viernes, 31-07-2026
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Cuba: ¿la capital del comunismo del siglo XXI?
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Reseña del documento Cuba: The Capital of 21st Century Comunism, emitido por el Departamento de Estado de los Estados Unidos, en julio de 2026.
Según este nuevo documento del Departamento de Estado de Estados Unidos, el “objetivo fundamental” del régimen cubano es “borrar a Estados Unidos de la faz de la tierra”; a través de las décadas, ese ha sido, y “sigue siendo tanto el mito fundacional como el principio central del Estado cubano” (p. 98). El texto sostiene que los grupos y personas que retienen vínculos con Cuba representan en su conjunto la instancia más preocupante de “influencia externa hostil en la historia moderna” de Estados Unidos. El conflicto bilateral no gira sobre asuntos económicos o soberanía; se trata de “una revolución contra la misma civilización occidental” que siempre ha buscado “conquistar al vecino EE.UU.”. Cuba no es un Estado-nación sino “una operación subversiva y de inteligencia” en todos sus aspectos, parte de una “revolución existencial” contra EE.UU. (p. 99).
El gobierno cubano y el partido comunista, nos dice el Departamento de Estado, han logrado “persuadir a los hijos de Occidente contra el legado que recibieron (…) convirtiendo a los estadounidenses en instrumentos que socaven a su propia nación”. El documento sostiene que, pese a las montañas de basura en las esquinas, los escombros donde una vez hubo edificios, los apagones eléctricos eternos, y las colas interminables, el gobierno y el partido conservan “siempre” un extraordinario poder “ideológico, subversivo, y parasítico”. Cuba es “única” en su capacidad por maldad (p. 99), fuente de numerosas plagas políticas.
Cito estas palabras de la conclusión de las 99 páginas de ese documento porque su tono exagerado busca compensar la debilidad de la evidencia presentada a lo largo del texto. Son manotazos verbales sobre la mesa. En ningún momento ese texto menciona las acciones de Estados Unidos contra el gobierno de Cuba y, especialmente bajo esta Administración, contra su pueblo. Curiosamente omite acciones de Cuba que en un momento EE.UU. consideró una amenaza real (guerras en Angola y Etiopía), pero busca transformar figuras de poco impacto en EE.UU. en todopoderosos activistas contra su gobierno. Presenta acontecimientos ocurridos hace décadas como si conservaran plena vigencia en la actualidad.
La coyuntura actual sugiere dos posibles motivos para su publicación en julio de 2026. Por un lado, parece buscar justificar el endurecimiento de las medidas que la Administración Trump ha aplicado contra Cuba. Si la Isla representa la amenaza que el texto describe, entonces es imprescindible aplastarla como una cucaracha. En tal caso, se trata de un documento de guerra. Por otro, el documento también parece intentar presentar a diversos movimientos y figuras de la izquierda estadounidenses como actores hostiles a los valores fundamentales del país. Entre ellos menciona por nombre a dos alcaldes de la ciudad de Los Ángeles, al movimiento de los Demócratas Socialistas cuya figura más prominente es el alcalde de Nueva York, y al expresidente Barack Obama. Su publicación coincide, además, con una conferencia convocada por el secretario de Estado Marco Rubio sobre el “terrorismo de izquierda” global, sin referencia al terrorismo de derecha.
La prioridad que el texto otorga a las cuestiones ideológicas y políticas quizás explique la ausencia de ejemplos de “poder duro”. La crisis de octubre de 1962 no se menciona. La presencia acumulada de cientos de miles de tropas cubanas en el exterior durante los 70 y los 80 recibe apenas un breve párrafo de cuatro líneas (p. 26). Ahí no se mencionan ni Angola ni Etiopía; esta última no aparece en todo el texto, mientras que Angola aparece dos veces en relación con la participación de angolanos en la Conferencia Tricontinental en 1966 y una tercera vez por su movimiento revolucionario, pero nunca por la significativa presencia de tropas cubanas. En cambio, la Unión Soviética, desaparecida hace ya 35 años, recibe 41 menciones.
Mientras Henry Kissinger se preocupaba por los submarinos nucleares soviéticos visitando Cuba y las tropas cubanas en Angola, este nuevo documento ignora esos temas. En cambio, menciona 21 veces a Robert F. Williams, el activista negro de comienzos de los 60, por el limitado, pero, según el Departamento, decisivo apoyo que recibió en Cuba, y otras 21 veces a la Brigada Venceremos, fundada en 1969.
¿Cómo presentar las actividades de estas personas y pequeños grupos con escasa influencia en Estados Unidos como una amenaza existencial y civilizacional para la nación? Más aún cuando el documento ni siquiera menciona amenazas históricas mucho más significativas, como los cohetes de alcance intermedio de 1962 o las tropas cubanas en Angola.
Los pilares del documento
Hay un claro esfuerzo por establecer credibilidad a pesar de las exageraciones y omisiones. El texto menciona varios hechos: el llamado de Ernesto (Che) Guevara a crear “dos, tres, muchos Vietnam”; la Conferencia Tricontinental que se reunió en La Habana y produjo apoyo a movimientos revolucionarios en múltiples países; el apoyo cubano a activistas afrodescendientes de Estados Unidos; la extensa relación de Cuba con la Brigada Venceremos, y el apoyo oficial de Cuba a los movimientos revolucionarios de Puerto Rico, y a la Organización para la Liberación Palestina (OLP). Es cierto, además, que estos y otros movimientos revolucionarios recibieron entrenamiento y diversas formas de apoyo material de Cuba. También es cierto que Fidel Castro desempeñó un papel fundamental en la cristalización y éxito del Frente Sandinista de Liberación Nacional. Otro de los grupos que recibió un apoyo similar de Cuba fue el movimiento revolucionario M-19; Gustavo Petro, presidente saliente de Colombia mencionado en el documento, militó en el M-19 su juventud. Sin embargo, todos estos casos corresponden principalmente a las décadas de los 60, los 70 y los 80, pero el Departamento los presenta como si conservaran hoy la misma relevancia, lo cual es falso.
Es cierto que muchos grupos de solidaridad, a los que Departamento denomina “turismo revolucionario”, han visitado y siguen visitando a Cuba, y que el Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (ICAP) ha acogido a muchos de ellos. Es cierto también que, en 2026, varios de ellos desafiaron las sanciones contra Cuba para llevar ayuda humanitaria frente a la aguda crisis que la Administración Trump ha agravado.
Ese cúmulo de información revela un detalle clave: el gobierno de Estados Unidos ha vigilado de cerca a movimientos sociales y políticos. Aunque algunos violaron regulaciones, la mayoría ejerció sus derechos amparados por la Constitución de Estados Unidos, incluidos los viajes a Cuba. Al mezclar casos distintos, el Departamento busca atribuirles la misma culpa.
Otro pilar para construir la credibilidad del documento es el Capítulo IV, dedicado a estadounidenses que espiaron en apoyo del gobierno cubano y a agentes cubanos que operaron en Estados Unidos. El caso más destacado es el del Embajador Victor Manuel Rocha, quien integró el equipo del Consejo Nacional de Seguridad de la Casa Blanca y asesoró al Comandante Jefe del Comando Sur. Este capítulo destaca la eficacia de la inteligencia y la contrainteligencia cubana. Reconoce, casi con envidia, que casi todos los supuestos espías estadounidenses en Cuba durante los 80 eran en realidad dobles agentes al servicio de La Habana.
Los déficits del documento
El principal déficit del documento es la ausencia total de referencias a las acciones de Estados Unidos. No menciona los complots para asesinar a Fidel Castro, las sanciones económicas impuestas a partir de 1960 que perduran todavía, ni el apoyo estadounidense al terrorismo de Estado en los 60. Asimismo presenta diversos casos de activistas afrodescendientes de EE.UU. que visitan Cuba, y algunos que se asilan, pero sin contextualizarlo en las luchas por los derechos civiles, económicos, y políticos de la población afrodescendiente en Estados Unidos. Critica reiteradamente al gobierno cubano, especialmente en el contexto de 2026, pero omite mención del bloqueo petrolero y otras medidas impuestas en este año que buscan asfixiar a la economía cubana, con graves consecuencias su pueblo.
El documento también omite la larga historia de acuerdos entre los gobiernos de Cuba y Estados Unidos, una trayectoria que demuestra la utilidad de la colaboración bilateral y cuestiona la idea de que Cuba o su gobierno sean enemigos civilizacionales y existenciales de Estados Unidos:
El documento construye una narrativa conspirativa que se puede leer como una loa al Ministerio de Interior (MININT) al atribuirle una capacidad extraordinaria para penetrar la sociedad estadounidense y, desde dentro, socavar su civilización. Variaciones de las palabras “coordinación”, “reclutar”, y “cultivar” aparecen 20, 25, y 7 veces, respectivamente. Variaciones de “solidaridad” se mencionan 78 veces, casi siempre refiriéndose a los nombres de organizaciones, más de la mitad de ellas las que participaron en la Conferencia Tricontinental de 1966, un acontecimiento que el texto trata como si retuviera vigencia inmediata, lo cual no es cierto.
El documento se niega a admitir que muchas personas y organizaciones se solidarizaron con Cuba por decisión propia, sin haber sido cultivadas, reclutadas, o coordinadas por un MININT omnipresente y omnipotente. Esa solidaridad, sin ser “agente” de la inteligencia cubana, pudo surgir de la valoración de logros concretos en Cuba, especialmente en los ámbitos de la salud y la educación, o del deseo de respaldar a Cuba frente a una lucha desigual con el gobierno de EE.UU. También pudo originarse en afinidades culturales, más que políticas, en áreas como la música y las artes plásticas. Durante décadas Cuba ha disfrutado de lo que el profesor Joseph Nye denominó “soft power”, que Nye aplicaba a EE. UU., y que puede traducirse como un poder seductor, que no depende de agentes, reclutadores, o mecanismos de coordinación. Sin restar importancia a la eficacia de la inteligencia y la contrainteligencia cubana, el gobierno de Estados Unidos le hizo la tarea más fácil por las políticas adoptadas que han contribuido a generar las simpatías y solidaridades, que este documento atribuye casi exclusivamente a las acciones del MININT.
La única excepción trata de Democratic Socialists of America (DSA). El documento reconoce que el DSA no fue creado por el MININT y que su solidaridad con Cuba responde a las decisiones de sus propios miembros. Sin embargo, según el Departamento de Estado eso es peor porque el respaldo del DSA al “proyecto comunista cubano” ha metastizado la amenaza cubana en el seno de Estados Unidos, una acusación desproporcionada y carente de contexto.
Conclusión
Este lamentable documento exagera hechos históricos y los tergiversa para sugerir que son todavía vigentes, omite una historia de duras medidas hostiles del gobierno de Estados Unidos contra Cuba, más dramáticamente en 2026 contra su pueblo, y reduce la solidaridad voluntaria entre seres humanos a una supuesta conspiración en una trama policiaca.
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