Último Jueves

¿Revolución cultural en la política?

Fecha: septiembre 29, 2022
Lugar: Sede de la Revista Temas
Último Jueves 6 de octubre 2022

* Panel realizado en la sede de la revista Temas, el 6 de octubre de 2022.

Rafael Hernández: Las visiones y las conductas de las personas son fenómenos culturales, y están condicionadas culturalmente. La cultura política de una época no es la ideología, porque no solo involucra las mentalidades, las ideas, los valores, sino también los comportamientos, las actitudes y las prácticas sociales. ¿En esa visión de la cultura política, en qué medida una transformación radical de ella es esencial en el momento que estamos viviendo? ¿Es parte esencial, vivida desde la experiencia y desde las prácticas concretas de la sociedad, y no solo de las instituciones, y de los que dirigen, sino que nos involucra a todos? En torno a eso vamos a estar conversando y discutiendo, con un panel de conocedores sobre el tema, personas que tienen experiencias y visiones diferentes acerca de esta problemática, desde la perspectiva de sus diferentes trayectorias, oficios y responsabilidades. Pretendemos que ninguno de ellos refleje el punto de vista de la institución en la que trabaja. Subrayo este hecho: se trata de su enfoque personal acerca de esta madeja de problemas sobre los que vamos a conversar.

A mi derecha está Silvio Calves, que nos ha acompañado en otros paneles de Temas. Es ingeniero y le ha dedicado su vida al tema de la formación de dirigentes, a enseñar a dirigir, y también a practicar el ejercicio de la dirección. No tiene solo un conocimiento pedagógico, sino práctico del funcionamiento de la economía. Ha sido vicerrector de la Escuela Nacional de Cuadros del Estado y el Gobierno; profesor de la Universidad de La Habana, y ha escritos libros y artículos acerca de este tema.

Está también José Ernesto Nováez, actualmente rector de la Universidad de las Artes. Ha estudiado en la Universidad Central de Las Villas “Marta Abreu” (UCLV). Representa esa diversidad que queremos tener en los paneles de Temas, que no son un evento habanocéntrico. José Ernesto ha impartido en la UCLV Filosofía y Estética, materias relacionadas con esta dimensión de la producción del arte y las ideas.

Se encuentra además Armando Miralles Calvo, director de Organización y Planificación del Ministerio de la Agricultura. Ustedes preguntarán qué tienen que ver la agricultura y la organización y la planificación. Pues sí, porque también en la agricultura y en las estructuras de gobierno existe el problema de cómo dirigir y una responsabilidad como la que él tiene le da una experiencia concreta. Le agradecemos que venga a compartirla con nosotros, y que —quiero subrayarlo para todos los panelistas— esté dando un punto de vista personal. Aquí no pretendemos que ninguno de ellos refleje el punto de vista de las instituciones en las que trabaja. Se trata de su enfoque personal acerca de esta madeja de problemas sobre los que vamos a conversar.

¿Revolución cultural en la política?

Por último, tenemos a Alina Herrera Fuentes, que se encuentra conectada a través de Telegram, desde México. Ella es jurista, y trabaja en el Instituto de Formación Política de Morena, el partido gobernante en ese país. Es cubana, y está haciendo una maestría en FLACSO-Argentina. Su campo específico es el estudio del feminismo y el antirracismo como problemas sociales y culturas políticas. No tengo que llamar la atención sobre que es una mujer y joven. El propósito de este panel es también reunir perspectivas de diferentes generaciones y sectores de la sociedad.

Les agradecemos que estén aquí, y que hayan aceptado enfrentarse a las preguntas sobre esta problemática, de una manera concisa.

La primera pregunta es: ¿qué significación tiene una transformación cultural de la política? ¿En qué consiste —no vista como un problema ideológico o de poder, ni simplemente como el funcionamiento de las instituciones, sino como maneras de pensar, de proyectarse, de comportarse.

Silvio Calves: Lo primero que me impuse a la hora de participar en este panel, para hablar de cultura siendo ingeniero, es buscar una definición de ella y el papel que tiene en todos los ámbitos de la sociedad; y encontré una que me pareció muy apropiada: «cultura es todo aquello material, patrimonial, inmaterial, creencias, conocimientos, valores, comportamientos, objetos y bienes concretos que caracterizan a una comunidad o grupo de personas, y que ha tenido su origen en sus experiencias, vivencias y conocimientos de una determinada realidad». Muchas veces las personas constriñen el concepto de cultura a las bellas artes y la literatura; sin embargo, cuando vemos su significado, que además es polisémico, comprendemos que tiene una amplia concepción.

¿Qué transformaciones ha logrado la cultura? Muchas, desde las primitivas formaciones y congregaciones humanas, que tenían la suya propia, y que actuaban en consecuencia con ella. Nunca tuvieron una concepción sobre la base de hacer política o de depositarla en ella, sino que su cultura evolucionó hasta los siglos xvii y xviii, en que la Ilustración —la francesa, no la española ni la alemana— logró convertirla en base para el accionar político de una revolución que generó el capitalismo, hasta hoy.

Todas las revoluciones técnicas que han existido en la historia de la humanidad: la del vapor; la de la electricidad; la de la informática; y ahora la cuarta, la de la robótica, la inteligencia artificial, la nanotecnología, han tenido un impacto en la política. Si leemos los materiales de Davos, de la reunión de los gurús, de los cerebros del mundo capitalista de los años 2017 y 2018, vemos que en vez de hablar de economía, lo hacían de la cuarta revolución industrial y de su futuro impacto social, y cómo tenían que preparar las políticas para eso. Por tanto, creo que es importante que en el liderazgo, a la hora de hacer políticas, exista una cultura general profunda. Nosotros estábamos acostumbrados a la cultura general de Fidel; no quiero decir que fuera erudita, pero sí muy amplia; y es importante en todos los estamentos de dirección de un país, de una sociedad, porque esta, en determinados grupos o sociedades, no es uniforme. Hay cosas, por ejemplo para los cubanos, que definimos como parte de la cultura nacional, pero dentro de ella misma y de los que se sienten cubanos hay determinados tipos de pensamiento, o de aprensiones, y la cultura del liderazgo es la que permite tener en cuenta ese contexto e incorporarla en la gestión de la sociedad.

En la actualidad, los medios de comunicación y el acceso de grandes masas a internet y a las pujantes redes sociales han forzado un impacto transcultural en las diversas sociedades, lo que implica que las políticas han de tener en cuenta el respaldo o rechazo que pueden generar en los distintos públicos receptores, porque no todos percibimos lo mismo.

En Cuba, muchos jóvenes ven en la política aquellas acciones o medidas que van a facilitar o contribuir a lograr sus aspiraciones. Es un grupo social influido por su vínculo con las redes, por otros jóvenes, y por sistemas educativos con debilidades diversas, que aún no logran satisfacer todas las necesidades culturales ni brindar la formación de los valores más necesarios al país.

La política de gobierno en nuestra sociedad debe reconocer que hay una pérdida de valores sociales y una subcultura emergente ante la agudización de carencias y limitaciones. El desarrollo cultural, en el sentido más amplio, implica una mayor demanda de participación y de opiniones sobre las políticas, lo cual contribuye al desarrollo del consenso en decisiones de importancia, y a tener sentido de pertenencia y compromiso.

En una clase que daba a dirigentes, yo les decía: «No me digan más que hay sentido de pertenencia y compromiso, lo que han sido disciplinados para cumplir la tarea»; pero si hay participación, hay sentido de pertenencia y compromiso, porque se sienten comprometidos con la decisión; participación es tomar decisiones, no hablar.

¿Revolución cultural en la política?
Foto: Pedro Pablo Chaviano/Revista Temas.

José Ernesto Nováez: Quiero agradecer la oportunidad de estar aquí reflexionando sobre un tema que no he trabajado ni he investigado. Me acerco a él sobre la base de lecturas precedentes, reflexiones sobre otros temas, y la experiencia política concreta de llevar un año y tres meses conduciendo una institución en Cuba socialista, en el siglo xxi, pospandemia, y en medio de la Tarea Ordenamiento. Sospecho que este será uno de los pilares en los que me voy a basar para desarrollar las ideas; pero a la vez hay un elemento práctico que me hala a llevar mi reflexión: la realidad concreta en la cual estoy inserto. Y no estamos hablando de transformación cultural en la política en su uso abstracto, sino de transformar culturalmente la política en la Cuba socialista del siglo xxi, los retos, las condiciones excepcionales que tenemos en el presente.

Es una dimensión muy compleja, sobre todo porque hay dos categorías: cultura y política, que son sumamente polisémicas. Incluso transformación, si apretamos un poquito, es polémica: hacia dónde, qué, cómo entenderla como efectiva.

La cultura, y aquí descanso un poco en lo que ya adelantaba Calves, es todo eso que él apuntaba, pero tiene, digamos, la característica dialéctica de que es a la vez una producción espontánea de las sociedades humanas, y una construcción consciente. Es tanto lo que producen los ciudadanos, en el día a día, en forma de hábitos, de tradiciones; como también, a diferentes niveles, un producto consciente de las mentes de los sujetos más adelantados de una época determinada. Entonces, en la cultura hay, como en la historia, si no fines precisos, sí voluntades que se conjugan a lo largo del tiempo para llegar a resultados que implican, eventualmente, transformaciones profundas de una sociedad dada.

La cultura cubana ha sido una desde que empezó a cocinarse en este maravilloso ajiaco desde los siglos xv y xvi, hasta el presente; pero hoy no es la misma; y si bien hay elementos que unen o conectan todas las etapas, hay marcadas diferencias, y los cubanos actuales, sin dejar de tener puntos en común con los orígenes de la cubanía, diferimos sustancialmente en prácticas y conceptos, de los de hace dos siglos; porque la cultura no es estática, sino algo en constante movimiento.

Una transformación cultural de la política pasa también por asumir un concepto de política; en ese sentido, no me puedo sustraer de mi formación marxista. Soy muy leninista; la entiendo como la expresión concentrada de la economía; que toda su práctica está determinada por las condiciones sociales en las que actúan los sujetos políticos, tanto un dirigente como un dirigido, un ciudadano como un presidente de la República. No haber superado definitivamente, en la construcción del socialismo, nichos de producción y reproducción del capitalismo condiciona la existencia o reemergencia de determinados valores, principios y prácticas culturales asociadas a ese sistema; y no está en la misma posición un dirigente político que administra una entidad presupuestada que uno que dirige una empresa en la Cuba socialista pos Tarea Ordenamiento y pospandemia.

Entonces, comprender los retos de una transformación cultural en la política del socialismo pasa, para mí, por entender las dimensiones en las cuales esta se realiza en el presente, e implica también una transformación de las condiciones de vida de los sujetos políticos; para eso es fundamental entender cuáles son las dimensiones de la producción simbólico-cultural que se está dando en el escenario político cubano.

Para sistematizar, una transformación cultural en la política en Cuba hoy pasa primero por entender las condiciones sociales de producción y reproducción de la vida de los ciudadanos que están determinando su emergencia e, incluso, la asunción de prácticas que no pertenecen a la tradición cultural cubana, pero que sí se están convirtiendo en comunes a generaciones de cubanos. Pienso en muchos de los elementos de la cultura de la globalización que han hecho su entrada en el imaginario de la Isla, y que tenemos que entendernos con ellos; por ejemplo, el Halloween. Aquí hay miles de jóvenes que tienen en el Halloween una festividad más que celebrar.

Y en el caso de la política, ¿cómo está incidiendo la realidad económica de un país que, en el proceso de intentar resolver las contradicciones del desarrollo de las fuerzas productivas en condiciones de bloqueo, de subdesarrollo estructural, está apostando por abrir determinados espacios a la propiedad privada capitalista, con todas las lógicas de producción y reproducción de sentido que esta implica?

¿Revolución cultural en la política?
Foto: Pedro Pablo Chaviano/Revista Temas.

Armando Miralles Calvo: Cultura tiene una acepción muy amplia. Es una construcción de las sociedades; es, desde las comunidades primitivas, un fruto del trabajo del hombre y su accionar sobre la tierra; a su vez tiene una influencia determinante en el desarrollo de la sociedad y la personalidad.

¿Qué significa una transformación de la política a través de la cultura? Pienso que lo primero es lograr una orientación cognitiva de la cultura política. En nuestro país existen muchas lagunas y confusiones respecto a las estructuras de poder; por ejemplo, se confunden el papel del Estado y el del Partido; muchísimos ciudadanos no saben cuál es el papel de cada uno; ni el enfoque tridimensional: el que hace la ley no la ejecuta, el que la ejecuta no la juzga, y el que la juzga ni la hace ni la ejecuta; es decir, partición de poderes del Estado. Eso en Cuba se ignora, yo diría que en un elevado por ciento, y eso forma parte de la cultura política.

Por una parte, está la orientación afectiva: el cariño, la compresión, el apego, el aprecio de la ciudadanía; aspectos que deben profundizarse porque han sufrido lesiones como consecuencia de la situación económica del país y el endurecimiento del bloqueo, y se han producido manifestaciones —aunque minoritarias, no dejan de ser preocupantes— de desafectos a la Revolución o al sistema político actual.

Por otra, tenemos la orientación evaluativa. Hay bastante ignorancia en evaluar la gestión política del Estado, y se suele culpar de muchas cosas de las que no es responsable. Sin embargo, de otras, cuando sí lo es, no se le considera como tal. En ese aspecto, se requiere profundizar la gestión del Estado por la ciudadanía.

Creo también que es necesaria la introducción de cambios en la cultura política de la nación, que, si bien forma parte de la cultura general, es específica sobre estos temas; y también es preciso un cambio cultural en la forma de hacer política. Estamos apegados todavía a algunos esquemas repetitivos, que no tienen toda la eficacia en nuestros medios de difusión, en la forma de comunicar. Hay que hacer programas frescos que lleguen al público; desarrollar la comprensión.

Alina Herrera Fuentes: En mi caso, el enfoque lo voy a hacer desde los feminismos de izquierda, y desde abajo. Quisiera comenzar hablando de uno de los debates más candentes e históricos en los movimientos feministas y de mujeres en general: feminizar la política. ¿Qué significa esta frase o lema? ¿Con cuánta profundidad ha incidido en el modo en que vemos y hacemos la política?

Aunque la discusión es amplia, creo que las diversas posturas, de las que solo voy a mencionar tres, son muy pertinentes para acercarlas al contexto cubano actual. En algún momento dentro de las genealogías feministas, sobre todo su segunda ola y desde los Estados Unidos y el norte global, feminizar la política había pasado por que los roles tradicionales asignados a las mujeres llegaran a la arena de lo público y lo político, pero desde una visión esencialista y biologicista de lo que es ser mujer; por ejemplo, que por solo tener mujeres en los espacios de representación política, estos se volverían, inmediatamente, menos machistas, más comprensivos, menos verticalistas y jerárquicos; y que temas como lactancia materna —maternidad en general— aborto, violencia de género, se volverían de inmediato el foco de las discusiones en los altos niveles de mando o representativos en los distintos Estados o países.

Ya sabemos que no es así, porque tenemos el ejemplo de Margaret Thatcher, representación viva del neoliberalismo, colonialismo e imperialismo. También es una falacia en sí mismo porque las mujeres no somos, en esencial, más comprensivas, menos verticales, ni menos machistas. Son postulados basados en un esencialismo de la condición femenina; el mismo que históricamente nos ha dejado clausuradas en las casas, obedientes al mandado masculino, a nuestros saberes domésticos; con la diferencia de que ahora la política coloca estos temas en el espacio público, pero con la misma misión de la mujer de enternecer, y de embellecer la política sin subvertir radicalmente el estereotipo, sin adentrarse en las causas estructurales e históricas que han apuntalado hasta hoy las desigualdades de género.

También feminizar la política se ha reducido a tener cuotas o cupos en los espacios de representación; por ejemplo, 50% de hombres, 50% de mujeres, o 60% de hombres, 30% de mujeres, etc., con el propósito de formalizar el criterio de que una vez que las mujeres tengamos presencia en los espacios de toma de decisiones, nuestras necesidades estarán automáticamente representadas y por tanto politizadas, y en vías de solucionarse.

Luego tenemos a los del sur global, que critican estas posturas de representatividad —impulsadas sobre todo por los feminismos liberales, de mercado y hegemónicos—, que demandan que a estos puestos de poder no llegan todas las mujeres, sobre todo las empobrecidas. Ni siquiera llegan los intereses y necesidades de las racializadas, de las que habitan en territorios periféricos o rurales, y tampoco de las migrantes ni de las personas disidentes de género.

Acercándonos a Cuba, se puede decir que es el segundo país con más mujeres ocupando asientos parlamentarios, sin tener una ley de cuotas. Es importante contrastar esto, porque en casi todos los países que tienen paridad de género, incluido México, ha sido por una ley, por un mandato constitucional. En el caso cubano es por una política de Estado no escrita. Pero si miramos las estadísticas en otros niveles de representación jerárquicamente inferiores al gobierno, al parlamento, las brechas saltan a la vista; por ejemplo, en territorios rurales y más apartados de los centros urbanos, la representación de las mujeres ronda el 30%.

No obstante, estos datos siguen estando enmarcados: una representación formal de mujeres cubanas en la política no necesariamente va a subvertir la estructura patriarcal y machista de un Estado, una nación, sus políticas o su corpus.

¿Revolución cultural en la política?
Foto: Pedro Pablo Chaviano/Revista Temas.

La clave para las feministas y los movimientos de mujeres que pensamos en un cambio radical de cómo hacer la política está en cómo y quiénes la producen. Todavía en Cuba las políticas para las mujeres son bastante homogeneizantes, y muchas veces esencialistas, universales, como si existiera un único subjeto, y no una pluralidad de identidades dentro de esa categoría grande que es la mujer. La mayoría está vinculada a la maternidad, como el último programa de la vivienda, donde se llegó al compromiso de dar una nueva casa a madres de tres o más hijos, menores de doce años de edad. Esto es muy limitado dentro de un problema tan amplio y vasto para reproducir la vida como es el de la vivienda. También se ha divulgado el programa de aumento de cooperativas de mujeres, llamado Espumas, para la creación de lavanderías. Nuevamente retrocede el rol de la mujer, esencialistamente, a las tareas domésticas. Si se van a incorporar a los espacios de mercado o a los económicos, será a través de las tareas que les han sido asignadas en los tradicionales roles domésticos. No hay que olvidar que son justamente las feministas liberales, en contextos neoliberales, las que han impulsado este tipo de iniciativas “mipymesistas” en los sectores de mujeres más empobrecidos y populares, y caen en la falacia retórica del empoderamiento femenino. También en Cuba hay cierto uso de la palabra empoderamiento casi con el mismo cariz que en otros países, especialmente neoliberales y capitalistas, cuando estamos impulsando un proyecto socialista, radical, y desde abajo.

Cuba, que impulsa este proyecto, tiene que distinguirse, en su forma de hacer política, desde una perspectiva feminista del sur global y desde la izquierda, por lo que necesita un cambio inmediato en el aquí y el ahora; y, sobre todo, contar con las mujeres de los sectores populares, no con medidas coyunturales, intervencionistas en los barrios, ni como un objeto de ellas. Por ejemplo, si hace falta agua o alcantarillado, ir una semana y resolverlo, o se pavimenta una calle; sino ver a las mujeres como sujetos políticos, ciudadanas plenas, con capacidad de deliberar sobre los problemas; de participar directamente de la política del país, teniendo en cuenta también las desventajas y condiciones de empobrecimiento, de clase, o de racialidad o territorio, de ruralidad y demás, de cada una. Que se haga una política interseccional, feminista, radical, desde abajo. En esto influyen las formas organizativas: que se las reconozca, que se admitan. Ello sin contar con que todavía la mujer cubana sufre una brecha, en relación con los hombres, respecto a las tareas de cuidados y del hogar: entre catorce y dieciocho horas semanales dedican a estas labores, más las destinadas a hacer otros trabajos. Esta es una brecha importante a la hora de hablar de mujer y poder, de participar y producir política. Por eso el debate nacional —y también hablamos desde los feminismos— debe socializar y colectivizar los cuidados para entonces poder hablar de políticas, que incidan en las desigualdades estructurales que condicionan que las mujeres cubanas hoy —no como grupo homogéneo, sino plural— no podamos acceder de manera equitativa a la toma de decisiones y a la vida política del país.

Rafael Hernández: Alina ha entrado de lleno en la segunda pregunta, relacionada con los problemas. Tengo preguntas para los panelistas, pero no quiero romper esta continuidad de visión que ella ha desencadenado, y las voy a dejar para después. Les doy la palabra para que se refieran a los problemas que enfrenta un cambio cultural en la política, no en otra parte, sino en el contexto de este país. ¿Cuáles son las principales resistencias, o sus puntos críticos, para superar los problemas culturales que tienen que ver con el ejercicio pleno y profundo de la política, entendida, por supuesto, en el contexto de una Cuba como la que estamos viviendo y como la que se proyecta?

Silvio Calves: Creo que uno de los problemas para que la cultura llegue a las políticas es, precisamente, el de la cultura que hemos formado, y que manejamos. Considero —es mi visión desde la educación y desde mi mundo laboral, que es amplio— que hay un déficit de cultura general en Cuba, hasta en los graduados universitarios. Antes, un bachiller era una persona bastante culta, y si lo era en Letras era súper culto, y en Ciencias también. Le he preguntado cosas a mi nieto, que se gradúa de bachiller este año, y se supone que sepa de la historia antigua y media —de la cubana sabe un poco más, porque la abuela era profesora de Historia de Cuba en la Universidad—, y compruebo ese déficit en la formación docente. En muchos estamentos de la administración pública eso se aprecia. Si vamos a un municipio, una provincia, y a algunas instituciones centrales, vemos que hay poca cultura general. A lo mejor saben mucho de algo, pero no de lo que tienen que saber para orientarse y poder apropiarse de la cultura y los saberes. El conocimiento de la humanidad se duplica cada pocos días, y todavía queremos trabajar con el que tenemos, que se está volviendo obsoleto con una rapidez pasmosa. Como les digo a mis alumnos, mi primer doctorado debe ser ahora de cuarto grado de primaria, y el segundo, de quinto remedial, porque eso fue hace veinte, treinta años, y la ciencia, la humanidad, y hasta la historia, cambiaron porque los instrumentos de desarrollo de las tecnologías de la información y las comunicaciones han permitido descubrir nuevas realidades históricas. No se puede dirigir con incultura, y menos a una población que necesita desarrollarse, crecer. Creo que tenemos que ir a una campaña de formación de cultura general.

Hay cierta falta de interés por la lectura hasta de los documentos oficiales. Hay algunos que están normados y han sido divulgados hasta en la Mesa Redonda; y yo que visito algunas cooperativas y otros lugares en el campo, encuentro que no los conocen, o no en toda su magnitud; porque no ha habido una buena transferencia de la información y los conocimientos, pero también porque no hay hábito de lectura; lo cultural es de Facebook o de cualquier otra plataforma de Internet.

Hay que desarrollar políticas comunicacionales específicas que contribuyan a la credibilidad de los liderazgos y sus acciones. A veces creo que tenemos algunas muy ingenuas, y en este ámbito la comunicación es el instrumento fundamental, como lo es tener profesionales que sepan de ella, tanto política como científica. En la de política he investigado menos, pero creo que también hay un déficit. El mayor impacto de la comunicación se produce por lo extraverbal, y a veces lo perdemos por las imágenes, lo cual afecta el liderazgo. Eso tiene que ser parte de la cultura.

Estamos en un proceso de cambios profundos, en los últimos sesenta años. Sin embargo, se secuestra ese concepto, que es una noción revolucionaria, por quienes no aspiran a mejorar nuestra sociedad. Vi un debate en un programa de televisión, donde oí decir: «Cambio es una palabra revolucionaria». Los cambios los hacen los revolucionarios, no la palabra per se. La Revolución nuestra está en cambio permanente desde el 1 de enero de 1959. Lo he vivido, y he estado viéndolo, adaptándome, y tratando de coadyuvar a que avance, desde que tenía doce años.

Un obstáculo importante está en la pérdida de valores de muchos grupos sociales, reflejados en comportamientos y modales inapropiados, desinterés y deshonor. Esas para mí son barreras que tenemos para trasladar a las políticas la base cultural.

¿Revolución cultural en la política?
Foto: Pedro Pablo Chaviano/Revista Temas.

José Ernesto Nováez: En este tipo de proceso reflexivo, lo que se puede hacer es añadir elementos a un inventario que tiene múltiples aristas y complejidades.

Creo que a la pregunta de cuáles son los principales problemas que debe enfrentar un cambio cultural en la política, debe anteceder otra en el análisis: ¿es necesario ese cambio en la Cuba de hoy? Creo que lo es, sin dudas, porque estamos chocando con prácticas y formas de hacer agotadas, desfasadas, que acaban generando el efecto contrario del que se previó originalmente.

Pienso que el primer reto que hoy debe enfrentar un cambio cultural en la política es establecer sus límites. En un proyecto socialista, hay nociones y categorías centrales, y abandonarlas implica esencialmente abandonar el proyecto. Tenemos una experiencia muy aleccionadora en lo que ocurrió en la práctica política de la Unión Soviética. Hay líneas que un proyecto socialista —en la transformación de su cultura política, que es también la de su práctica— no puede cruzar, porque desde el momento mismo en que pierde de vista categorías centrales como imperialismo, lucha de clases, transformación de la sociedad, deja de ser revolucionario, y de tener capacidad de autoimpulsarse; las fuerzas conservadoras van ganando espacios e imponiendo su discurso ante las revolucionarias, que no solo están desarticuladas, sino profundamente confundidas. Es lo que pasó en la Unión Soviética. Entonces, sí necesitamos ese cambio, pero teniendo claros los límites de hacia dónde va, pues en ningún momento puede comprometer la esencia y los conceptos fundamentales del socialismo cubano, que son la soberanía y la justicia social, anhelos históricos que, desde 1868, han sacado a este pueblo a la calle y lo han lanzado a la manigua. Esos son los dos pilares fundamentales sobre los cuales hemos construido una serie mucho más compleja de conceptos y de sentidos, porque el socialismo, desde luego, es algo más complejo que eso; pero es el núcleo duro, el hueso central del proyecto cubano, que conecta toda la práctica histórica cubana, y es lo que no podemos comprometer bajo ningún concepto. Es el límite, la línea roja de la transformación.

En segundo lugar, creo que hay que superar el carácter espontáneo que tienen algunos sujetos políticos en relación con la política. Mucha gente la entiende en un sentido de lo inmediato, de la práctica, y cuando se trata de dirigentes, más aún. Tenemos muchos administradores, pero lamentablemente muy pocos dirigentes políticos conscientes de que se requiere más de ellos que de administradores. Hay que superar ese sentido pedestre, inmediato, de la práctica; su sentido chato, utilitario. Hay que empezar a pensar, diciéndolo filosóficamente, en el sentido de la praxis política como un nivel superior de la actividad transformadora del hombre, orientada a fines conscientes. En el caso del socialismo, orientada hacia la superación de la enajenación del ser humano, y garantizarle mayores y mejores niveles de vida; lo cual no quiere decir que tenga más zapatos en el closet, ni más comida en la nevera. Su emancipación y su verdadera dignificación es un proceso más grande que la cantidad de zapatos que cada quien tenga. Eso es muy importante.

Los soviéticos creyeron —y yo miro mucho la experiencia soviética— que llegar al comunismo era consumir lo mismo que los norteamericanos, y de estos ya decía José Martí, en «Amor de ciudad grande», que les falta dicha porque son una sociedad esquizofrénica, con altos niveles de violencia. El proyecto esencial de esa sociedad no es emancipador, es enajenante. Entonces, ¿cómo vamos a construir un proyecto político enajenante?

Claro que hay que superar condiciones de vida precarias, porque desde la precariedad cuesta mucho elevarse a una concepción más compleja de la política, la sociedad, la realidad. La dimensión económica es fundamental. Transformar la práctica política en Cuba pasa por lograr una funcionalidad económica básica que permita dignificarla y devolver determinado nivel de vida a la sociedad cubana, que se tuvo en un momento y se perdió.

Una máxima de Lenin, muy conocida, dice que sin teoría revolucionaria no hay práctica revolucionaria. El que no esté apertrechado intelectual e ideológicamente con las herramientas para abordar la realidad desde una perspectiva más compleja que la inmediatez, no va a transformar lo inmediato, siempre va a chocar contra el muro de lo cotidiano.

Tercero: creo que es imprescindible someter a críticas las tareas asumidas culturalmente por los sujetos políticos, las cuales tienen un reflejo en los discursos y en las prácticas. Acabamos de vivir, como sociedad, una prueba fehaciente de cuánto nos queda por avanzar en ese sentido. El Código de las Familias, que aprobamos, nos costó mucho: 36% de los que acudieron a votar no consideran legítimo darles derechos a sus conciudadanos. Eso es muy complejo, porque soy yo convirtiéndome en árbitro de los derechos de los demás sobre la base de mis prejuicios y preconceptos. Entonces, ¿cómo transformar la cultura y la práctica política sin someter a juicio estas taras, los machismos y la homofobia institucionales, que persisten a pesar de las medidas que ha tomado la Revolución? El problema es que ellas, como la conciencia pequeñoburguesa, son muy difíciles de arrancar. porque se refugian en los microespacios, y de ahí emergen con mucha fuerza cuando la sociedad y sus estructuras entran en crisis.

Cuarto: pienso que es fundamental, en el caso de los dirigentes, tener la cuestión moral y el ejemplo como dimensiones centrales. La primera gran transformación de la cultura política en la historia reciente de Cuba es la propia Revolución. Fue el acceso al poder de una generación de dirigentes que actuaban y pensaban la política de una forma que no tenía precedentes en nuestro país, América, y yo diría que un poco más allá. Tomemos un ejemplo paradigmático: el Che no se parece a ningún dirigente en la historia política de ningún continente, y por eso ha calado tan profundo en el imaginario colectivo, y representa tanto para los que creemos en un mundo mejor; porque él es expresión no solo del revolucionario dispuesto a arriesgar su vida por sacar adelante un proyecto político, sino que es la prueba de que, cuando esa revolución llega al poder, es capaz de mantener niveles de decoro, autoexigencia y práctica política que no la distancian sino, por el contrario, la acercan cada vez más al pueblo. Es uno de los retos históricos del socialismo; lo apuntaba Trotski desde su análisis en La revolución traicionada —no soy trotskista, pero tampoco anti Trotski—, donde anotaba los riesgos que comporta esa posición. Hay un texto, que compartió La Tiza, donde habla de los riesgos que puede tener que el nivel de vida de los dirigentes los diferencie del pueblo. En las condiciones del socialismo, ese riesgo es mayor.

Quinto: la burocracia y la práctica, y añadiría también la conciencia, porque hay personas que sin estar en posiciones burocráticas piensan como burócratas y así asumen la realidad.

Sexto: la producción espontánea de conciencia de formas y relaciones capitalistas. Démosles la vuelta que les demos, y entendamos las razones por las que lo estamos haciendo, subsisten relaciones capitalistas, y les estamos abriendo espacio en el desarrollo de las fuerzas productivas. Eso tiene una producción espontánea de conciencia. ¿Cómo estamos lidiando con ella y qué impactos está teniendo en la cultura política del país?

Y por último, sin agotar el tema, la normalización simbólica del status quo burgués, que se efectúa constantemente por las industrias culturales, y que lleva a que mucha gente vea el capitalismo defectuoso y en crisis que vive el mundo como normal, y a Cuba como el bicho raro, cuya única solución es acabar de aceptar el pluripartidismo, que no resuelve nada, y deja los problemas sociales intactos.

¿Revolución cultural en la política?
Foto: Pedro Pablo Chaviano/Revista Temas.

Armando Miralles Calvo: Considero que uno de los problemas raigales que limitan el efecto de la cultura en la política está relacionado con la situación económica del país, sobre todo como consecuencia del bloqueo. Fidel dijo en una ocasión que en una fortaleza sitiada toda disidencia es considerada traición, y ese estigma nos ha acompañado desde el triunfo de la Revolución; hemos sido atacados, difamados, tergiversados, de las más diversas formas; y eso tiene una influencia determinante.

En un país con una economía de carencias, bloqueo y limitaciones extraordinarias, el papel de la cultura pierde mucho terreno y posibilidades. Pienso que la visión de futuro que se plantea nuestra para el año 2030: un país próspero, sostenible, socialista, democrático, etc., está limitada por la situación económica.

Yo he imaginado una pirámide de la prosperidad: primero debe haber una planificación, después el dinero; luego, con ese dinero hacer inversiones, con esas inversiones lograr el desarrollo, y con ese desarrollo lograr la prosperidad. Es una meta por la que el país está luchando a brazo partido por alcanzar, pero cada día se hace más difícil —no podemos perder de vista esa perspectiva— y que limita considerablemente el papel de la cultura en la trasformación de la política.

Alina Herrera Fuentes: Voy a retomar el lugar desde el que estoy hablando, y pensar que los feminismos —sobre todo los de izquierda y los que emanan del Sur global, al que pertenecemos— han tratado de desenredar, desde la academia, pero también desde la praxis política y los movimientos sociales, los nudos de varios sistemas de dominación. Ahí me gustaría adentrarme para pensar, más que en problemas, en contradicciones en relación con Cuba. En estos nudos tenemos no solo el género, sino varios sistemas imbricados de dominación y discriminación como el clasismo, el colonialismo, el racismo. Esto desde la forma en que hacemos políticas y dónde terminan articuladas.

Las resistencias y contradicciones también se dan en estos ensamblajes, que muy pocas veces son comprendidos por quienes lideran, administran o dirigen. Es preciso entender que la sociedad cubana no es homogénea y que en ella también se reproducen sistemas de discriminación y exclusión; que no es unívoca sino plural, y que cada vez lo será más, a medida que crezcan las desigualdades como consecuencia de la crisis. Esto representa un desafío muy grande para un Estado socialista con voluntad de buscar y proyectar, en su manera de hacer política, la justicia social, como decía el rector del ISA.

Representa también un gran desafío entender que una política unívoca y homogénea, lamentablemente está excluyendo a sectores y grupos sociales marginalizados, que llamamos subalternos. Necesitamos una política plural, flexible y desde abajo, donde se encuentren las intenciones e intereses de las políticas del Estado con las necesidades y los intereses de quienes conformamos la sociedad cubana actual. Todavía la política cubana es vertical, concentrada, centralizada, lo cual necesariamente tendrá que ir cambiando a medida que la sociedad sea más plural.

Me gusta mucho acudir a pensadores socialistas como Ernesto Laclau y Chantal Mouffe; esta última, quien es feminista marxista, dice que la democracia radical —o sea, desde la raíz— es pluralismo con soberanía popular. En esta idea del pluralismo como articulación entran los diferentes sectores y una sociedad donde se respetan, se garantizan, y se atienden sus intereses, de acuerdo con sus desigualdades, con la misma prioridad. Hoy en Cuba tenemos sectores privilegiados y otros subalternizados y marginalizados, entre ellos las mujeres, y entre ellas las cada vez más empobrecidas.

La soberanía popular, entendida, como su nombre indica, como una noción donde el pueblo es el gran soberano, también tiene que ser concebida en términos anticolonialistas y antimperialistas; y sabemos lo que representa Estados Unidos para la política y la vida entera de la nación cubana.

¿Qué pasa en Cuba con los grupos y las organizaciones antirracistas, feministas, barriales? Hay organizaciones para niñas y niños discapacitados; existen, aun cuando no se reconozcan legalmente. ¿Qué pasa con ellas? Hay una fuerte contradicción operacional en que la Federación de Mujeres Cubanas cumpla dos roles —este es un ejemplo muy puntual—: como organización política, y social y de masas, registrada como ONG; y otra como mecanismo para el adelanto de las mujeres; una vía que tiene cada país que obliga a impulsar políticas a favor no solo de las mujeres, sino del género en general. Entonces, por una parte, la FMC representa a las mujeres de la sociedad cubana, y por la otra al Estado, ante esas mismas mujeres, y ante las organizaciones internacionales. En tiempos de cohesión social, como en las primeras décadas de la Revolución, este ensamblaje funcionaba; pero una vez llegada la crisis de los 90, como bien argumentó el querido Fernando Martínez Heredia en su ensayo En el horno de los noventa, se ha ido desintegrando y fracturando cada vez más. No hay una receta para solucionar estas contradicciones.

Otra de las cosas que dicen estos socialistas, feministas y marxistas es que las contradicciones entre sociedad y Estado siempre van a estar ahí, y lo que impera es que el Estado y sus articulaciones institucionales tengan la capacidad de metabolizarlos, reactualizarlos. Me gustó mucho lo que José Ernesto habló sobre los límites de esos cambios. Efectivamente, esa metabolización debe tener límites para nuestro proyecto socialista; pero hacerla, emprender ese camino, es perentorio. Son contradicciones que resolver. Esos socialistas siempre han dicho que los conflictos no son superables, sino metabolizables; siempre van a existir contradicciones, y las tenemos que asumir. Eso tiene que pertenecer a la cultura política y también a la jurídica del país —el derecho es político—, porque ambas se dan la mano, y se imbrican. Mientras más ejercicio haya sobre esto desde las bases hasta los liderazgos, más se van a aceitar estas fuerzas, desde arriba y desde abajo, y más se van a integrar y metabolizar las posibles contradicciones que se puedan presentar en la estructura misma de la institucionalidad y hasta en la cultura política de la nación.

Rafael Hernández: Estamos en el momento en que le toca hablar a los escuchan el panel. Les estamos ofreciendo el uso de la palabra.

Iramís Rosique: Pensar la cultura política como la de los que administran la política, no tiene sentido. Hablamos menos de cómo la Revolución cubana representó un cambio, no solo entre aquellos que cumplieron la función de vanguardia, sino en toda la cultura política de este país, que era uno de los más norteamericanizados del hemisferio, y donde los efectos de la Guerra Fría y el anticomunismo estaban en la mente de todo el mundo. Después del triunfo revolucionario, las grandes masas abrazan el imaginario socialista y una determinada manera de entender los derechos, la sociedad, la justicia, y de comprender que esta sociedad es distinta a las del resto de los países latinoamericanos.

En estos días publiqué un texto donde hablo de algo que llamo el suelo de dignificación. Se trata de que la gente ya no ve los beneficios obtenidos como algo que le hayan dado, como una bondad del Estado; por ejemplo, que todo el mundo haya sido alfabetizado, que tenga servicios de salud, pleno empleo, seguridad laboral, lo tiene integrado como algo absolutamente natural, y eso tiene que ver con un suelo de dignificación que ha significado la Revolución cubana.

En Cuba, lo que vamos a tener cada vez más son personas cuya vida ha transcurrido en el período de la Revolución, y por tanto, las cosas distintas y nuevas que esta trajo con respecto al capitalismo ya van a estar entronizadas en su ADN social, y no las van a vivir de manera consciente.

Así que ese suelo de dignificación, que tiene que ver con un cambio en la cultura política, a veces juega en contra de una determinada manera de legitimar. En ese sentido, coincido con José Ernesto, en que la defensa del socialismo en Cuba tiene que moverse hacia un cambio que apunte a una conquista de más justicia.

Elvira Edwards Vázquez: Estoy jubilada, pero aún formo parte del Consejo Científico del Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello, y de la directiva de la cátedra Nelson Mandela, y la de Complejidad, ambas del CIPS.

En relación con qué significado tiene una transformación cultural en la política, estoy de acuerdo con algunos de los criterios que se han planteado aquí; pero creo que hay que ver esa transformación desde la colocación de la subjetividad política en condición de cualidad de la cultura, tanto del poder como del ciudadano colectivo. Alina hablaba de los desajustes que existen a partir de las políticas en cuanto a cómo está posicionada la mujer cubana en el poder; ahí hay evidencias del desajuste entre aquellas condiciones.

También Alina hablaba de la representatividad de la FMC del poder, y cómo, al mismo tiempo, representa a las mujeres cubanas. Ahí también hay un desfase, que igual existe en otras esferas; y que enfatiza esa brecha entre la subjetividad política del ciudadano común, como expresión de la cultura, y la de los agentes de poder.

Veo limitado el protagonismo real del sujeto popular colectivo en el proyecto de país que se quiere construir. ¿Hasta qué punto es protagonista, precisamente en pensamiento y acción, de ese proyecto? ¿Hasta dónde hay una comunicación real entre ese ciudadano común que quiere un cambio —viéndolo en el centro del discurso— y la práctica a la que convoca el poder? Me parece que ese desfasaje es una brecha que se debe tener en cuenta.

Joel Suárez: La política y las transformaciones culturales son temas muy anchos, complejos, e indisolublemente conectados. No creo que sea intencional, pero en mi lectura algo anda muy mal en la política, y hay que producir una revolución cultural en la manera de hacerla, sus contenidos, lo que la sustenta en sus propósitos. Son procesos dinámicos, no en blanco y negro, y como los problemas que estamos afrontando son de tamaña magnitud, nos han traído la pregunta sobre ellos; pero también sobre cualquier planeación estratégica acerca de todos los ramos, en ese terreno.

Creo que se están dando cambios culturales profundos en la política cubana. Ahora bien, tales cambios culturales tienen un ritmo, un tiempo, y contra ello atentan condiciones que pasan por cosas tan nimias, pero tan relevantes, como la responsabilidad que tiene la escuela con el futuro sujeto político cubano. Yo he estado en tres protestas callejeras, y el sujeto que va allí no lo mandaron de los Estados Unidos; pasó la escuela, los procesos de escolarización que yo pasé; sus conductas, su manera de ser, su desinterés por la legalidad socialista —que después lo puede juzgar— son frutos y causas de un sistema que debe reproducirse culturalmente, y que tiene en la escuela problemas sustantivos.

Para mí, hay tantos problemas que uno se concentra en aquellos en los que puede influir o en los que le toca actuar. Hay dos fundamentales que precisan de un cambio cultural en la política: soberanía popular y justicia social. En medio de todas las dificultades, tenemos que buscar las fórmulas de poner sobre la mesa una agenda convincente y creíble para recuperar como centralidad el proyecto, lo que fue el suelo básico, porque lo que estaba reclamando esa gente en la calle, durante un apagón —quitando el payaso, y el que quiere aprovechar la situación y montarla en el carrito de la contrarrevolución, sino la negra de mi barrio, santera, con genes de cultura subalterna, y de larga genética de resistencia cultural— era justicia. ¿Que a ella, que tiene la misma o mucha menos edad que yo, le queremos pedir racionalidad ante cinco días de apagón? No la puede tener, porque ha sido deformada culturalmente, y en ese sentido tenemos que reconocer el deterioro de nuestro sistema de educación. Gramsci lo decía, ese es uno de los aparatos sustantivos para la conformación de la hegemonía, hasta por un problema de tiempo: mi hija se pasa ocho horas en la escuela. Para mí, es fundamental, recuperar la centralidad de la justicia social en el proyecto. Eso está indisolublemente ligado con la ampliación —pospuesta en todas las experiencias del socialismo histórico— de la soberanía popular. Aprovecho un dato de un cambio cultural: el discurso de Miguel Díaz-Canel, del 10 o 20 de septiembre, transmitido como veinte días después, es testimonio de un cambio cultural en la comprensión de la política del primer secretario, cuando recupera, de manera inédita en el discurso político cubano, el concepto de soberanía popular. Por lo menos, como decía Juan Valdés Paz, que en paz descanse, anotémoslo y llevémoslo en la mano, como la Constitución.

¿Y por qué digo que la justicia social y la soberanía popular están indisolublemente ligadas? Porque tenemos que buscar fórmulas que conecten a la gente no con el relato —eso lo tienen que hacer los educadores populares, los que forman—, sino con formas institucionales de participación y control popular; que empecemos a desmontar los procesos de extrañamiento, enajenación, de muchos conciudadanos humildes de este país, para los cuales el gobierno dejó de ser. Nos referimos a ellos, y a la soberanía popular conectada con la justicia, sobre todo en los mecanismos de diseño e implementación de políticas territoriales, que son las que tienen que ver con su gestión.

Hubo una innovación política reciente: por primera vez de una forma seria y sustantiva la discusión del presupuesto municipal fue a los Consejos Populares, y en algunos de ellos donde hay tradición de trabajo, invitaron a otros actores a discutirlo; volvió a la Asamblea y regresó. ¿Por qué no hicimos eso directamente con la población?

Para mí es importante, reconociendo que no tiene que ver con el tema, pero es un dato cultural, que la erosión del consenso en torno al proyecto necesita recolocar la Revolución como proyecto de justicia sobre la base de políticas públicas radicales, contextualizadas, diversificadas territorialmente, y socializar el poder. Es tarea pendiente, no de manera abstracta, sino haciendo uso de lo que ofrece la Constitución y la ley 132, y donde no exista una ley, hagamos decretos o inventemos. Acabemos de enfrentar la ley de participación y entreguémosle el control de los territorios a la ciudadanía. La gente demuestra una capacidad de actuación y de imaginería en casos de situaciones límites, como en el ciclón. Es increíble lo que se autogestiona socialmente. Toda esa energía que habita en nuestros barrios hay que ponerla en función de la gestión de gobierno local. Eso para mí es central.

Antonio Raudilio Martín: He oído muchas cosas aquí y estoy muy preocupado, y creo que la preocupación es colectiva. Alguien habló, creo que fue Silvio, de una subcultura. Eso es peligrosamente dañino para nuestra sociedad. Otro compañero habló de penetraciones culturales; otro del desconocimiento de instituciones del Estado. Todo eso forma un cuadro muy peligroso.

Tengo una anécdota en la panadería de Línea y 12, la más visitada de Cuba. Estoy en la cola de los viejos, una señora mayor se altera, increpa al administrador, y yo intervengo. Le reclamo a este que ha maltratado a la compañera, y me dijo: «Mire, ahora el pan dura hasta las siete de la noche, pero hace veinte días, a las tres de la tarde ya no había pan. Yo empecé aquí y tapé los filtros por los que se iba la harina, la manteca, pero tengo un problema serio: soy odiado por mucha gente. No tengo apoyo; los revendedores y coleros administran la cola, y son los que salen cargados de pan, y la gente me echa la culpa a mí, dice que estoy en contubernio con ellos». Eso es un problema. Estoy hablando del problema real de este momento.

El colega de la agricultura habló de cosas muy serias; también esa subcultura y el ejemplo que pone Joel de lo que pasó en la protesta del apagón. Repito lo que dije cuando estuve en otro Último Jueves como panelista, que el peligro para la Revolución cubana está en el dogmatismo y la burocracia; y creo que es un momento para decirlo con todo: el dogmatismo sigue.

Necesitamos una transformación del Poder Popular. No podemos seguir con esa estructura del delegado de tal cosa, porque es disfuncional.

Michel Torres Corona: Sobre la transformación cultural, Nováez apuntaba una cosa muy pertinente: transformación hacia dónde. En materia cultural sobre la política cubana, más allá del discurso y las categorías que se usen, es fundamental saber hacia dónde vamos. La Revolución sufrió una crisis de paradigmas y la sigue sufriendo, porque cuando era muy fácil saber a qué teníamos que parecernos, que era a la Unión Soviética, de repente eso se cae.

Se ha hablado de soberanía popular y de justicia social; yo también creo que son los dos pilares fundamentales del proyecto revolucionario cubano, no solo en el socialismo, sino en todas las luchas emancipatorias de Cuba; pero pienso que es igualmente importante, más allá de los pilares, ese destino, hacia dónde vamos, a qué nos queremos parecer.

Acerca de la soberanía popular, antes se habló de gratitud, la cual es una categoría enajenante en el discurso político, porque establece que el pueblo no forma parte del proyecto, sino que este lo asiste. Se le da gracias a un ente abstracto: a la Revolución. En el sentido común de la población está muy arraigado eso de “yo sé que la Revolución no nos va a abandonar”. ¿Y qué es la Revolución?, ¿un dirigente, el Estado? Hay que hacerla a todos los niveles. Está en el individuo también, en el criterio de responsabilidad, de asumir que uno es responsable de las cosas que hace, y de las que deja de hacer en la sociedad, incluso en esa transformación cultural de la política cubana. Quizás la única vía solución es entender que el paradigma tenemos que ser nosotros mismos, saber lo que tenemos que hacer y lo que tenemos que resolver.

Javier Gómez Sánchez: Quiero compartir algunas ideas sobre lo que se ha dicho. Una es, precisamente, sobre la pérdida de paradigmas o su debilidad. A veces se repite, cada vez más de forma mecánica, que la Revolución no dejará a nadie desamparado. Con mucha preocupación podemos ver que se vuelve una frase retórica más, porque en Cuba ya hay gente que se siente desamparada ante una realidad que cada vez resulta más incierta o más adversa, un Estado que cada vez es más débil, y un sector privado que no le interesa amparar a nadie. ¿Cómo va a ser este equilibrio de las tres formas de propiedad que aparecen en la Constitución, donde una se va debilitando? Somos un país que le es muy difícil encontrar los términos medios; vamos de un extremo a otro, y si bien en un momento exageramos la presencia de una forma de propiedad, luego vemos cómo hay zonas en las que esta va perdiendo capacidades. ¿Cuál será la Cuba del futuro? Esa pregunta tiene que estar en nuestra mente todo el tiempo.

Respecto a lo que se ha mencionado de las protestas, pienso que también hay determinada ingenuidad a partir del temor de hacerlo. A mí me chocó mucho que un dirigente, con determinada capacidad de comunicación, que no es mucha, porque tristemente el gobierno no acaba de acumular experiencia en ella, salió en el Noticiero diciendo que las protestas eran justas. No creo que sean justas, sino comprensibles. Es comprensible que la gente sin luz día tras día, que se le pudre la comida, que no tiene dinero para comprarla, que no sabe cómo va a resolver su vida cotidiana, se desespere. Ahora bien, no creo que se deba decir que es justo que salga a la calle. Hay una diferencia en entender una cosa y la otra, y en Cuba cinco días sin luz es demasiado. En un país latinoamericano que le pase un huracán, cinco días sin luz es nada, pero para nosotros es demasiado, simplemente porque el Estado acostumbró a la gente a una velocidad de reacción que ahora se puede sentir más lenta. Pero también hay un factor que no podemos perder de vista, que es cómo la contrarrevolución va instrumentalizando cada vez más la marginalidad.

El derecho a protestar, a manifestarse está en la Constitución, no le podemos coger miedo a eso que se puso ahí. Pero hay un abuso del término pacífico, y eso empieza a calar en la cultura de la gente; “pacíficamente” cierra una avenida o incendia un tanque de basura; así se va a la anarquía. Quisiera ver cómo un toque de cazuelas levanta un poste caído, como por arte de magia. En mi barrio la gente se puso en eso y lo que hizo fue atormentar más a los que ya estábamos atormentados por la falta de luz, igual que ellos. Los postes se levantaron porque vinieron, cuando pudieron, los trabajadores eléctricos. Aunque estuvo mal que en algunos barrios la protesta generó que dos horas después llegara la luz. Eso sí es injusto, porque esa gente debía haber tenido luz, no porque protestaran.

Hay muchos aspectos culturales que van calando ahí, términos que se van desvirtuando, y conceptos que se emplean a veces con ingenuidad, con temor.

Iramís Rosique: Ahora que se hablaba de la marginalidad, quiero hacer una observación que tiene que ver también con las culturas políticas. Cuando tenemos que explicar la participación de personas marginadas en las protestas del 11 de julio, o en los sucesos de agosto del 94, o las bastante localizadas después del reciente ciclón Ian, es muy fácil dar explicaciones como la falta de luz. Está claro que, en esta ocasión, al contrario de otros huracanes, hay cosas que atraviesan la protesta; si antes se nos echaba a perder la comida, por ejemplo, cuando el huracán de 2002, comprábamos de nuevo, era diferente. Hay otras mediaciones.

Con qué explicábamos, digamos, los sucesos de la embajada del Perú, los del Mariel, por qué en ellos había personas marginalizadas, que en esa época decíamos que eran no integradas, elementos antisociales, etc. Eran las explicaciones que nos dábamos. ¿Por qué esas personas, que no eran de la burguesía expropiada, sino pobres, negras, para las cuales se hizo una Revolución, “por los humildes y para los humildes”, sentían, a la altura de 1980, que no había un espacio para ellos?

Ese es un problema de cultura política, de cómo estamos socializados, de cómo la comunidad revolucionaria —que es entendida, en su evolución, como la buena sociedad— ve a los marginalizados, a los no integrados. Para ese problema aún no tenemos la respuesta, y menos todavía la teníamos en los 80, cuando la que dimos era bastante antropológica: ya esa gente no servía para la Revolución, ¡que se vayan! Ahora tendríamos que darle otra vuelta, pensándolo más allá del apagón, de la escasez; pensando por qué hay gente pobre que, sin embargo, no ha encontrado nunca su lugar en el socialismo cubano.

Rafael Hernández: La tercera pregunta a este panel es cómo resolver los problemas que se convierten en obstáculos para la transformación de la política, a través de la de la cultura de hacer política. Quisiera que los panelistas no olvidaran esa pregunta, además de la cantidad de diferentes visiones y de elementos de juicio que se han aportado aquí.

Alina Herrera Fuentes: Voy a empezar por la tercera pregunta y a terminar relacionando un poco los puntos que más me llamaron la atención de lo que plantearon los compañeros que hablaron desde el público.

Anteriormente preguntaba cómo es posible inducir cambios culturales, al menos desde mi posición, que es desde los feminismos antirracistas, antizquierda y demás. Hablaba del machismo, de la cultura patriarcal, y de que estos o la postura sexista no los reproducen solamente los hombres sino también las mujeres que ocupan o no cargos y puestos de dirección en el país. No hay una razón biológica que diga que, por naturaleza, esto es así; es una formación social, estructural y cultural; por eso decía que las cuotas no son suficientes y, a pesar de que Cuba tiene mayoría parlamentaria de mujeres, tampoco es suficiente esa representatividad. Es importante, pero no suficiente; tiene que existir con ello un desmontaje de estos patrones, y entender de qué van las políticas feministas desde la izquierda, y por qué debe haber un compromiso real con el tema de las desigualdades estructurales e interseccionales basadas en el género. Eso no se logra solo con tener 50% de mujeres en el parlamento, ni tampoco con formalismos legales. No todo lo resuelve una ley, o la Constitución. Me gustó mucho que Michel Torres dijera que la ciudadanía también tiene responsabilidades. Se habla mucho de los derechos, pero también hay deberes. Dentro de estos con la nación, con la patria, y también hay deberes en relación con las desigualdades que existen en nuestro país.

Tampoco mediante políticas focalizadas hacia la maternidad, por ejemplo, se van a lograr cambios culturales en la forma de hacer política, si no incluye una transversalidad de género, y la capacitación en ello de los dirigentes –hombres y mujeres– del país; no una capacitación de dos horas en un taller una vez al año, sino de formación, que implica conocer las razones que nos hacen desiguales, y también las demandas que se producen desde abajo; comprenderlas y solucionarlas; establecer la metabolización de esas contradicciones; reconocer esas desigualdades y a los sujetos impactados por ellas como ciudadanas y ciudadanos con capacidad creadora y transformadora. Uno de los compañeros del público decía que siempre se espera todo del Estado, pero también este, siempre y cuando reconozca esa capacidad de la base, se fortalece. Y vemos que el consenso y la cohesión social que mencionaban, se ha ido erosionando.

Todo esto implica a la política misma, y aquí voy a caer un poco en lo que comentaba Elvira, por la noción de lo estructural; y en lo que hablaba José Ernesto en su primera intervención desde el pensamiento marxista. La cultura depende de la base material de la sociedad y de quienes habitan en ella; y si hablamos de la sociedad cubana, Joel proponía políticas públicas radicales y diversificadas, y Elvira del desajuste entre la subjetividad del poder y la de la ciudadanía popular, y yo quisiera complementar todo esto. Estas aristas se entrecruzan en esa crisis de paradigma de la que hablaba Javier. ¿Cómo hacemos para llegar a nuestro propio paradigma desde nuestras propias políticas?

Aprovecho que está el compañero del MINAGRI, para recordar que hay grandes brechas en relación con las mujeres rurales cubanas, que representan 16% de los usufructuarios de tierras, 32% de los propietarios, y 20% de los miembros de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños. Son números preocupantes. ¿Qué vamos a hacer desde políticas reales, radicales, distributivas, que apunten a esos nuevos derechos y deberes que recoge la Constitución de 2019? ¿Se puede hacer cambios radicales? Creo que sí. Pero necesitamos saber, con estadísticas, hacia dónde vamos a girar la brújula. ¿Cuántas mujeres cubanas, por ejemplo, son propietarias de viviendas, usufructuarias, arrendatarias?

Sobre los apagones, las protestas y demás, hay una política desde 2014 para el desarrollo perspectivo de fuentes renovables y el uso eficiente de la energía hasta 2030. Se aspira que crezcan las fuentes de energía renovable en 36%, es decir, que seamos menos petrodependientes. Hasta ahora se han visto pocos resultados. ¿Qué tiene que ver esto con la mujer, y con la política? ¿Quiénes han participado en ella? ¿Dónde están las mujeres, que son quienes llevan sobre los hombros los apagones, la falta de agua, la elaboración de los alimentos? Hay un aumento de la feminización en los hogares, y con jefatura de mujeres.

Armando Miralles Calvo: Para transformar la realidad, lo primero es abrir las mentes de dirigentes y dirigidos a la cultura. Es muy importante darle cabida, siempre que se haga desde posiciones revolucionarias y que no vaya a favorecer a quienes intentan desaparecernos, exterminarnos. El presidente de la República está reuniéndose con todos los sectores de la sociedad, escuchando sus opiniones; eso forma parte de la cultura política, que es la de incrementar la democracia participativa, uno de los ejes de los elementos de la visión de la nación de cara al futuro.

Tenemos que resolver el problema de la economía. Las personas sin comida o con escasas condiciones de vida olvidan principios. Recuerden que el Período Especial de los 90 fue el detonante o la principal causa de la pérdida de valores en la sociedad cubana. Un estudio, que se hizo a raíz de esto, determinó nueve valores que debían recuperarse. Eso no se ha materializado. Se debe realizar un trabajo coherente, organizado, en aras de fortalecer esos valores.

Y estamos obligados, con mucha fuerza e inmediatez, a cambiar muchas cosas que hoy no están funcionando bien. Pienso que tenemos que abordar esto con mucha profundidad, y por eso un panel como este, que ojalá se hiciera en muchos ámbitos, es muy importante para determinar cuáles son los pasos que debemos dar para culturalizar la política.

José Ernesto Nováez: Esta es la pregunta de la bola de cristal, sobre todo porque es dar claves para algo difícil; si la respuesta fuera fácil, ya lo hubiéramos resuelto hace tiempo.

Lo primero es que el enfoque, a la hora de abordar este problema, debe ser social, porque solo desde lo social se comprende un proceso tan complejo como la transformación de la conciencia y la práctica políticas de una sociedad, en una época histórica determinada. Creo que la primera clave es entender el socialismo como un hecho de conciencia colectiva; y en tanto no se logre profundizar en su análisis, en la comprensión de los hechos, en la creación de una nueva cultura, incluso en su perspectiva, su proyecto para el país, no se logrará articular una transformación efectiva. Para eso es fundamental rescatar los espacios sociales y cooperativos; el ser que vive en sociedad y no se articula con ella, reproduce espontáneamente el individualismo, la conciencia individualista. Estamos rodeados por un sistema en el cual se potencia el aislamiento, la enajenación y la desconexión de los individuos, al punto de que ya no solo nos desconectan físicamente, sino que han virtualizado nuestra vida social y nos han metido en las mal llamadas redes sociales digitales, que en realidad son aparatos de desconexión práctica de los individuos en la vida real, aun cuando tenemos cinco mil amigos en Facebook y toda esta mentira.

El segundo elemento es el rescate de la participación del sujeto político, el cual no se siente parte activa del proceso. A veces entendemos la participación política como votar en las grandes consultas electorales, que son muy importantes, pero el caso es mucho más complejo. Ir a los barrios después del 11 de julio nos enseñó que no basta con la voluntad de ir y arreglar sus problemas; tenemos que sentarnos con los sujetos de cada localidad y ver cuáles son sus prioridades, que ellos sean los que definan lo que más falta les hace. Un gobernador, que viene de otra realidad, puede considerar que ahí lo más urgente de solucionar es la calle, pero para ellos es la bodega.

El sujeto político tiene que ser parte del proceso a todos los niveles, formar parte de los decisores, no de modo formal, sino real; que se sientan implicados verdaderamente en el proceso.

Es importante la comunicación directa y transparente entre los líderes políticos y el pueblo. Solo la verdad es revolucionaria. Comprendo que la realidad de un país asediado impone que no siempre se puede decir toda la verdad, pero hay verdades que se deben decir, y reconocer los errores que se cometen. Hay un pueblo al que se debe informar por qué se dice una cosa y a veces se acaba haciendo otra.

Desde mi micropráctica política, creo que he pasado una escuela que, por lo menos para mí como revolucionario, ha sido muy útil, porque llevo un año administrando la miseria; la opulencia la administra cualquiera, la miseria es el verdadero ejercicio que permite comprender por qué Mariátegui decía que el socialismo es creación heroica. Yo he comprobado que cuando a un colectivo, no necesariamente de sujetos políticos militantes, uno le va con la verdad y le explica honestamente por qué no hay transporte en la universidad, el porqué de las condiciones de la comida, y qué se está haciendo para mejorar, existe una comprensión. Hay que explicar y decir la verdad. El dirigente tiene que entender que es nalga, no jeringuilla, y que debe sentarse delante de los colectivos que dirige a que lo cuestionen y critiquen. Hay que enfrentarse a diálogos incómodos con la verdad, no con retórica, no con mentiras, porque eso lo único que hace es desacreditar.

Por último, es fundamental un proceso de educación teórica popular. Los manuales soviéticos no fueron muy eficientes, pero respondían a una necesidad. Si no se educa a un pueblo en una cultura política colectiva, y no se crea una base de consenso, es imposible hacer avanzar un proyecto social. Quizás uno de los mejores ejemplos, hasta donde yo conozco, de educación teórica popular, es lo que hizo Fidel Castro hasta el último día de su vida política. Reunía a millones de cubanos, y durante largas horas les explicaba, del pi al pa, todas las razones, las consecuencias de los hechos, partiendo del criterio de que el pueblo tiene la capacidad y la necesidad de entender procesos políticos complejos. Hay que leer sus discursos, son clases de teoría política. Creo que eso es parte de un sustrato político de la Revolución, sobre el que tenemos que seguir profundizando.

Silvio Calves: Quiero destacar dos cuestiones: hay una contradicción en los ritmos y ejecución de la cultura y las políticas. La cultura surge de lo profundo de la sociedad, del país, de los grupos de buenas personas, y de los grupos marginales, y de bandidos, y de cárceles, y de todo. Se va armando con todo eso.

Las políticas se hacen desde arriba, no vienen creciendo desde abajo, enriqueciéndose con los que están de acuerdo y los que están en contra, pero se hacen para todos. Necesitamos cuadros y directivos preparados adecuadamente, con una mayor cultura, y que sean capaces de lograr que sus organizaciones aprendan constantemente y creen valor público, que se define como lo que ha de crear un funcionario de gobierno, a cualquier nivel, que satisfaga los intereses y gustos de la población. No tenemos preparado a nadie que esté en la administración pública, que tenga conciencia de que debe generar valor público.

Claro que hay problemas económicos y existe el bloqueo, pero podemos hacer muchas más cosas sin que nos quiten el bloqueo; lo hemos hecho durante sesenta años, y no tenemos que esperar a que venga ningún míster Marshall. Hay que trabajar duro para eso.

Quiero asociarme a la idea de la falta de cultura política. Quitamos el marxismo de la enseñanza; lo enseñábamos con manuales y mamotretos, y lo quitamos. Hay que retomarlo con inteligencia y creatividad. No pueden volver los teques que se daban.

Rafael Hernández: Tenemos que terminar aquí. Claro que queda mucha tela por donde cortar en relación con este tema. Hay muchas frases significativas que se han ido vertiendo aquí que marcan criterios diferentes; ese es el propósito de una sesión de Último Jueves.

Les agradezco mucho a todos los que han venido; siempre trato de invitar a personas que piensan diferente, tanto en el panel como en el público. Y el espectro de pensamientos diferentes que hemos escuchado, a nosotros, por lo menos para los fines de un ejercicio como este, donde se pueden escuchar cosas bastantes más fuertes que la nalga y la jeringuilla, ha sido muy útil, principalmente desde el punto de vista cultural. Muchísimas gracias a Alina; a Armando Millares, que ha vencido el miedo que yo tendría, si fuera él, de venir a sentarse en un panel como este, desde el Ministerio de la Agricultura y dar criterios interesantes, provocativos y analíticos; a José Ernesto, que está por primera vez con nosotros. Con él tuve una larga conversación no hace mucho acerca de su visión sobre el espectro de la izquierda cubana; aquí hay parte sustancial del espectro de esa izquierda y de la riqueza de ese pensamiento. Y por último, a Silvio Calves, que es un maestro en el arte no solo de enseñar a dirigir, sino en sintetizar ideas fundamentales. Muchísimas gracias a todos.

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