viernes, 19-06-2026
El blog de la revista Temas
CATALEJO
Temas ha invitado a un grupo de académicos y expertos en historia y política de los Estados Unidos y de Cuba a analizar el mensaje del Secretario de Estado Marco Rubio dirigido al pueblo de la Isla el 20 de mayo pasado.
Publicaremos en lo adelante los textos que hemos ido recibiendo, con el propósito de esclarecer las referencias utilizadas, la naturaleza de los argumentos, el significado y objetivo de este mensaje.
El 20 de mayo de 2026, mientras el secretario de Estado Marco Rubio pronunciaba, en ocasión del aniversario de la República cubana, un discurso sobre libertad, corrupción y el sufrimiento del pueblo de Cuba, una firma estadunidense vinculada a un exfuncionario de Trump negociaba su entrada en los yacimientos de níquel y cobalto de Moa, en el oriente cubano.
Las dos noticias se leen juntas porque se explican mutuamente: la gramática de la intervención sobre Cuba habla de protección mientras hace negocios, denuncia elites mientras defiende las propias, y se anuncia —y se desmiente— en la misma frase. Es un proceso con historia.
En 1898 las tropas estadunidenses desembarcaron por la playa de Daiquirí, en Santiago de Cuba, al sureste de la isla —entre ellos, soldados afroamericanos que creían en la libertad de Cuba. Tres años después, en 1901, un sindicato encabezado por el presidente de la United Fruit Company, Andrew W. Preston, compró 1.900.000 acres —cerca de 769.000 hectáreas— en la bahía de Nipe, a un costo total de $400.000: poco más de medio dólar por hectárea.[1]
La compra de tierras agrícolas a precio de ocupación derivó en dominio azucarero e industrial sobre toda la franja oriental de la isla. A la par, las compañías mineras consolidaron su control sobre el hierro, el cobre y el manganeso de Oriente. La palabra imperialismo no la inventó un manual: se usaba desde ese mismo año, porque describía algo que ocurría ante la vista de todos.
En 1912, también por Daiquirí, volvieron a desembarcar, ante una rebelión que amenazaba con incendiar la zona. El gobierno de José Miguel Gómez —nacido de una segunda ocupación estadunidense que había rediseñado el sistema político cubano para evitar “convulsiones”— ordenó la masacre de Estado más grande de la historia nacional: entre tres y seis mil muertos, sobre todo en los montes de Oriente, casi todos negros, casi todos del Partido Independiente de Color (PIC), mientras el ejército rendía informe diario al Departamento de Estado sobre los progresos de la represión.
Lo que vino después siguió la misma lógica: en 1933 Antonio Guiteras advirtió que el “fantasma de la intervención” era invocado por todo aquel que pretendiera impedir cualquier cambio a favor del pueblo cubano; en 1940 la Constitución prohibió los pactos que menoscabaran la soberanía nacional; en 1961 y 1962, en Girón y en octubre, frente a una potencia sin proporción, un número masivo de cubanos y cubanas permaneció de pie.
Ese rechazo —a la realidad de la intervención, a su amenaza, a la mera percepción de su amenaza— ha sido el núcleo más hondo del nacionalismo cubano. No fue, no es, una mera lealtad al gobierno de turno.
El nacionalismo ha sido la ideología más poderosa y más duradera de la historia cubana. Se ha cruzado por bastante tiempo con otras —el republicanismo, el capitalismo social, el socialismo—, pero ha estado siempre ahí, marcando con su peso cualquier otra versión ideológica. La noticia de su muerte hoy, ante la catastrófica situación cubana, acaso sea, como diría Mark Twain, una “noticia muy apresurada”.
En el verano de 1912 Cuba llevaba diez años de República y conocía bien la realidad de ser vigilada. La Enmienda Platt —incrustada en su propia Constitución— había convertido el derecho de intervenir en cláusula permanente: Washington podía desembarcar para “la conservación de la independencia cubana” y “la protección de la vida, la propiedad y la libertad individual”.[2]
Justo el 20 de mayo de 1912 —la fecha no fue casual— se alzó en armas, en Oriente, el PIC: el primer partido mayoritario de negros de la historia de Cuba. Se había alzado contra la Enmienda Morúa, que prohibía los partidos formados por ciudadanos de una “sola raza”, y contra la exclusión sociorracial de la República.
Sus dirigentes le habían dicho al presidente Gómez, por escrito, que la ley Morúa era inconstitucional, porque en Cuba no podían existir “otras clases de ciudadanos que pudieran no ser cubanos”.[3] Pedían su derogación y exigían inclusión. El Estado respondió con una etiqueta —“guerra de razas”— y con una campaña militar dirigida en persona por el jefe del Ejército, el general José de Jesús Monteagudo.
A los cinco días del alzamiento, Washington entró en escena. El ministro de Estados Unidos en Cuba, Arthur Beaupré, comunicó al canciller Manuel Sanguily que su gobierno enviaría un cañonero a la bahía de Nipe y concentraría una fuerza naval en Cayo Hueso; y que, “en caso de que el Gobierno cubano no pueda o deje de proteger las vidas y haciendas de los ciudadanos americanos”, desembarcaría tropas en Cuba. Su nota terminaba con esta frase: “Mi Gobierno añade explícitamente que esto no debe considerarse como intervención”.[4]
“Vidas y haciendas”. Esas dos palabras eran la fórmula al completo. No hacía falta invocar la Enmienda Platt ni mover un ejército: bastaba con declarar en peligro la propiedad de un ciudadano norteamericano para que la flota tuviera permiso de acercarse. La amenaza de intervención no era, en rigor, un desembarco. Era una gramática.
Sanguily redactó, y Gómez firmó, un cablegrama al presidente Taft en el que rechazaban la injerencia, y se explicaban: en apenas dos días el gobierno había enviado más de tres mil soldados a Oriente y contaba con fuerzas suficientes para aplastar el movimiento sin ayuda exterior. No fue suficiente. Taft respondió que los navíos concentrados en Cayo Hueso eran “precautorios” y no entrañaban propósitos “intervencionistas”. No obstante, desembarcaron.
El Ejército cubano hizo entonces tres cosas a la vez: custodió propiedades extranjeras con sus propios soldados —cuarenta y siete guardias en Firmeza, dieciocho en Siboney, quince en Ocaña, según se quejaba la Juragua Iron Company, que encontraba escaso ese número—[5]; se retiró de cada propiedad que las fuerzas estadunidenses ocupaban, levantando acta de que la dejaba intacta; y se negó a ceder el mando de campaña.
Era una coreografía de soberanía: cada acta cubana de protección de propiedad extranjera era, a la vez, una rendición y una protesta. El cronista Rafael Conte, muy lejos de ser partidario del PIC, lo anotó: aquello ocurría en un país “sólo independiente y soberano á medias”, cuyos tutores no guardan “esos miramientos que sólo se guardan entre sí los estados que mutuamente se temen y respetan”.[6]
Mientras el Ejército cubano levantaba esas actas, aplastaba a los alzados del PIC. Las dos operaciones no eran independientes. Para alejar al tutor, el gobierno necesitaba demostrar dos cosas: que sabía cuidar la hacienda del extranjero y que sabía exterminar a sus propios ciudadanos contestatarios.
La soberanía cubana se defendía hacia afuera y se negaba hacia adentro, precisamente para poder defenderla afuera, por los detentadores de la sociedad dominante cubana, y conservar así su poder nacional.
La elección de Daiquirí no fue un azar geográfico ni en 1898 ni en 1912. La Spanish-American Iron Company tenía instaladas allí sus facilidades de embarque: muelles, vías férreas desde las minas hasta el mar, depósitos de mineral con destino a Baltimore y Filadelfia. La playa de Daiquirí era, antes que un escenario de guerra, un puerto de exportación.
Lo que Monteagudo —y su jefe de estado mayor, José Francisco Martí Zayas Bazán, conocido como el “Ismaelillo”, hijo del Apóstol de Cuba— custodiaba en los montes de Oriente no era la propiedad de unos inversores muy ansiosos ante la “rebelión negra”: era la columna vertebral de la industria pesada estadunidense.
Sus empresas mineras tenían control exclusivo del hierro de Oriente más de una década antes de que comenzara la guerra de 1895, cuando Cuba era aún española. Esas compañías habían despachado casi cinco millones de toneladas de mineral hacia los Estados Unidos. Entre 1892 y 1922, Cuba fue el principal proveedor extranjero de hierro de ese país —en algunos años aportando más del ochenta por ciento de todo el hierro que importaba—.[7]
La Juragua Iron Company, la Spanish-American, la Ponupo Manganese —los mismos nombres que aparecen en los telegramas de Monteagudo pidiendo guardias, solicitando que se reemplazaran empleados negros por blancos, negociando con el cónsul alemán el depósito de rifles— eran subsidiarias de Pennsylvania Steel y Bethlehem Steel: las empresas que fabricaban los rieles y el acero estructural del imperio industrial norteamericano. Era uno de los primeros capítulos del capitalismo monopolista estadunidense en América Latina, el laboratorio donde se ensayó la forma de relación político-económica definitoria del siglo XX.
El mineral del oriente cubano contenía proporciones de níquel y cromo que lo hacían excepcionalmente apto para la producción de acero de alta resistencia. Eran las mismas formaciones geológicas —lateritas ricas en níquel, cobalto y cromo— que hoy, bajo el nombre de “minerales críticos”, aparecen en la lista oficial del Servicio Geológico de los Estados Unidos como materiales estratégicos indispensables para la industria energética, la fabricación de baterías y los sistemas de defensa.
El Pentágono ha destinado cerca de mil millones de dólares a constituir reservas de cobalto y materiales afines. En 2025 se convirtió en el mayor accionista individual del único productor integrado de tierras raras en territorio estadunidense, para asegurar suministro doméstico para sistemas militares (aviones F-35, drones, submarinos) y tecnologías energéticas. El cobalto y el níquel de Moa son considerados una de las pocas fuentes de esos minerales en el hemisferio occidental no controladas por China ni dependientes de la República Democrática del Congo.
El 20 de mayo de 2026 —114 años después del alzamiento del PIC— Gillon Capital, firma tejana de Ray Washburne, experto financiero del primer gobierno de Trump y ex presidente de la Overseas Private Investment Corporation, firmaba un acuerdo preliminar para adquirir el 55 por ciento de Sherritt International, la minera canadiense que opera en Moa desde los años noventa, en la misma zona donde la Spanish-American Iron Company extraía hierro cuando Monteagudo custodiaba sus instalaciones con soldados cubanos y exterminaba negros del PIC.
El Departamento de Estado y el Departamento del Tesoro confirmaron que “no se oponen” a estas negociaciones. La operación se presenta, en el lenguaje de los comunicados financieros, como una “oportunidad de preservación de valor”. En su lenguaje más antiguo, es una fórmula repetida.
1912 dejó no solo el aviso del desembarco. Fue el reconocimiento de lo que la amenaza hace incluso cuando no llega a cumplirse: trabaja por dentro, empuja a los gobiernos a probar su soberanía por los medios más intratables, y cobra su precio sobre los cuerpos más vulnerables.
En 1912, ese precio lo pagaron casi íntegramente los cubanos negros del PIC. Recordarlo no es erudición de historiador. Es la única forma de que la frase que se anuncia y se desmiente —“esto no debe considerarse como intervención”— no vuelva a escribirse, esta vez, sobre Cuba.
[1]Philip S. Foner, The Spanish-Cuban-American War and the Birth of American Imperialism, 1895–1902, vol. II: 1898–1902, New York, Monthly Review Press, 1972, p. 478.
[2]Luis Machado y Ortega, La enmienda Platt: estudio de su alcance e interpretación y doctrina sobre su aplicación, La Habana, Imprenta “El Siglo XX”, 1922, p. 88 y ss.
[3]Exposición del Partido Independiente de Color al presidente José Miguel Gómez, acerca de la enmienda al artículo 17 de la Ley Electoral, [s/f]. Archivo Nacional de Cuba (ANC), Fondo Secretaría de la Presidencia, caja 95, signatura 54.
[4]Citado en: Rolando Rodríguez García, La conspiración de los iguales: la protesta de los Independientes de Color en 1912, La Habana, Imagen Contemporánea, 2010, p. 206. Ver también Diario de la Marina, El movimiento racista, 15 de junio de 1912.
[5]Las cifras de guardias por instalación provienen de la correspondencia entre la Juragua Iron Company, y otras compañías, de un lado, y las autoridades militares cubanas, del otro. Junio–julio de 1912. ANC, Fondo Ejército. Independientes de Color.
[6]Rafael Conte y José M. Capmany, Guerra de razas (negros contra blancos en Cuba), La Habana, Imprenta Militar de Antonio Pérez, 1912, p. 32. Disponible en: Project Gutenberg, EBook #37747. Julio César Guanche es autor del estudio crítico introductorio de la edición de 2022 (ISBN 9789493156166).
[7]Ver Pérez, L. (1982). “Iron mining and socio-demographic change in Eastern Cuba, 1884–1940”. Journal of Latin American Studies, 14(2), 381–405. Cambridge University Press. https://www.jstor.org/stable/156462; y Fe Iglesias, (1975). “La explotación del hierro en el sur de Oriente y la Spanish-American Iron Company”. Santiago, 17(marzo), 59–106.
Nuevo dossier de Temas a propósito del reciente mensaje de Marco Rubio
Temas ha invitado a un grupo de académicos y expertos en historia y política de EEUU y de Cuba a analizar el mensaje del Secretario de Estado Marco Rubio dirigido al pueblo de la isla el 20 de mayo pasado.
La Habana, 25 de mayo de 2026
Sr. Marco Rubio
Secretario de Estado
EEUU
Sr. Rubio:
Soy una socióloga y profesora universitaria quien, junto a otros académicos cubanos, estudio las vías de transformación anticapitalista por las que Cuba optó desde 1959 para transitar a un socialismo cubano, mientras las compruebo en carne propia.
Hallé falsedades en su “Mensaje al pueblo cubano en ocasión del día de la independencia”, que deseo comunicarle.
El 20 de mayo de 1902 la bandera cubana no ondeó por primera vez sobre una Cuba independiente, porque Estados Unidos continuó controlándola hasta 1959.
Agregó que explicará a quienes permanecemos en Cuba las verdaderas causas de las “dificultades inimaginables” que experimentamos.
Estas desgracias que sufrimos día a día desde enero de este año, multiplicaron como nunca antes las que sufrimos durante años. Le menciono, Sr. Rubio, sólo algunas que han convertido las vidas en infiernos. Los apagones largos e impredecibles provocan que la comida encarecida la cocinemos “al día”, porque los refrigeradores no permiten conservarla o están rotos. Los escolares asisten a sus clases cansados porque no durmieron. El agua llega a los hogares con dificultad. Las “fiestas de quince”, que las familias preparan desde que nacen las niñas, se posponen indefinidamente. Los celulares no se pueden cargar, impidiendo que la población se comunique o no pueda acceder a sus sitios preferidos de internet. El acceso a los servicios de salud se alteró, porque sólo se mantienen abiertas las emergencias y las consultas en policlínicos y hospitales. Las únicas cirugías que se realizan son las menores. Transportarse es un lujo, ya sea para acudir a trabajar, a una consulta médica o a un centro de estudios. Las visitas a familiares y a amigos sólo las hacemos si podemos llegar caminando. Ni hablar de ir a las actividades culturales. Los viajes al exterior para visitar familiares y/o para que estos vengan a Cuba no existen para este verano. Tampoco los nietos pueden venir a Cuba a pasar sus vacaciones.
Usted culpa a Gaesa de estas desgracias, con lo que simplifica la madeja de causas internas y externas que las crearon en los últimos treinta años. Es una funesta práctica para un diplomático que está obligado a conocer las esencias de los acontecimientos en los países con quienes desea colaborar o destruir, como es, en esta segunda opción, el caso cubano. Solicite a la Agencia central de inteligencia (CIA) sus análisis sobre las causas de las crisis cubanas desde 1991 hasta hoy, con énfasis en las que se endurecieron desde enero de este año. No creo que achaquen a Gaesa todas las desgracias, como usted lo hace. Yo sólo accedí al Studies in Intelligence/ Vol. 68, No. 2/ (June 2024), donde no encontré nada sobre mi país.
Las verdaderas razones externas de la crisis de hoy comenzaron en 1960, antes que entrara en vigor el bloqueo en 1962. Sólo lo suavizaron un poco en 2015 y 2016, cuando la economía cubana respiró. En junio de 2017 la primera administración del Presidente Trump anunció una nueva arremetida contra mi país, que comenzó oficialmente en septiembre de 2019. Desde entonces hasta diciembre de 2025, las casi 250 medidas contra Cuba se mantuvieron intactas. Entre el 29 de enero de este año hasta hoy, su gobierno nos impuso un bloqueo energético total, mientras que el 1 de mayo amenazó a quienes desde terceros países mantuvieran contactos económicos con Cuba, que les confiscaría sus cuentas bancarias en EEUU. Llevamos casi cinco meses esperando una agresión armada del estilo de la de Venezuela, escuchando que somos un estado fallido, que somos incapaces de cambiar, que practicamos el terrorismo. Hace pocos días culparon a Raúl Castro por derribar dos avionetas en febrero de 1996, por lo que le pronostican que correrá la misma suerte del secuestrado Presidente Maduro.
Usted, Sr. Rubio, ha sido el arquitecto más relevante de estas campañas, por lo que su Mensaje del 22 de mayo suena a hipocresía.
Deje que los cubanos sigamos transformando lo que no funciona internamente, incluidos los análisis sobre Gaesa, además de las corrupciones, las desigualdades, la pobreza y muchísimos más. Cuba cuenta con un capital de profesionales que constantemente identifican los problemas y ofrecen soluciones. Es cierto que no siempre nos escuchan, pero la situación interna se agravó tanto desde inicios de este año, que urge contar con nuestra sabiduría.
Cuba nunca recibió petróleo gratis de Venezuela. Existió desde inicios de este siglo una colaboración en la que mi país enviaba profesionales de la salud, de la educación y del deporte, a cambio de petróleo. El único crudo por el que no pagamos fue el del barco “Anatoly Kolodkin”, que envió el gobierno ruso como ayuda humanitaria. Sirvió para que el país se iluminara durante ocho días.
Declara que su Presidente Trump “ofrece una nueva relación entre Estados Unidos y Cuba”, directamente con el pueblo, no con Gaesa. Comenzaría por enviar cien millones de dólares en alimentos y medicinas que distribuirían la Iglesia católica u otro grupo caritativo de confianza. A continuación derrama un torrente de mentiras.
Esta Revolución que, para usted, no existe, nunca practicó caridades, sino que nos enseñó a todos “a pescar”, como suele identificarse popularmente el desarrollo. A fines de los 1950 yo recogí dinero en alcancías para las Ligas contra el cáncer y la ceguera. Seguramente lo recaudado no sirvió para que quienes no tenían acceso a la salud, solucionaran esas enfermedades. Doy fe, por experiencia propia, que aquí existen programas de salud que detectan esas dolencias y las atienden gratuitamente. Ante las carencias que provocó el bloqueo energético del 29 de enero, el estado priorizó las atenciones, incluso las quirúrgicas, del cáncer.
Sin embargo, la sobrevivencia de niños con cáncer descendió de 85% a 65%. Hay 16 mil pacientes que requieren radioterapia, que viven con miedo a no poder cumplir su tratamiento por las carencias energéticas.
El Sr. Trump afirma que los cubanos ansiamos vivir en nuestro país como viven nuestros familiares en EEUU. Es cierto que el “sueño americano” nos cala porque almacenamos mucho de la cultura de su país. A la par conocemos las angustias de quienes emigraron a EEUU en años recientes, ante el peligro de ser deportados. Hay cubanos que abrieron pequeños negocios privados aquí con éxito, y marcharon a Estado Unidos para ampliar sus victorias empresariales. Alertan a los de aquí que “aquello no es como pensaban”, porque trabajan hasta en tres lugares.
Su Presidente afirma que los cubanos triunfan en “TODAS las industrias, en todos los países, excepto uno: Cuba”.
En los últimos cinco meses de bloqueo energético, los cubanos viviendo en la Isla continúen destacándose internacionalmente.
La Dra. Teresita Rodríguez, del Centro de inmunología molecular, explicó en el documental “El sueño de Teresita” (“Teresita´s Dream”) de Belly of the Beast, cómo creó junto a su equipo el Neuro Epo para aliviar el progreso del Alzheimer, medicamento que, una vez certificado, está al alcance de los cubanos. Reveló que pacientes de EEUU vinieron a La Habana para someterse a este medicamento con resultados satisfactorios.
Le facilito el enlace de este testimonio
Al campeonato de lucha celebrado en Coralville, Iowa, a mediados de mayo, Cuba llevó diez gladiadores de los treinta posibles; no pudo llevar a más por limitaciones económicas. Tres fueron muchachas. De los diez, nueve obtuvieron medallas: cinco de oro, dos de plata y dos de bronce. Sólo una de las jóvenes quedó sin galardones.
Hablando de cultura, a inicios de mayo el documental “Mi sueño dorado”, que el realizador español Christian Dehugo dedicó a la compañía Lizst Alfonso Dance Cuba, clausuró el Havana Film Festival de New York. En 2016, la compañía recibió el International Spotlight Award en la Casa Blanca, entregado por la primera dama Michelle Obama, un galardón que subrayó su papel como embajadora cultural de Cuba en el mundo. [i]
En su propuesta para crear una Nueva Cuba, el Presidente Trump, promete a los cubanos que serán dueños “de una gasolinera o de una tienda de ropa, o de un restaurante”. Sr. Rubio, hace años que los restaurantes (que bautizamos de “paladares”, inspirados por una telenovela brasileña de hace 30 años), las cafeterías, las tiendas de ropa, calzado y alimentos, son negocios privados. Hace tres meses el gobierno autorizó a los propietarios privados importar gasolina para sus negocios, con la condición de que la dispensarían en las estaciones de servicio estatales
Las cubanas y los cubanos creamos nuestras propias plataformas de información, ventas y de entretenimiento en las redes sociales, usando YouTube, X, Wassap y Google, además de las cubanas. Busque Revolico y quizás encuentre algo que le interese adquirir.
Usted, Sr. Rubio, es uno de los principales culpables que estemos al borde de una crisis humanitaria, no sólo por sus funciones como Secretario de Estado desde 2025, sino por las medidas que promovió durante años, que impiden convertir en realidades los proyectos e la Revolución.
Por tanto, me despido de usted con desprecio,
Marta Núñez Sarmiento
[i] https://oncubanews.com/cultura/danza/mi-sueno-cubano-clausura-el-havana-film-festival-new-york-con-un-homenaje-a-lizt-alfonso-y-su-compania/
Las declaraciones realizadas el pasado 20 de mayo por el Secretario de Estado estadounidense Marco Rubio, más la decisión del denominado Departamento de Justicia de presentar cargos contra el ex presidente cubano Raúl Castro Ruz, fueron apenas dos de las “noticias” que durante las últimas jornadas contribuyeron a conformar un expediente sobre Cuba, que eventualmente se tomaría como pretexto para lanzar acciones militares contra la Isla.
La mencionada acción “legal” se anunció a pocas horas de que el jefe de la Agencia Central de Inteligencia visitara La Habana, de que se divulgaran varias versiones sobre la oferta de una supuesta ayuda humanitaria estadounidense y en paralelo a nuevas sanciones anunciadas contra altos cargos de instituciones cubanas.
La diversidad de temas tratados públicamente para demonizar a Cuba indicaría, entre otros síntomas, que el gobierno estadounidense, o personeros específicos del mismo, estarían tratando de comunicarse con varios públicos a la vez, e intentando lograr objetivos específicos con cada uno de ellos.
El primero es el público cubano dentro de su propio país. Hasta muy recientemente el propósito de causar pérdidas humanas y materiales al enemigo en las guerras se traducía en provocarle muertos y heridos, más la destrucción de medios de combate o de instalaciones militares.
En la actualidad, las bajas se empiezan a contar desde que quien debe participar en la defensa de su país tiene dudas, se siente atemorizado, o pierde la llamada moral combativa. En ese sentido, las huestes estadounidenses llevan cinco meses continuos disparando todo tipo de artillería cognitiva, que va teniendo un efecto acumulativo sobre una parte de los cubanos que enfrentan a diario escaseces de todo tipo y magnitudes.
Otro público objetivo de estas ráfagas de intoxicación son los cubanos residentes en el Sur de la Florida, que consumen esas noticias casi como una alcohólica distracción ante la pregunta que se hacen miles de ellos todos los días: cuándo serán deportados y en qué condiciones.
De hecho, la animosidad anticubana de los últimos meses les ha permitido a los tres miembros de la Cámara que dicen representarlos en el Congreso Federal darse un baño de primeras páginas de periódicos y de prime time TV, que difícilmente podrían haber disfrutado si sus jornadas laborales hubieran estado dedicadas a socorrer a sus representados ante el Servicio de Inmigración y Aduanas y otros males.
No le han explicado a sus electores que, precisamente, una de las principales razones del interés del “cambio de régimen” en Cuba es para lograr el retorno apresurado, masivo y sin orden de todos aquellos cubanos que se consideren excluibles en el territorio continental.
Los obuses que reiteran el mensaje del “estado fallido” y de la “incapacidad gubernamental cubana”, levantan una cortina de humo ante los verdaderos desastres que día a día crean en sus respectivos países varios gobiernos latinoamericanos, que han sido electos con la bendición o el silencio cómplice del Departamento de Estado y del Comando Sur. El crecimiento de la inseguridad ciudadana, el dominio de mayores territorios por narcotraficantes y la corrupción rampante en las instituciones oficiales no encuentran espacio para desbancar los titulares que generan la “crisis cubana”.
Ni qué decir de cuántos oídos que escuchan esta sinfonía anticubana dejan de prestar atención al rockambolero desastre de la operación denominada Furia Épica contra Irán. ¿Cuántos periodistas cubren aún los crímenes contra palestinos en Gaza, desde las redacciones en Houston, Chicago o Los Ángeles?
Pero existe aún un público más profundo que es alcanzado por estos disparos informativos. ¿Por qué después de 30 años de su ocurrencia, se ha echado mano a un hecho irregular, para tratar de justificar una acusación jurídica contra un ex jefe de estado que pronto cumplirá 95 años de edad?
¿Por qué los creadores de contenido en Washington no ubicaron como objetivo principal a la figura del Comandante en Jefe Fidel Castro, que estaba al frente del gobierno en el 1996? ¿Por qué no se armó un expediente contra el presidente cubano en funciones, Miguel Díaz Canel, al estilo de lo ocurrido en Caracas?
Los objetivos de estos misiles al parecer estarían más dentro de la profundidad de la sociedad estadounidense, que en el muro del malecón habanero.
Se está tratando de utilizar la oportunidad que significa el desorden trumpista para reescribir una parte de la historia bilateral y, de paso, desmovilizar a muchas personas e instituciones que tuvieron un papel significativo en el acercamiento que se produjo en el período 2015-2017.
Raúl Castro es quien junto a Barack Obama lanzó los anuncios del 17 de diciembre del 2014, quien fue recibido de manera triunfal por la Asamblea General de Naciones Unidas en New York en noviembre del 2015 y quien ofreció toda la hospitalidad al mandatario estadounidense, en marzo del 2016 en La Habana. Miles de fotos que recogen esos momentos circularon en el imaginario popular y aún habitan en muchas neuronas.
Estos tres hechos y toda la simbología asociada a los mismos sirvieron de precedente al mayor intercambio humano que se haya producido en décadas recientes entre los dos países. Millones de personas viajaron en ambas direcciones entre ciudades estadounidenses y cubanas entre el 2018 e inicios del 2019, segundo y tercer años del Trump 45.
Se ha generado una “necesidad” de demonizar a quien recibió a nivel personal a los líderes de la Cámara de Comercio estadounidense, en particular a los principales directivos de las aerolíneas y empresas de cruceros de aquel país y a las más importantes organizaciones agrícolas, todos ellos de larga militancia y contribución financiera republicana.
Treinta años después se viene a echar mano al episodio del llamado “derribo de las avionetas” de la organización contrarrevolucionaria Hermanos al Rescate, para intentar regresar al ambiente previo e inmediatamente posterior a la aprobación de la llamada Ley Helms Burton, que justificó el lema de “contra La Habana todo vale”.
Para las dos generaciones de estadounidenses que justo ahora conocen sobre la “macabra acción de Cuba contra avionetas civiles”, baste aclarar que está debidamente registrado por medios informativos estadounidenses y por documentos oficiales de ese país, que la provocación contra la soberanía cubana y la respuesta consecuente para enfrentarla sólo fue posible por la falta de acción preventiva de las autoridades federales contra los principales protagonistas, ante las reiteraciones de la parte cubana en el sentido de que no se permitirían nuevos ingresos ilegales al territorio o aguas jurisdiccionales. El que juega con fuego y pólvora no puede temer a la explosión.
En la madeja de intereses que se crea siempre en Washington detrás de cada proyecto político siempre hay prioridades diversas y agendas personales. A pesar de la capacidad histriónica del actual Secretario de Estado y de otros personeros para intentar traficar la mentira como verdad, hay elementos de su entorno que no pueden contener la frustración, o el protagonismo, y hace afirmaciones que develan el objetivo real de las acciones que se realizan con camuflaje.
El pasado 26 de mayo, dos complotados de baja graduación dentro del ejército de burócratas que Marco Rubio ha reclutado para las acciones contra Cuba, dejaron brotar de sus pechos el propósito real de tanta algarabía contra el simbolismo del General de Ejército Raúl Castro Ruz de cara al público estadounidense.
En un espacio de opinión del medio extremista de derecha Fox News, después de llamar “traidor” al presidente John Kennedy ante los propósitos de los invasores de Playa Girón y pusilánimes a Ronald Reagan, al “viejo” y al “joven” Bush en sus acciones contra Cuba, fueron directo al grano.
Los autores concluyeron que: “Entre el 2014 y el 2017, la Administración Obama llevó a cabo el experimento de compromiso más atolondrado en la historia de las relaciones Cuba-Estados Unidos (…) La teoría era que la apertura le daría poder a los reformistas. La teoría fue una fantasía”.
En el texto no aparece ni un comentario factual sobre 22 memorandos de entendimiento firmados entre las partes, ni sobre los beneficios tangibles que disfrutaron empresarios y emprendedores, o sobre la cantidad de proyectos científicos, culturales o religiosos que se articularon y, mucho menos, en relación con la llamada agenda familiar cubana que vincula al emigrado con su lugar de origen.
Mientras que las huestes trumpistas actuales hablan de sus propósitos de entablar guerras contra terceros, ya se pueden ir contando daños colaterales en territorio estadounidense.
El 11 de abril de 1898, el presidente de Estados Unidos, William McKinley, pidió al Congreso una declaración de guerra que condujo a la invasión militar de Cuba. Esa intervención culminó el 20 de mayo de 1902 con la proclamación de la independencia de la República de Cuba, fecha que el secretario Rubio resalta. Sin embargo, aquella independencia nació limitada por una imposición estadounidense: Washington se reservó el derecho de intervenir en Cuba por decisión propia y ejerció esa facultad varias veces durante los treinta años siguientes. Esa cláusula, incorporada a la Constitución de la República, fue la Enmienda Platt, que el secretario Rubio omite. Por eso, el 20 de mayo resume la complejidad de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, entonces y después: ¿independencia bajo tutela? Al fechar su mensaje en ese día, cabe preguntarse si el secretario Rubio sugiere algo semejante para el futuro de Cuba y para su vínculo con Estados Unidos.
El mensaje del presidente McKinley al Congreso invocaba varias justificaciones. La primera fue por causa humanitaria, para poner fin a las “horribles miserias” que cundían en Cuba, en particular por encontrarse “al frente de nuestras puertas”. Su cuarta razón fue que esa miseria presentaba “una amenaza constante para nuestra paz”.[1]
“En Estados Unidos estamos listos para abrir un nuevo capítulo en la relación entre nuestra gente y nuestros países,” indica con urgencia el secretario Rubio al mismo tiempo que responsabiliza exclusivamente al gobierno de Cuba de los males que azotan al país.[2] Pero lo que no esclarece el secretario Rubio es que métodos propone en aras de ese mundo mejor, en un momento que la marina y la fuerza aérea de EEUU rodean las aguas y los cielos de Cuba. ¿Será como en 1898 otra intervención militar, frente a otra crisis humanitaria, como antesala de futuras decisiones sobre Cuba tomadas en Washington?
El contenido del mensaje el secretario Rubio no genera confianza. Afirma que la falta de electricidad “no se debe a un ‘bloqueo’ petrolero por parte de Estados Unidos”. Sin embargo, dos días antes del mensaje del secretario, su mismo gobierno (OFAC) emitió una orden que prohibía terminante que algún petróleo proveniente de la Federación Rusa transitara hacia Cuba.[3] Por si las dudas, esa armada estadounidense que patrulla el entorno de Cuba se ve obligada a cumplir con la aplicación de medidas como esa. Con todo merecido respeto, señor secretario, eso se llama bloqueo, en cualquier idioma, y afirmar lo contrario es una mentira.
No ignoro la responsabilidad del gobierno cubano por la terrible situación del país. Ha sido torpe en su política monetaria y cambiaria. Ha sido rígido en sus políticas ideológicas que impiden un auge de la producción agrícola. Ha sido terco en negarse a reorientar la economía del país mediante una reforma integral, como hace rato que lograron China y Vietnam. Ha sido sordo a no escuchar los análisis de economistas en Cuba y el reclamo popular sobre la urgencia de adoptar tales cambios. Hay razones cubanas, sin injerencia del canciller estadounidense, para adoptar profundos cambios, y eso ha sido explicado, claramente, y con publicaciones, por investigadores cubanos en Cuba.
Nada de eso justifica la agresividad del gobierno de Estados Unidos. El presidente McKinley se limitó a tomar nota de las “horribles miserias” en Cuba. El presidente Trump y el secretario Rubio han aplicado una política de pauperización para lograr que las circunstancias sean aún más horribles, desde el bloqueo petrolero agudizado en 2026 hasta la persecución de transacciones bancarias, la obstaculización del turismo internacional, y la campaña sistemática contra la exportación de servicios médicos cubanos. Ud., secretario Rubio y su gobierno, son también responsables de las miserias que hoy achacan al pueblo cubano.
Soy ciudadano de Estados Unidos por decisión propia, y orgulloso de serlo. Pero toda una vida analizando las circunstancias de Cuba, país en que nací, creo, me sensibilizaron un poco sobre los retos de las relaciones entre ambos países. Su mensaje, secretario Rubio, no me genera confianza en su sensibilidad frente a esta historia bilateral.
El poeta nacional Agustín Acosta, al igual que mi familia, se exilió en Estados Unidos, y murió en Miami en 1979. Acosta, un cubano de la misma diáspora que su mensaje celebra, entre muchos poemas escribió uno, Las carretas en la noche,[4] que le recomiendo lea, y de aquí un simple extracto.
Mientras lentamente los bueyes caminan,
las viejas carretas rechinan…rechinan
…
Van hacia el coloso de hierro cercano:
van hacia el ingenio norteamericano…
Y como quejándose cuando a él se avecinan,
las viejas carretas rechinan…rechinan…
cargadas, pesadas, repletas,
¡con cuántas cubanas razones rechinan
las viejas carretas…!
Ya no hay ingenios norteamericanos en Cuba, pero señor secretario, en esa historia que el poeta de Cuba y de su diáspora evoca, escuchando su mensaje, una vez más, las viejas carretas rechinan…rechinan.
[1] https://www.presidency.ucsb.edu/documents/message-congress-requesting-declaration-war-with-spain
[2] Embajada de los Estados Unidos en Cuba, “Mensaje del secretario Rubio al pueblo cubano en ocasión del día de su independencia” 20 de mayo de 2026.
[3] US Department of the Treasury, Office of Foreign Assets Control(OFAC), “General License 134C, inciso (b)(1).
[4] https://www.poeticous.com/agustin-acosta/las-carretas-en-la-noche?locale=es
El secretario de Estado de los Estados Unidos, Marco R. Rubio, en nombre del presidente Donald Trump, acaba de invitar al pueblo cubano a una «nueva relación» con su país, haciendo hincapié en el apoyo constante que este país ha brindado a la Isla.
La invitación ofrece al pueblo cubano un futuro de «libertad, dignidad y autodeterminación» y la oportunidad de poner fin al sufrimiento que actualmente padece, en particular a la alarmante escasez de electricidad, e iniciar una nueva era de prosperidad y democracia.
La falta de conocimiento de la historia cubana que demuestra el secretario Rubio es preocupante. Haber lanzado esta idea en el aniversario de la independencia cubana es asombroso, ya sea por su cinismo, su postura totalmente inexacta o ambas cosas.
Cuba no era realmente independiente en 1902, pues, en el acuerdo que puso fin a la administración militar estadounidense de la Isla tras la derrota de España en 1898, se vio obligada a aceptar bases navales estadounidenses, el control prácticamente total de la diplomacia cubana, incluso en asuntos económicos, y el derecho de Washington a intervenir en Cuba siempre que lo considerara necesario para proteger sus intereses económicos. Si la Asamblea Legislativa cubana de la época no aceptaba dicho acuerdo, la amenaza de una ocupación permanente o, al menos, a largo plazo, persistía.
Poco después, cuando el derecho a la intervención unilateral fue finalmente abolido formalmente en la década de 1930, la infame «cuota azucarera» convirtió en letra muerta la poca independencia que los cubanos pudieran haber soñado bajo los nuevos acuerdos
Así pues, cuando el señor Rubio afirma que ahora va a decir la verdad sobre Cuba, su primer argumento, por decirlo suavemente, está completamente equivocado.
A continuación, culpa de la difícil situación actual del pueblo cubano al gobierno de la Isla, y especialmente al extraordinario conglomerado económico de las fuerzas armadas, si es que se le puede llamar así, llamado GAESA, organismo responsable, ciertamente, de un gran porcentaje de las transacciones económicas internacionales, proporcionando un salvavidas a las industrias que logran generar ingresos para el Estado cubano.
La dificultad radica en que no aporta ni una sola prueba que respalde sus ataques contra GAESA, a la que califica de entidad parasitaria que ha contribuido a convertir a Cuba en un «estado fallido», y nos vemos obligados, en medio de un debate altamente politizado, a simplemente creerle sin más.
Coincido con él en un punto: que no es un «bloqueo» estadounidense lo que ha provocado la actual crisis cubana. Sin embargo, si bien la guerra económica que los Estados Unidos han librado contra la Isla durante dos tercios de siglo no es un bloqueo, tampoco es un embargo, el término tradicional utilizado en los Estados Unidos.
Se trata, en cambio, de una guerra económica multifacética, especialmente en las áreas de acceso al comercio y las finanzas internacionales, que ha obstaculizado los esfuerzos de Cuba por progresar desde la desafortunada relación bilateral entre Washington y el gobierno revolucionario de La Habana en 1959 y principios de la década de 1960.
Esa guerra económica ha sido librada sin tregua durante dos tercios de siglo por la mayor potencia de la historia del mundo, con una larga historia de intervención militar en la región y en la Isla, contra un pequeño país situado a tan solo 150 kilómetros de su punto más meridional.
Si bien es cierto que se planeó una acción militar directa contra Cuba tras el desastroso fracaso de la invasión de Bahía de Cochinos en abril de 1961, las continuas amenazas estadounidenses a la Isla y la subversión activa de su gobierno obligaron a Cuba a mantener grandes fuerzas militares y de otro tipo para disuadir cualquier intento de Washington de encontrar una solución militar al «problema» cubano. Y si bien las medidas adoptadas contra los derechos humanos en ese contexto fueron sin duda severas, no eran inusuales para un país asediado en un contexto de seguridad tan asimétrico.
La política estadounidense tiene como objetivo derrocar al gobierno cubano infligiendo tal sufrimiento al pueblo de la Isla que este se levante y se libere de sus opresores. Esta estrategia se ha mantenido constante durante décadas. Por lo tanto, el deseo de Washington de insistir en su apoyo a esa misma población resulta un tanto hipócrita, especialmente considerando que los años de la era Trump han reforzado aún más las ya feroces sanciones contra la Isla.
En lo que respecta específicamente a GAESA, se requiere mayor transparencia por parte del grupo, pero también hay que decir que, en un contexto donde los Estados Unidos utilizan cada cifra publicada por La Habana para insistir en que la Isla es un Estado fallido, esto garantiza que dichos datos se conviertan, de hecho, en un asunto de seguridad nacional para Cuba. Sin embargo, una vez más, las acusaciones del secretario Rubio de que «todo» el dinero que recibe GAESA va a parar a los bolsillos de sus burócratas y funcionarios carecen de fundamento. Y si todo ese dinero va a parar a ellos, ¿cómo ha podido Cuba mantener algunos de sus renombrados sistemas de salud, educación, deportes, arte y otros que, aunque ahora muy deteriorados, habían producido logros excepcionales para el pueblo que los Estados Unidos pretendían empobrecer?
Lamentablemente, debo concluir que resulta en extremo difícil tomar en serio la supuesta "nueva" oferta que ahora se plantea. La política estadounidense, sobre todo en los últimos meses, no ha mostrado interés alguno en aliviar el sufrimiento del pueblo cubano. Más importante aún, los Estados Unidos ya no están en posición moral de dar lecciones a otros sobre democracia. Ciertamente, espero ver a Cuba como un lugar más democrático, y cuanto antes, mejor. Pero las actuales promesas de Washington, como en el pasado, en mi opinión, obstaculizan ese proceso en lugar de apoyarlo.
Ese camino es complicado. Pero los Estados Unidos no deberían dictar quién gobierna a nadie. Han perdido toda la autoridad que alguna vez tuvieron para sugerir tal cosa. Y hablando de falta de pruebas, el peso de la historia en lo que respecta a Cuba sugiere que ni la libertad, ni la dignidad, ni la autodeterminación han formado parte de los planes que los Estados Unidos han presentado para el futuro del país.
Si bien me gustaría pensar que este nuevo plan representa un nuevo comienzo para dicho progreso, nada en la declaración del Sr. Rubio me da esperanza alguna de que así sea.
Mi única esperanza restante es que se demuestre que estoy equivocado.
Es una esperanza vana.
Temas ha invitado a un grupo de académicos y expertos en historia y política de los Estados Unidos y de Cuba a analizar el mensaje del Secretario de Estado Marco Rubio, dirigido al pueblo de la Isla el 20 de mayo pasado.
El discurso de Marco Rubio del 20 de mayo fue una verdadera joya de comunicación política, con un mensaje dirigido al cubano de a pie, hablando de los temas que más interesan a este y ofreciendo soluciones inmediatas y a largo plazo, 100 millones de dólares ahora y unas relaciones con los Estados Unidos luminosas (sin comprometerse a nada en concreto «les ofrecemos para ayudarlos no solo a aliviar la crisis actual, sino también a construir un futuro mejor»).
100 millones suenan a mucho dinero pero lo cierto es que están ofreciendo unos 10 dólares por cubano para resolver los problemas de alimentación, luz eléctrica, medicamentos, ropa, etc. Y no se trata de 100 millones por mes ni 100 millones por año, son 100 millones y ya. Tampoco explica cómo se construirá un futuro mejor junto a los Estados Unidos, en realidad no ofrece nada en concreto sobre el porvenir.
La ley exige que para levantar Embargo se paguen todas las deudas por propiedades nacionalizadas o decomisadas a los estadounidenses y también a los cubanos que luego se hicieron ciudadanos. No ofrece Marco Rubio ningún compromiso, por ejemplo, de que en ese futuro luminoso no les quiten sus viviendas o sus tierras a los cubanos residentes en la Isla para devolverlas a sus antiguos dueños, que son los propietarios reconocidos por los Estados Unidos.
También señaló que el culpable de todos nuestros males es GAESA, un conglomerado dependiente de las Fuerzas Armadas que, según Rubio, tendría 18 mil millones de dólares guardados y se los gasta «en construir hoteles para extranjeros» en vez de «mantener y modernizar» las centrales eléctricas. «Cuba está controlada por GAESA. Un “Estado dentro del Estado” que no rinde cuentas a nadie y acapara las ganancias de sus negocios para beneficio de una pequeña élite».
Elegir a GAESA como enemigo principal es un golpe brillante, ya no hay que enfrentarse a la Revolución ni al gobierno sino a un misterioso grupo empresarial «un estado dentro de otro estado» que esconde su dinero mientras el pueblo pasa necesidades. Dijo Rubio que tienen 18 mil millones de dólares y podría haber dicho 100 mil millones y sería igual de creíble porque de GAESA nadie sabe nada y no hay donde acudir para obtener información. El pueblo cubano ni siquiera sabe bien por qué hay tantas empresas en manos de las FAR, ni que se hace con el dinero recaudado.
Con el bloqueo de los Estados Unidos la opacidad puede ser muy necesaria, vital para eludir la persecución, incluso Martí aceptó que en ocasiones se necesita hacer las cosas en silencio. El problema es que hoy no se podrá frenar esta campaña mediática sin transparencia. GAESA debería poder brindar información al pueblo sin necesidad de exponer sus operaciones comerciales o sus socios en el extranjero.
Los ataques contra GAESA son de vieja data y la gente acumula preguntas, sobre el bloqueo de las remesas, la construcción de hoteles cuando no hay turistas y sobre el destino de los beneficios obtenidos, en concreto cuanto aportan al presupuesto de salud, de educación, etc. Esta sería una buena forma de desmontar esta campaña de comunicación que pretende enfrentar a cubanos contra cubanos, mientras las tropas de los Estados Unidos esperan el momento de entrar como salvadores, tal y como ocurrió al final de la guerra de independencia.
Del bloqueo de los Estados Unidos Marco no dice una sola palabra, como si no existiera ni hubiera existido nunca se limita a asegurar que «La verdadera razón por la que no tienen electricidad, combustible, ni alimentos es porque quienes controlan su país han saqueado miles de millones de dólares».
Los Estados Unidos ni siquiera serían responsables del bloqueo petrolero que prohíbe a todos los países del mundo vender combustible a Cuba. Nos cuenta Rubio que si sufrimos 22 horas de apagón «no se debe a un “bloqueo” petrolero por parte de los Estados Unidos», sin explicar para que lo mantienen y agudizan entonces.
El bloqueo está vivo y se transforma cada vez que los cubanos encuentran una grieta. Si Cuba desarrolla el turismo, Washington castiga a los que nos visiten y dejan a la Isla sin combustible de avión. Cuando se ingresa dinero por la venta de servicios médicos se amenaza a los países donde hay cooperantes para que rompan los contratos. Ahora prohíben al resto del mundo que venda petróleo a Cuba y castigan a las navieras que traían, desde países amigos, los alimentos y las medicinas, entre otras cosas.
Dijo Marco Rubio en su discurso que el dinero del país no se gasta en mantener y modernizar las centrales eléctricas y olvida que desde hace ya años los Estados Unidos vienen impidiendo a empresas francesas y alemanas vender piezas y tecnología para esas centrales. Al final, los Estados Unidos prohíben a Cuba comprar repuestos para las termoeléctricas e importar petróleo, pero esas acciones nada tienen que ver con los apagones.
La última frase es el colofón del mensaje: «lo único que se interpone en el camino [de los cubanos] hacia un mejor futuro son quienes controlan su país». En otras palabras, si el pueblo se levanta y tumba al gobierno, el camino estaría abierto para que Cuba se convierta, dice Marco Rubio, en algo como República Dominicana, Jamaica, Bahamas y dispara la esperanza insinuando que podría llegar a ser como La Florida y que todos podrían tener un restaurante, una gasolinera o una tienda de ropa, no solo GAESA.
Marco Rubio necesita desesperadamente que los cubanos residentes en Cuba salgan a las calles de forma violenta, que la policía los reprima, que haya presos, heridos en los hospitales y muchos muertos o pocos, la cifra después se infla y listo. Necesita crear un ambiente de crisis para convencer a Trump de que «una intervención humanitaria» será rápida, aceptada por el mundo y aplaudida por los cubanos, sobre todo por sus votantes de Florida. Es la única forma en que Marco podría vencer la oposición que enfrenta, incluso entre halcones republicanos que temen meterse en dos guerras a la vez.
Por lo pronto Marco seguirá ahogando al pueblo cubano, continuará cerrando las brechas por donde entran alimentos, medicinas o combustible. Su bloqueo se multiplica, además, por la acción de una burocracia dentro de Cuba que coopera poniendo más trabas, como hacen con la venta de gasolina.
Los Estados Unidos siguen aplicando el memorando de los años 60: provocar hambre, miseria y desesperación para que los cubanos derroquen al gobierno. La diferencia es que Lester proponía hacerlo de forma disimulada y hoy todo se hace al estilo Trump, a pesar de los esfuerzos por ser sutiles del excelente equipo de comunicación del Secretario de Estado.
El bloqueo económico, comercial y financiero de Estados Unidos contra Cuba, que empieza en 1962 bajo la administración de John F. Kennedy, ha sido la punta de lanza, el núcleo central de una guerra total del imperialismo norteamericano contra la Revolución Cubana durante sus más de seis décadas de existencia. Cuando en el futuro se escriban los libros de historia de esta época, tendrá que aparecer en mayúsculas y letras doradas la resistencia heroica de Cuba.
La épica de una pequeña isla, subdesarrollada y con escasos recursos económicos, resistiendo el asedio más largo del imperio más poderoso de la historia, es una versión moderna del enfrentamiento legendario entre David y y Goliat.
Contra esa pequeña nación, a noventa millas de sus costas, Estados Unidos ha empleado casi todos los medios disponibles en su arsenal. Y en esa estrategia amplia de subversión, donde se ha ensayado de todo, desde los sabotajes terroristas y atentados personales hasta la agresión militar directa, pasando por la guerra bacteriológica, el ariete principal ha sido siempre el cerco económico, el intento de cerrarle a Cuba cualquier posibilidad de comercio o relaciones económicas formales, no solo con Estados Unidos sino también con otros países.
Cualquier compañía o empresa en el mundo que se aventure a hacer negocios con Cuba se arriesga a la imposición de multas o sanciones por parte del gobierno norteamericano.
El ensañamiento de Estados Unidos, que dedica un ejército de funcionarios y una enorme cantidad de fondos federales a perseguir las operaciones comerciales cubanas, responde a la decisión de no perdonarle a la isla caribeña la osadía de ser rebelde y sostener su independencia. Se han empeñado a fondo en hacer fracasar una experiencia revolucionaria de construcción de una sociedad distinta, de prosperidad, justicia y dignidad para todos, para que no se extienda su ejemplo por América Latina.
Mientras existió la Unión Soviética y el campo socialista los efectos del bloqueo se vieron muy atenuados por relaciones económicas favorables con el Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME), que permitieron sortear con éxito sus obstáculos. Cuando cayó el muro de Berlín y se desintegró la URSS, Cuba se vio en condiciones muy difíciles, en las que perdió casi la totalidad de su intercambio económico internacional y el mercado donde vendía sus productos y se abastecía de insumos vitales. Contra todos los pronósticos, Cuba sobrevivió al duro golpe que significó la caída de la URSS.
Con Fidel Castro todavía al frente del país, las medidas de apertura al mercado, inevitables pero de carácter temporal, tomadas durante el “periodo especial en tiempos de paz”, permitieron a su aparato productivo resistir los embates de una presión imperial recrudecida, y salir a flote. Esta tendencia se vio reforzada luego con un contexto favorable de gobiernos progresistas en el continente latinoamericano y con el periodo breve de acercamiento intentado bajo la administración de Barack Obama.
La llegada de Donald Trump al poder significó el regreso a una política de máxima presión, aplicada con mayor fuerza incluso. Ya en su primer mandato tomó alrededor de doscientas cuarenta medidas que reforzaban el bloqueo, buscaban golpear cada uno de los renglones de nuestra economía y perseguían cualquier intercambio comercial con el resto del mundo.
Y en este segundo turno, donde desempeña el cargo de Secretario de Estado Marco Rubio, un representante directo del lobby contrarrevolucionario cubano de extrema derecha, pretende terminar el trabajo y cumplir el sueño largamente acariciado por el imperialismo norteño: el derrocamiento de la Revolución cubana.
Las amenazas de represalias por parte del principal poder imperialista del orbe actúan como un fuerte disuasorio para que muchas empresas y entidades financieras se abstengan de hacer negocios con Cuba. Lejos de ser un embargo comercial sobre algunos rubros puntuales, como lo presenta Estados Unidos, el bloqueo es una guerra económica en toda la línea, amplia, con una diversidad de medidas que lo han ido extendiendo, fortaleciendo y profundizando a lo largo de estas seis décadas.
Ha sido el bloqueo una política diseñada con el propósito expreso de causar el mayor daño posible a la población cubana, para que se produzca un cambio de régimen a través de un levantamiento contrarrevolucionario.
La rendición o la muerte, es la disyuntiva frente a la cual coloca el imperialismo norteamericano a los pueblos que, como el cubano, se atreven a ser libres y dignos, y a tomar el destino en sus propias manos. Tal política ha supuesto enormes daños a la economía cubana: cifras oficiales arrojan que desde la fecha de su imposición el bloqueo le ha costado a Cuba unos 164 mil millones de dólares.
Todos los renglones de la economía, de la industria, de la agricultura, de los servicios, se han visto afectados por el cerco imperial, que en los últimos tiempos, bajo Trump, se ha caracterizado por la persecución sistemática y el daño quirúrgico a cualquier actividad que le reporte ingresos en divisas al país, en lo fundamental el turismo y la colaboración médica internacional. Más allá de cifras e índices macroeconómicos el bloqueo se deja sentir con toda su crudeza en la vida cotidiana de los cubanos, en las dificultades para la prestación de servicios sociales y públicos, como salud, educación, transporte, energía eléctrica, acueducto, y en la escasez de alimentos y medicinas, de bienes de consumo básicos para la vida. La existencia diaria del cubano es realmente muy dura y complicada por los efectos del bloqueo, no solo por la falta de insumos y recursos, sino también por el deterioro de toda la infraestructura económica y civil.
Las medidas recientes tomadas por Donald Trump declarando a Cuba una amenaza inusual y extraordinaria a la seguridad nacional de Estados Unidos, amenazando con imponer aranceles a todo aquel que envíe petróleo a la isla, además del cierre de la principal fuente de suministro de crudo a los cubanos, con la agresión armada a Venezuela el 3 de enero, han venido a agravar una crisis económica profunda que ya venía sufriendo el pueblo cubano. La falta de electricidad no solo golpea a los hogares, con más de veinte horas de apagones diarios y todas las dificultades que ello implica, por ejemplo, para la conservación y cocción de los alimentos, sino que también paraliza la industria y la actividad productiva. La ausencia de combustible para el transporte, por su parte, detiene prácticamente la vida del país, y afecta el funcionamiento de todas sus esferas y estructuras. Ante una situación tan difícil la decisión de la mayoría del pueblo es firme: seguir resistiendo y no someternos al vasallaje que nos quiere imponer el imperialismo norteamericano. Estamos dispuestos a pagar el precio que sea necesario por nuestra dignidad, soberanía y justicia social.
La doctrina militar cubana de lucha popular extendida, concebida por Fidel Castro desde la década de 1980, asegura a cada ciudadano un medio, un lugar y una misión para resistir al invasor, y busca disuadir y derrotar a cualquier enemigo, sin importar su superioridad bélica, enfrentándolo a costos políticos y humanos que le resulten imposibles de asumir.
Sin tecnologías modernas ni armamento sofisticado, pero con una larga tradición histórica de guerra irregular, compartimos la convicción de que las tropas extranjeras que se atrevan a entrar en Cuba “solo recogerán el polvo de su suelo anegado en sangre, si no perecen en la lucha”.
El mensaje emitido por el secretario de Estado Marco Rubio el 20 de mayo de 2026 es uno de los pronunciamientos más significativos recientes sobre la política de los Estados Unidos hacia Cuba. Presentado como un mensaje dirigido «al pueblo cubano», el discurso articuló una narrativa coherente con la estrategia de máxima presión impulsada desde Washington: responsabilizar exclusivamente al gobierno cubano y a GAESA de la crisis nacional, legitimar una política de cambio de régimen impuesta desde fuera y presentar a los Estados Unidos operando bajo la ley Helms como aliado de los cubanos frente a su Estado usurpador.
Aun mas, el discurso adquiere pleno significado cuando se analiza dentro del repertorio político más amplio de ese mismo día: la visita a La Habana en la víspera del director de la CIA, John Ratcliffe; el encausamiento judicial en Miami del expresidente cubano Raúl Castro; y el acto electorero celebrado en la Freedom Tower con candidatos republicanos de Florida detrás del podio, incluida la senadora Ashley Moody, en plena campaña por la elección. Lejos de ser hechos aislados, estos acontecimientos sugieren una estrategia coordinada de escalamiento de la guerra económica, amenaza del uso de la fuerza y movilización electoral doméstica.
Los cubanos «exitosos» fuera de Cuba: simplificación ideológica y omisiones estructurales
Uno de los ejes centrales del discurso de Rubio fue la afirmación de que los cubanos prosperan «en todas partes» excepto en Cuba debido al gobierno cubano. La idea busca demostrar que el problema estructural de la Isla sería exclusivamente político e interno. Rubio ha descrito la Revolución cubana como un mero «accidente» desde una lectura singular de una república modélica antes del arribo de Fidel Castro a a la política cubana. Recordemos que según Rubio, el parteaguas entre democracia y dictadura es el 26 de julio de 1953, no el 10 de marzo de 1952, no el 1 de enero de 1959 o alguna fecha posterior.
El argumento del éxito cubano allende sus fronteras tiene eficacia retórica, particularmente en el sur de Florida, donde sectores de la diáspora cubana han alcanzado altos niveles de influencia económica y política. También es una idea que cala en parte de la población en Cuba, harta de caricaturas sobre el exilio y de la propia situación en la Isla, por parte de la propaganda oficial. Sin embargo, es una tesis profundamente simplificadora.
Primero, invisibiliza las desigualdades internas existentes dentro de la propia comunidad cubanoamericana. Como han demostrado Alejandro Portes y Ariel Armony (Armony & Portes, 2018), aunque Miami alberga sectores cubanos altamente exitosos, también existen niveles significativos de pobreza, precariedad laboral y desigualdad entre migrantes recientes, ancianos y trabajadores insertados en sectores de bajos ingresos.
Segundo, la narrativa ignora el diferencial estructural entre economías desarrolladas y subdesarrolladas. La movilidad económica ascendente de migrantes provenientes de países periféricos hacia los Estados Unidos constituye un fenómeno generalizado que excede ampliamente el caso cubano. Migrantes de múltiples nacionalidades latinoamericanas suelen mejorar significativamente sus ingresos al insertarse en la principal economía desarrollada del planeta.
Más aún, Rubio omite un elemento central: una parte importante del capital humano de la emigración cubana fue formado precisamente en Cuba. Profesionales cubanos insertados exitosamente en los Estados Unidos y otros países recibieron educación, alfabetización y formación técnica dentro del sistema educativo cubano posterior a 1959. Ello no niega las limitaciones económicas o políticas del sistema cubano, pero sí cuestiona la idea de que el Estado cubano haya sido únicamente un obstáculo para el desarrollo humano.
La narrativa de Rubio transforma así una experiencia migratoria —la inserción cubana privilegiada en los Estados Unidos (Eckstein, 2022)— en prueba definitiva del diagnóstico ideológico del exilio radical anticastrista sobre la Isla.
Paternalismo político y negación de la historicidad revolucionaria
El discurso también revela una visión paternalista sobre los cubanos residentes en la Isla. Rubio no solo critica al gobierno cubano; viene a explicarles a los cubanos quién es el «único responsable» de sus problemas y cuál debe ser, en consecuencia, su futuro político legítimo.
El mensaje presupone que corresponde a Washington revelar a los cubanos la verdadera naturaleza de su situación. El exilio cubano aparece como intérprete autorizado de la realidad cubana, mientras los propios cubanos son tratados más como objetos de liberación que como sujetos históricos autónomos. No es un mensaje MAGA, es un revolucionario, una vanguardia, iluminando el camino redentor.
Ese tono reproduce una larga tradición intervencionista en las relaciones entre los Estados Unidos y Cuba.
La consecuencia conceptual más profunda de esta narrativa es la negación implícita del carácter histórico de la Revolución Cubana. Cuando Rubio sugiere que el régimen «secuestró» o «robó» el país, la implicación es que nunca existió una revolución auténticamente arraigada en conflictos sociales reales ni respaldada por amplios sectores populares.
Críticas contemporáneas al sistema cubano, aparte, muy legítimas, por cierto; resulta históricamente insostenible negar que la Revolución de 1959 constituyó un proceso de movilización social masiva con elevados niveles de legitimidad durante décadas. Reducir toda la experiencia revolucionaria cubana a una simple estructura criminal o mafiosa permite justificar discursivamente una política de «refundación» nacional promovida desde el exterior. A la luz de la experiencia del secuestro de Nicolás Maduro en Caracas, no es difícil percibir analogías en el trato a GAESA con el previamente dado al supuesto Cartel de los Soles. Aquí hay entonces, críticas legítimas, pero muy envueltas en humo contrarrevolucionario.
Cuba bajo el gobierno cubano y bajo las sanciones estadounidenses
El discurso de Rubio insiste en presentar la crisis cubana como resultado exclusivo del gobierno cubano y de GAESA. Sin embargo, los cubanos residentes en la Isla no viven únicamente bajo el sistema político cubano; viven también bajo un régimen prolongado de sanciones económicas estadounidenses. Rubio en su comparación usando el modelo de sistemas más similares (todos son cubanos, pero los que no alcanzan el éxito tienen la diferencia de vivir bajo el gobierno comunista), olvida otros factores estructurales en el contexto de la Isla, en primer lugar, la guerra económica de los Estados Unidos bajo la meta del memorándum Mallory, causar hambre y desesperación para provocar caos, desesperación y revuelta.
Las sanciones afectan el acceso a combustible, financiamiento internacional, transporte, operaciones bancarias y comercio exterior. El actual bloqueo petrolero, ya un acto de guerra, ha contribuido significativamente al deterioro del sistema eléctrico, transporte y servicios básicos.
El discurso resulta particularmente problemático desde la perspectiva del derecho internacional. La política estadounidense hacia Cuba —condenada reiteradamente por la United Nations General Assembly— combina sanciones unilaterales, medidas secundarias extraterritoriales y presión explícita para promover un cambio de régimen. Según la CEPAL, hasta 2018 le habian costado al país, más de 130 000 millones de dólares. La cifra hoy, seguro más alta, pone en contexto el ofrecimiento de ayuda humanitaria por cien millones de dolares, lo mismo nominalmente que el presidente Reagan ofreció a la contra nicaragüense, entre 7 000 y 9 000 efectivos en 1987.
Desde el punto de vista jurídico y político, el mensaje de Rubio reitera precisamente la lógica intervencionista cuestionada históricamente en casos como Nicaragua v. United States (1986) decidido por la Corte Internacional de Justicia. La Corte condenó prácticas estadounidenses de coerción y desestabilización contra otro Estado soberano y estableció que los derechos humanos no son un pretexto legítimo para el uso de la fuerza fuera del marco regulatorio de la Carta de la ONU, defensa propia (Artículo 51) o aprobación del Consejo de Seguridad (Capítulo VII).
Existe además una tensión importante entre la retórica estadounidense de promoción de derechos humanos y los efectos concretos de la política de máxima presión. Las buenas prácticas contemporáneas en derechos humanos se basan en minimizar daños a poblaciones civiles. Sin embargo, la política hacia Cuba busca explícitamente aumentar costos económicos internos para generar presión política, alejándose del principio hipocrático de «primero no hacer daño»..
Crisis humanitaria y contradicción migratoria
El discurso de Rubio también oculta una contradicción central de la política estadounidense hacia Cuba: mientras Washington considera que una estampida migratoria cubana, «como la del puente de Mariel» —en palabras de Robert Gates, exdirector de la CIA y secretario de defensa con Bush y Obama— constituye una amenaza a la seguridad nacional estadounidense, sus políticas actuales aumentan precisamente las probabilidades de una nueva crisis migratoria.
El periodista Ed Augustin describió recientemente en The New York Times el deterioro extremo de condiciones de vida en Cuba asociado a la crisis energética: apagones prolongados, inseguridad alimentaria y colapso de servicios básicos, muertes por enfermedades curables y situaciones atendibles según los médicos locales.
En este contexto, el bloqueo petrolero y la intensificación de sanciones hacen probable —si no casi inevitable— un incremento sustancial de presiones migratorias hacia los Estados Unidos.
La paradoja estratégica resulta evidente: Washington define la migración masiva cubana como amenaza a su seguridad nacional mientras impulsa políticas que agravan dramáticamente las condiciones estructurales que históricamente producen esas mismas olas migratorias.
GAESA, transición y la inviabilidad de una reforma pactada
La estigmatización de GAESA dentro del discurso de Rubio también funciona como una forma de desplazamiento del debate sobre los problemas reales asociados a una eventual transición económica y política en Cuba.
Más que discutir cuáles serían las condiciones institucionales necesarias para hacer viable una apertura gradual y estable —incluso dentro del propio marco normativo estadounidense que históricamente ha hablado desde la ley Torricelli (1992) de promover una «transición pacífica» hacia una democracia liberal y una economía de mercado—, el discurso opta por una lógica de descalificación total del aparato estatal y militar cubano, llamando a su desmantelamiento inmediato.
Resulta significativo que la crítica de Rubio no se concentre en cuestiones típicamente asociadas a procesos de reforma económica y liberalización política, tales como la falta de competencia efectiva dentro del emergente mercado cubano, la necesidad de descentralización económica y política, la creación de marcos regulatorios transparentes, la protección de consumidores e inversionistas o el fortalecimiento institucional de actores civiles autónomos.
Tampoco existe una reflexión sobre cómo articular mecanismos de reforma que permitan transformar estructuras económicas preservando niveles mínimos de estabilidad social y gobernabilidad, reduciendo por ejemplo el riesgo de amenazas a la seguridad publica y la entrada del crimen internacional organizado.
Por el contrario, el discurso plantea una deslegitimación absoluta del Partido Comunista, de las FAR, se supone junto al Ministerio del Interior, y de su entramado económico, insistiendo en la necesidad de despojarlos rápidamente de poder político y económico.
Esa posición resulta particularmente relevante porque, históricamente, las transiciones relativamente exitosas desde sistemas de partido único y economías centralizadas hacia modelos más abiertos han dependido frecuentemente de estabilizadores, con procesos de negociación, reforma gradual, reconciliación nacional, o rupturas pactadas entre sectores del antiguo aparato estatal y nuevos actores políticos y económicos.
La experiencia comparada de Europa del Este, Asia e incluso América Latina muestra que las transiciones negociadas suelen requerir precisamente algún tipo de interlocución con estructuras de poder previamente existentes, incluyendo fuerzas armadas, burocracias estatales y élites económicas vinculadas al sistema anterior. Frente a esa idea de negociación y pacto, supuestamente tan cercana a la tradición pragmática estadounidense y al propio presidente Trump, dispuesto a negociar acuerdos, Rubio reproduce patrones revolucionarios a la inversa, reclamando un desmontaje total.
El discurso de Rubio parece descartar de antemano el acuerdo. La narrativa no apunta hacia una lógica de reforma gradual, coexistencia transitoria o negociación política, sino hacia una sustitución inmediata y total del aparato gobernante cubano.
Ello hace difícil pensar que la estrategia realmente contemple una transición pacífica en sentido clásico por destrabe del equilibrio de reforma parcial previo al bloqueo petrolero. Más bien sugiere una visión de ruptura abrupta, donde la presión económica extrema, el aislamiento político y la deslegitimación total del Estado cubano funcionarían como mecanismos para precipitar un colapso acelerado del sistema a la memorandum Mallory.
Florida y la teatralización electoral del conflicto cubano
El discurso y el encausamiento de Raúl Castro poseen además una clara dimensión electoral doméstica. El acto organizado en la Freedom Tower funcionó simultáneamente como demostración de firmeza hacia Cuba y como movilización política dirigida al electorado cubanoamericano conservador.
No parece casual que figuras republicanas claves de Florida como la senadora Moody aparecieran en primer plano en un momento en que las encuestas muestran un acercamiento de candidatos demócratas en carreras para gobernador, Senado federal y fiscal general estatal.
La insistencia discursiva en contrastar al presidente que «encausa a Raúl Castro» con aquel que asistió a un juego de béisbol con él durante el deshielo de 2014-2016 (referencia a Barack Obama) resume la utilización doméstica del conflicto cubano como instrumento de polarización electoral.
Conclusión
El mensaje de Rubio del 20 de mayo de 2026 no es una declaración diplomática, sino un llamado a la rebelión, desde premisas maximalistas de ideología neoconservadora. Constituyó una pieza dentro de una estrategia multidimensional de presión política, coerción económica y movilización simbólica orientada tanto hacia Cuba como hacia la política interna de Florida.
La narrativa combina críticas legítimas sobre estructuras totalitarias y militarización económica en Cuba con una interpretación profundamente unilateral que minimiza el impacto de las sanciones estadounidenses, niega complejidades históricas de la experiencia revolucionaria cubana y adopta un tono paternalista hacia los cubanos de la Isla.
Más que promover las condiciones para una transición negociada y gradual, «pacifica», el discurso parece orientado hacia una lógica de ruptura abrupta y deslegitimación total del aparato estatal cubano. Ello incrementa riesgos de inestabilidad y confrontación en un contexto ya marcado por una profunda crisis económica y humanitaria. Este mensaje, lejos de ayudar obstaculiza las reformas, y aperturas, pues es ante todo un llamado a las trincheras propias, y por ende, a las del frente. Vino viejo, en odres nuevos.
El discurso revela así las tensiones persistentes entre soberanía y cambio de régimen impuesto desde Washington, derechos humanos y coerción económica, seguridad nacional y producción de inestabilidad regional. Más que anunciar una nueva política hacia Cuba, confirma la continuidad de una lógica histórica de confrontación hemisférica, desconociendo el sentir regional, incluso de aliados de los Estados Unidos, donde la presión económica y el deterioro social continúan siendo concebidos como instrumentos legítimos para producir transformación política interna en la Isla, sin importar los costos. En ese sentido, es muy preocupante el encausamiento de Raul Castro, pues abre la posibilidad de acciones de guerra, sin consulta al congreso, como dicta el ideal republicano, bajo el pretexto de una acción de aplicación de la ley.
Más allá de lo que uno pueda pensar sobre el 20 de mayo de 1902 como fecha histórica, la misma ejerce un particular atractivo para cualquier político cubano-americano que se respete. Después de todo para ese sector la fecha simboliza la Cuba que una vez controlaron Estados Unidos y la oligarquía cubana. Es la Cuba a la que aspiran regresar algún día.
Para el presidente Donald Trump y su secretario de Estado, esa Cuba está al doblar de la esquina. Ya en el 2019, cuando la primera administración Trump, siendo Rubio aún senador por la Florida, John Bolton, a la sazón asesor nacional de Seguridad, había ideado una estrategia aparentemente imbatible. Consistía en lograr el derrocamiento del presidente Nicolás Maduro en Venezuela para así negarle a Cuba el acceso al petróleo y a los financiamientos que habían sido pactados por ambos gobiernos en época de Fidel Castro y Hugo Chávez.
Como se recordará, aquel intento de enero del 2019, más conocido como el gambito Guaidó, fracasó estrepitosamente.
Se está ahora en presencia la segunda edición de esa estrategia. Desde que asumieron el poder en enero del 2024, ahora con Rubio en los dos cargos clave de política exterior del presidente Trump, ambos han impulsado el mismo proyecto: derrocar al gobierno cubano y revertir los logros de la Revolución cubana a través de la neutralización de Caracas como aliado clave de La Habana. Pudiera llamarse “Máxima presión plus” o “Máxima presión 2.0”.
Y hay que decir que han aprovechado muy bien dos circunstancias favorables. Por un lado, la situación económica y social cubana se ha deteriorado considerablemente. Ello se debe tanto a factores externos como domésticos.
Por el otro, el giro a la derecha de muchos gobiernos latinoamericanos y caribeños le han restado a Cuba importantes apoyos regionales.
Es en esas circunstancias que hace apenas 5 meses, el 3 de enero del 2026, las fuerzas armadas norteamericanas, cumpliendo órdenes de Trump, llevaron a cabo exitosamente el raid o golpe de mano que las llevó a secuestrar al presidente Maduro y obligar al gobierno de Delcy Rodríguez a cesar todas las transacciones económicas con Cuba.
Estaban matando dos pájaros de un tiro, o al menos así lo vieron.
La suposición de entonces era que el gobierno cubano no superaría esa circunstancia y colapsaría. Además, el poderío norteamericano demostrado en ese caso era una vigorosa razón para que se produjera lo que Trump y Rubio aspiraban: rendición incondicional del liderazgo cubano y subordinación de Cuba al dominio de Estados Unidos.
Adicionalmente, mediante una serie de proclamas y decisiones ejecutivas, se ha llevado a extremos nunca vistos antes la guerra económica que Estados Unidos le ha declarado Cuba. Ello ha tenido más impacto aún debido al quebranto del sistema económico mundial causado por la pandemia de COVID y la guerra en Ucrania.
Pero, por el otro, en el plano doméstico se viene desarrollando una policrisis al interior de Cuba, resultante de los fracasos y errores del propio gobierno cubano que sigue aferrado a un modelo económico que no funciona. Adicionalmente los líderes cubanos no han sido capaces de responder a las crecientes demandas de la ciudadanía que reclama una transformación no ya económica sino también política. La Habana también ha fracasado en diseñar y ejecutar una estrategia de comunicación política eficaz y creíble.
Para Trump y Rubio, al fin se han creado las condiciones para que las elites dominantes conservadoras en Estados Unidos lograran su viejo anhelo: el cambio de régimen en Cuba.
Para ello están aplicando todas las tácticas políticas en materia de comunicación. Estamos en presencia de una campaña de manipulación y operaciones psicológicas destinadas a quebrar la voluntad de resistencia del pueblo y del gobierno cubano. Según el diseño de Trump y Rubio, este último no tiene otro remedio que rendirse incondicionalmente antes de que se produzca una catástrofe monumental.
Es en ese contexto que se produce el llamado “mensaje al pueblo cubano por el 20 de mayo” que varias administraciones antes que la de Trump han utilizado para exponer la esencia de su política hacia Cuba. Sólo que esta vez el putativo autor no ha sido el presidente como en el pasado, sino el secretario de Estado.
Hay que reconocer que el mensaje de Rubio toca dos temas sumamente candentes de la realidad cubana en el marco general de que el gobierno cubano no ha sido capaz de producir los cambios necesarios para que la economía funcione eficazmente y ofrezca condiciones mínimas de bienestar.
Esos temas son la opacidad del sistema y los déficits democráticos del mismo.
Para muchos cubanos, el gobierno no ha sido capaz de “cambiar todo lo que deba ser cambiado”. Ni siquiera de llevar a cabo las reformas económicas anunciadas y aprobadas en los Lineamientos para la Actualización del Modelo Económico Social.
Como se sabe, estos Lineamientos fueron objeto de un ejercicio de deliberación nacional al final del cual fueron aprobados tanto por un Congreso del Partido Comunista de Cuba como por una sesión de la Asamblea Nacional. Este proceso se llevó a cabo bajo el liderazgo e impulso de Raúl Castro, a la sazón máximo dirigente del país, a fines de la primera década del siglo. Se suponía que las reformas previstas serían puestas en vigor entre el 2011 y el 2016.
No sólo no se llevaron a cabo bajo el mandato de Raúl Castro, sino que se detuvieron prácticamente a partir de la elección de Miguel Díaz Canel como presidente en el 2018.
Mucho se ha especulado sobre los motivos de este fracaso mayor. Pero la peor explicación que ha prevalecido es que los actuales dirigentes se han estado enriqueciendo, invirtiendo los recursos del país en su propio beneficio y no en esferas tales como el sistema electro energético o la agricultura.
El mensaje de Marco Rubio se focaliza en esta última hipótesis y utiliza como elemento clave a GAESA, el conglomerado económico de origen militar. No está claro cuál es el volumen real de la economía que GAESA controla, pero se asume que debe ser como mínimo el 40%. La falta de transparencia del gobierno en general, algo criticado por el propio Raúl Castro en el 2010, es un elemento que dificulta incluso a los que quieren defender la actividad de esta gigantesca corporación.
Muy hábilmente, Rubio ofrece una visión alternativa de una Cuba floreciente bajo el control de Estados Unidos y particularmente de Donald Trump.
Toca todas las teclas que pueden ser atractivas para los cubanos en medio de esta policrisis.
Lo que oculta muy hábilmente el secretario de Estado es que al gobierno de Estados Unidos realmente no le interesa el pueblo cubano. Lo que le interesa es apoderarse de los resortes económicos de Cuba para ponerlo al servicio de los grandes monopolios estadounidenses incluyendo los controlados por millonarios cubano-americanos.
En las actuales circunstancias al gobierno cubano le va a ser muy difícil contrarrestar esta campaña que seguramente se repetirá ad nauseam.
El gobierno cubano está a la defensiva, respondiendo a cada paso que da el norteamericano, pero omite que tiene también un grave desafío en materia doméstica. Tiene que llevar a cabo cambios que funcionen y ofrezcan bienestar tangible a los cubanos y tiene que comunicarlo mejor, dialogando permanentemente con sus ciudadanos.
El pasado 20 de mayo el Secretario de Estado norteamericano Marco Rubio le habló —en español — a los cubanos, fundamentalmente a los residentes en la Isla. Su discurso se inserta dentro de la escalada retórica y práctica que desde inicios de año despliega la Administración Trump hacia Cuba, en el contexto que genera el reimpulso dado a la Doctrina Monroe. En un escenario de erosión de su hegemonía mundial, Washington se esfuerza por garantizar su control sobre las Américas y la mayor de las Antillas sufre el embate de ese viento huracanado.
Como era de esperar, Rubio arrancó por la Historia. Sus palabras iniciaron con la exaltación de una fecha identificada, desde la lógica imperial, como punto de partida de la independencia cubana. La existencia a inicios del siglo pasado de un modelo neocolonial que constreñía la soberanía patria no constituye tópico que le interese subrayar a un político que entiende como virtuosa la subordinación de La Habana a los designios de la gran potencia vecina.
De la alusión al ayer saltó hacia el presente el alto funcionario estadounidense. El relato articulado sobre la compleja cotidianidad cubana descansa en torno a la estafa intelectual que supone descargar a Estados Unidos de cualquier responsabilidad en relación con la crisis que enfrenta la Isla. Según la versión de Rubio, la tensa situación que se vive a lo largo y ancho del territorio nacional resulta, en exclusivo, expresión del desgobierno de las autoridades insulares, del rol GAESA dentro de la economía y de la articulación de intereses espurios ajenos a las necesidades de la población.
Se completa el cuadro con el anuncio de la ayuda ofrecida por la Administración Trump y con la insistencia en la voluntad del gobierno norteño para convertirse en partero de la nueva Cuba que florecería —¡al igual que Bahamas, República Dominicana y Jamaica! — bajo las bondades de la democracia liberal. El cuadro idílico de la nación próspera del mañana se sostiene en el empleo del desgatado recurso que presenta al éxito como materialidad solo alcanzada por aquellos compatriotas residentes allende los mares.
Desmontar el gran argumento utilizado por Mr. Rubio. no es difícil. Exculpar a Estados Unidos de su papel dentro de la crisis cubana actual solo es posible a partir del uso descarnado de la mentira. Buena parte de las cosas que en Cuba no han salido bien pasan, indudablemente, por la incidencia del accionar hostil expresado en la guerra económica que —desde 1960 — las administraciones norteamericanas le han impuesto a su pequeño vecino. En estos meses iniciales de 2026 se ha vivido el recrudecimiento extremo de una histórica proyección, que no solo ha sido denunciada por las autoridades cubanas, sino que también ha recibido la condena mayoritaria de la comunidad internacional.
Ahora bien, lo realmente interesante es entender por qué los planteamientos de Rubio pueden tener acogida favorable en segmentos de la población de esta tierra acosada. El análisis de tal fenómeno obliga a dialogar con dinámicas internas articuladas en la Isla. No resulta una conversación grata, pero vale la pena asumirla.
A modo de esbozo, pueden identificarse algunas cuestiones de la realidad interna que aúpan la modelación de la narrativa desde la cual se trabaja en la conciencia de los cubanos para blanquear el accionar estadounidense. Entre ellas destaca la opacidad de la célebre GAESA, quizás necesaria para el propósito de alcanzar flexibilidad operacional, pero desde hace buen tiempo contraproducente en lo político. A ello se suman las inconsecuencias en el despliegue de los gastos estatales y su articulación con el deterioro de sectores identificados como conquistas de la Revolución. Asimismo, inciden el decurso no exitoso la reforma económica, el crecimiento de la desigualdad social de la mano del mayor peso alcanzado por las relaciones de mercado, las dificultades del sistema político para dialogar con la pluralidad ciudadana, percepción que en torno a la corrupción de franjas del liderazgo se ha instalado en el país y la generalmente esquemática, arcaica y reactiva proyección comunicativa de las autoridades.
Rubio ha repetido el viejo mantra imperial, pero ahora tiene gente —más de la cuenta — que lo escucha desde las calles y casas cubanas. La debilidad del frente interno se muestra como una variable cuyo peso resulta mucho mayor que en décadas anteriores. En circunstancias difíciles, críticas pudiera decirse, el marco de acción gubernamental es limitado, mas el liderazgo en ejercicio debería encarar con fuerza a aquellos elementos de la dinámica interna que hoy se convierten en terreno fértil para que unos cuantos de los nacidos y residentes en la Isla se muestren indulgentes con la agenda de restauración imperial de Mr. Marco y desarticulados con la opción de la resistencia patriótica que al gobierno le toca encabezar.
Palabras de Israel Rojas en la presentación de Apuntes para una historia de la Revolución cubana, de Fabio A. Fernández Batista, publicado bajo el sello Ediciones Temas (sala Héctor García Mesa, del ICAIC, el 17 de abril de 2026).
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