sábado, 23-05-2026
El blog de la revista Temas
CATALEJO
Nuevo dossier de Temas a propósito del reciente mensaje de Marco Rubio
Temas ha invitado a un grupo de académicos y expertos en historia y política de EEUU y de Cuba a analizar el mensaje del Secretario de Estado Marco Rubio dirigido al pueblo de la isla el 20 de mayo pasado.
Publicaremos en lo adelante los textos que hemos ido recibiendo, con el propósito de esclarecer las referencias utilizadas, la naturaleza de los argumentos, el significado y objetivo de este mensaje.
El secretario de Estado de Estados Unidos, Marco R. Rubio, en nombre del presidente Donald Trump, acaba de invitar al pueblo cubano a una «nueva relación» con Estados Unidos, haciendo hincapié en el apoyo constante que este país ha brindado a la isla.
La invitación ofrece al pueblo cubano un futuro de «libertad, dignidad y autodeterminación» y la oportunidad de poner fin al sufrimiento que actualmente padece, en particular a la alarmante escasez de electricidad, e iniciar una nueva era de prosperidad y democracia.
La falta de conocimiento de la historia cubana que demuestra el secretario Rubio es preocupante. Haber lanzado esta idea en el aniversario de la independencia cubana es asombroso, ya sea por su cinismo, su postura totalmente inexacta o ambas cosas.
Cuba no era realmente independiente en 1902, pues, en el acuerdo que puso fin a la administración militar estadounidense de la isla tras la derrota de España en 1898, se vio obligada a aceptar bases navales estadounidenses, el control prácticamente total de la diplomacia cubana, incluso en asuntos económicos, y el derecho de Washington a intervenir en Cuba siempre que lo considerara necesario para proteger sus intereses económicos. Si la Asamblea Legislativa cubana de la época no aceptaba dicho acuerdo, la amenaza de una ocupación permanente o, al menos, a largo plazo, persistía.
Poco después, cuando el derecho a la intervención unilateral fue finalmente abolido formalmente en la década de 1930, la infame «cuota azucarera» convirtió en letra muerta la poca independencia que los cubanos pudieran haber soñado bajo los nuevos acuerdos
Así pues, cuando el señor Rubio afirma que ahora va a decir la verdad sobre Cuba, su primer argumento, por decirlo suavemente, está completamente equivocado.
A continuación, culpa de la difícil situación actual del pueblo cubano al gobierno de la isla, y especialmente al extraordinario conglomerado económico de las fuerzas armadas, si es que se le puede llamar así, llamado GAESA, organismo responsable, ciertamente, de un gran porcentaje de las transacciones económicas internacionales, proporcionando un salvavidas a las industrias que logran generar ingresos para el Estado cubano.
La dificultad radica en que no aporta ni una sola prueba que respalde sus ataques contra GAESA, a la que califica de entidad parasitaria que ha contribuido a convertir a Cuba en un «estado fallido», y nos vemos obligados, en medio de un debate altamente politizado, a simplemente creerle sin más.
Coincido con él en un punto: que no es un «bloqueo» estadounidense lo que ha provocado la actual crisis cubana. Sin embargo, si bien la guerra económica que Estados Unidos ha librado contra la isla durante dos tercios de siglo no es un bloqueo, tampoco es un embargo, el término tradicional utilizado en Estados Unidos.
Se trata, en cambio, de una guerra económica multifacética, especialmente en las áreas de acceso al comercio y las finanzas internacionales, que ha obstaculizado los esfuerzos de Cuba por progresar desde la desafortunada relación bilateral entre Washington y el gobierno revolucionario de La Habana en 1959 y principios de la década de 1960.
Esa guerra económica ha sido librada sin tregua durante dos tercios de siglo por la mayor potencia de la historia del mundo, con una larga historia de intervención militar en la región y en la isla, contra un pequeño país situado a tan solo 150 kilómetros de su punto más meridional.
Si bien es cierto que se planeó una acción militar directa contra Cuba tras el desastroso fracaso de la invasión de Bahía de Cochinos en abril de 1961, las continuas amenazas estadounidenses a la isla y la subversión activa de su gobierno obligaron a Cuba a mantener grandes fuerzas militares y de otro tipo para disuadir cualquier intento de Washington de encontrar una solución militar al «problema» cubano. Y si bien las medidas adoptadas contra los derechos humanos en ese contexto fueron sin duda severas, no eran inusuales para un país asediado en un contexto de seguridad tan asimétrico.
La política estadounidense tiene como objetivo derrocar al gobierno cubano infligiendo tal sufrimiento al pueblo de la isla que este se levante y se libere de sus opresores. Esta estrategia se ha mantenido constante durante décadas. Por lo tanto, el deseo de Washington de insistir en su apoyo a esa misma población resulta un tanto hipócrita, especialmente considerando que los años de la era Trump han reforzado aún más las ya feroces sanciones contra la isla.
En lo que respecta específicamente a GAESA, se requiere mayor transparencia por parte del grupo, pero también hay que decir que, en un contexto donde Estados Unidos utiliza cada cifra publicada por La Habana para insistir en que la isla es un Estado fallido, esto garantiza que dichos datos se conviertan, de hecho, en un asunto de seguridad nacional para Cuba. Sin embargo, una vez más, las acusaciones del secretario Rubio de que "todo" el dinero que recibe GAESA va a parar a los bolsillos de sus burócratas y funcionarios carecen de fundamento. Y si todo ese dinero va a parar a ellos, ¿cómo ha podido Cuba mantener alguno de sus renombrados sistemas de salud, educación, deportes, arte y otros que, aunque ahora muy deteriorados, habían producido logros excepcionales para el pueblo que Estados Unidos pretendía empobrecer?
Lamentablemente, debo concluir que resulta sumamente difícil tomar en serio la supuesta "nueva" oferta que ahora se plantea. La política estadounidense, sobre todo en los últimos meses, no ha mostrado interés alguno en aliviar el sufrimiento del pueblo cubano. Más importante aún, Estados Unidos ya no está en posición moral de dar lecciones a otros sobre democracia. Ciertamente, espero ver a Cuba como un lugar más democrático, y cuanto antes, mejor. Pero las actuales promesas de Washington, como en el pasado, en mi opinión, obstaculizan ese proceso en lugar de apoyarlo.
Ese camino es complicado. Pero Estados Unidos no debería dictar quién gobierna a nadie. Ha perdido toda la autoridad que alguna vez tuvo para sugerir tal cosa. Y hablando de falta de pruebas, el peso de la historia en lo que respecta a Cuba sugiere que ni la libertad, ni la dignidad, ni la autodeterminación han formado parte de los planes que Estados Unidos ha presentado para el futuro del país.
Si bien me gustaría pensar que este nuevo plan representa un nuevo comienzo para dicho progreso, nada en la declaración del Sr. Rubio me da esperanza alguna de que así sea.
Mi única esperanza restante es que se demuestre que estoy equivocado.
Es una esperanza vana.
El discurso de Marco Rubio del 20 de mayo fue una verdadera joya de comunicación política, con un mensaje dirigido al cubano de a pie, hablando de los temas que más interesan a este y ofreciendo soluciones inmediatas y a largo plazo, 100 millones de dólares ahora y unas relaciones con EEUU luminosas (sin comprometerse a nada en concreto «les ofrecemos para ayudarlos no solo a aliviar la crisis actual, sino también a construir un futuro mejor»).
100 millones suenan a mucho dinero pero lo cierto es que están ofreciendo unos 10 dólares por cubano para resolver los problemas de alimentación, luz eléctrica, medicamentos, ropa, etc. Y no se trata de 100 millones por mes ni 100 millones por año, son 100 millones y ya. Tampoco explica cómo se construirá un futuro mejor junto a EEUU, en realidad no ofrece nada en concreto sobre el porvenir.
La ley exige que para levantar Embargo se paguen todas las deudas por propiedades nacionalizadas o decomisadas a los estadounidenses y también a los cubanos que luego se hicieron ciudadanos. No ofrece Marco Rubio ningún compromiso, por ejemplo, de que en ese futuro luminoso no les quiten sus viviendas o sus tierras a los cubanos residentes en la isla para devolverlas a sus antiguos dueños, que son los propietarios reconocidos por EEUU.
También señaló que el culpable de todos nuestros males es GAESA, un conglomerado dependiente de las Fuerzas Armadas que, según Rubio, tendría 18 mil millones de dólares guardados y se los gasta «en construir hoteles para extranjeros» en vez de «mantener y modernizar» las centrales eléctricas. «Cuba está controlada por GAESA. Un “Estado dentro del Estado” que no rinde cuentas a nadie y acapara las ganancias de sus negocios para beneficio de una pequeña élite».
Elegir a GAESA como enemigo principal es un golpe brillante, ya no hay que enfrentarse a la revolución ni al gobierno sino a un misterioso grupo empresarial «un estado dentro de otro estado» que esconde su dinero mientras el pueblo pasa necesidades. Dijo Rubio que tienen 18 mil millones de dólares y podría haber dicho 100 mil millones y sería igual de creíble porque de GAESA nadie sabe nada y no hay donde acudir para obtener información. El pueblo cubano ni siquiera sabe bien por qué hay tantas empresas en manos de las FAR, ni que se hace con el dinero recaudado.
Con el bloqueo de EEUU la opacidad puede ser muy necesaria, vital para eludir la persecución, incluso Martí aceptó que en ocasiones se necesita hacer las cosas en silencio. El problema es que hoy no se podrá frenar esta campaña mediática sin transparencia. GAESA debería poder brindar información al pueblo sin necesidad de exponer sus operaciones comerciales o sus socios en el extranjero.
Los ataques contra GAESA son de vieja data y la gente acumula preguntas, sobre el bloqueo de las remesas, la construcción de hoteles cuando no hay turistas y sobre el destino de los beneficios obtenidos, en concreto cuanto aportan al presupuesto de salud, de educación, etc. Esta sería una buena forma de desmontar esta campaña de comunicación que pretende enfrentar a cubanos contra cubanos, mientras las tropas de EEUU esperan el momento de entrar como salvadores, tal y como ocurrió al final de la guerra de independencia.
Del bloqueo de EEUU Marco no dice una sola palabra, como si no existiera ni hubiera existido nunca se limita a asegurar que «La verdadera razón por la que no tienen electricidad, combustible, ni alimentos es porque quienes controlan su país han saqueado miles de millones de dólares».
EEUU ni siquiera sería responsable del bloqueo petrolero que prohíbe a todos los países del mundo vender combustible a Cuba. Nos cuenta Rubio que si sufrimos 22 horas de apagón «no se debe a un “bloqueo” petrolero por parte de EEUU», sin explicar para que lo mantienen y agudizan entonces.
El bloqueo está vivo y se transforma cada vez que los cubanos encuentran una grieta. Si Cuba desarrolla el turismo, Washington castiga a los que nos visiten y dejan a la isla sin combustible de avión. Cuando se ingresa dinero por la venta de servicios médicos se amenaza a los países donde hay cooperantes para que rompan los contratos. Ahora prohíben al resto del mundo que venda petróleo a Cuba y castigan a las navieras que traían, desde países amigos, los alimentos y las medicinas, entre otras cosas.
Dijo Marco Rubio en su discurso que el dinero del país no se gasta en mantener y modernizar las centrales eléctricas y olvida que desde hace ya años EEUU viene impidiendo a empresas francesas y alemanas vender piezas y tecnología para esas centrales. Al final, EEUU prohíbe a Cuba comprar repuestos para las termoeléctricas e importar petróleo pero esas acciones nada tiene que ver con los apagones.
La última frase es el colofón del mensaje «lo único que se interpone en el camino (de los cubanos) hacia un mejor futuro son quienes controlan su país». En otras palabras, si el pueblo se levanta y tumba al gobierno el camino estaría abierto para que Cuba se convierta, dice Marco Rubio, en algo como República Dominicana, Jamaica, Bahamas y dispara la esperanza insinuando que podría llegar a ser como La Florida y que todos podrían tener un restaurante, una gasolinera o una tienda de ropa, no sólo GAESA.
Marco Rubio necesita desesperadamente que los cubanos residentes en Cuba salgan a las calles de forma violenta, que la policía los reprima, que haya presos, heridos en los hospitales y muchos muertos o pocos, la cifra después se infla y listo. Necesita crear un ambiente de crisis para convencer a Trump de que «una intervención humanitaria» será rápida, aceptada por el mundo y aplaudida por los cubanos, sobre todo por sus votantes de Florida. Es la única forma en que Marco podría vencer la oposición que enfrenta, incluso entre halcones republicanos que temen meterse en 2 guerras a la vez.
Por lo pronto Marco seguirá ahogando al pueblo cubano, continuará cerrando las brechas por donde entran alimentos, medicinas o combustible. Su bloqueo se multiplica además por la acción de una burocracia dentro de Cuba que coopera poniendo más trabas, como hacen con la venta de gasolina.
EEUU sigue aplicando el memorando de los años 60, provocar hambre, miseria y desesperación para que los cubanos derroquen al gobierno. La diferencia es que Lester proponía hacerlo de forma disimulada y hoy todo se hace al estilo Trump, a pesar de los esfuerzos por ser sutiles del excelente equipo de comunicación del Secretario de Estado.
El bloqueo económico, comercial y financiero de Estados Unidos contra Cuba, que empieza en 1962 bajo la administración de John F. Kennedy, ha sido la punta de lanza, el núcleo central de una guerra total del imperialismo norteamericano contra la Revolución Cubana durante sus más de seis décadas de existencia. Cuando en el futuro se escriban los libros de historia de esta época, tendrá que aparecer en mayúsculas y letras doradas la resistencia heroica de Cuba.
La épica de una pequeña isla, subdesarrollada y con escasos recursos económicos, resistiendo el asedio más largo del imperio más poderoso de la historia, es una versión moderna del enfrentamiento legendario entre David y y Goliat.
Contra esa pequeña nación, a noventa millas de sus costas, Estados Unidos ha empleado casi todos los medios disponibles en su arsenal. Y en esa estrategia amplia de subversión, donde se ha ensayado de todo, desde los sabotajes terroristas y atentados personales hasta la agresión militar directa, pasando por la guerra bacteriológica, el ariete principal ha sido siempre el cerco económico, el intento de cerrarle a Cuba cualquier posibilidad de comercio o relaciones económicas formales, no solo con Estados Unidos sino también con otros países.
Cualquier compañía o empresa en el mundo que se aventure a hacer negocios con Cuba se arriesga a la imposición de multas o sanciones por parte del gobierno norteamericano.
El ensañamiento de Estados Unidos, que dedica un ejército de funcionarios y una enorme cantidad de fondos federales a perseguir las operaciones comerciales cubanas, responde a la decisión de no perdonarle a la isla caribeña la osadía de ser rebelde y sostener su independencia. Se han empeñado a fondo en hacer fracasar una experiencia revolucionaria de construcción de una sociedad distinta, de prosperidad, justicia y dignidad para todos, para que no se extienda su ejemplo por América Latina.
Mientras existió la Unión Soviética y el campo socialista los efectos del bloqueo se vieron muy atenuados por relaciones económicas favorables con el Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME), que permitieron sortear con éxito sus obstáculos. Cuando cayó el muro de Berlín y se desintegró la URSS, Cuba se vio en condiciones muy difíciles, en las que perdió casi la totalidad de su intercambio económico internacional y el mercado donde vendía sus productos y se abastecía de insumos vitales. Contra todos los pronósticos, Cuba sobrevivió al duro golpe que significó la caída de la URSS.
Con Fidel Castro todavía al frente del país, las medidas de apertura al mercado, inevitables pero de carácter temporal, tomadas durante el “periodo especial en tiempos de paz”, permitieron a su aparato productivo resistir los embates de una presión imperial recrudecida, y salir a flote. Esta tendencia se vio reforzada luego con un contexto favorable de gobiernos progresistas en el continente latinoamericano y con el periodo breve de acercamiento intentado bajo la administración de Barack Obama.
La llegada de Donald Trump al poder significó el regreso a una política de máxima presión, aplicada con mayor fuerza incluso. Ya en su primer mandato tomó alrededor de doscientas cuarenta medidas que reforzaban el bloqueo, buscaban golpear cada uno de los renglones de nuestra economía y perseguían cualquier intercambio comercial con el resto del mundo.
Y en este segundo turno, donde desempeña el cargo de Secretario de Estado Marco Rubio, un representante directo del lobby contrarrevolucionario cubano de extrema derecha, pretende terminar el trabajo y cumplir el sueño largamente acariciado por el imperialismo norteño: el derrocamiento de la Revolución cubana.
Las amenazas de represalias por parte del principal poder imperialista del orbe actúan como un fuerte disuasorio para que muchas empresas y entidades financieras se abstengan de hacer negocios con Cuba. Lejos de ser un embargo comercial sobre algunos rubros puntuales, como lo presenta Estados Unidos, el bloqueo es una guerra económica en toda la línea, amplia, con una diversidad de medidas que lo han ido extendiendo, fortaleciendo y profundizando a lo largo de estas seis décadas.
Ha sido el bloqueo una política diseñada con el propósito expreso de causar el mayor daño posible a la población cubana, para que se produzca un cambio de régimen a través de un levantamiento contrarrevolucionario.
La rendición o la muerte, es la disyuntiva frente a la cual coloca el imperialismo norteamericano a los pueblos que, como el cubano, se atreven a ser libres y dignos, y a tomar el destino en sus propias manos. Tal política ha supuesto enormes daños a la economía cubana: cifras oficiales arrojan que desde la fecha de su imposición el bloqueo le ha costado a Cuba unos 164 mil millones de dólares.
Todos los renglones de la economía, de la industria, de la agricultura, de los servicios, se han visto afectados por el cerco imperial, que en los últimos tiempos, bajo Trump, se ha caracterizado por la persecución sistemática y el daño quirúrgico a cualquier actividad que le reporte ingresos en divisas al país, en lo fundamental el turismo y la colaboración médica internacional. Más allá de cifras e índices macroeconómicos el bloqueo se deja sentir con toda su crudeza en la vida cotidiana de los cubanos, en las dificultades para la prestación de servicios sociales y públicos, como salud, educación, transporte, energía eléctrica, acueducto, y en la escasez de alimentos y medicinas, de bienes de consumo básicos para la vida. La existencia diaria del cubano es realmente muy dura y complicada por los efectos del bloqueo, no solo por la falta de insumos y recursos, sino también por el deterioro de toda la infraestructura económica y civil.
Las medidas recientes tomadas por Donald Trump declarando a Cuba una amenaza inusual y extraordinaria a la seguridad nacional de Estados Unidos, amenazando con imponer aranceles a todo aquel que envíe petróleo a la isla, además del cierre de la principal fuente de suministro de crudo a los cubanos, con la agresión armada a Venezuela el 3 de enero, han venido a agravar una crisis económica profunda que ya venía sufriendo el pueblo cubano. La falta de electricidad no solo golpea a los hogares, con más de veinte horas de apagones diarios y todas las dificultades que ello implica, por ejemplo, para la conservación y cocción de los alimentos, sino que también paraliza la industria y la actividad productiva. La ausencia de combustible para el transporte, por su parte, detiene prácticamente la vida del país, y afecta el funcionamiento de todas sus esferas y estructuras. Ante una situación tan difícil la decisión de la mayoría del pueblo es firme: seguir resistiendo y no someternos al vasallaje que nos quiere imponer el imperialismo norteamericano. Estamos dispuestos a pagar el precio que sea necesario por nuestra dignidad, soberanía y justicia social.
La doctrina militar cubana de lucha popular extendida, concebida por Fidel Castro desde la década de 1980, asegura a cada ciudadano un medio, un lugar y una misión para resistir al invasor, y busca disuadir y derrotar a cualquier enemigo, sin importar su superioridad bélica, enfrentándolo a costos políticos y humanos que le resulten imposibles de asumir.
Sin tecnologías modernas ni armamento sofisticado, pero con una larga tradición histórica de guerra irregular, compartimos la convicción de que las tropas extranjeras que se atrevan a entrar en Cuba “solo recogerán el polvo de su suelo anegado en sangre, si no perecen en la lucha”.
El mensaje emitido por el secretario de Estado Marco Rubio el 20 de mayo de 2026 es uno de los pronunciamientos más significativos recientes sobre la política de Estados Unidos hacia Cuba. Presentado como un mensaje dirigido “al pueblo cubano”, el discurso articuló una narrativa coherente con la estrategia de máxima presión impulsada desde Washington: responsabilizar exclusivamente al gobierno cubano y a GAESA de la crisis nacional, legitimar una política de cambio de régimen impuesta desde fuera y presentar a Estados Unidos operando bajo la ley Helms como aliado de los cubanos frente a su Estado usurpador.
Aun mas, el discurso adquiere pleno significado cuando se analiza dentro del repertorio político más amplio de ese mismo día: la visita a La Habana en la víspera del director de la CIA, John Ratcliffe; el encausamiento judicial en Miami del expresidente cubano Raúl Castro; y el acto electorero celebrado en la Freedom Tower con candidatos republicanos de Florida detrás del podio, incluida la senadora Ashley Moody, en plena campaña por la elección. Lejos de ser hechos aislados, estos acontecimientos sugieren una estrategia coordinada de escalamiento de la guerra económica, amenaza del uso de la fuerza y movilización electoral doméstica.
Los cubanos “exitosos” fuera de Cuba: simplificación ideológica y omisiones estructurales
Uno de los ejes centrales del discurso de Rubio fue la afirmación de que los cubanos prosperan “en todas partes” excepto en Cuba debido al gobierno cubano. La idea busca demostrar que el problema estructural de la isla sería exclusivamente político e interno. Rubio ha descrito la revolución cubana como un mero “accidente”desde una lectura singular de una república modélica antes del arribo de Fidel Castro a a la política cubana. Recordemos que según Rubio, el parteaguas entre democracia y dictadura es el 26 de julio de 1953, no el 10 de marzo de 1952, no el 1 de enero de 1959 o alguna fecha posterior.
El argumento del éxito cubano allende sus fronteras tiene eficacia retórica, particularmente en el sur de Florida, donde sectores de la diáspora cubana han alcanzado altos niveles de influencia económica y política. También es una idea que cala en parte de la población en Cuba, harta de caricaturas sobre el exilio y de la propia situación en la isla, por parte de la propaganda oficial. Sin embargo, es una tesis profundamente simplificadora.
Primero, invisibiliza las desigualdades internas existentes dentro de la propia comunidad cubanoamericana. Como han demostrado Alejandro Portes y Ariel Armony (Armony & Portes, 2018), aunque Miami alberga sectores cubanos altamente exitosos, también existen niveles significativos de pobreza, precariedad laboral y desigualdad entre migrantes recientes, ancianos y trabajadores insertados en sectores de bajos ingresos.
Segundo, la narrativa ignora el diferencial estructural entre economías desarrolladas y subdesarrolladas. La movilidad económica ascendente de migrantes provenientes de países periféricos hacia Estados Unidos constituye un fenómeno generalizado que excede ampliamente el caso cubano. Migrantes de múltiples nacionalidades latinoamericanas suelen mejorar significativamente sus ingresos al insertarse en la principal economía desarrollada del planeta.
Más aún, Rubio omite un elemento central: una parte importante del capital humano de la emigración cubana fue formado precisamente en Cuba. Profesionales cubanos insertados exitosamente en Estados Unidos y otros países recibieron educación, alfabetización y formación técnica dentro del sistema educativo cubano posterior a 1959. Ello no niega las limitaciones económicas o políticas del sistema cubano, pero sí cuestiona la idea de que el Estado cubano haya sido únicamente un obstáculo para el desarrollo humano.
La narrativa de Rubio transforma así una experiencia migratoria —la inserción cubana privilegiada en Estados Unidos (Eckstein, 2022)— en prueba definitiva del diagnóstico ideológico del exilio radical anticastrista sobre la isla.
Paternalismo político y negación de la historicidad revolucionaria
El discurso también revela una visión paternalista sobre los cubanos residentes en la isla. Rubio no solo critica al gobierno cubano; viene a explicarles a los cubanos quién es el “único responsable” de sus problemas y cuál debe ser, en consecuencia, su futuro político legítimo.
El mensaje presupone que corresponde a Washington revelar a los cubanos la verdadera naturaleza de su situación. El exilio cubano aparece como intérprete autorizado de la realidad cubana, mientras los propios cubanos son tratados más como objetos de liberación que como sujetos históricos autónomos. No es un mensaje MAGA, es un revolucionario, una vanguardia, iluminando el camino redentor.
Ese tono reproduce una larga tradición intervencionista en las relaciones entre Estados Unidos y Cuba.
La consecuencia conceptual más profunda de esta narrativa es la negación implícita del carácter histórico de la Revolución Cubana. Cuando Rubio sugiere que el régimen “secuestró” o “robó” el país, la implicación es que nunca existió una revolución auténticamente arraigada en conflictos sociales reales ni respaldada por amplios sectores populares.
Críticas contemporáneas al sistema cubano, aparte, muy legítimas, por cierto; resulta históricamente insostenible negar que la Revolución de 1959 constituyó un proceso de movilización social masiva con elevados niveles de legitimidad durante décadas. Reducir toda la experiencia revolucionaria cubana a una simple estructura criminal o mafiosa permite justificar discursivamente una política de “refundación” nacional promovida desde el exterior. A la luz de la experiencia del secuestro de Nicolás Maduro en Caracas, no es difícil percibir analogías en el trato a GAESA con el previamente dado al supuesto Cartel de los Soles. Aquí hay entonces, críticas legítimas, pero muy envueltas en humo contrarrevolucionario.
Cuba bajo el gobierno cubano y bajo las sanciones estadounidenses
El discurso de Rubio insiste en presentar la crisis cubana como resultado exclusivo del gobierno cubano y de GAESA. Sin embargo, los cubanos residentes en la isla no viven únicamente bajo el sistema político cubano; viven también bajo un régimen prolongado de sanciones económicas estadounidenses. Rubio en su comparación usando el modelo de sistemas más similares (todos son cubanos, pero los que no alcanzan el éxito tienen la diferencia de vivir bajo el gobierno comunista), olvida otros factores estructurales en el contexto de la isla, en primer lugar, la guerra económica de EE.UU. bajo la meta del memorándum Mallory, causar hambre y desesperación para provocar caos, desesperación y revuelta.
Las sanciones afectan el acceso a combustible, financiamiento internacional, transporte, operaciones bancarias y comercio exterior. El actual bloqueo petrolero, ya un acto de guerra, ha contribuido significativamente al deterioro del sistema eléctrico, transporte y servicios básicos.
El discurso resulta particularmente problemático desde la perspectiva del derecho internacional. La política estadounidense hacia Cuba —condenada reiteradamente por la United Nations General Assembly— combina sanciones unilaterales, medidas secundarias extraterritoriales y presión explícita para promover un cambio de régimen. Según la CEPAL hasta 2018 le habian costado al país, más de 130 000 millones de dólares. La cifra hoy, seguro más alta, pone en contexto el ofrecimiento de ayuda humanitaria por cien millones de dolares, lo mismo nominalmente que el presidente Reagan ofreció a la contra nicaragüense, entre 7000 y 9000 efectivos en 1987.
Desde el punto de vista jurídico y político, el mensaje de Rubio reitera precisamente la lógica intervencionista cuestionada históricamente en casos como Nicaragua v. United States (1986) decidido por la Corte Internacional de Justicia. La Corte condenó prácticas estadounidenses de coerción y desestabilización contra otro Estado soberano y estableció que los derechos humanos no son un pretexto legítimo para el uso de la fuerza fuera del marco regulatorio de la Carta de la ONU, defensa propia (Artículo 51) o aprobación del Consejo de Seguridad (Capítulo VII).
Existe además una tensión importante entre la retórica estadounidense de promoción de derechos humanos y los efectos concretos de la política de máxima presión. Las buenas prácticas contemporáneas en derechos humanos se basan en minimizar daños a poblaciones civiles. Sin embargo, la política hacia Cuba busca explícitamente aumentar costos económicos internos para generar presión política, alejándose del principio hipocrático de “primero no hacer daño”.
Crisis humanitaria y contradicción migratoria
El discurso de Rubio también oculta una contradicción central de la política estadounidense hacia Cuba: mientras Washington considera que una estampida migratoria cubana, “como la del puente de Mariel”- en palabras de Robert Gates, ex director de la CIA y secretario de defensa con Bush y Obama- constituye una amenaza a la seguridad nacional estadounidense, sus políticas actuales aumentan precisamente las probabilidades de una nueva crisis migratoria.
El periodista Ed Augustin describió recientemente en The New York Times el deterioro extremo de condiciones de vida en Cuba asociado a la crisis energética: apagones prolongados, inseguridad alimentaria y colapso de servicios básicos, muertes por enfermedades curables y situaciones atendibles según los médicos locales.
En este contexto, el bloqueo petrolero y la intensificación de sanciones hacen probable —si no casi inevitable— un incremento sustancial de presiones migratorias hacia Estados Unidos.
La paradoja estratégica resulta evidente: Washington define la migración masiva cubana como amenaza a su seguridad nacional mientras impulsa políticas que agravan dramáticamente las condiciones estructurales que históricamente producen esas mismas olas migratorias.
GAESA, transición y la inviabilidad de una reforma pactada
La estigmatización de GAESA dentro del discurso de Rubio también funciona como una forma de desplazamiento del debate sobre los problemas reales asociados a una eventual transición económica y política en Cuba.
Más que discutir cuáles serían las condiciones institucionales necesarias para hacer viable una apertura gradual y estable —incluso dentro del propio marco normativo estadounidense que históricamente ha hablado desde la ley Torricelli (1992) de promover una “transición pacífica” hacia una democracia liberal y una economía de mercado—, el discurso opta por una lógica de descalificación total del aparato estatal y militar cubano, llamando a su desmantelamiento inmediato.
Resulta significativo que la crítica de Rubio no se concentre en cuestiones típicamente asociadas a procesos de reforma económica y liberalización política, tales como la falta de competencia efectiva dentro del emergente mercado cubano, la necesidad de descentralización económica y política, la creación de marcos regulatorios transparentes, la protección de consumidores e inversionistas o el fortalecimiento institucional de actores civiles autónomos.
Tampoco existe una reflexión sobre cómo articular mecanismos de reforma que permitan transformar estructuras económicas preservando niveles mínimos de estabilidad social y gobernabilidad, reduciendo por ejemplo el riesgo de amenazas a la seguridad publica y la entrada del crimen internacional organizado.
Por el contrario, el discurso plantea una deslegitimación absoluta del Partido Comunista, de las FAR, se supone junto al Ministerio del Interior, y de su entramado económico, insistiendo en la necesidad de despojarlos rápidamente de poder político y económico.
Esa posición resulta particularmente relevante porque, históricamente, las transiciones relativamente exitosas desde sistemas de partido único y economías centralizadas hacia modelos más abiertos han dependido frecuentemente de estabilizadores, con procesos de negociación, reforma gradual, reconciliación nacional, o rupturas pactadas entre sectores del antiguo aparato estatal y nuevos actores políticos y económicos.
La experiencia comparada de Europa del Este, Asia e incluso América Latina muestra que las transiciones negociadas suelen requerir precisamente algún tipo de interlocución con estructuras de poder previamente existentes, incluyendo fuerzas armadas, burocracias estatales y élites económicas vinculadas al sistema anterior. Frente a esa idea de negociación y pacto, supuestamente tan cercana a la tradición pragmática estadounidense y al propio presidente Trump, dispuesto a negociar acuerdos, Rubio reproduce patrones revolucionarios a la inversa, reclamando un desmontaje total.
El discurso de Rubio parece descartar de antemano el acuerdo. La narrativa no apunta hacia una lógica de reforma gradual, coexistencia transitoria o negociación política, sino hacia una sustitución inmediata y total del aparato gobernante cubano.
Ello hace difícil pensar que la estrategia realmente contemple una transición pacífica en sentido clásico por destrabe del equilibrio de reforma parcial previo al bloqueo petrolero. Más bien sugiere una visión de ruptura abrupta, donde la presión económica extrema, el aislamiento político y la deslegitimación total del Estado cubano funcionarían como mecanismos para precipitar un colapso acelerado del sistema a la memorandum Mallory.
Florida y la teatralización electoral del conflicto cubano
El discurso y el encausamiento de Raúl Castro poseen además una clara dimensión electoral doméstica. El acto organizado en la Freedom Tower funcionó simultáneamente como demostración de firmeza hacia Cuba y como movilización política dirigida al electorado cubanoamericano conservador.
No parece casual que figuras republicanas claves de Florida como la senadora Moody aparecieran en primer plano en un momento en que las encuestas muestran un acercamiento de candidatos demócratas en carreras para gobernador, Senado federal y fiscal general estatal.
La insistencia discursiva en contrastar al presidente que “encausa a Raúl Castro” con aquel que asistió a un juego de béisbol con él durante el deshielo de 2014-2016 (referencia a Barack Obama) resume la utilización doméstica del conflicto cubano como instrumento de polarización electoral.
Conclusión
El mensaje de Rubio del 20 de mayo de 2026 no es una declaración diplomática, sino un llamado a la rebelión, desde premisas maximalistas de ideología neoconservadora. Constituyó una pieza dentro de una estrategia multidimensional de presión política, coerción económica y movilización simbólica orientada tanto hacia Cuba como hacia la política interna de Florida.
La narrativa combina críticas legítimas sobre estructuras totalitarias y militarización económica en Cuba con una interpretación profundamente unilateral que minimiza el impacto de las sanciones estadounidenses, niega complejidades históricas de la experiencia revolucionaria cubana y adopta un tono paternalista hacia los cubanos de la isla.
Más que promover las condiciones para una transición negociada y gradual, “pacifica”, el discurso parece orientado hacia una lógica de ruptura abrupta y deslegitimación total del aparato estatal cubano. Ello incrementa riesgos de inestabilidad y confrontación en un contexto ya marcado por una profunda crisis económica y humanitaria. Este mensaje, lejos de ayudar obstaculiza las reformas, y aperturas, pues es ante todo un llamado a las trincheras propias, y por ende, a las del frente. Vino viejo, en odres nuevos.
El discurso revela así las tensiones persistentes entre soberanía y cambio de régimen impuesto desde Washington, derechos humanos y coerción económica, seguridad nacional y producción de inestabilidad regional. Más que anunciar una nueva política hacia Cuba, confirma la continuidad de una lógica histórica de confrontación hemisférica, desconociendo el sentir regional, incluso de aliados de EE.UU, donde la presión económica y el deterioro social continúan siendo concebidos como instrumentos legítimos para producir transformación política interna en la isla, sin importar los costos. En ese sentido, es muy preocupante el encausamiento de Raul Castro, pues abre la posibilidad de acciones de guerra, sin consulta al congreso, como dicta el ideal republicano., bajo el pretexto de una acción de aplicación de la ley.
Más allá de lo que uno pueda pensar sobre el 20 de mayo de 1902 como fecha histórica, la misma ejerce un particular atractivo para cualquier político cubano-americano que se respete. Después de todo para ese sector la fecha simboliza la Cuba que una vez controlaron Estados Unidos y la oligarquía cubana. Es la Cuba a la que aspiran regresar algún día.
Para el presidente Donald Trump y su secretario de Estado, esa Cuba está al doblar de la esquina. Ya en el 2019, cuando la primera administración Trump, siendo Rubio aún Senador por la Florida, John Bolton, a la sazón Asesor Nacional de Seguridad, había ideado una estrategia aparentemente imbatible. Consistía en lograr el derrocamiento del presidente Nicolás Maduro en Venezuela para así negarle a Cuba el acceso al petróleo y a los financiamientos que habían sido pactados por ambos gobiernos en época de Fidel Castro y Hugo Chávez.
Como se recordará, aquel intento de enero del 2019, más conocido como el gambito Guaidó, fracasó estrepitosamente.
Se está ahora en presencia la segunda edición de esa estrategia. Desde que asumieron el poder en enero del 2024, ahora con Rubio en los dos cargos clave de política exterior del presidente Trump, ambos han impulsado el mismo proyecto: derrocar al gobierno cubano y revertir los logros de la Revolución cubana a través de la neutralización de Caracas como aliado clave de La Habana. Pudiera llamarse “Máxima presión plus” o “Máxima presión 2.0”.
Y hay que decir que han aprovechado muy bien dos circunstancias favorables. Por un lado, la situación económica y social cubana se ha deteriorado considerablemente. Ello se debe tanto a factores externos como domésticos.
Por el otro, el giro a la derecha de muchos gobiernos latinoamericanos y caribeños le han restado a Cuba importantes apoyos regionales.
Es en esas circunstancias que hace apenas 5 meses, el 3 de enero del 2026, las fuerzas armadas norteamericanas, cumpliendo órdenes de Trump, llevaron a cabo exitosamente el raid o golpe de mano que las llevó a secuestrar al presidente Maduro y obligar al gobierno de Delcy Rodríguez a cesar todas las transacciones económicas con Cuba.
Estaban matando dos pájaros de un tiro, o al menos así lo vieron.
La suposición de entonces era que el gobierno cubano no superaría esa circunstancia y colapsaría. Además, el poderío norteamericano demostrado en ese caso era una vigorosa razón para que se produjera lo que Trump y Rubio aspiraban: rendición incondicional del liderazgo cubano y subordinación de Cuba al dominio de Estados Unidos.
Adicionalmente, mediante una serie de proclamas y decisiones ejecutivas, se ha llevado a extremos nunca vistos antes la guerra económica que Estados Unidos le ha declarado Cuba. Ello ha tenido más impacto aún debido al quebranto del sistema económico mundial causado por la pandemia de COVID y la guerra en Ucrania.
Pero, por el otro, en el plano doméstico se viene desarrollando una policrisis al interior de Cuba, resultante de los fracasos y errores del propio gobierno cubano que sigue aferrado a un modelo económico que no funciona. Adicionalmente los líderes cubanos no han sido capaces de responder a las crecientes demandas de la ciudadanía que reclama una transformación no ya económica sino también política. La Habana también ha fracasado en diseñar y ejecutar una estrategia de comunicación política eficaz y creíble.
Para Trump y Rubio, al fin se han creado las condiciones para que las elites dominantes conservadoras en Estados Unidos lograran su viejo anhelo: el cambio de régimen en Cuba.
Para ello están aplicando todas las tácticas políticas en materia de comunicación. Estamos en presencia de una campaña de manipulación y operaciones psicológicas destinadas a quebrar la voluntad de resistencia del pueblo y del gobierno cubano. Según el diseño de Trump y Rubio, este último no tiene otro remedio que rendirse incondicionalmente antes de que se produzca una catástrofe monumental.
Es en ese contexto que se produce el llamado “mensaje al pueblo cubano por el 20 de mayo” que varias administraciones antes que la de Trump han utilizado para exponer la esencia de su política hacia Cuba. Sólo que esta vez el putativo autor no ha sido el presidente como en el pasado, sino el secretario de Estado.
Hay que reconocer que el mensaje de Rubio toca dos temas sumamente candentes de la realidad cubana en el marco general de que el gobierno cubano no ha sido capaz de producir los cambios necesarios para que la economía funcione eficazmente y ofrezca condiciones mínimas de bienestar.
Esos temas son la opacidad del sistema y los déficits democráticos del mismo.
Para muchos cubanos, el gobierno no ha sido capaz de “cambiar todo lo que deba ser cambiado”. Ni siquiera de llevar a cabo las reformas económicas anunciadas y aprobadas en los Lineamientos para la Actualización del Modelo Económico Social.
Como se sabe, estos Lineamientos fueron objeto de un ejercicio de deliberación nacional al final del cual fueron aprobados tanto por un Congreso del Partido Comunista de Cuba como por una sesión de la Asamblea Nacional. Este proceso se llevó a cabo bajo el liderazgo e impulso de Raúl Castro, a la sazón máximo dirigente del país, a fines de la primera década del siglo. Se suponía que las reformas previstas serían puestas en vigor entre el 2011 y el 2016.
No sólo no se llevaron a cabo bajo el mandato de Raúl Castro, sino que se detuvieron prácticamente a partir de la elección de Miguel Díaz Canel como presidente en el 2018.
Mucho se ha especulado sobre los motivos de este fracaso mayor. Pero la peor explicación que ha prevalecido es que los actuales dirigentes se han estado enriqueciendo, invirtiendo los recursos del país en su propio beneficio y no en esferas tales como el sistema electro energético o la agricultura.
El mensaje de Marco Rubio se focaliza en esta última hipótesis y utiliza como elemento clave a GAESA, el conglomerado económico de origen militar. No está claro cuál es el volumen real de la economía que GAESA controla, pero se asume que debe ser como mínimo el 40%. La falta de transparencia del gobierno en general, algo criticado por el propio Raúl Castro en el 2010, es un elemento que dificulta incluso a los que quieren defender la actividad de esta gigantesca corporación.
Muy hábilmente, Rubio ofrece una visión alternativa de una Cuba floreciente bajo el control de Estados Unidos y particularmente de Donald Trump.
Toca todas las teclas que pueden ser atractivas para los cubanos en medio de esta policrisis.
Lo que oculta muy hábilmente el secretario de Estado es que al gobierno de Estados Unidos realmente no le interesa el pueblo cubano. Lo que le interesa es apoderarse de los resortes económicos de Cuba para ponerlo al servicio de los grandes monopolios estadounidenses incluyendo los controlados por millonarios cubano-americanos.
En las actuales circunstancias al gobierno cubano le va a ser muy difícil contrarrestar esta campaña que seguramente se repetirá “ad nauseam”.
El gobierno cubano está a la defensiva, respondiendo a cada paso que da el norteamericano, pero omite que tiene también un grave desafío en materia doméstica. Tiene que llevar a cabo cambios que funcionen y ofrezcan bienestar tangible a los cubanos y tiene que comunicarlo mejor, dialogando permanentemente con sus ciudadanos.
El pasado 20 de mayo el Secretario de Estado norteamericano Marco Rubio le habló —en español — a los cubanos, fundamentalmente a los residentes en la Isla. Su discurso se inserta dentro de la escalada retórica y práctica que desde inicios de año despliega la Administración Trump hacia Cuba, en el contexto que genera el reimpulso dado a la Doctrina Monroe. En un escenario de erosión de su hegemonía mundial, Washington se esfuerza por garantizar su control sobre las Américas y la mayor de las Antillas sufre el embate de ese viento huracanado.
Como era de esperar, Rubio arrancó por la Historia. Sus palabras iniciaron con la exaltación de una fecha identificada, desde la lógica imperial, como punto de partida de la independencia cubana. La existencia a inicios del siglo pasado de un modelo neocolonial que constreñía la soberanía patria no constituye tópico que le interese subrayar a un político que entiende como virtuosa la subordinación de La Habana a los designios de la gran potencia vecina.
De la alusión al ayer saltó hacia el presente el alto funcionario estadounidense. El relato articulado sobre la compleja cotidianidad cubana descansa en torno a la estafa intelectual que supone descargar a Estados Unidos de cualquier responsabilidad en relación con la crisis que enfrenta la Isla. Según la versión de Rubio, la tensa situación que se vive a lo largo y ancho del territorio nacional resulta, en exclusivo, expresión del desgobierno de las autoridades insulares, del rol GAESA dentro de la economía y de la articulación de intereses espurios ajenos a las necesidades de la población.
Se completa el cuadro con el anuncio de la ayuda ofrecida por la Administración Trump y con la insistencia en la voluntad del gobierno norteño para convertirse en partero de la nueva Cuba que florecería —¡al igual que Bahamas, República Dominicana y Jamaica! — bajo las bondades de la democracia liberal. El cuadro idílico de la nación próspera del mañana se sostiene en el empleo del desgatado recurso que presenta al éxito como materialidad solo alcanzada por aquellos compatriotas residentes allende los mares.
Desmontar el gran argumento utilizado por Mr. Rubio. no es difícil. Exculpar a Estados Unidos de su papel dentro de la crisis cubana actual solo es posible a partir del uso descarnado de la mentira. Buena parte de las cosas que en Cuba no han salido bien pasan, indudablemente, por la incidencia del accionar hostil expresado en la guerra económica que —desde 1960 — las administraciones norteamericanas le han impuesto a su pequeño vecino. En estos meses iniciales de 2026 se ha vivido el recrudecimiento extremo de una histórica proyección, que no solo ha sido denunciada por las autoridades cubanas, sino que también ha recibido la condena mayoritaria de la comunidad internacional.
Ahora bien, lo realmente interesante es entender por qué los planteamientos de Rubio pueden tener acogida favorable en segmentos de la población de esta tierra acosada. El análisis de tal fenómeno obliga a dialogar con dinámicas internas articuladas en la Isla. No resulta una conversación grata, pero vale la pena asumirla.
A modo de esbozo, pueden identificarse algunas cuestiones de la realidad interna que aúpan la modelación de la narrativa desde la cual se trabaja en la conciencia de los cubanos para blanquear el accionar estadounidense. Entre ellas destaca la opacidad de la célebre GAESA, quizás necesaria para el propósito de alcanzar flexibilidad operacional, pero desde hace buen tiempo contraproducente en lo político. A ello se suman las inconsecuencias en el despliegue de los gastos estatales y su articulación con el deterioro de sectores identificados como conquistas de la Revolución. Asimismo, inciden el decurso no exitoso la reforma económica, el crecimiento de la desigualdad social de la mano del mayor peso alcanzado por las relaciones de mercado, las dificultades del sistema político para dialogar con la pluralidad ciudadana, percepción que en torno a la corrupción de franjas del liderazgo se ha instalado en el país y la generalmente esquemática, arcaica y reactiva proyección comunicativa de las autoridades.
Rubio ha repetido el viejo mantra imperial, pero ahora tiene gente —más de la cuenta — que lo escucha desde las calles y casas cubanas. La debilidad del frente interno se muestra como una variable cuyo peso resulta mucho mayor que en décadas anteriores. En circunstancias difíciles, críticas pudiera decirse, el marco de acción gubernamental es limitado, mas el liderazgo en ejercicio debería encarar con fuerza a aquellos elementos de la dinámica interna que hoy se convierten en terreno fértil para que unos cuantos de los nacidos y residentes en la Isla se muestren indulgentes con la agenda de restauración imperial de Mr. Marco y desarticulados con la opción de la resistencia patriótica que al gobierno le toca encabezar.
Palabras de Israel Rojas en la presentación de Apuntes para una historia de la Revolución cubana, de Fabio A. Fernández Batista, publicado bajo el sello Ediciones Temas (sala Héctor García Mesa, del ICAIC, el 17 de abril de 2026).
El pasado 15 de abril, con el auspicio de la editorial Letras Cubanas, celebraron a nuestra compañera, la Dra. Denia García Ronda, con motivo de su cumpleaños, en el espacio El Jubileo de Letras Cubanas, con sede en la librería Fayad Jamís, del Centro histórico de La Habana Vieja. Catalejo ha transcrito la entrevista que le realizó allí Fernando Rdríguez Sosa, creador y conductor de ese espacio. Agradecemos a él y a la directora de la editorial su autorización y colaboración para publicarla.
"...Las decisiones que Cuba tomó este febrero mostraron que su modo de gobernar es capaz de renovarse internamente, no sólo para resistir las amenazas de Trump y Rubio, sino para cambiar lo que no funciona en su camino al socialismo. Estas medidas no pueden quedarse como respuestas a una emergencia, mucho menos como consignas. Tienen que contribuir a renovar urgentemente la macroeconomía, a extirpar la burocracia y la corrupción a todos los niveles, a eliminar las desigualdades, la pobreza, de manera que los cubanos no vean la migración externa como la única salida a sus dificultades, sino que las resuelvan aquí".
Presentación n. 125-126 – Revista Temas
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La revista Temas invita al Panel sobre “Imperialismo y resistencia en América Latina y el Caribe”, que se realizará este martes, 17 de febrero, 10:00 a.m.
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