viernes, 05-06-2026
(La Habana, 1974) Investigador, jurista, historiador, editor y ensayista. Máster en Derecho (Universidad de La Habana, 2000) y en Derecho Público (Universidad de Valencia). En 2017 finalizó un doctorado en Ciencias Sociales, con mención en Historia, por la universidad FLACSO-Ecuador. Dirigió la revista Alma Máter, y las editoriales Cuba Literaria, Editorial de Ciencias Sociales, y Editorial Científico-Técnica. Fue Profesor adjunto de la Universidad de La Habana, y asesor y director adjunto del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana. Coordinó la colección Biblioteca Marxista en la editorial habanera Ocean Sur, y fue uno de los coordinadores del taller permanente «Revolución bolchevique, historia de la Unión Soviética y Cuba. Análisis crítico socialista desde el siglo XXI». De 2014 a 2017 fue miembro del Consejo de Dirección del laboratorio de ideas Cuba Posible. Autor de más de una veintena de libros y de numerosos artículos publicados en Cuba y el extranjero.
“«Cuba es un lugar obligado de la cavilación histórica, política y moral del mundo iberoamericano», dice el editorial con que la revista mexicana Nexos presenta un dossier llamado «Cuba, ay, Cuba». Según sus editores, la selección de los trabajos quiere ofrecer una visión «desde adentro y desde afuera de la isla» sobre la realidad política del país. La convergencia en sus páginas de «cubanos que viven y escriben en Cuba; cubanos que viven y escriben fuera de Cuba y autores no cubanos que llevan a Cuba metida en la cabeza y en el corazón», busca dar consistencia a la idea central que da título al editorial: Las dos Cubas…”
Revista Temas: 31. Sección
Entrevista al sociólogo mexicano Pablo González Casanova, referente obligado para comprender los problemas actuales de la sociedad latinoamericana. En sus palabras, analiza el fenómeno del neozapatismo, reflexiona sobre la universidad, la educación para todos y un necesario paradigma de inclusión social más democrático y ofrece claves para el entendimiento de problemas tan complejos como las alianzas entre los dominados y sus dominadores, fustiga el sentido de algunas «nuevas formas de pensar», y aplaude el ejemplo de la Revolución cubana.
Revista Temas: 33-34. Sección
(Mención en el Premio Temas de Ensayo 2004, en la categoría de Ciencias sociales)
“Con la Revolución cubana, los marcos del modelo de la institucionalidad democrática burguesa y de la idea prevaleciente sobre la democracia, el papel del intelectual como élite letrada y la propia concepción de la cultura, fueron desbordados por los nuevos habitantes de la ciudad política. La pérdida del respeto hacia ciertos valores del pasado propició, sobre todo, la rebelión cultural contra la propiedad privada y la caída de toda la fuerza simbólica que podía denotar aún aquella democracia representativa. Una nueva cultura en Cuba se iría creando por la ruptura de las jerarquías sociales: la igualdad como valor, el reconocimiento del derecho a la propiedad sobre la tierra y la vivienda a grandes segmentos poblacionales, la apropiación de la ciudad como espacio público real, la salida de los y las adolescentes del claustro familiar y su entrada masiva al ruedo de lo social, la universalización de la enseñanza, la relativa nivelación de los ingresos, la socialización de la economía, etc…”
Revista Temas: 45. Sección
“El nivel de desviación de un sistema institucional respecto del orden normativo que lo genera es medida de la legitimidad del conjunto, pues define la coherencia con que relaciona sus fines y sus medios. Como muchos otros, el constitucionalismo cubano cuenta la historia de su particular desviación, la tradición de siglos resumida en Cuba con la frase «la ley se acata, pero no se cumple». Para enfrentar el desafío de reunir la ley con la práctica política, el socialismo cubano carga complejas herencias: la tradición colonial, la historia de la desustanciación del republicanismo liberal y el relato del socialismo históricamente existente sobre la «democracia socialista»…”
Revista Temas: 55. Sección
El movimiento intelectual conocido como neoconservadurismo fue adquiriendo relevancia no solo en la doctrina política, las visiones acerca de la sociedad norteamericana y de su papel en el mundo, sino en la política real, especialmente en el contexto del llamado síndrome de Viet Nam y del ascenso de lo que luego fue la administración Reagan (1981-88). ¿Qué componentes, enfoques y temas caracterizaban a este movimiento en sus orígenes? ¿En qué medida existen condiciones fuera de los Estados Unidos para la emergencia de políticas y movimientos ideológicos que tengan puntos de contacto con el neoconservadurismo?
Revista Temas: 57. Sección
“El avance decidido hacia nuevos y redefinidos contenidos republicanos constituye una clave imprescindible —e impostergable— para la democratización de la política cubana. En ello ocupa un lugar esencial la promoción de la participación ciudadana como medio republicano de conformar colectivamente el orden social y de poner la actuación estatal bajo el control de la ciudadanía…”
Revista Temas: 70. Sección
A veinte años de la reforma constitucional de 1992, Temas propone un debate sobre tópicos como estos: ¿Qué prácticas posteriores al 92, nuevas en el sistema político, en el orden de las relaciones sociales y económicas existen a partir de la reforma? ¿En qué medida se hace necesaria una nueva reforma constitucional? ¿La Constitución tiene un papel que desempeñar dentro del cambio político? ¿En qué consiste ese papel y en qué áreas específicas debe modificarse la Constitución?
Revista Temas: 81-82. Sección
“Filósofo ilustrado, marxista prebolchevique u «originario», formado, como corresponde a esta tradición, en los campos de la historia, filosofía, economía, matemáticas y lingüística, Antoni Doménech es un pensador tan erudito como incómodo y heterodoxo. Esta entrevista es un botón de muestra: su pensamiento revisa integralmente la historia de la filosofía tenida como estándar hasta hoy…”
Revista Temas: 71. Sección
(Premio Temas de Ensayo 2010, en la modalidad de Ciencias sociales) Raúl Roa elaboró un cuerpo de pensamiento, prácticamente desconocido hoy en Cuba, que resulta difícil de reconstruir desde un punto de vista sistemático, por la escasa disponibilidad de los textos. Quien indague en esas obras descubrirá tres propuestas de especial relevancia: una teoría de la revolución, una sobre la democracia y otra del socialismo. Además, hallará algo aún más promisorio: la sugerencia de una relación entre democracia y socialismo, que podría convertirse en puerta de entrada del proyecto cubano al siglo XXI. En las páginas siguientes, se consideran estos temas para concluir analizando cómo las soluciones que Roa busca a los conflictos que se le plantean al ideal revolucionario en los años 40 lo conducen al terreno del republicanismo. Sugiere que la necesaria reelaboración de la ideología cubana, de lo que se entenderá por revolución en lo adelante, puede encontrar en el pensamiento de Roa una fuente de renovación, pues su legado pertenece al futuro y aporta un proyecto para la reinvención del socialismo en Cuba.
Revista Temas: 66. Sección
El artículo presenta una reseña extensa del libro La Revolución cubana. Propuestas, escenarios y alternativas, de Francisco López Segrera, y destaca su síntesis histórica, su análisis del modelo económico-político cubano y sus propuestas para un socialismo renovado. Guanche examina las tesis del autor sobre reformas económicas, transformación institucional, actualización constitucional y retos de la política cubana, y valora críticamente sus enfoques, incluyendo limitaciones como la ausencia de una mirada más profunda a la política “desde abajo” o a los desafíos ambientales. El texto subraya la importancia de reactivar el debate intelectual cubano y actualizar las discusiones sobre socialismo, Estado y democracia.
Revista Temas: 69. Sección
¿Qué es lo público? ¿Qué es lo estatal?¿En qué se diferencian?¿Cuáles son las deficiencias y ventajas de la gestión del sector público?¿Qué importancia tiene la relación entre el Estado y actores no estatales como el privado o las cooperativas?¿En qué renglones ha sido más crítico el manejo de lo público? ¿Qué factores inciden en su evolución?¿Cuál es la proyección de este sector? Estas y otras interrogantes fueron debatidas en esta ocasión por profesores universitarios, economistas, funcionarios y un avezado público.
Revista Temas: 77. Sección
El autor realiza un recorrido crítico por la tradición de estudios sobre el sistema político de la Isla, distinguiendo entre el enfoque "castrocéntrico" tradicional y las perspectivas académicas contemporáneas que exploran la diversidad de actores e instituciones. Se analiza la producción bibliográfica generada tanto en Estados Unidos como en Cuba, destacando temas como la ciudadanía, el papel de las Fuerzas Armadas, el constitucionalismo y el impacto de la cultura política. El artículo identifica una falta de diálogo entre las literaturas de "las dos orillas", atribuida al aislamiento intelectual, las barreras idiomáticas y la escasez de estudios empíricos de campo dentro de la Isla, concluyendo con la necesidad de insertar el análisis de los problemas cubanos en un entorno global.
Revista Temas: 91-92. Sección
CATALEJO
Temas ha invitado a un grupo de académicos y expertos en historia y política de los Estados Unidos y de Cuba a analizar el mensaje del Secretario de Estado Marco Rubio dirigido al pueblo de la Isla el 20 de mayo pasado.
Publicaremos en lo adelante los textos que hemos ido recibiendo, con el propósito de esclarecer las referencias utilizadas, la naturaleza de los argumentos, el significado y objetivo de este mensaje.
El 20 de mayo de 2026, mientras el secretario de Estado Marco Rubio pronunciaba, en ocasión del aniversario de la República cubana, un discurso sobre libertad, corrupción y el sufrimiento del pueblo de Cuba, una firma estadunidense vinculada a un exfuncionario de Trump negociaba su entrada en los yacimientos de níquel y cobalto de Moa, en el oriente cubano.
Las dos noticias se leen juntas porque se explican mutuamente: la gramática de la intervención sobre Cuba habla de protección mientras hace negocios, denuncia elites mientras defiende las propias, y se anuncia —y se desmiente— en la misma frase. Es un proceso con historia.
En 1898 las tropas estadunidenses desembarcaron por la playa de Daiquirí, en Santiago de Cuba, al sureste de la isla —entre ellos, soldados afroamericanos que creían en la libertad de Cuba. Tres años después, en 1901, un sindicato encabezado por el presidente de la United Fruit Company, Andrew W. Preston, compró 1.900.000 acres —cerca de 769.000 hectáreas— en la bahía de Nipe, a un costo total de $400.000: poco más de medio dólar por hectárea.[1]
La compra de tierras agrícolas a precio de ocupación derivó en dominio azucarero e industrial sobre toda la franja oriental de la isla. A la par, las compañías mineras consolidaron su control sobre el hierro, el cobre y el manganeso de Oriente. La palabra imperialismo no la inventó un manual: se usaba desde ese mismo año, porque describía algo que ocurría ante la vista de todos.
En 1912, también por Daiquirí, volvieron a desembarcar, ante una rebelión que amenazaba con incendiar la zona. El gobierno de José Miguel Gómez —nacido de una segunda ocupación estadunidense que había rediseñado el sistema político cubano para evitar “convulsiones”— ordenó la masacre de Estado más grande de la historia nacional: entre tres y seis mil muertos, sobre todo en los montes de Oriente, casi todos negros, casi todos del Partido Independiente de Color (PIC), mientras el ejército rendía informe diario al Departamento de Estado sobre los progresos de la represión.
Lo que vino después siguió la misma lógica: en 1933 Antonio Guiteras advirtió que el “fantasma de la intervención” era invocado por todo aquel que pretendiera impedir cualquier cambio a favor del pueblo cubano; en 1940 la Constitución prohibió los pactos que menoscabaran la soberanía nacional; en 1961 y 1962, en Girón y en octubre, frente a una potencia sin proporción, un número masivo de cubanos y cubanas permaneció de pie.
Ese rechazo —a la realidad de la intervención, a su amenaza, a la mera percepción de su amenaza— ha sido el núcleo más hondo del nacionalismo cubano. No fue, no es, una mera lealtad al gobierno de turno.
El nacionalismo ha sido la ideología más poderosa y más duradera de la historia cubana. Se ha cruzado por bastante tiempo con otras —el republicanismo, el capitalismo social, el socialismo—, pero ha estado siempre ahí, marcando con su peso cualquier otra versión ideológica. La noticia de su muerte hoy, ante la catastrófica situación cubana, acaso sea, como diría Mark Twain, una “noticia muy apresurada”.
En el verano de 1912 Cuba llevaba diez años de República y conocía bien la realidad de ser vigilada. La Enmienda Platt —incrustada en su propia Constitución— había convertido el derecho de intervenir en cláusula permanente: Washington podía desembarcar para “la conservación de la independencia cubana” y “la protección de la vida, la propiedad y la libertad individual”.[2]
Justo el 20 de mayo de 1912 —la fecha no fue casual— se alzó en armas, en Oriente, el PIC: el primer partido mayoritario de negros de la historia de Cuba. Se había alzado contra la Enmienda Morúa, que prohibía los partidos formados por ciudadanos de una “sola raza”, y contra la exclusión sociorracial de la República.
Sus dirigentes le habían dicho al presidente Gómez, por escrito, que la ley Morúa era inconstitucional, porque en Cuba no podían existir “otras clases de ciudadanos que pudieran no ser cubanos”.[3] Pedían su derogación y exigían inclusión. El Estado respondió con una etiqueta —“guerra de razas”— y con una campaña militar dirigida en persona por el jefe del Ejército, el general José de Jesús Monteagudo.
A los cinco días del alzamiento, Washington entró en escena. El ministro de Estados Unidos en Cuba, Arthur Beaupré, comunicó al canciller Manuel Sanguily que su gobierno enviaría un cañonero a la bahía de Nipe y concentraría una fuerza naval en Cayo Hueso; y que, “en caso de que el Gobierno cubano no pueda o deje de proteger las vidas y haciendas de los ciudadanos americanos”, desembarcaría tropas en Cuba. Su nota terminaba con esta frase: “Mi Gobierno añade explícitamente que esto no debe considerarse como intervención”.[4]
“Vidas y haciendas”. Esas dos palabras eran la fórmula al completo. No hacía falta invocar la Enmienda Platt ni mover un ejército: bastaba con declarar en peligro la propiedad de un ciudadano norteamericano para que la flota tuviera permiso de acercarse. La amenaza de intervención no era, en rigor, un desembarco. Era una gramática.
Sanguily redactó, y Gómez firmó, un cablegrama al presidente Taft en el que rechazaban la injerencia, y se explicaban: en apenas dos días el gobierno había enviado más de tres mil soldados a Oriente y contaba con fuerzas suficientes para aplastar el movimiento sin ayuda exterior. No fue suficiente. Taft respondió que los navíos concentrados en Cayo Hueso eran “precautorios” y no entrañaban propósitos “intervencionistas”. No obstante, desembarcaron.
El Ejército cubano hizo entonces tres cosas a la vez: custodió propiedades extranjeras con sus propios soldados —cuarenta y siete guardias en Firmeza, dieciocho en Siboney, quince en Ocaña, según se quejaba la Juragua Iron Company, que encontraba escaso ese número—[5]; se retiró de cada propiedad que las fuerzas estadunidenses ocupaban, levantando acta de que la dejaba intacta; y se negó a ceder el mando de campaña.
Era una coreografía de soberanía: cada acta cubana de protección de propiedad extranjera era, a la vez, una rendición y una protesta. El cronista Rafael Conte, muy lejos de ser partidario del PIC, lo anotó: aquello ocurría en un país “sólo independiente y soberano á medias”, cuyos tutores no guardan “esos miramientos que sólo se guardan entre sí los estados que mutuamente se temen y respetan”.[6]
Mientras el Ejército cubano levantaba esas actas, aplastaba a los alzados del PIC. Las dos operaciones no eran independientes. Para alejar al tutor, el gobierno necesitaba demostrar dos cosas: que sabía cuidar la hacienda del extranjero y que sabía exterminar a sus propios ciudadanos contestatarios.
La soberanía cubana se defendía hacia afuera y se negaba hacia adentro, precisamente para poder defenderla afuera, por los detentadores de la sociedad dominante cubana, y conservar así su poder nacional.
La elección de Daiquirí no fue un azar geográfico ni en 1898 ni en 1912. La Spanish-American Iron Company tenía instaladas allí sus facilidades de embarque: muelles, vías férreas desde las minas hasta el mar, depósitos de mineral con destino a Baltimore y Filadelfia. La playa de Daiquirí era, antes que un escenario de guerra, un puerto de exportación.
Lo que Monteagudo —y su jefe de estado mayor, José Francisco Martí Zayas Bazán, conocido como el “Ismaelillo”, hijo del Apóstol de Cuba— custodiaba en los montes de Oriente no era la propiedad de unos inversores muy ansiosos ante la “rebelión negra”: era la columna vertebral de la industria pesada estadunidense.
Sus empresas mineras tenían control exclusivo del hierro de Oriente más de una década antes de que comenzara la guerra de 1895, cuando Cuba era aún española. Esas compañías habían despachado casi cinco millones de toneladas de mineral hacia los Estados Unidos. Entre 1892 y 1922, Cuba fue el principal proveedor extranjero de hierro de ese país —en algunos años aportando más del ochenta por ciento de todo el hierro que importaba—.[7]
La Juragua Iron Company, la Spanish-American, la Ponupo Manganese —los mismos nombres que aparecen en los telegramas de Monteagudo pidiendo guardias, solicitando que se reemplazaran empleados negros por blancos, negociando con el cónsul alemán el depósito de rifles— eran subsidiarias de Pennsylvania Steel y Bethlehem Steel: las empresas que fabricaban los rieles y el acero estructural del imperio industrial norteamericano. Era uno de los primeros capítulos del capitalismo monopolista estadunidense en América Latina, el laboratorio donde se ensayó la forma de relación político-económica definitoria del siglo XX.
El mineral del oriente cubano contenía proporciones de níquel y cromo que lo hacían excepcionalmente apto para la producción de acero de alta resistencia. Eran las mismas formaciones geológicas —lateritas ricas en níquel, cobalto y cromo— que hoy, bajo el nombre de “minerales críticos”, aparecen en la lista oficial del Servicio Geológico de los Estados Unidos como materiales estratégicos indispensables para la industria energética, la fabricación de baterías y los sistemas de defensa.
El Pentágono ha destinado cerca de mil millones de dólares a constituir reservas de cobalto y materiales afines. En 2025 se convirtió en el mayor accionista individual del único productor integrado de tierras raras en territorio estadunidense, para asegurar suministro doméstico para sistemas militares (aviones F-35, drones, submarinos) y tecnologías energéticas. El cobalto y el níquel de Moa son considerados una de las pocas fuentes de esos minerales en el hemisferio occidental no controladas por China ni dependientes de la República Democrática del Congo.
El 20 de mayo de 2026 —114 años después del alzamiento del PIC— Gillon Capital, firma tejana de Ray Washburne, experto financiero del primer gobierno de Trump y ex presidente de la Overseas Private Investment Corporation, firmaba un acuerdo preliminar para adquirir el 55 por ciento de Sherritt International, la minera canadiense que opera en Moa desde los años noventa, en la misma zona donde la Spanish-American Iron Company extraía hierro cuando Monteagudo custodiaba sus instalaciones con soldados cubanos y exterminaba negros del PIC.
El Departamento de Estado y el Departamento del Tesoro confirmaron que “no se oponen” a estas negociaciones. La operación se presenta, en el lenguaje de los comunicados financieros, como una “oportunidad de preservación de valor”. En su lenguaje más antiguo, es una fórmula repetida.
1912 dejó no solo el aviso del desembarco. Fue el reconocimiento de lo que la amenaza hace incluso cuando no llega a cumplirse: trabaja por dentro, empuja a los gobiernos a probar su soberanía por los medios más intratables, y cobra su precio sobre los cuerpos más vulnerables.
En 1912, ese precio lo pagaron casi íntegramente los cubanos negros del PIC. Recordarlo no es erudición de historiador. Es la única forma de que la frase que se anuncia y se desmiente —“esto no debe considerarse como intervención”— no vuelva a escribirse, esta vez, sobre Cuba.
[1]Philip S. Foner, The Spanish-Cuban-American War and the Birth of American Imperialism, 1895–1902, vol. II: 1898–1902, New York, Monthly Review Press, 1972, p. 478.
[2]Luis Machado y Ortega, La enmienda Platt: estudio de su alcance e interpretación y doctrina sobre su aplicación, La Habana, Imprenta “El Siglo XX”, 1922, p. 88 y ss.
[3]Exposición del Partido Independiente de Color al presidente José Miguel Gómez, acerca de la enmienda al artículo 17 de la Ley Electoral, [s/f]. Archivo Nacional de Cuba (ANC), Fondo Secretaría de la Presidencia, caja 95, signatura 54.
[4]Citado en: Rolando Rodríguez García, La conspiración de los iguales: la protesta de los Independientes de Color en 1912, La Habana, Imagen Contemporánea, 2010, p. 206. Ver también Diario de la Marina, El movimiento racista, 15 de junio de 1912.
[5]Las cifras de guardias por instalación provienen de la correspondencia entre la Juragua Iron Company, y otras compañías, de un lado, y las autoridades militares cubanas, del otro. Junio–julio de 1912. ANC, Fondo Ejército. Independientes de Color.
[6]Rafael Conte y José M. Capmany, Guerra de razas (negros contra blancos en Cuba), La Habana, Imprenta Militar de Antonio Pérez, 1912, p. 32. Disponible en: Project Gutenberg, EBook #37747. Julio César Guanche es autor del estudio crítico introductorio de la edición de 2022 (ISBN 9789493156166).
[7]Ver Pérez, L. (1982). “Iron mining and socio-demographic change in Eastern Cuba, 1884–1940”. Journal of Latin American Studies, 14(2), 381–405. Cambridge University Press. https://www.jstor.org/stable/156462; y Fe Iglesias, (1975). “La explotación del hierro en el sur de Oriente y la Spanish-American Iron Company”. Santiago, 17(marzo), 59–106.
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