando el emigrado pasa por lo que los sociólogos de la emigración caracterizan como el proceso de adaptación, de aculturación –esa es la palabra que usan–, de asimilación, que consiste en tratar de sintonizarse con la sociedad en la que viven.

Dejo sobre la mesa esta hipótesis: ¿quizás los jóvenes cubanos que salen ahora están intentando sintonizarse con ese enclave que perciben como profundamente contrario al comunismo reinante en Cuba, al Partido Comunista o al socialismo, o a «la Cuba de Castro,» y en ese enclave lo mejor es no desentonar? Habría que investigar, como todas las hipótesis, y tratar de probarla o disprobarla.

Un buen panel de Último Jueves es uno que coloca problemas, y este ha puesto un montón. Aun cuando no tenemos respuestas para ellos, lo que más importa es su validez para la riqueza de este intercambio. Muchísimas gracias a ustedes por todas estas preguntas e hipótesis, y un abrazo por acompañarnos

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