martes, 03-02-2026
Este artículo tiene como objetivo analizar en el contexto cubano contemporáneo la presencia y desafíos del tratamiento a las relaciones raciales en dos aspectos esenciales. En primer lugar, en una dimensión valorativa de cómo las políticas educativas contemplan la inclusión de las personas negras/mestizas en el acceso a la universidad. Como segundo elemento se problematiza las ausencias de la temática racial, las personas negras y sus saberes en el ámbito curricular y la preparación de los docentes en temas relacionados.
La oleada de protestas masivas de 2011-12 conocida como la "Primavera Árabe" ha tenido tantos procesos y resultados diferentes como países la experimentaron. En Túnez, donde comenzó el movimiento, surgieron nuevas conversaciones en torno a la democratización, la ciudadanía, los derechos de las minorías y la identidad, que antes estaban reprimidas, eran tabú o tenían un espacio limitado para el debate. Al posicionar la visibilidad y las experiencias vividas del racismo al que se han enfrentado los tunecinos negros, los activistas contra el racismo impusieron conversaciones sobre la pertenencia a grupos, las identidades culturales y la naturaleza excluyente del Estado posterior a la independencia. Se trata de un debate que ha estado ausente durante mucho tiempo debido a las políticas homogeneizadoras del Estado. La visibilidad de las activistas negras significó que no solo el racismo formaba parte de la conversación, sino también una perspectiva alternativa al feminismo en su(s) forma(s) institucional(es) y dominante(s) de izquierdas/secular(es). Las formas organizadas de resistencia no son las únicas que merecen nuestra atención. Las mujeres negras comunes llevan mucho tiempo (re)negociando su posición de género y raza en sus comunidades y en la sociedad en general.
El activismo académico antirracista plantea preguntas urgentes sobre el papel de las universidades contemporáneas y los académicos que trabajan en ellas. Mientras profundas crisis sociorraciales chocan con movilizaciones antirracistas masivas, este libro se centra en las prácticas de académicos que trabajan dentro y en contra de sus instituciones en pos de la justicia social antirracista. En medio de una dura crítica del carácter neoliberal e imperial de la universidad, Joseph-Salisbury y Connelly sitúan la universidad como un espacio en disputa, lleno de contradicciones y tensiones. Basándose en datos empíricos originales, el libro considera cómo los activistas académicos antirracistas sortean barreras y reacciones negativas para aprovechar las oportunidades y recursos de la universidad al servicio de las comunidades de resistencia. Al mostrar que las prácticas del activismo académico antirracista son complejas, diversas y multifacéticas, y prestar especial atención a cómo los activistas académicos lidian con sus propias complicidades en los daños perpetrados y perpetuados por las instituciones de educación superior, este libro, y el manifiesto representado en el último capítulo, es un llamado a las armas para los académicos que están, o quieren estar, comprometidos con la justicia social.
Este ensayo analiza cuatro cortos de la serie animada cubana El Negrito Cimarrón, creada por Tulio Raggi en la década de los 70. Se propone que, a través de la representación del cimarronaje en Cuba y su contexto socioeconómico, Raggi insertó en la televisión cubana para infantes una imagen decolonial y crítica de los orígenes de la nación. Esto es coherente con el resto de su obra, la cual abarca más de sesenta títulos como director, codirector o guionista y un interés sistemático en los temas de dinámica social y divulgación científica. Se lee el contenido de estos cortos en diálogo con textos historiográficos como El Ingenio de Moreno Fraginals y de producciones de ficción histórica interesadas en la resistencia a la esclavitud en América Latina, como La última cena y Queimada.
El III Congreso Nacional Femenino, celebrado en La Habana en abril de 1939, constituyó un punto de inflexión en la historia del movimiento feminista en Cuba. Los dos primeros congresos, de 1923 y 1925, han sido calificados de liberales porque debatieron sobre la representatividad política, la inserción laboral de las mujeres o la protección a la maternidad, y porque solo pudieron asistir mujeres blancas de las clases más acomodadas, con la sola excepción de la despalilladora negra, Inocencia Valdés. Por su parte, el III Congreso, aunque arrastró algunas concepciones tradicionalistas sobre las mujeres, resultó rupturista en numerosos aspectos. Por ejemplo, por criticar la desigualdad de género en los ámbitos laboral, civil, político y educativo, por exigir igualdad de trato para las pobres y campesinas, o por denunciar el racismo y la segregación padecida por las afrocubanas. Además, intelectuales afrocubanas como Cloris Tejo, Ana Echegoyen o Esperanza Sánchez, participaron de su organización o en sus sesiones de debate. Este evento también resultó trascendental porque logró que los acuerdos alcanzados fueran debatidos por la convención encargada de redactar una nueva constitución en 1940.
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