miércoles, 11-02-2026
La pandemia del COVID-19 suscita reflexión, estudios, debates, y grandes controversias. Por un lado, los científicos de la Biología, la Medicina, Virología, y la Epidemiología buscan respuestas sobre el virus y cómo conocer y contrarrestar su potencial de infestación, patógeno, y pandémico; por otro lado, se consideran las políticas de los gobiernos, y la respuesta de los ciudadanos ante tal emergencia sanitaria. El artículo explora las cuestiones filosóficas implicadas; algunas de índole ontológica y epistemológica que atañen a si los virus deben ser considerados partículas o seres vivos; y otras, a la ética de las políticas que estipulan los países y gobiernos en su respuesta a la circunstancia. Apelando a un número de filósofos contemporáneos, llama la atención a las limitaciones y consecuencias del reduccionismo filosófico, tanto en ciencia como en política ante la pandemia.
José Martí vivió en tiempos de transformaciones tecnológicas espectaculares, en tiempos de grandes avances científicos, los cuales siguió de cerca y buscó la manera de dar a conocer en «nuestra América». Desde su posición ética, comprendió la importancia de tales adelantos, pero estos debían ser puestos en función del bien de la humanidad. La ciencia y su desarrollo no podían ser coto de privilegiados, sino estar al servicio del ser humano.
El artículo es una reflexión sobre la evolución de la inteligencia artificial (IA) desde los años 70, a partir de las representaciones de robots en la ciencia ficción y su falta de autoconciencia. Las «Tres leyes de la robótica» de Asimov y sus implicaciones éticas son base de las narrativas de ciencia ficción hasta la actualidad. Las IA actuales, como ChatGPT y Midjourney, carecen de autoconciencia, pero han avanzado en la generación de contenido. Existe la posibilidad de que, en el futuro, la IA desarrolle un gusto propio y se convierta en un aliado de la humanidad.
La Revolución es un acontecimiento que desata la sospecha colectiva en el conjunto de la sociedad. ¿Son los revolucionarios sinceros en su voluntad de transformar la vida del pueblo? ¿Es desinteresado el sacrificio realizado? ¿Cómo confiar en la Revolución y en sus revolucionarios? Para entender la forma en que la discursividad fundacional de Fidel Castro asume esta sospecha es necesario analizar sus discursos de enero de 1959. A partir de estos es posible encontrar un conjunto de principios morales que Fidel propone como respuesta necesaria a la sospecha histórica del pueblo cubano. Esta ética no era abstracta, sino un código práctico destinado a los revolucionarios, estructurado en tres pilares: el sacrificio (renuncia al beneficio personal, deuda con los caídos), la humildad (atribución de la victoria al pueblo, condena de la vanagloria) y la lealtad (servicio absoluto y fe inquebrantable en el pueblo). El ensayo argumenta que, para Fidel, la credibilidad y la verdad de la Revolución no dependían de un programa político previo, sino de la encarnación verificable de esta nueva moral por parte de sus actores. La sospecha popular, por tanto, era el campo de prueba donde esta ética debía demostrarse y renovarse constantemente.
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