sábado, 23-05-2026
El blog de la revista Temas
La rendición o la muerte, es la disyuntiva frente a la que nos pone Marco Rubio
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Temas ha invitado a un grupo de académicos y expertos en historia y política de EEUU y de Cuba a analizar el mensaje del Secretario de Estado Marco Rubio dirigido al pueblo de la isla el 20 de mayo pasado.
Publicaremos en lo adelante los textos que hemos ido recibiendo, con el propósito de esclarecer las referencias utilizadas, la naturaleza de los argumentos, el significado y objetivo de este mensaje.
El bloqueo económico, comercial y financiero de Estados Unidos contra Cuba, que empieza en 1962 bajo la administración de John F. Kennedy, ha sido la punta de lanza, el núcleo central de una guerra total del imperialismo norteamericano contra la Revolución Cubana durante sus más de seis décadas de existencia. Cuando en el futuro se escriban los libros de historia de esta época, tendrá que aparecer en mayúsculas y letras doradas la resistencia heroica de Cuba.
La épica de una pequeña isla, subdesarrollada y con escasos recursos económicos, resistiendo el asedio más largo del imperio más poderoso de la historia, es una versión moderna del enfrentamiento legendario entre David y y Goliat.
Contra esa pequeña nación, a noventa millas de sus costas, Estados Unidos ha empleado casi todos los medios disponibles en su arsenal. Y en esa estrategia amplia de subversión, donde se ha ensayado de todo, desde los sabotajes terroristas y atentados personales hasta la agresión militar directa, pasando por la guerra bacteriológica, el ariete principal ha sido siempre el cerco económico, el intento de cerrarle a Cuba cualquier posibilidad de comercio o relaciones económicas formales, no solo con Estados Unidos sino también con otros países.
Cualquier compañía o empresa en el mundo que se aventure a hacer negocios con Cuba se arriesga a la imposición de multas o sanciones por parte del gobierno norteamericano.
El ensañamiento de Estados Unidos, que dedica un ejército de funcionarios y una enorme cantidad de fondos federales a perseguir las operaciones comerciales cubanas, responde a la decisión de no perdonarle a la isla caribeña la osadía de ser rebelde y sostener su independencia. Se han empeñado a fondo en hacer fracasar una experiencia revolucionaria de construcción de una sociedad distinta, de prosperidad, justicia y dignidad para todos, para que no se extienda su ejemplo por América Latina.
Mientras existió la Unión Soviética y el campo socialista los efectos del bloqueo se vieron muy atenuados por relaciones económicas favorables con el Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME), que permitieron sortear con éxito sus obstáculos. Cuando cayó el muro de Berlín y se desintegró la URSS, Cuba se vio en condiciones muy difíciles, en las que perdió casi la totalidad de su intercambio económico internacional y el mercado donde vendía sus productos y se abastecía de insumos vitales. Contra todos los pronósticos, Cuba sobrevivió al duro golpe que significó la caída de la URSS.
Con Fidel Castro todavía al frente del país, las medidas de apertura al mercado, inevitables pero de carácter temporal, tomadas durante el “periodo especial en tiempos de paz”, permitieron a su aparato productivo resistir los embates de una presión imperial recrudecida, y salir a flote. Esta tendencia se vio reforzada luego con un contexto favorable de gobiernos progresistas en el continente latinoamericano y con el periodo breve de acercamiento intentado bajo la administración de Barack Obama.
La llegada de Donald Trump al poder significó el regreso a una política de máxima presión, aplicada con mayor fuerza incluso. Ya en su primer mandato tomó alrededor de doscientas cuarenta medidas que reforzaban el bloqueo, buscaban golpear cada uno de los renglones de nuestra economía y perseguían cualquier intercambio comercial con el resto del mundo.
Y en este segundo turno, donde desempeña el cargo de Secretario de Estado Marco Rubio, un representante directo del lobby contrarrevolucionario cubano de extrema derecha, pretende terminar el trabajo y cumplir el sueño largamente acariciado por el imperialismo norteño: el derrocamiento de la Revolución cubana.
Las amenazas de represalias por parte del principal poder imperialista del orbe actúan como un fuerte disuasorio para que muchas empresas y entidades financieras se abstengan de hacer negocios con Cuba. Lejos de ser un embargo comercial sobre algunos rubros puntuales, como lo presenta Estados Unidos, el bloqueo es una guerra económica en toda la línea, amplia, con una diversidad de medidas que lo han ido extendiendo, fortaleciendo y profundizando a lo largo de estas seis décadas.
Ha sido el bloqueo una política diseñada con el propósito expreso de causar el mayor daño posible a la población cubana, para que se produzca un cambio de régimen a través de un levantamiento contrarrevolucionario.
La rendición o la muerte, es la disyuntiva frente a la cual coloca el imperialismo norteamericano a los pueblos que, como el cubano, se atreven a ser libres y dignos, y a tomar el destino en sus propias manos. Tal política ha supuesto enormes daños a la economía cubana: cifras oficiales arrojan que desde la fecha de su imposición el bloqueo le ha costado a Cuba unos 164 mil millones de dólares.
Todos los renglones de la economía, de la industria, de la agricultura, de los servicios, se han visto afectados por el cerco imperial, que en los últimos tiempos, bajo Trump, se ha caracterizado por la persecución sistemática y el daño quirúrgico a cualquier actividad que le reporte ingresos en divisas al país, en lo fundamental el turismo y la colaboración médica internacional. Más allá de cifras e índices macroeconómicos el bloqueo se deja sentir con toda su crudeza en la vida cotidiana de los cubanos, en las dificultades para la prestación de servicios sociales y públicos, como salud, educación, transporte, energía eléctrica, acueducto, y en la escasez de alimentos y medicinas, de bienes de consumo básicos para la vida. La existencia diaria del cubano es realmente muy dura y complicada por los efectos del bloqueo, no solo por la falta de insumos y recursos, sino también por el deterioro de toda la infraestructura económica y civil.
Las medidas recientes tomadas por Donald Trump declarando a Cuba una amenaza inusual y extraordinaria a la seguridad nacional de Estados Unidos, amenazando con imponer aranceles a todo aquel que envíe petróleo a la isla, además del cierre de la principal fuente de suministro de crudo a los cubanos, con la agresión armada a Venezuela el 3 de enero, han venido a agravar una crisis económica profunda que ya venía sufriendo el pueblo cubano. La falta de electricidad no solo golpea a los hogares, con más de veinte horas de apagones diarios y todas las dificultades que ello implica, por ejemplo, para la conservación y cocción de los alimentos, sino que también paraliza la industria y la actividad productiva. La ausencia de combustible para el transporte, por su parte, detiene prácticamente la vida del país, y afecta el funcionamiento de todas sus esferas y estructuras. Ante una situación tan difícil la decisión de la mayoría del pueblo es firme: seguir resistiendo y no someternos al vasallaje que nos quiere imponer el imperialismo norteamericano. Estamos dispuestos a pagar el precio que sea necesario por nuestra dignidad, soberanía y justicia social.
La doctrina militar cubana de lucha popular extendida, concebida por Fidel Castro desde la década de 1980, asegura a cada ciudadano un medio, un lugar y una misión para resistir al invasor, y busca disuadir y derrotar a cualquier enemigo, sin importar su superioridad bélica, enfrentándolo a costos políticos y humanos que le resulten imposibles de asumir.
Sin tecnologías modernas ni armamento sofisticado, pero con una larga tradición histórica de guerra irregular, compartimos la convicción de que las tropas extranjeras que se atrevan a entrar en Cuba “solo recogerán el polvo de su suelo anegado en sangre, si no perecen en la lucha”.
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